Aunque esa noche hacía calor, sacó las manos de los bolsillos y frotó los brazos ante un repentino escalofrío. Los recuerdos la inundaron y la envolvieron como los sonidos de la noche, podía sentir como si fuera hoy mismo todo lo que había pasado los primeros meses en París.
Cuando llegó, localizó a una amiga de Crayton y se alojó con ella en un diminuto apartamento, un tercer piso en Montparnasse, no lejos del llamativo cruce entre el bullicioso Boulevard Du Montparnasse y el Boulevard Raspail.
Durante semanas, rara vez había dejado la cama. Se había quedado con la mirada fija en el techo mientras gradualmente se convencía de que en cierta manera había tenido la culpa de su propia violación. Nadie la había obligado a bailar con Craig. Nadie la había obligado a reírse de sus chistes y coquetear con él. Había hecho todo lo que había podido para gustarle.
Lentamente se convenció de que lo sucedido había sido por su culpa. Su compañera de cuarto, alarmada por su apatía, le rogó que saliera y con el tiempo se volvió más fácil seguir que resistir. Empezó a pasarse las tardes bebiendo vino barato y fumando maría con las pandillas de estudiantes que frecuentaban las aceras y brasseries de Montparnasse. Su sufrimiento había destruido su apetito y la grasa de infancia que le quedaba se evaporó, sus piernas adelgazaron y se le marcaron los pómulos. Pero sus pechos permanecieron tan llenos como siempre y a pesar de su ropa informe, los chicos comenzaron a mirarla. Su atención hizo que todavía se odiara más a sí misma. Sabían qué tipo de chica era. Por eso no la dejaban sola.
Sin saber cómo ocurrió, se castigó a sí misma acostándose con uno de ellos, un joven soldado alemán que había ido a París para trabajar en la UNESCO. Luego dejó que un barbudo estudiante sueco de arte entrara en su cama, y después de él, un melenudo fotógrafo de Liverpool. Permanecía inmóvil bajo ellos, los dejó hacer lo que quisieron porque sabía en su corazón que no se merecía nada mejor. Nada más que sus cuerpos sudorosos invadiéndola, odiándose a sí misma.
Gradualmente volvió a sentir. Consternada por lo que había permitido que ocurriera, se desesperó buscando la manera de arreglarlo. Los hombres eran sus enemigos. Olvidarse de eso era ponerse en peligro.
Comenzó a observar a las jóvenes francesas que pasaban las tardes paseando por el Boulevard Du Montparnasse. Se sentó en las brasseries y las observó inclinar las caras hacia sus amantes, seduciéndolos con sus ojos perspicaces. Se fijó en la forma que caminaban con sus vaqueros apretados marcando sus caderas cimbreantes y como mostraban sus pechos. Una noche observó como una joven belleza de cara ardiente abría los labios para que su amante, contra el que se presionaba seductoramente, pudiera volcar el dulce contenido de una concha de mejillón entre ellos, en ese momento tuvo una revelación. Esas jóvenes francesas usaban el sexo para controlar a los hombres y los hombres estaban indefensos para defenderse de ellas.
Fue cuando empezó su transformación.
Cuando Arturo Flores la conoció en una galería de arte cerca de la Madeleine, las ropas que ocultaban su figura, habían dado paso a los apretados vaqueros franceses y camisetas diminutas y sexys, que exhibían sus pechos.
Las mechas platino volcaban las miradas de los hombres en su pelo largo y sedoso que se ensortijaba sobre sus hombros. Con los ojos pintados, parecía que les dijera a cada uno de ellos—: Puedes mirar, si, pero no eres lo suficiente hombre para tocar. El alivio que experimentaba cuando coqueteaban con ella, sólo para retirarse con el rabo entre las piernas cuando los rechazaba, casi la mareaba.
Finalmente había encontrado la manera de defenderse por sí misma.
Arturo Flores no era como el resto. Era muy mayor, un hombre solitario gentil y brillante que sólo quería su amistad. Cuando le preguntó si la podía pintar, estuvo de acuerdo sin titubear, nunca soñó con permanecer siete años con él.
Arturo pertenecía a un círculo muy cerrado de hombres europeos ricos y prominentes que mantenían en secreto su homosexualidad y sus amigos cuidadosamente seleccionados se convirtieron en sus amigos. Eran divertidos, cultivados, frecuentemente sarcásticos, generalmente amables y las demandas que le planteaban no eran físicas. Querían su atención, su simpatía y su afecto.
A cambio, le enseñaron sobre el arte y música, historia y política. Recibió una educación mejor de las amistades de Arturo de la que había recibido en su viejo internado y de la que hubiera recibido en la universidad.
Pero no pudieron hacer que olvidase. Su trauma estaba profundamente arraigado para poder ser conquistado, y así, ella continuó castigando a los hombres heterosexuales con pequeñas crueldades: Sonrisas tentadoras, ropa provocativa, coquetería mordaz. Aprendió que podía controlarlos a todos haciendo promesas con su cuerpo que nunca cumpliría.
Lo siento Monsieur, Herr, Señor, pero no eres lo suficientemente hombre como para tocar.
Y se alejaba de todos con sus caderas cimbrando con el ritmo de las chicas francesas que recorrían el Boulevard Du Montparnasse. Hot cha cha Hot cha cha Hot hot Cha cha cha cha Tenía veintiséis años antes de permitir que otro hombre la tocara, el joven doctor que asistió a Arturo durante su enfermedad. Era bien parecido y amable, y las caricias de sus manos habían sido tranquilas. Había disfrutado de la cercanía, pero cuándo él había tratado de profundizar la intimidad, se había quedado helada. Él había sido paciente, pero cada vez que sus manos se metían bajo su ropa, se veía asaltada por los recuerdos de una noche en la caseta al lado de la piscina, por los recuerdos de los jóvenes a los que había permitido acostarse con ella. El médico había sido demasiado caballeroso al decirle que no era lo suficientemente mujer para él y desapareció de su vida.
Se obligó a aceptar el hecho que estaba irreparablemente dañada con respecto al sexo y se obligó a no dejarse caer en la amargura. Después de la angustia por la muerte de Arturo, buscó otras salidas para sus emociones más suaves.
En Manhattan, se rodeó de homosexuales, gays, a los que consoló cuando se murieron. Esos hombres fueron los receptores del amor y afecto que poseía en tanta abundancia. Fueron esos hombres que ocuparon el lugar de los amantes que no podía soportar. —Hola, prima. Ella dio una boqueada estrangulada y se giró para ver a Reed Chandler delante de la piscina al borde del césped, a apenas dos metros.
—¿Quieres subir a los árboles, Pulga barriguda?
—¿Qué haces aquí?
—Simplemente te presento mis respetos.
Ya no era una niña indefensa y luchó contra el miedo que él todavía le inspiraba. Durante el entierro ella había estado demasiada anonadada para fijarse en los cambios de su apariencia, pero ahora vio que, aunque sus rasgos mostraban los años que habían pasado, él casi estaba igual que en sus días en la universidad. Supuso que las mujeres todavía se sentían atraídas por su atractivo tipo gángster: El pelo espeso, n***o azulado, la piel aceitunada y el cuerpo firme y compacto. Seguro que sus labios llenos parecían sensuales a sus novias, pero a ella siempre le había parecido solamente ávidos. Una boca avariciosa que le recordaba todo lo que Reed había querido siempre de la vida y que todo eso le pertenecía a ella.
Observó que ahora vestía más como un banquero que como un gángster.
Llevaba una camisa oxford de rayas azules y blancas y pantalones azul marino hechos a medida y con el resplandor del cigarrillo, vio el destello de un reloj caro en su muñeca. Recordó que su padre le había dicho que Reed trabajaba para una asesoría. Al principio se había sorprendido de que no trabajara para los Stars, pero entonces se dio cuenta de que Reed tampoco quería darle a Bert demasiado control sobre su vida.
—¿Cómo me has encontrado?
—Siempre supe encontrarte, Pulga Barriguda. Incluso a oscuras, con ese cabello rubio es difícil no verte. —No quiero que me llames así.
Él sonrió. —Siempre pensé que era bonito, pero si no te agrada, te prometo que no lo diré. ¿Puedo llamarte Phoebe, o quieres que te llame de otra forma más formal?
Su tono era tierno y ella relajó un poco. —Phoebe me parece maravilloso.
Él sonrió y le ofreció un cigarrillo. Ella negó con la cabeza. —Deberías dejarlo.
—Lo he hecho. Muchas veces —Cuando dio otra calada, ella tuvo otro vislumbre de sus labios llenos y ávidos.
—¿Qué tal va todo? ¿Te trata bien todo el mundo?
—Son educados.
—Si alguien te hace pasar un mal rato, dímelo.
—Estoy segura de que todo irá bien. —Ella nunca había estado menos segura de algo, pero no lo iba a admitir.
—Que Carl Pogue se despidiera fue una desgracia. Si Bert hubiera imaginado que había alguna posibilidad de que pasara, sé que no hubiera hecho esto. ¿Has contratado un nuevo presidente?
—Todavía no.
—No esperes demasiado tiempo. McDermitt es demasiado inexperto para el trabajo. Probablemente sea una buena idea dejar que Steve Kovak tome la decisión final. Si no, me encantaría ayudar.
—Lo recordaré. —Su voz mantuvo con todo cuidado un tono evasivo.
—A Bert le gustaba manipular a la gente. No nos lo ha facilitado nada, ¿verdad?
—No.
Él metió la mano en el bolsillo y luego la sacó, parecía inquieto. El silencio se extendió entre ellos. Cambió el peso de pie, dio una larga calada a su cigarrillo y expulsó el humo en una fina espiral.
—Mira Phoebe, hay algo que necesito decirte.
—¿Ah?
—Te lo debería haber dicho hace mucho tiempo, pero lo he estado evitando.
Ella esperó.
Él apartó la vista. —Un par de años después de graduarnos, Craig Jenkins y yo estábamos en una fiesta… Cada músculo en su cuerpo se tensó. La noche repentinamente pareció muy oscura y la casa demasiado lejos.
—Craig se emborrachó y me contó lo qué realmente ocurrió esa noche. Me dijo que te había violado.
Una pequeña exclamación escapó de sus labios. En lugar de sentir alivio, se sintió tosca y expuesta. No quería hablar de eso con nadie y menos con Reed.
Él se aclaró la voz. —Lo siento; Siempre creí que mentías. Fui a ver a Bert de inmediato, pero no quiso hablar de eso. Supongo que debería haberlo intentado más, pero ya sabes como era.
Ella no podía decidirse a hablar. ¿Estaba él diciendo la verdad? No tenía ni idea de si era sincero o simplemente estaba intentando ganarse su confianza para poder influir en sus decisiones mientras ella era la dueña de Los Stars. No quería creer que su padre había sabido la verdad pero que no le había importado. Todos los viejos sentimientos de dolor y traición la envolvieron.
—Siento como si de alguna manera te lo debiera y quiero que sepas que estoy aquí para cualquier cosa. Tal y como yo lo veo, tengo una deuda contigo.
Si hay cualquier cosa que pueda hacer para facilitarte las cosas, quiero que me prometas que me lo harás saber. —Gracias, Reed. Lo haré. —Sus palabras sonaron forzadas y antinaturales.
Se sentía como si estuviera tan apretada por una cuerda, que sintió que explotaría si no se apartaba de él. A pesar de su evidente interés, ella nunca podría confiar en él.
—Es mejor que entre ahora. No quiero dejar sola a Molly demasiado tiempo.
—Por supuesto.
Caminaron en tenso silencio hacia la casa. Cuando llegaron al borde del césped, él se detuvo y la miró. —Estoy preocupado, estamos en esto juntos, prima. Lo digo en serio. De verdad.
Inclinándose, rozó con sus ávidos labios su mejilla y se giró para marcharse. CAPÍTULO 8 Una vena palpitó en las sienes de Dan mientras gritaba. —¡Fenster! ¡En la línea treinta y dos tienes que ir por la izquierda! ¡Si no habríamos dicho en la línea treinta y dos por la jodida derecha! —Tiró el portapapeles contra el suelo.
Alguien se paró a su lado, pero él observaba el atasco del juego tan fijamente que tardó varios minutos en levantar la vista. Cuando lo hizo, por un instante no reconoció al hombre y ya estaba a punto de decirle que saliera de su campo de entrenamiento cuando se dio cuenta de quien era. —¿Ronald?
—Entrenador.
No parecía el mismo; parecía un gigoló sudamericano. Su pelo estaba engominado hacia atrás y llevaba gafas de sol, bermudas y camiseta y una de esas chaquetas de deportista europeo con el cuello subido y las mangas por los codos.
—Jesús, Ronald, ¿de que vas?
—Estoy en paro. No tengo porqué ponerme traje.
Dan miró el cigarrillo que llevaba en la mano. —¿Desde cuándo fumas?
—Fumo de vez en cuando. Pero claro, nunca pensé que fuese una buena idea hacerlo cerca de los chicos. —Puso el cigarrillo en la comisura de su boca y señaló el campo con la cabeza—. Tienes un buen atasco en el campo.
—Mientras Fenster no distinga la derecha de la izquierda.
—Bucker parece bueno.
Dan estaba aún alucinado por los cambios que observaba en Ronald, no sólo lo diferente de su apariencia sino su inusual seguridad en sí mismo. —Lo es.
—¿Eligió Phoebe al nuevo presidente? —preguntó Ronald.
—Joder, no.
—Eso creía.
Dan bufó con repulsión. Phoebe tenía la lista de candidatos desde el día en que había llegado hacía más de una semana, pero en vez de elegir, le había dicho que quería volver a contratar a Ronald. Él le recordó que tenían un acuerdo y le dijo que o elegía un presidente adecuado o se buscaba un nuevo entrenador. Cuando ella se dio cuenta de lo que él quería decir, dejo de discutir. Pero aún no había elegido presidente en el partido de pretemporada del último fin de semana y teniendo encima el partido de apertura de liga del domingo, aún no había entrevistado ni a uno sólo de los candidatos. En vez de trabajar, ella se sentaba al escritorio en la vieja oficina de Ronald y leía revistas de modas. Decía que no usaba la oficina de Bert porque no le gustaba la decoración. Cuando alguien le daba incluso lo más sencillo para firmar, su nariz se arrugaba y decía que lo haría más tarde, pero nunca lo hacía. El lunes, cuando la abordó porque de alguna manera había evitado firmar los cheques de los sueldos de todo el mundo, ¡estaba pintándose sus malditas uñas! Entonces él se había enfadado, pero apenas había comenzado a gritar cuando el labio superior de Phoebe había comenzado a temblar y le había dicho que no le podía hablar así porque estaba con síndrome premenstrual.
En algún momento de la semana anterior Phoebe había adelantado como un relámpago a Valerie en habilidad para sacarle de quicio. Se suponía que los dueños de los equipos de la NFL ofrecían una combinación de respeto, temor y alarma en sus empleados. Incluso los entrenadores más veteranos se doblegaban con precaución alrededor de un hombre como Al Davis, el dueño de fuerte voluntad de los Raiders. Dan sabía que nunca podría volver a levantar cabeza si alguien sabía que el dueño de su equipo no soportaba gritos porque estaba con ¡síndrome premenstrual!
Era, sin duda, la excusa más pobre, irrazonable y absurda que un ser humano había puesto en la vida.
Al principio se había preguntado si ella no sería más lista de lo que parecía, pero ahora sabía que era todavía más tonta; la chica más bonita y tonta del mundo se estaba cargando su equipo de fútbol.
Si no tuviera ese cuerpo tan tentador. Era duro ignorarlo, incluso para alguien como él, que ya estaba de vuelta en lo que las mujeres podían ofrecer antes de tener veintiún años. Sabía que la vida de los jugadores profesionales era como pensar en una gran orgía, con todo a su alcance. Incluso ahora, cuando el sexo era demasiado peligroso, la mujeres, desde vestíbulos de hoteles a aparcamientos de estadios acosaban a los jugadores, con sus números de teléfono escritos en sus estómagos desnudos, o algunas veces incluso en otros sitios. Recordó sus comienzos, cuando había apuntado alguno, algunas veces incluso dos y se había dado el gusto, pasando las noches perdido entre whisky Cutty Sark y sexo. Había hecho cosas en las que el resto de la población masculina se conformaba con soñar, pero cuando la novedad había pasado, había comenzado a encontrar algo patético en esos encuentros. Cuando llegó a los treinta, sustituyó a las fans del fútbol por mujeres que tenían algo más que un cuerpo caliente y el sexo otra vez había sido entretenido. Luego había encontrado a Valerie y había comenzado la espiral descendente en la que estaba en estos momentos. Pero esa espiral estaba a punto de remontar ahora que Sharon Anderson había entrado en su vida.
La tarde del martes había visitado la guardería para verla otra vez con los niños e invitarla a tomar café cuando acabó. Tenía algunas manchas en sus ropas que le hicieron querer abrazarla: Zumo de uva, pasta, suciedad del campo de juegos. Era tranquila y simpática, exactamente lo que él quería en una mujer, lo cual hacía que su respuesta física a Phoebe Somerville fuera aún más irritante. Era una mujer del tipo “botas altas y liguero”, lo más alejado posible de un montón de niños inocentes. Ronald puso un pie en la grada y se quedó mirando el campo de entrenamiento. —Phoebe continúa pidiéndome que le diga quién es el mejor candidato para presidente. Dan le echó una mirada especulativa. —¿La has visto?
—Nosotros pasamos… un montón de tiempo juntos.
—¿Por qué?
Ronald se encogió de hombros. —Confía en mí.
Dan no mostró nada, ocultando su desasosiego. ¿Tenía Phoebe algo que ver con los cambios en Ronald? —Supongo que no me di cuenta de que erais amigos. —No somos exactamente amigos. —Ronald dio una calada al cigarrillo—.
Las mujeres dicen que soy majo, supongo que Phoebe no es la excepción.
—¿Cómo que majo?
—Es por el aire que tengo a lo Cruise. La mayoría de hombres no se dan cuenta, pero las mujeres creen que me parezco a Tom Cruise.
Dan resopló enojado. Primero Bobby Tom decía que se parecía a una estrella de cine y ahora Ronald. Pero entonces, mientras estudiaba a Ron más de cerca, no pudo negar que había un vago parecido.
—Bueno, supongo que os parecéis algo. Nunca me había fijado.
—Hace que las mujeres sientan que pueden confiar en mí. Entre otras cosas. —Tomó una profunda calada a su cigarrillo—. Hace que mi vida amorosa sea un infierno, si yo te contara… Los instintos que advertían a Dan del peligro y que estaban tan adecuadamente entrenados como los soldados para una batalla, hicieron que se le erizara el pelo de la nuca.
—¿Qué quieres decir? —dijo suavemente. —Las mujeres pueden llegar a ser muy dominantes.
—Creo que nunca pensé que tuvieras tanto éxito con las mujeres.
—Me va bastante bien. —Arrojó al suelo su cigarrillo y lo pisó con su zapato—. Me tengo que ir. Buena suerte con Phoebe. Es realmente una gata salvaje, te va a dar trabajo meterla en vereda. Dan ya había oído bastante. Levantando el brazo, cogió a Ronald por el hombro, haciéndolo casi caer. —Ve al grano. ¿Qué demonios pasa?
—¿Con respecto a qué?
—Tú y Phoebe.
—Es una mujer inusual.
—¿Qué le has dicho sobre los candidatos a presidente?
A pesar del apretón de Dan, la mirada de Ronald era tranquila y desconcertantemente confiada. —Te diré lo que no le he dicho. No le he dicho que Andy Carruthers es ideal para el puesto.
—Sabes que lo es.
—No, si no puede manejar a Phoebe.
Dan lentamente le soltó y su voz sonó peligrosamente calmada.
—Exactamente, ¿qué quieres decir?
—Lo que digo, Dan, es que tienes el culo al aire, porque ahora mismo, la única persona en la que ella confía y que sabe alguna maldita cosa de fútbol soy yo. Y a mí me despedisteis.
—¡Merecías ser despedido! No estabas haciendo tu trabajo.
—Hice que firmara esos contratos el primer día, ¿no? Por lo que he oído, nadie más ha podido hacer que firme algo.
—Tuviste tiempo después de la muerte de Bert para hacerlo, y no lo hiciste. Ni ninguna otra cosa.
—No tenía autoridad para actuar porque Phoebe no devolvía mis llamadas.
—Encendió un nuevo pitillo y tuvo el descaro de sonreír—. Pero te puedo asegurar que ahora si lo hace.
El temperamento de Dan comenzó a arder y cogió a Ronald por las solapas de la chaqueta. —Eres un hijo de puta. Te acuestas con ella, ¿no?
Tuvo que apreciar el valor del chico. Su tez estaba un poco pálida, pero se mantenía firme. —Eso no es asunto tuyo.
—No más juegos. ¿Qué quieres?
—No eres estúpido, Dan. Averígualo por ti mismo.
—No recuperarás tu trabajo.
—Entonces tienes un gran problema porque Phoebe no hará nada a no ser que yo se lo diga. Dan apretó los dientes. —Te voy a romper la cara. Ronald tragó saliva. —No creo que a ella le gustase. Está loca por mi cara. Dan pensó enfurecido, pero sólo había una conclusión. Ronald lo tenía cogido por los huevos, él y nadie más. Iba contra todas sus creencias, pero no parecía tener otra opción. Gradualmente, le soltó la camiseta. —Bueno, has recuperado tu trabajo por ahora. Pero como no la controles, te colgaré del marcador con el culo al aire. ¿Me has entendido? Ronald le dio un golpecito a su cigarrillo y luego levantó la solapa de la chaqueta con los pulgares. —Me lo pensaré.
Dan le observó marcharse totalmente atónito.
Cuando Ronald alcanzó su coche, tenía sudada hasta la chaqueta. ¡Dan!
Había llamado Dan al entrenador y todavía estaba vivo. Oh, Dios Mío. Oh, Válgame Dios.
Entre los cigarrillos y la arritmia, había comenzado a hiperventilar. Al mismo tiempo, nunca se había sentido mejor en su vida. Se sentó en el asiento del conductor y cogió el teléfono. Después de tocar nerviosamente los botones durante unos momentos, Phoebe descolgó.
Sin aliento empujó el video de “Los riesgos de los negocios” que ella le había dejado, de debajo de su cadera.
—Lo conseguimos, Phoebe.
—¡Estás de broma! —Él podía imaginarse su gran sonrisa.
—Hice exactamente lo que dijiste —se le entrecortó la respiración— y dio resultado. Pero creo que ahora estoy teniendo un ataque al corazón. —Respira profundamente; No quiero perderte ahora —se rió ella—. No me lo puedo creer.
—Ni yo. —Comenzaba a sentirse mejor—. Déjame que me quite esta ropa y me lave el pelo y estaré en plena forma.
—No será demasiado pronto. Tenemos un montón de trabajo y no tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo. —Hubo un momento de silencio—. Oh, oh, viene para aquí. Oigo un furioso ruido de pasos por el pasillo. Rápidamente colgó el teléfono, agarró un espejito de maquillaje con mano temblorosa y lo elevó hasta sus cejas justo en el mismo momento que Dan abría ruidosamente la puerta de su oficina. Vio por un momento la alarmada cara de su secretaria detrás de él antes de que cerrase dando un portazo.
La ventana de su oficina daba a los campos de entrenamiento, así que ella sabía como estaba él a esas alturas. Lo había visto tirar el portapapeles y cargar sobre el campo cuando alguien hacía algo que no le gustaba. Lo había visto lanzar su cuerpo sin protección sobre un jugador totalmente equipado para demostrar algún misterioso movimiento de fútbol. Y alguna vez, cuándo ya era tarde y los demás jugadores se habían marchado, lo había observado correr por la pista con una camiseta manchada de sudor y unos grises pantalones cortos de deporte que dejaban al descubierto un par de piernas poderosamente musculosas.
Tragando saliva, lo miró inocentemente. —Oh, Dios mío. El gran lobo malo acaba de derribar mi puerta. ¿Qué hice ahora?
—Tú ganas.
—Vale. ¿Cuál es el premio?
—Ronald. —Le chirriaron los dientes—. He decidido que no me marcharé si decides volver a contratarle.
—Eso es maravilloso.
—No desde mi punto de vista.
—Ron no es en realidad el incompetente que pareces pensar que es.
—Es una salchichita. —Estupendo, y tú eres un Hot Dog, por eso deberíais llevaros de maravilla. La miró con el ceño fruncido y luego dejó que sus ojos vagaran sobre ella con una insolencia que nunca había exteriorizado antes. —Ronald asegura que sabe como obtener de ti lo que quiere. Pero tal vez hay algo que deberías saber. Las mujeres de negocios no se acuestan con los hombres que trabajan para ellas.
Aunque no había hecho nada malo, la puya le dolió y se obligó a darle la respuesta con mucha suavidad.
—¿Celoso porque no te escogí a ti?
—No. Solo me temo que luego sigas con mis jugadores.
Ella apretó los puños, pero antes de que pudiera responderle, ya había abandonado la oficina. ***** Ray Hardesty se mantuvo en las sombras de los pinos al otro lado de la valla del campo de entrenamiento y observó las zancadas de Dan Calebow sobre la pista. Ray tenía que dejar ese lugar pronto, pero no hizo ningún movimiento para irse. En vez de eso, tosió y apagó otro cigarrillo, aplastándolo en la hierba bajo sus pies. Parte de la hierba estaba verde, pero otra parte se había quemado con las tormentas de la pasada semana, dejando solo algunos hierbajos amarillentos. Todos los días se decía a sí mismo que no iba a volver allí otra vez, pero de todos modos regresaba. Y todos los días cuándo su esposa le preguntaba donde iba, le decía que al True Value. Nunca llevaba nada a casa, pero ella seguía preguntando. Había llegado a un punto que casi no podía soportar verla delante Ray se frotó con el dorso de la mano la mandíbula cubierta de barba y no le sorprendió no sentir nada. La mañana que la policía había llegado a su casa para notificarle que Ray Junior había muerto en un accidente automovilístico, había dejado de notar la diferencia entre caliente y frío. Su esposa decía que era temporal, pero Ray sabía que no, de la misma manera que sabía que nunca podría volver a ver como su hijo jugaba con los Stars otra vez. Toda su vida había dado un vuelco desde esa mañana. Miraba la televisión durante horas sólo para percatarse que no se oía. Echaba sal en su café en vez de azúcar y no advertía el sabor hasta que taza estaba vacía.
Ahora nada iba bien. Él había sido alguien importante cuando Ray Junior jugaba para los Stars. Para los tíos del trabajo, para los vecinos, para los niños del parque, todo el mundo le trataba con respeto. Ahora le miraban con piedad.
Ahora era insignificante y toda era culpa de Calebow. Si Ray Junior no hubiera estado tan contrariado porque lo habían echado de los Stars, no habría estrellado el coche contra esa pared. Por culpa de Calebow, Ray Sr. no podría levantar cabeza nunca más.
Ray Junior le había contado como Calebow lo había señalado durante un mes, acusándole de beber en exceso y algo sobre jodidas drogas solo porque tomaba algo de esteroides como todos los demás en la NFL. Tal vez Ray Junior se había comportado de manera salvaje, pero eso era lo que hacía que fuera un jugador genial. Sin duda alguna no había sido un maldito drogadicto. Brewster, el anterior entrenador de los Stars, nunca se había quejado. Fue cuando Brewster había sido despedido y Calebow había asumido el control que los problemas comenzaron.