Él tanteó el pecho. Se le paralizó todo el cuerpo. Y luego se alejó de un salto como si ella fuera radiactiva.
Ella comenzó a sollozar. La incandescencia ámbar de la luz de farol que había prendido inundó repentinamente el interior del pequeño mirador, iluminando el mobiliario, la alfombra de sisal y los ojos que él clavaba en ella con horror.
—¡Phoebe! Jesús, Phoebe, lo siento, no sabía que eras tú. Se suponía que Val… Sus dientes temblaban y su cuerpo entero había comenzado a estremecerse. Donde él había desgarrado su vestido, el corpiño abierto revelaba sus pechos. Ella sujetó la tela rota y comenzó a caminar hacia atrás con las lágrimas cayendo por sus mejillas.
—Phoebe —se intentó acercar a ella.
Ella dio un salto hacia atrás, agarrando frenética y firmemente el vestido roto. —¡No me toques! —sollozó.
Él se paró y se echó atrás, deteniendo sus manos. —No voy a lastimarte. Te lo puedo explicar. Es todo un error. No sabía que eras tú. Creía que eras mi ex-esposa. Tenía que encontrarme con ella… ¿Se suponía que eso debería de hacer que se sintiera mejor? Sus dientes no dejaban de temblar y tuvo un espasmo en el pecho cuando trató de tragarse los sollozos. Él dio otro paso y otra vez ella se echó hacia atrás. Él inmediatamente se detuvo. —No lo entiendes.
—¡Bastardo! ¡Pervertido bastardo!
—¡Dan!
Phoebe se detuvo cuando oyó el sonido de la voz de una mujer.
—¡Dan! ¿Dónde estás?
El alivio la atravesó cuando se percató de que ya no estaban solos. Luego vio la expresión de advertencia de sus ojos y observó como él presionaba un dedo sobre los labios, pidiendo silencio.
—¡Aquí! —gritó ella—. ¡Por aquí!
Él inclinó la cabeza. —Joder.
—¿Dan? —Una mujer delgada y atractiva que llevaba un sencillo y floreado vestido de algodón llegó al mirador—. Oí que alguien… Se interrumpió cuando vio a Phoebe. Su mirada voló hacia Dan. —¿Qué tenemos aquí?
—Lo que tenemos aquí —dijo él con pesar— es un caso de identidad equivocada.
La mujer miró el vestido roto de Phoebe y su pelo desordenado. Sus ojos se abrieron con consternación. —Oh, Dios mío.
Cuando el terror de Phoebe comenzó a remitir, se percató de que había algo que no entendía.
—Estaba oscuro —dijo Dan a la mujer— y pensé que eras tú.
La mujer presionó la sien con los dedos. —¿Es discreta?
—¡Condenada discreción! ¡Está muerta de miedo! ¿No puedes suponer lo que le he hecho?
La voz de la mujer era tan fría y seria que Phoebe inmediatamente la odió.
—¿Quién es?
—Phoebe Somerville —contestó él, dándose cuenta aparentemente de que Phoebe estaba tan indispuesta que no podía contestar por ella misma.
—¿La dueña de los Stars?
—La misma. —Él se volvió a Phoebe y le dijo— Phoebe, esta es Valerie Calebow, mi ex-esposa. Es también congresista de los Estados Unidos, pero, a pesar de eso, puedes confiar en ella. Valerie va a explicarte que no trataba de lastimarte y va a decirte exactamente por qué pasó.
La frente de Valerie se arrugó súbitamente. —Dan, no puedo.
—¡Hazlo! —le espetó con expresión homicida—. No está en condiciones de escucharme ahora mismo.
Ella eligió sus palabras cuidadosamente, con expresión fría. —Señorita Somerville, aunque Dan y yo estamos divorciados, mantenemos una relación íntima. Somos amantes bastante fantasiosos y… —Habla sólo en tu nombre, Val. Yo sería feliz con una cama ancha y una cinta de Johnny Mathis.
—¿Estás echándome la culpa?
—No —suspiró él—. Fue culpa mía. Las dos tenéis el pelo claro y casi la misma altura. Estaba oscuro… —Dan y yo habíamos quedado aquí esta noche. Había una recepción oficial a la que tuve que asistir así que llegué un poco tarde. Desafortunadamente, Señorita Somerville, la confundió conmigo.
Lentamente, Phoebe comenzó a comprender lo que había sucedido, pero sólo podía clavar los ojos en la mujer con desconcierto. —¿Quieres decir que te gusta que te trate así? Valerie se negó a mirarla a los ojos.
—Me temo que me tengo que ir. Lamento que se asustara. Sólo espero que entienda lo delicada que es esta situación. Como congresista electa, sería sumamente difícil para mí que alguien se enterara… —Por Cristo bendito, Val.
Ella se giró hacia él. —Cállate, Dan. Esto pondría fin a mi carrera. Quiero tener la seguridad de que no dirá nada.
—¿Y a quien se lo iba a decir? —dijo Phoebe con impotencia—. De todas maneras nadie me creería.
—Lo siento. —Valerie la saludó con la cabeza y rápidamente dejó el mirador.
Phoebe no quería estar a solas con él. Inmediatamente tuvo conciencia de su opresivo tamaño físico, de los músculos que ponían tirantes las mangas de su camisa de punto. Manteniendo la parte delantera de su vestido apretada, comenzó a moverse hacia el arco del enrejado del mirador.
—Haz el favor de sentarte —le dijo con suavidad— te juro que no me acercaré a ti, pero tenemos que hablar. —¿Es un juego para ti? —murmuró ella—. ¿Así es como lo llamas? —Si.
—No fue un juego para mí.
—Lo sé, lo siento.
—¿Cómo te puede gustar eso?
—Es lo que le gusta a ella.
—¿Pero por qué?
—Es una mujer fuerte. Poderosa. Algunas veces se cansa de tener el mando.
—¡Está enferma, y tú también!
—No la juzgues, Phoebe. Ella no está enferma, y hasta esta noche, lo que había entre nosotros sólo era cosa nuestra.
Ella comenzó a estremecerse otra vez. —Tú estabas… ¿Y si no te hubieras detenido?
—Me había detenido. En el mismo momento que toqué tu… —se aclaró la voz—. Valerie es algo más plana que tú.
Sus rodillas ya no la sujetaban y se dejó caer en el asiento más cercano. Él se aproximó a ella cautelosamente, como si tuviera miedo de que comenzara a gritar otra vez.
—¿Qué haces aquí?
Ella respiró temblorosamente. —Paul apareció en la fiesta apenas te fuiste. Te traje el video que querías. —Hizo un gesto indefenso al percatase que lo había dejado caer.
—Pero le dije a Ronald que no lo mandara esta noche.
—Pensé: no tengo sueño y …, déjalo, fue una idea estúpida.
—Y que lo digas.
—Me voy. —Apoyando las manos en los brazos de la silla, logró ponerse de pie.
—Necesitas estar unos minutos más sentada antes de tratar de conducir.
Tengo una idea. No comí nada en la fiesta y tengo hambre. Déjame hacer unos sándwiches. ¿Qué te parece?
Había tal ansiedad por complacerla en su expresión, que se aligeró el miedo residual que aún sentía. Pero era demasiado grande y fuerte, y ella no se había recobrado de esos minutos cuando el pasado pareció repetirse.
—Es mejor que me vaya. —¿Tienes miedo a estar sola conmigo?
—Sólo estoy cansada, eso es todo.
—Tienes miedo.
—Estaba completamente indefensa. Tú eres un hombre fuerte. No puedes imaginar nada parecido.
—No, no puedo. Pero ya pasó. No te lastimaré. Lo sabes, ¿no?
Ella inclinó la cabeza lentamente. Lo sabía, pero era duro bajar las defensas.
Él le sonrió. —Sé por qué quieres llegar a casa. Vas a despertar a tu hermana pequeña para poder golpearla.
Alucinada, clavó los ojos en él. —¿De qué estás hablando?
—La Señorita Molly y yo tuvimos una conversación interesante esta noche.
Pero no voy a contártela a menos que te quedes mientras preparo algo de comer.
Ella vio la chispa de desafío en sus ojos. Ahora era el entrenador, probando su temple, igual que probaba a sus hombres. Sabía que no iba a lastimarla. ¿Si se escapaba esta vez, se detendría en algún momento?
—Bueno. Sólo un rato.
El poco familiar camino era difícil de seguir a oscuras. Ella tropezó una vez, pero él levantó el brazo para ayudarla y se preguntó si sabría que habría sufrido una crisis nerviosa si la hubiera tocado a oscuras.
Mientras caminaban, él trató de tranquilizarla contándole cosas sobre la granja. —Compré este lugar el año pasado y lo rehabilité. Hay un huerto y un establo donde puedo meter un par de caballos si quiero. En este lugar hay árboles que tienen cien años.
Alcanzaron el porche delantero. Él se inclinó para recuperar el video que ella había dejado caer, luego abrió la puerta principal y encendió una luz antes de dejarla entrar. Ella vislumbró una escalera a la izquierda y un pasillo abovedado a la derecha que conducía al ala lateral de la casa. Ella lo siguió a través de un espacio manifiestamente rústico y acogedor.
La piedra de la pared más larga iba iluminándose por la luz de las lámparas que él encendía al pasar. La habitación abarcaba un salón con dos alturas y una cocina acogedora y anticuada con una zona con cubierta inclinada donde coincidían los aleros. Sobre el suelo de pino había bastantes muebles incluyendo un sofá verde con cuadros rojos y amarillos, sillas suaves, demasiados grandes y una alacena vieja de pino. Un banco de madera lleno de muescas y cicatrices servía de mesa para café y sostenía un tablero de ajedrez y un montón de libros. Candeleros de madera labrada, piedra arenisca y varios bancos antiguos de metal estaban próximos a la chimenea. Había esperado que viviera rodeado de estatuas de mármol de mujeres desnudas, no en este confortable refugio rural que parecía parte de la pradera de Illinois.
Le pasó una suave camisa de algodón azul. —A lo mejor quieres ponerte esto. Hay un cuarto de baño al lado de la cocina.
Ella se percató de que todavía agarraba con firmeza la parte delantera de su vestido. Tomando la camisa de él, se excusó y entró en el cuarto de baño.
Cuando contempló su reflejo en el espejo, vio que sus ojos eran ventanas grandes y vulnerables, que mostraban todo. Se arregló el pelo con los dedos y se quitó los churretones de rimel con un poco de papel higiénico. Sólo cuando se sintió razonablemente tranquila dejó el cuarto de baño.
La camisa que le había dado le llegaba por la mitad del muslo, se enrolló las mangas mientras entraba en la cocina donde cortaba una barra de pan integral y un rollo de carne para sándwiches que había sacado de la nevera.
—¿Te gusta la carne en rollo?
—No como demasiada carne roja.
—Tengo salami o pechuga de pavo. —Con algo de queso me llega.
—¿Queso fundido? Me sale realmente bien.
Él se mostraba tan complaciente, que no pudo más que sonreír. —De acuerdo. —¿Quieres vino o cerveza? También tengo algo de té helado.
—Té helado, por favor. —Tomó asiento en una vieja mesa plegable.
Sirvió dos vasos y luego comenzó a preparar los sándwiches. Una copia de “Historia del tiempo” de Stephen Hawking reposaba sobre la mesa. Ella lo usó como excusa para reestablecer algo de normalidad entre ellos. —Bonita y densa lectura para un deportista. —Si entiendo todas las palabras, no está demasiado mal.
Ella sonrió.
Puso los sándwiches sobre una sartén plana. —Es un libro interesante. Te da bastante en lo que pensar: Quarks, ondas gravitatorias, agujeros negros. Siempre me gustó la astronomía cuando estaba en el colegio.
—Creo que esperaré a la película. —Tomando un sorbo de té helado, dejó el libro a un lado—. Dime qué sucedió con Molly.
Él apoyó la cadera contra el borde de la estufa. —Esa chica es un as. Me la encontré dentro cuando fui a hacer la llamada.
Me dijo algunas cosas horribles sobre ti.
—¿Cómo qué?
—Como que la encierras en la casa. Rompes su correo, la pones a pan y agua cuando te enfadas con ella. Y la golpeas con frecuencia.
—¡Qué! —Phoebe casi tiró el té helado.
—Pero me dijo que no le dolía.
Phoebe se quedó con la boca abierta. —¿Por qué diría algo así?
—Parece que no le gustas demasiado.
—Lo sé. Es como un grano en el culo. Desaprueba la forma en que me visto; No le hacen gracia mis chistes. Y ni siquiera le gusta Pooh.
—Eso puede ser un rasgo de su buen juicio.
Le echó una mirada de advertencia.
Él sonrió. —De hecho, tu perra se enroscaba suavemente alrededor de sus tobillos casi todo el rato mientras hablábamos. Parecían viejos amigos.
—No me lo puedo creer.
—Bueno, a lo mejor estoy equivocado.
—¿En serio que te dijo que la golpeo?
—Sí, madam. Pero dijo que no eras mala, solo algo retorcida. Creo que te comparó con alguien llamado Rebecca. La primera Señora de Winter.
—¿Rebecca? —Comenzó a entender y negó con la cabeza—. Todo eso que habla sobre Dostoyevski y la pequeña arpía lee a Daphne Du Maurier. —Por un momento se quedó pensativa—. ¿Cómo sabes que no te decía la verdad? Los adultos golpean a los niños muchas veces.
—Phoebe, cuándo estabas viendo el partido, parecía como si te fueras a desmayar cuando alguien se llevaba un golpe duro. Además, no tienes instinto asesino. —Comenzó a darle la vuelta a los sándwiches—. Corrígeme si me equivoco, pero supongo que era algo más que poco apetito lo que tenías el día que comimos con Víktor en tu cocina, sin mencionar ese rico rollo de carne que tengo en la nevera.
Este hombre definitivamente veía demasiado. —Todos esos nitratos no son saludables.
—Ya. Vamos, cariño, le puedes decir a Papa Dan tu pequeño secreto desagradable. Eres vegetariana, ¿verdad?
—Hay un montón de gente que no come carne —dijo a la defensiva.
—Bueno, pero la mayoría de los que lo hacen, lo proclaman. Tú no dices nada. —No es asunto de nadie. Es simplemente que no me gusta atascarme las arterias, eso es todo.
—Ahora, Phoebe, porque no lo intentas de nuevo pero diciéndome la verdad. Tengo el presentimiento de que tus hábitos alimentarios no tienen nada que ver con tus arterias. —No sé de qué hablas.
—Vamos, dime la verdad.
—¡Vale! Me gustan los animales. ¡No es un delito! Ni siquiera cuando era niña podía aguantar la idea de comer animales.
—¿Por qué lo ocultas?
—No es que tenga la intención de ser reservada. Es sólo que no lo hago por filosofía. No llevo pieles, pero tengo un armario lleno de zapatos de piel y cinturones y odio todos esos debates en los que las personas tratan de convencerte a la fuerza. Una parte de mi reticencia es hábito, supongo. La tutora de mi viejo internado solía meterse conmigo por eso. —¿Y eso?
—Una vez tuvimos una discusión sobre una chuleta de cerdo cuando tenía once años. Acabé sentada a la mesa del comedor la mayor parte de la noche.
—Pensando en Piglet, supongo.
—¿Cómo lo supiste?
—Es obvio que eres una gran fan de A.A. Milne 13 , cariño. —Sus ojos brillaban de diversión—. Sigue. ¿Qué sucedió?
—Mi tutora por supuesto llamó a Bert. Me gritó, pero no lo podía comer.
Luego, las demás chicas me rescataron. Fueron poniendo trozos de la carne en sus platos.
—Eso no explica enteramente la reserva que tienes ahora.
—La mayoría de la gente piensa que los vegetarianos están un poco locos y ya se piensan que estoy bastante loca. —Creo que nunca me encontré con alguien aparte de los jugadores de fútbol que invirtiera tanta energía en fingir algo. —Soy una luchadora.
—Estoy seguro.
Su gran sonrisa la molestó. —El que no fuera lo suficientemente fuerte para rechazarte esta noche no significa que no sea buena luchadora. Él inmediatamente pareció tan afligido que deseó haber guardado silencio.
—Realmente lo siento. Nunca he lastimado a una mujer en mi vida. Bueno, con excepción de Valerie, pero eso fue… —No quiero oírlo.
Él cerró el fuego de la sartén y caminó hacia la mesa. —Te he explicado lo que sucedió y me he disculpado de todas las maneras posibles. Vas a aceptar mi sincera disculpa, ¿o este accidente saldrá a la palestra cada vez que estemos juntos? Sus ojos estaban tan llenos de preocupación que ella tuvo un deseo casi incontrolable de deslizarse entre sus brazos y pedirle que la abrazara durante unos minutos. —Acepto tu disculpa.
—¿La aceptas con sinceridad o es una de esas cosas de mujeres donde una mujer le dice a un hombre que le perdona algo, pero luego se pasa todo su tiempo libre buscando maneras de hacerle sentir culpable?
—¿Valerie hacía eso?
—Querida, cada mujer con la que he estado ha hecho eso.
Ella trató de volver sigilosamente a su viejo rol. —La vida es difícil cuando se es irresistible para el "sexo contrario".
—Dicho por alguien a quien le pasa lo mismo.
Cuando trató de contestarle, no se le ocurrió nada y se dio cuenta de que si no tenía cuidado iba a llegar a esa parte de ella que siempre había tenido bajo llave. —Esos emparedados ya deben estar hechos a estas alturas.
Él regresó a la cocina, dónde comprobó la parte de debajo de los sándwiches con una espátula, luego los sacó de la sartén. Después de dividirlos pulcramente en dos, regresó a la mesa con dos platos de porcelana y se sentó en una de las sillas.
Durante varios minutos comieron en silencio. Finalmente, él lo rompió. —¿No quieres hablarme sobre el partido de hoy?
—En realidad, no.
—¿No vas a preguntarme nada sobre el juego doble? Los periodistas van a despellejarme por eso.
—¿Qué es un juego doble?
Él sonrió abiertamente.
—Comienzo a ver definitivamente algunas ventajas en lo de trabajar para ti.
—¿Por qué no tengo ningún deseo oculto de entrenar al equipo yo misma?
Él inclinó la cabeza y le hincó el diente al sándwich.
—Nunca haría eso. Aunque creo que deberías darle un nuevo rumbo a la ofensiva y poner a Bryzski en lugar de Reynolds.
Él clavó los ojos en ella, y ella sonrió. —Algunos de los colegas de Bert se acercaron a mí en el palco.
Él la miró a la cara. —Los periodistas estaban molestos de que no aparecieras en la rueda de prensa de después del partido. Tienen curiosidad por ti.
—Pues van a tener que aguantarse. He visto alguna de esas ruedas de prensa. Una persona tiene que saber algo de fútbol para contestar a las preguntas.
—Tendrás que hablar con la prensa tarde o temprano. Ronald no puede excusarte siempre.
Recordó aquello que suponía Dan de que el presidente y ella estuvieran personalmente involucrados. —Desearía que no fueras tan negativo con él. Está haciendo un buen trabajo y ciertamente no podría trabajar sin él.
—¿En serio?
—Es una persona maravillosa.
Él la miró fijamente mientras cogía una servilleta de la mesa y se limpiaba la boca con ella. —Debe serlo. Una mujer como tú tiene muchísimo donde escoger.
Ella se encogió de hombros y como con miedo tomó un poco de su sándwich.
—Maldición. Parece como si te hubiera pateado un mulo. —Caramba, gracias.
Él hizo una bola con la servilleta y la puso a un lado. —No me puedo creer que seas tú. ¿Dónde están tus agallas, Phoebe?
¿Dónde está la mujer que me enredó para que volviera a contratar a Ronald de presidente?
Ella se puso rígida. —No sé de qué hablas.
—Joder, claro que lo sabes. Me engañaste. Me llevó un par de días darme cuenta de lo bien perfilado que estaba tu plan. Ronald y tú me pusisteis una trampa. Incluso me llegó a convencer de que erais amantes.
A ella le sorprendió ver que él no parecía molesto ni enojado, pero eligió sus palabras con mucho cuidado.
—No sé por qué te cuesta tanto creerlo. Es un hombre muy atractivo.
—Tendré que creerte. Pero el hecho es, que vosotros no sois amantes.
—¿Cómo lo sabes?
—Sólo lo sé, eso es todo. He visto la manera en que lo tratas cuando crees que no te observo: caídas de ojos, te mordisqueas el labio inferior, voz ronca al hablar.
—¿Y no es esa la manera en que las mujeres se comportan con sus amantes?
—Es justo así. Pero tú te comportas de la misma manera hasta con el encargado de la limpieza.
—No lo hago.
—Te comportas así casi con cada hombre que conoces.
—¿Cómo que casi?
—Con todo el mundo salvo conmigo.
Él apartó el trozo de sándwich que no había comido. —Tratas de tentarme con ese cuerpo de come-hombres que tienes, pero no puedes hacerlo y lo siguiente que sé es que clavas los ojos en tus pies o que disfrutas mirándote las uñas. —Él se reclinó en la silla—. No ignoro que tú sacas pecho a todo lo que lleve pantalones, pero últimamente me da la impresión que apenas puedo intercambiar dos frases contigo antes de que encojas los hombros. Lo que no sé es por qué.
—Tienes una imaginación muy activa.
—No lo creo.
Ella se levantó. —Es tarde. Me tengo que ir.
Él se levantó, también y rodeó la mesa para tocarla por primera vez desde el incidente en el mirador. Se sorprendió cuando ella no se sobresaltó, pero su estómago todavía se tensaba con fuerza cuando pensaba lo que le había hecho.
Mientras se ponía de pie ante él con su vieja camisa azul, parecía hermosa y frágil; y no podía recordar haber encontrado en toda su vida una mujer tan llena de contradicciones. No quería que le gustara, pero cada vez era más difícil que no lo hiciera. Él cerró la mano sobre su hombro. —¿Todavía estás asustada de mí?
—Por supuesto que no.
Puede que no tuviera miedo, pero algo ocultaba y su conciencia no podía tolerarlo. Bajando la mano, insinuó una caricia muy suavemente frotando su brazo sobre la suave manga de algodón. —Creo que lo estás. Creo que eres tan tonta que piensas que me voy a convertir en alguna clase de pervertido y que te voy a atacar otra vez.
—No.
—¿Estás segura?
—Por supuesto que lo estoy.
—Pruébamelo —¿Cómo sugirieres que lo haga?
Él no sabía que demonios lo empujaba; Sólo sabía que sus bromas la hacían sonreír y que le encantaba ver como sus ojos se llenaban de arruguitas en las esquinas cuando ocurría. Con una sonrisa traviesa, señaló su propia mandíbula. —Dame un beso. Aquí mismo. Un besito amistoso y sonoro de los que se dan los amigos. —No seas ridículo.
Sus ojos se llenaban de arruguitas y él no podía resistirse a bromear con ella un poco para que volviera a suceder, aunque realmente no bromeaba cuando comenzó a pensar en cómo se sentiría ese increíble cuerpo presionado contra el suyo, lo que, considerando su anterior encuentro, no era la mejor idea del mundo.
—Venga. Te desafío. No estamos hablando de uno de esos besos antihigiénicos con lengua. Sólo un beso amistoso en la mejilla. —No quiero besarte.
Él se dio cuenta que ella había tardado demasiado en protestar y que esos ojos dorados eran tan suaves como sus labios. Él ya no estaba de humor para bromear y su voz sonó ronca.
—Mentirosa. Todo este calor no es sólo mío.
Él inclinó la cabeza y lo siguiente que supo era que estaba acariciando con la nariz un lado de su cuello, encontrando el lugar suave justo debajo de la oreja. No la cogió entre sus brazos, pero las puntas de sus pechos rozaron su pecho.
Él oyó su suspiro. —No nos gustamos.
—No tenemos que gustarnos, cariño. Esto no es una relación. Es atracción animal. —Él besó el atrayente lunar de debajo de su ojo—.Y se siente bien. Tú te sientes bien.
Ella gimió y se apoyó contra él. Él suavemente la envolvió con sus brazos y sus besos se desplazaron más abajo hasta que encontró su boca.
Sus labios eran suaves, ni abiertos ni cerrados, solo suaves y perfectos. Ella sabía bien, olía bien, como a bebé y flores. Se sintió como un patán de dieciséis años y cuando deslizó su lengua sobre la gruesa curva de su labio inferior, se recordó a sí mismo que había madurado y no estaba con ese tipo de mujeres desde hacía años. Desafortunadamente, su cuerpo parecía haber olvidado ese hecho.
Él ahondó más el beso, puede que ella comenzara a gustarle, pero no la respetaba, ni confiaba en ella y si no podía tocar esos pechos pronto, iba a explotar. Sabía que después de lo sucedido en el mirador, necesitaba moverse despacio, pero, Dios mío, lo estaba volviendo loco.
Ella se estrechó contra él y su suave gemido fue como un rudo río de whisky directamente en las venas. Se olvidó de moverse despacio. Se olvidó de todo excepto de su calor, de su suavidad, de su cuerpo “cómeme-nene” y “ven-con-papá”. Sus labios se abrieron y él se zambulló dentro de su boca caliente, pero quería más. La apretó duramente entre sus brazos, sintiendo esos cremosos pechos presionando contra su pecho y perdió la cabeza. Entonces bajó la mano a la curva del más dulce y bello culo que hubiera tocado en su vida y profundizó más con su lengua, pero no era suficiente porque quería curvarla alrededor de sus pezones y bajar entre sus piernas y lamer el azúcar directamente de ella. Estaba duro y loco, y sus manos la recorrían de arriba abajo, su locura se nutría de los gemidos guturales que ella emitía y del frenesí de sus movimientos contra él. Él quería que ella le tocara. La quería sobre sus rodillas, sobre su cama, montada a horcajadas, de cualquier forma que la pudiera tomar, allí mismo donde el calor de sus cuerpos fundiría las tablas del entarimado haciéndoles caer en picado hacia el ardiente centro de la tierra.
Él podía sentir su fiereza haciendo juego con la de él, sus manos apretando sus brazos, sus caderas empujando y embistiendo contra él, retorciéndose. Ella estaba loca, tan loca como él y tan necesitada. Y sus sonidos, casi como de miedo, casi como… Él se puso rígido cuando se dio cuenta de que ella trataba de apartarse de él, y él la estaba reteniendo contra su voluntad.
—¡Por el amor de Dios! —Él se apartó, echándose para atrás con fuerza, tirando una silla con el apuro.
Su boca estaba hinchada y roja por sus besos. Sus pechos se elevaban y su pelo estaba despeinado, como si él lo hubiera revuelto con sus manos, aunque no lo sabía porque sin duda alguna no tenía ni idea de qué había hecho.
Cuando la miró a los ojos, estaba mareado. Había estado con un montón de mujeres, y ésta era la primera vez que se enfrentaba a que le dijeran no en vez de si. La acusación en esos ojos rasgados lo hizo sentirse como un criminal y eso no era justo porque habían empezado los dos juntos.
—¡No me voy a disculpar otra vez, maldita sea! —gritó—. ¡Si no querías que te besara, todo lo que tenías que hacer era decir que no!
En lugar de discutir con él, ella levantó su mano en un gesto pequeño e indefenso que lo hizo sentirse como el mayor criminal del mundo. —Lo siento —murmuró ella.
—Phoebe.
Ella agarró el bolso y salió corriendo de la cocina, de su casa, del calor peligroso de sus dos cuerpos en llamas.