Él ahondó más el beso, puede que ella comenzara a gustarle, pero no la respetaba, ni confiaba en ella y si no podía tocar esos pechos pronto, iba a explotar. Sabía que después de lo sucedido en el mirador, necesitaba moverse despacio, pero, Dios mío, lo estaba volviendo loco.
Ella se estrechó contra él y su suave gemido fue como un rudo río de whisky directamente en las venas. Se olvidó de moverse despacio. Se olvidó de todo excepto de su calor, de su suavidad, de su cuerpo “cómeme-nene” y “ven-con-papá”. Sus labios se abrieron y él se zambulló dentro de su boca caliente, pero quería más. La apretó duramente entre sus brazos, sintiendo esos cremosos pechos presionando contra su pecho y perdió la cabeza. Entonces bajó la mano a la curva del más dulce y bello culo que hubiera tocado en su vida y profundizó más con su lengua, pero no era suficiente porque quería curvarla alrededor de sus pezones y bajar entre sus piernas y lamer el azúcar directamente de ella. Estaba duro y loco, y sus manos la recorrían de arriba abajo, su locura se nutría de los gemidos guturales que ella emitía y del frenesí de sus movimientos contra él. Él quería que ella le tocara. La quería sobre sus rodillas, sobre su cama, montada a horcajadas, de cualquier forma que la pudiera tomar, allí mismo donde el calor de sus cuerpos fundiría las tablas del entarimado haciéndoles caer en picado hacia el ardiente centro de la tierra.
Él podía sentir su fiereza haciendo juego con la de él, sus manos apretando sus brazos, sus caderas empujando y embistiendo contra él, retorciéndose. Ella estaba loca, tan loca como él y tan necesitada. Y sus sonidos, casi como de miedo, casi como… Él se puso rígido cuando se dio cuenta de que ella trataba de apartarse de él, y él la estaba reteniendo contra su voluntad.
—¡Por el amor de Dios! —Él se apartó, echándose para atrás con fuerza, tirando una silla con el apuro.
Su boca estaba hinchada y roja por sus besos. Sus pechos se elevaban y su pelo estaba despeinado, como si él lo hubiera revuelto con sus manos, aunque no lo sabía porque sin duda alguna no tenía ni idea de qué había hecho.
Cuando la miró a los ojos, estaba mareado. Había estado con un montón de mujeres, y ésta era la primera vez que se enfrentaba a que le dijeran no en vez de si. La acusación en esos ojos rasgados lo hizo sentirse como un criminal y eso no era justo porque habían empezado los dos juntos.
—¡No me voy a disculpar otra vez, maldita sea! —gritó—. ¡Si no querías que te besara, todo lo que tenías que hacer era decir que no!
En lugar de discutir con él, ella levantó su mano en un gesto pequeño e indefenso que lo hizo sentirse como el mayor criminal del mundo. —Lo siento —murmuró ella.
—Phoebe.
Ella agarró el bolso y salió corriendo de la cocina, de su casa, del calor peligroso de sus dos cuerpos en llamas.
Phoebe se sentía confundida y deprimida mientras tomaba su primera taza de café matutino. Lentamente daba vueltas con su silla, miraba hacia afuera a través de las ventanas de su oficina, situada encima de los campos vacíos de entrenamiento. Era lunes, día de lamerse las heridas, de que los jugadores supieran si habían dado la talla durante el partido como quería su entrenador, pasaran revisiones físicas y vieran películas. No volvían a entrenar hasta el miércoles y ella estaba profundamente agradecida de no tener que pasarse el día mirando como Dan corría de arriba abajo por los campos de entrenamiento con una camiseta y pantalones cortos, gritando y tirando portapapeles como si así pudiera impulsar a su equipo hacia la gloria del fútbol, utilizando sólo la pura fuerza de voluntad. ¿Por qué le había dejado que la besara anoche sabiendo como sabía que ella no era lo suficiente mujer para llevarlo a cabo? No lo podía culpar por su cólera; Los dos sabían que había caído en sus brazos voluntariamente. Pero cuando oyó la áspera respiración caliente, sintió su fuerza y se dio cuenta de que no lo podía controlar, se había aterrorizado.
Se miró el cuerpo que era una farsa. Si su exterior correspondiera con su interior, tendría que tener el pecho plano, ser flaca y huesuda y quebradiza por falta de humedad. ¿De qué servían las caderas curvilíneas y la amplitud de sus pechos si no podía soportar la caricia de un hombre en ellos, si nunca traerían al mundo un bebé, ni alimentarían una nueva vida?
Ella no quería ser así. Quería volver a esos momentos antes de que el miedo la invadiera, cuándo el beso de Dan había hecho que una nueva sabia atravesara su cuerpo. Quería volver a esos momentos cuando se había sentido joven otra vez e infinitamente mujer.
Oyó un golpe y la puerta de la oficina se abrió. —Phoebe, no te molestes. —Ron cruzó la alfombra hacia ella, con un montón de periódicos en las manos.
—Un comienzo ominoso.
—Bueno, eso es…, supongo que depende del punto de vista. —Esparció los periódicos delante de ella.
—Oh, no.
Fotos a color de Phoebe con su vestido rosa y provocador y las gafas de sol con diamantes falsos brillaban intensamente en las páginas de los periódicos que él esparció delante de ella. En una de las fotos, se metía los nudillos en la boca. En otra, su mano reposaba sobre su cintura y sus pechos presionaban hacia fuera haciéndola parecer una mujer de los pósters de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la mayor parte, mostraban su beso a Bobby Tom Denton.
—Particularmente, esta portada es mi favorita. —Ron apuntó hacia uno de los diarios.
LA DUEÑA DE LOS STARS COMPLETA UN PASE EN PROFUNDIDAD —Aunque este tiene una cierta calidad poética. BOBBY BOMBARDEA A LA JEFA Phoebe gimió. —Hacen que parezca tonta. —Esa es una manera de interpretarlo. Por otro lado… —Es bueno para vender entradas. —No tuvo ningún problema para leerle la mente.
Se sentó frente a ella. —Phoebe, estoy seguro de que entiendes lo deprimente que es nuestro estado financiero ahora, ¿no? Este tipo de publicidad llena asientos, y necesitamos cualquier cosa que genere dinero inmediatamente. Sobre todo con ese contrato de alquiler del estadio tan brutal que tenemos.
—Has vuelto a mencionar el contrato del estadio. ¿Por qué no me informas?
—Supongo que debería empezar por el principio. —Ron se quedó pensando—. ¿Eres consciente que los días de los equipos de fútbol propiedad de una familia exclusivamente, están casi extinguidos?
—¿Cuántos quedan?
—Sólo Dos. Los Pittsburgh Steelers, propiedad de la familia Rooney y los Phoenix Cardinals, propiedad de los Bidwells. Es simple, el fútbol es demasiado caro para que lo sostenga un solo propietario. Tim Mara se deshizo de la mitad de los Giants a finales de los ochenta, los McCaskeys hicieron lo propio con parte de los Bears, y, claro está, Bert vendió el quince por ciento de los Stars a algunos de sus amigos.
—¿Algunos de esos hombres que siguen dejándome mensajes en el contestador que no respondo? —Esos mismos. Por ahora, que sean propiedad de una corporación viola las reglas de la liga, pero ahí es probablemente donde se dirige todo esto a la larga. ¿Cómo pueden los Green Bay Packers, por ejemplo, que es un equipo público, competir con terratenientes, petróleo y fortunas del automóvil como las que suministran el dinero de los Chiefs y los Cowboys, los Lions, los Saints y todos los demás?
Él negó con la cabeza. —Los equipos tienen gastos astronómicos y sólo formas limitadas de generar efectivo: La televisión por cable, venta de entradas, contratos de publicidad, y, para algunos de los equipos, los negocios de sus estadios. No vendemos ni un penique de comida o bebida en el domo. No aceptamos ni un pequeño anuncio de publicidad en los partidos, nuestra renta es astronómica y tenemos que pagar nosotros seguridad y limpieza.
—¿Cómo pudo Bert permitir que ocurriera algo así?
—Pensó con el corazón en vez de con la cabeza, me temo. Al principio de los ochenta cuando la franquicia de los Stars estaba disponible, Bert quería tenerlo tan desesperadamente que no negoció demasiado con la corporación de negocios que estaba detrás del equipo. Supongo que también esperaba renegociar el contrato con algunas amenazas y algo de fuerza.
—Aparentemente no pensó de manera correcta.
—La corporación que posee el estadio está bajo la dirección de Jason Keane. Es un hueso duro de roer.
—He oído hablar de él. Es conocido en algunos ambientes de Manhattan.
—No dejes que te engañe su reputación como playboy. Keane es listo y no tiene intención de ablandar el corazón por los Stars. El contrato de renovación será en diciembre, y, hasta ahora no hemos hecho ningún progreso en las condiciones.
Apoyando el codo sobre su escritorio, pasó una mano a través de su pelo y la volvió a apoyar en su mejilla. Los Stars habían perdido los tres últimos partidos de exhibición así como el de inauguración de la temporada, había pocas posibilidades de que el equipo se clasificara para jugar la copa de campeón de la AFC. Todos los periodistas deportivos se inclinaban por que los Portland Sabers jugarían la Super Bowl otra vez ese año, y no se podía olvidar que los Sabers habían ganado su partido inagural por 25-20 contra los Buffalo Bills.
El contrato del estadio iba a ser problema de Reed y no había ninguna razón por la que ella debería de perder el tiempo pensando en ello, excepto por una necesidad inexplicable de lograr algo que su padre no había podido hacer.
¿Pero como podía remediar ella una situación que Bert no había podido arreglar, sobre todo teniendo en cuenta que ella no sabía nada de todas esas cosas? Reed la había llamado por teléfono varias veces desde la noche que la había visitado. Incluso le había enviado flores antes del partido inaugural. Cada vez que habían hablado se había mostrado infaliblemente educado, aunque no estaba demasiado contento del contrato de dos años que había firmado con Ron. Sabía que temía que pudiese destruir al equipo antes de que él pudiera asumir el control. Él nunca entendería que su necesidad de ser algo más que el testaferro que su padre había imaginado, pesaba más que cualquier deseo de venganza que pudiera tener por su acosamiento infantil.
Ella observó el ordenador que ocupaba una esquina del escritorio. —¿Podrías mandar a alguien que me pueda enseñar a manejar esa cosa?
—¿Quieres aprender a manejar un ordenador?
—¿Por qué no? Estoy dispuesta a probar cualquier cosa que no engorde.
Además, podría ser entretenido volver a usar mi cerebro.
—Mandaré a alguien. —Ron se levantó para salir—. Phoebe, ¿estás segura de que no quieres instalarte en la oficina de Bert? Me remuerde la conciencia tener tanto espacio para mi solo.
—Tú lo necesitas más que yo.
Después de que Ron se fuera, miró las paredes azules y grises, el escritorio de acero y las filigranas de fútbol. Había decidido que no iba a estar lo suficiente como para tomarse la molestia de personalizar la que fuera oficina de Ron, con sus pertenencias. Toda esa decoración práctica era un marcado contraste con el lujoso alojamiento al que Molly y ella se iban a mudar. Una de las amantes de Bert obviamente había tenido mejor gusto en decoración que en hombres. Peg Kowalski, el ama de llaves de Bert, estaba supervisando la mudanza de la ropa de Molly y Phoebe y demás bienes personales. Peg, de casi sesenta años estaba cansada de dirigir una casa grande, así que inmediatamente había estado de acuerdo en echar una mano con la limpieza, ropa y compra de comida así como también de pasar la noche con Molly si Phoebe necesitaba estar de viaje.
Molly había mostrado algo de interés en la mudanza. Pero no había aceptado la invitación de Phoebe para salir de compras y así poder actualizar su soso vestuario antes de comenzar el miércoles en la escuela. Phoebe había decidido no sacar a colación el tema de las mentiras que Molly le había dicho a Dan. Sólo empeoraría la mala situación.
Tenía que leer informes, devolver llamadas telefónicas, pero, en lugar de eso, hizo girar su silla otra vez para mirar fijamente por la ventana. Llevaba jugando con los hombres tanto tiempo que no tenía ni idea de cómo hacer saber a uno que estaba sinceramente atraída por él. Mezclado con sus sentimientos de vergüenza y tristeza, había arrepentimiento. Si únicamente hubiera sido lo suficiente mujer para dejar que Dan Calebow le hiciera el amor, quizá pudiera haberse curado.
***** Dan se dio cuenta de que Valerie le miraba suspicazmente cuando entró en la oficina que ella tenía en uno de los edificios de granito y cristal de Oak Brook.
Ella señaló a las sillas tapizadas en rosas que estaban situadas alrededor de la pequeña mesa de reuniones.
—¿Quieres café?
—No, Gracias.
Él se sentó, colocando la silla hacia atrás para poder estirar las piernas.
Cuando ella se levantó del escritorio y se acercó a él, se percató de su conservador traje azul marino y su camisa blanca de seda abotonada hasta el cuello. Conociendo a Valerie, probablemente llevaba debajo una diminuta prenda de ropa interior.
—Oí que perdisteis otra vez el domingo —dijo ella, sentándose al lado de él—. Lo siento.
—Son cosas que ocurren. —Había querido hacer esto bien, así que le había dicho a ella que necesitaban hablar y le preguntó si podían encontrarse en el centro para cenar en Gordon, su restaurante favorito. Cuando se negó y le dijo en cambio que fuera a su oficina, supuso que ella sabía qué tenía en mente y quería acabar cuanto antes.
Ella cogió un paquete de cigarrillos del centro de la mesa. —Ese incidente de tu casa anoche fue abrumador. Espero que mantenga la boca cerrada.
—Probablemente lo hará.
Valerie soltó una risa sarcástica. —Mi vida entera pasó por delante de mí cuando me di cuenta de lo que había sucedido. —Supongo que a ella también le pasó lo mismo; cuando la arrastré al bosque, a diferencia de ti, ella no sabía que en realidad no la iba a lastimar. —Lograste calmarla.
—Hablamos un poco.
Dio una profunda calada al cigarrillo que acababa de encender y de forma no tan delicada fue directamente al grano. —No va a beneficiar ningún plan de seducción que tengas para ella.
—Créeme, Val, el único plan que tengo para Phoebe es quedarme tan lejos de ella como pueda.
Y pensaba hacerlo. Él estaba furioso consigo mismo por haber dejado que las cosas con Phoebe fueran tan lejos. Nunca debería haberla besado y se prometió a sí mismo que no volvería a perder el control otra vez. Por fin, tenía sus prioridades totalmente claras.
Val le miró con precaución. —Entonces, ¿de que va todo esto?
Supo que no iba a gustarle lo que tenía que decir y se lo dijo en voz baja. —He encontrado a alguien.
Ella era buena disimulando, tenía que admitirlo, y si no la hubiera conocido tan bien, hubiese creído que no estaba afectada por sus noticias. —¿Alguien que conozca?
—No. Trabaja en una guardería. —Val no lo entendería si le dijese que aún no había invitado a salir a Sharon, pero después del incidente de la última noche, sabía que no podía permitirse más juegos sexuales con su ex-esposa, no cuando se preparaba para un cortejo en serio.
—¿Cuánto tiempo hace que os veis la de la guardería y tú? —Ella tomó otra calada rápida y furiosa.
—No demasiado.
—Y ella, claro está, es todo lo que yo no soy. —Apretó la boca mientras clavaba el cigarrillo en el cenicero.
Valerie tenía un ego de buen tamaño y normalmente no se irritaba con facilidad, pero se dio cuenta de que estaba herida. —Estoy seguro que no es tan lista como tú, Valerie. Ni tan sexy. Pero la cosa es que es realmente buena con los niños. —Ya veo. Ha pasado tu prueba de madre abnegada. —Le dirigió una sonrisa brillante y fría—. En realidad Dan, me alegro de que haya surgido esto, porque hace tiempo que quiero decirte algo. —¿Qué?
—Nuestro acuerdo ya no me va bien.
Él fingió sorprenderse. —¿Quieres romperlo?
—Lo siento, pero sí. No sabía como hacerlo sin herirte.
Él se levantó de un salto de su silla y le brindó la pequeña satisfacción que sabía que necesitaba. —¿Quién es? ¿Tienes otro hombre, Val?
—Fue inevitable, Dan. No hagas ninguna escena.
Él miró hacia abajo. Se puso en pie bruscamente. —Joder, Valerie, te aseguro que sabes como poner a un hombre en su sitio. No sé por qué trato siquiera de tener la última palabra contigo. Aquí estoy yo intentando romper contigo, y todo este tiempo tú intentabas hacer lo mismo.
Ella lo miró suspicazmente, tratando de ver si mentía, pero él no lo permitió, puso en su cara la misma expresión sincera que usaba en las entrevistas de después de los partidos de los domingo cuando decía lo bien que habían jugado los Broncos y como habían merecido ganar.
Ella tamborileó en la mesa y se levantó. —Supongo, entonces, que no queda nada más que decir. —Supongo que no.
Cuando la miró, recordó las cosas buenas en vez de las malas. La mayor parte habían tenido lugar en la cama, pero supuso que eso era más de lo que muchas parejas divorciadas podían decir. No estaba seguro de quién se movió primero, pero lo siguiente que supo es que ambos se rodeaban con los brazos.
—Cuídate, ¿lo harás? —dijo él.
—Que la vida te vaya bien —murmuró ella.
Veinte minutos más tarde cuando entró en el aparcamiento de la guardería Sunny Days, él ya no pensaba en Valerie. En vez de eso, fruncía el ceño a su espejo retrovisor. El vehículo gris que lo seguía parecía el mismo que había visto detrás de él un par de veces la semana anterior. Tenía el guardabarros derecho abollado. Si lo seguía un periodista, las cosas iban a ponerse difíciles.
Trató de ver al conductor mientras el vehículo pasaba delante de la entrada a la guardería, pero tenía las ventanas tintadas.
Sin hacer caso del incidente, aparcó el Ferrari y entró en la construcción baja de ladrillo, sonriendo al oír los diversos ruidos de la escuela: Chillidos de alegría, cantos desentonados, ruidos de sillas. Tenía que estar en Wheaton en media hora para dar un discurso en un almuerzo en Rotario, pero no se pudo resistir a detenerse unos pocos minutos. Tal vez aclararía la confusión sobre lo que había sucedido con Phoebe la noche anterior.
La puerta del aula de Sharon estaba abierta y cuando miró dentro, su pecho se hinchó. ¡Horneaban galletas! En ese mismo momento, estaba dispuesto a ponerse de rodillas y proponerle matrimonio. Lo que no habría dado cuando era niño por tener una madre que horneara galletas.
Desafortunadamente, había estado demasiado ocupada emborrachándose. No la culpaba. Vivir con un bastardo como su padre habría llevado a cualquiera a beber.
Sharon lo miró desde la batidora y dejó caer la cuchara que tenía en la mano cuando lo vio. Su cara enrojeció. Él sonrió cuando se percató del desorden que la rodeaba.
Su rizado pelo rojizo estaba lleno de harina y una veta de colorante azul cruzaba su mejilla. Si él fuera el dueño del Cosmopolitan, la habría puesto en la portada tal y como estaba. En su mente, Sharon, con la cara de duendecillo y la nariz pecosa, era bastante más encantadora que esas rubias de grandes pechos con lentejuelas y lycra.
Una imagen de Phoebe Somerville pasó como un relámpago por su mente, pero la apartó con fuerza. No iba a dejar que la lujuria interfiriera en la búsqueda de la madre de sus hijos.
Sharon recogió la cuchara de madera que se le había caído. —Ah, hola. Entra.
Su nerviosismo le atrajo. Era bonito estar con una mujer que no fuera capaz de estar con un hombre como él. —Solo pasé un minuto para ver como se desenvolvía mi amigo Robert con su brazo roto. —Robert, aquí hay alguien que quiere verte.
Un niño n***o y guapo con camiseta y pantalones cortos se acercó corriendo para enseñarle su molde. Dan admiró todas las figuras, incluyendo la de él, que era de las peores.
—¿Conoces a Michael? —preguntó finalmente el niño.
En un sitio como Chicago, no había ninguna duda a qué Michael se refería, ni aunque fuera un niño de cuatro años. —Claro. Me deja jugar al baloncesto con él algunas veces.
—Apuesto que te dará buenas palizas.
—No, me tiene miedo. —Michael no tiene miedo de nadie —dijo el niño solemnemente. Eso por tratar de bromear sobre Jordan, aunque estuviera retirado.
—Tienes razón. Me da bastantes palizas. Robert llevó a Dan a la mesa para admirar sus galletas, y al cabo de un rato el resto de los niños reclamaron su atención. Eran tan lindos que no se cansaba de ellos. Los niños le encantaban, puede que porque a él le gustaba hacer lo que ellos hacían: comer galletas, ver dibujos animados en la tele, generalmente las dos cosas a la vez. Pero aunque ya llevaba retraso, no podía resignarse a marcharse. Sharon, mientras tanto, había dejado caer un vaso con azúcar y huevo. Él agarró una toalla de la mesa para ayudarle a limpiarlo y vio que ella se sonrojaba otra vez. A él le gustaba ese rizado pelo rojizo y la manera en que se movía hacia todas partes.
—Parece que se me cae todo —tartamudeó. —Eso es algo que no se debe decir cerca de los quarterback, ni siquiera de los retirados. Le gustó que tardara unos segundo en pillarlo, pero entonces ella sonrió.
—Tienes colorante en la mejilla.
—Estoy hecha un desastre. —Inclinó la cabeza y se frotó la mejilla con el hombro, para no terminar pintada en dos lugares en vez de en uno—.
Honestamente lo estoy todo el tiempo.
—No te disculpes. Estás genial.
—Ethan me echó azúcar —gimió una niña. Sharon inmediatamente fijó su atención en la niña que tiraba fuertemente de sus pantalones con los dedos muy sucios. Lo que más le gustaba de ella.
Incluso cuando hablaba con un adulto, los niños eran su prioridad. Él observó con admiración como negociaba un acuerdo que habría enorgullecido a un diplomático. —Te contratarían en Oriente medio.
Ella sonrió. —Creo que allí no rocían con azúcar. Miró el reloj. —Me tengo que ir. Tengo que dar un discurso en cinco minutos. Mi horario es ahora bastante apretado, pero cuando tenga algo de tiempo, tenemos que salir a cenar. ¿Te gustan los italianos? Ella enrojeció otra vez. —Si-i-i, un italiano será estupendo. —Vale. Te llamaré.
—De acuerdo. —Pareció vagamente atontada.
Impulsivamente, él se inclinó hacia adelante y rozó su boca con un beso rápido. Cuando salía del aparcamiento, sonrió y se relamió los labios.
Tal vez fuera su imaginación, pero creyó saborear vainilla.