azules de cromo. Tomó asiento en el sofá porque era lo que estaba más alejado. La silla chirrió cuando él se reclinó. —Ya comí, así que no necesita estar tan asustada. No voy a comerla.
Ella levantó la barbilla y le dirigió una sonrisa ardiente. —Qué pena, Entrenador. Esperaba que estuviera hambriento.
Él sonrió. —Me alegro de haberla conocido con treinta y siete años en lugar de diecisiete.
—¿Por qué?
—Porque soy bastante más listo ahora de lo que era entonces y es exactamente el tipo de mujer sobre el que me advirtió mi madre.
—Una madre perspicaz.
—¿Ha sido una come-hombres toda su vida o sólo recientemente?
—Conseguí mi primera victima cuando sólo tenía ocho años. Un boyscout llamado Kenny.
—Ocho años. —Silbó con admiración—. Ni siquiera quiero imaginarme lo que hacía con la población masculina cuando tenía diecisiete.
—No era algo bonito. —Jugar con este hombre era exasperante y ella buscó la manera de cambiar de tema. Recordando los campos de entrenamiento vacíos, ella inclinó la cabeza hacia la ventana.
—¿Por qué no están entrenando? Creía que no querían perder.
—Es martes. Es el único día de la semana que los jugadores tienen libre.
Algunos lo utilizan para aparecer en actos comunitarios, hablar en comidas, ya sabe, ese tipo de cosas. Los entrenadores también. El último martes por ejemplo, pasé la tarde rodando un anuncio de servicios sociales para United Way en una guardería del condado.
—Ya veo.
Dejó de bromear y deslizó sobre la mesa del escritorio una carpetilla hacia ella. —Éstos son los currículos de los tres hombres que Steve Kovak y yo pensamos que son los más capacitados para ocupar el cargo de presidente, también van nuestros comentarios. ¿Por qué no lo examina esta noche? Nos puede decir cual es su decisión mañana o puede que quiera hablar con Reed.
—Mientras yo sea la dueña, entrenador, tomaré mis propias decisiones. —Estupendo. Pero necesita hacerlo rápidamente.
Ella recogió la carpeta. —¿Qué pasa con el presidente actual? ¿Está despedido? —Todavía no.
Cuando él no dijo nada más, su estómago se hundió. No podía ni imaginarse algo peor que despedir a alguien, ni siquiera a una persona que no conocía. —¡Pues yo no le despido! Me gustan los hombres vivitos y coleando.
—Normalmente sería trabajo del dueño, pero supuse que se sentiría así, así que le pedí a Steve que se encargara de ello por ti. Debe estar haciéndolo ahora. Phoebe soltó un suspiro de alivio.
Dan insistió en mostrarle los alrededores de las instalaciones y la guió por el edificio de dos plantas con forma de L durante la hora siguiente. Ella se sorprendió por el número de aulas que vio y se lo mencionó a Dan.
—Las reuniones y ver cintas de partidos forma parte del entrenamiento— explicó—. Los jugadores tienen que aprender las jugadas. Criticar y oír todas las informaciones. El fútbol es más que sudor.
—Creeré su palabra.
La sala de juntas de los entrenadores tenía una pizarra en un extremo, con las palabras King, Joker y Jay Hawk garabateadas, así como algunos diagramas.
La cerrada sala olía a goma y tenía una báscula para pesar elefantes del tamaño de Toledo, además había un laboratorio de vídeo con estanterías desde el suelo al techo llenas de cintas y un equipo caro de filmación de alta tecnología. —¿Por qué se necesita un equipo de filmación?
—Entrenar implica un montón de cintas para analizarlo todo. Tenemos nuestro propio equipo de filmación y filman desde tres ángulos diferentes. En la NFL, cada equipo tiene que enviar cintas de sus tres últimos partidos a su siguiente adversario exactamente una semana antes de jugar. Ella miró a través de las ventanas de la sala de entrenamiento, la única verdaderamente ordenada que había visto en su recorrido. Las paredes estaban llenas de archivos. Había bancos acolchados, varias papeleras de acero inoxidable, un dispensador de Gatorade, un barril de plástico rojo que ponía:
“contagioso” y una mesa con docenas de cintas en montones de gran altura. Ella apuntó hacia allí. —¿Por qué hay tantas?
—Los jugadores tienen que ser grabados en cinta antes de cada entrenamiento, normalmente dos veces al día. Usamos bastantes.
—Eso debe llevar mucho tiempo.
—Hay cinco videos en el complejo, tres más durante la temporada.
Siguieron adelante. Se fijo en que se encontraban con pocas mujeres y que se quedaban visiblemente perturbadas cuando veían a Dan, en cambio los hombres lo saludaban con distintos grados de deferencia. Ella recordó lo qué Ron le había dicho sobre que el fútbol era un club de chicos, y se dio cuenta de que Dan era su presidente.
En el vestuario de veteranos, los casilleros abiertos estaban llenos de zapatos, calcetines, camisetas y almohadillas. Algunos de los jugadores habían pegado fotos en sus casillas. Había una máquina que dispensaba bebidas en un extremo, junto a varios teléfonos y taquillas de madera llenas de correo de seguidores.
Después de prometerle que volvería antes de las diez de la mañana siguiente, Dan la dejó en el vestíbulo. Se sintió aliviada de haberse apartado de él sin haber sufrido lesiones. Ya había cogido de su bolso la llave que Annette Miles le había dado del Cadillac de Bert, cuando recordó que no le había agradecido a Ron que la ayudara ese día. También quería pedirle consejo para elegir al nuevo presidente. Se dirigió hacia el ala que llevaba la gestión de los Stars, un hombre regordete con un equipo de filmación se dirigía hacia ella.
—Perdón. ¿Dónde puedo encontrar la oficina de Ron?
—¿Ron? El hombre se quedó perplejo.
—Ron McDermitt.
—Ah, quiere decir Ronald. La última puerta.
Recorrió el pasillo, pero cuando llegó al final, creyó que se había equivocado porque la puerta tenía una placa de metal que ponía “Presidente”.
Desconcertada, clavó los ojos en ella.
Y luego su corazón dio un vuelco. Atravesó una pequeña antecámara, con el escritorio de una secretaria y algunas sillas. El teléfono estaba repicando con todos los botones brillando intermitentemente, pero allí no había nadie. Ella mantuvo algunos alocados segundos la esperanza de que Ron fuera alguna clase de asistente, pero esa esperanza murió cuando se acercó a la puerta de la oficina.
Ron se sentaba detrás del escritorio, la silla daba la espalda a la puerta y él miraba por la ventana. Estaba en mangas de camisa, con los codos apoyados en los brazos de la silla. Ella entró cautelosamente. —¿Ron?
Él se dio la vuelta. —Hola, Phoebe.
Su corazón casi se rompió cuando él le dirigió una sonrisa de pesar. A pesar de su actitud resignada, ella se permitió un parpadeo de esperanza. —¿Ya has hablado con Steve Kovak?
—¿Quieres saber si me ha despedido? Sí, lo hizo.
Ella sintió una súbita desilusión. —No me di cuenta de que eras el Presidente. ¿Por qué no me lo dijiste? —Creía que lo sabías.
—Si lo supiera, nunca habría dejado que esto ocurriera. —Al mismo tiempo que decía las palabras, recordó su acuerdo con Dan. Parte del contrato había sido la promesa de despedir al presidente.
—Está bien. En serio. Era inevitable.
—Pero Ron… —Sólo obtuve el trabajo como asistente del presidente porque mi padre y Bert eran buenos amigos. Tu padre nunca estuvo satisfecho conmigo y me habría despedido a los seis meses si Carl Pogue no me hubiera ayudado.
Ella se hundió en una silla. —Al menos alguien te respaldaba.
—Me encantaba trabajar con Carl. Nos complementábamos perfectamente, con lo cual Carl no quería que Bert me despidiera. —¿De qué manera?
—Carl tiene buenos instintos en el fútbol y es un líder fuerte, pero no es excepcionalmente inteligente. Tengo cualidades de las que él carecía en organización, una buena cabeza para los negocios pero soy un absoluto fracaso como líder. Carl y yo llegamos al acuerdo de que yo planificaría el trabajo y las estrategias y él las llevaría a cabo. —¿Me estás diciendo que tú dirigías el equipo?
— Oh, No. Lo hacía Carl.
—Ejecutando tus ideas.
—Eso es cierto.
Ella se frotó la frente. —Eso es terrible.
—Si te sirve de consuelo, despedirme fue la decisión correcta. Si uno es presidente de un equipo profesional, todo el mundo, desde el cuerpo administrativo hasta los entrenadores deberían de temerle un poco. Los hombres no me respetan, ni me temen. Tengo cerebro para hacer el trabajo, pero parece que no tengo el carácter. O quizá sea que no tengo las agallas. —Yo las tengo. —Ella se enderezó en la silla, tan asombrada como Ron de haber dicho en voz alta las palabras que sólo había pensado.
—Perdón.
Su mente trabajaba a toda velocidad. Bert había querido que ella fuera un testaferro. Había esperado que se pasase los días sentada en su vieja oficina, firmando obedientemente los contratos que le pusieran delante y haciendo lo que le dijeran. Nunca se le habría ocurrido que ella podría tratar de aprender algo sobre el trabajo.
Había jurado que no iba a jugar el juego de su padre y ahora veía una manera de cumplir las condiciones del testamento pero conservando el respeto de sí misma. —Tengo las agallas —repitió— pero no tengo los conocimientos.
—¿Qué quieres decir?
—Hasta ahora, lo único que sabía sobre el fútbol es cuánto lo odio. Si mi padre hubiera sospechado que Carl Pogue lo dejaría, nunca me habría dejado siquiera acercarme a los Stars, ni por unos pocos meses. Me sentía atrapada al hacer esto, primero por Bert y luego por Dan Calebow, pero eso no significa que lo tenga que hacer a su manera.
—Sigo sin comprender nada.
—Necesito aprender algo sobre como dirigir un equipo de fútbol. Incluso aunque sólo vaya estar a cargo unos meses, quiero tomar mis propias decisiones. Pero no lo puedo hacer sin tener una persona de confianza aconsejándome. —Señaló los documentos que aún tenía en la mano—. No sé nada sobre estos hombres. —¿Son los candidatos para ser presidente?
Ella inclinó la cabeza.
—Estoy seguro que puedes confiar en que Dan y Steve hayan escogidos los más capacitados.
—¿Pero cómo lo sé?
—Quizá tu primo Reed te pueda aconsejar.
—¡No! —Se obligó a hablar con serenidad—. Reed y yo nunca nos llevamos bien. No le pediré nada bajo ningún concepto. Te necesito.
—No te puedo decir cuanto me halaga tu confianza en mí.
Ella se dejó caer en la silla. —Desafortunadamente, le prometí a Dan que me desharía de ti.
—Su petición no era irrazonable. He estado haciendo un trabajo deprimente.
—Eso es sólo porque él no sabe que eres capaz de hacerlo. No te conoce como yo.
—Conozco a Dan desde hace años —le recordó amablemente—, tú y yo nos conocemos desde hace sólo dos horas.
Ella no tenía paciencia para ese tipo de lógica. —El tiempo no es importante. Tengo buenos instintos sobre la gente. —Dan Calebow no es el tipo de hombre con quien deberías enfrentarte y ahora mismo, lo necesitas bastante más que a mi. Ganar partidos es lo único que le importa en la vida. Sabía eso cuando convencí a Carl para que se lo quitara a los Bears.
—¿Eres quien lo contrató?
A esas alturas, conocía a Ron lo suficiente como para anticipar qué iba a contestar.
—Oh, no. Bert y Carl tomaron la decisión final.
Basado en el arduo trabajo de Ron.
—Necesito algún tiempo para pensar.
—No creo que tengas mucho que pensar. ¿Le diste tu palabra a Dan, no es cierto?
—Lo hice, pero… —Pues ahí lo tienes.
Ron tenía razón en una cosa, pensó sombría. No le gustaba nada la idea de enfrentarse a Dan Calebow.
CAPÍTULO 7 La brisa húmeda de la noche infló las cortinas y agitó el pelo castaño oscuro de Molly que sentada en una mecedora ante la ventana del dormitorio leía Rebecca de Daphne Du Maurier. Aunque Molly sabía que iba en contra de la crítica literaria, pensaba que Daphne Du Maurier era una escritora mucho mejor que Fyodor Dostoyevski.
Pero le gustaba Danielle Steel todavía más y también era mejor que Dostoyevski, principalmente porque las protagonistas de sus libros sobrevivían a tantas experiencias terribles que le daban valor a Molly. Sabía que en la vida real Danielle Steel tenía niños, y cuando Molly pasó la gripe en el campamento, había tenido sueños maravillosos debido a la fiebre en los cuales, Danielle era su madre. Incluso cuando estuvo despierta, se había imaginado a Danielle sentada a su lado sobre la cama acariciándole el pelo mientras leía uno de sus libros. Sabía que pensar eso era algo infantil, pero no lo podía evitar. Cogió un kleenex y se sonó la nariz. La gripe ya había pasado, pero aún tenía una pequeña infección respiratoria. Como consecuencia, la directora de Crayton no la dejaba ir al colegio antes del comienzo del curso. Habían avisado a Phoebe y Molly fue forzada a volver a casa unos cuantos días después de que su hermana regresara a Chicago. No era que sintiera esa horrible casa como su casa.
Deseaba que Phoebe la dejase sola. Continuaba sugiriendo que vieran películas o jugaran a las cartas juntas, pero Molly sabía que sólo lo hacía por qué debía hacerlo. Molly odiaba a Phoebe, no sólo por la manera en que se vestía, sino porque su padre había amado a Phoebe. Y sabía que su padre no la había amado. Él le había dicho más de una vez que no le daba más que “jodidos disgustos”.
—¡Al menos tu hermana tiene las agallas para hacerme frente! Tú en cambio parece con si fueras a desmayarte cada vez que te hablo. —Le había dicho cada vez que volvía a casa. Había criticado la forma pausada en que ella hablaba, la manera en que miraba, todo lo que hacía y ella sabía que él en secreto la comparaba con su bella y segura hermana mayor. Durante años, su odio por Phoebe fue formando una dura concha alrededor de su corazón.
En la distancia, oyó sonar un reloj repicando nueve tonos y haciendo que la gran casa pareciera aun más vacía y que ella se sintiera más pequeña y sola.
Fue al lado de la cama y se arrodilló para sacar el objeto que escondía allí.
Sentándose sobre sus piernas, abrazó un mono oscuro manchado de barro al que le faltaba un ojo contra su pecho.
Apoyó la mejilla sobre una calva del pelaje entre las orejas del mono y murmuró—: Estoy asustada, Sr. Brown. ¿Qué nos va a pasar?
—¿Molly?
Ante el sonido de la voz de su hermana, Molly volvió a meter al Sr. Brown bajo su cama, cogió de encima de la cama Los hermanos Karamazov, metió Rebecca de Daphne Du Maurier bajo la almohada, y se volvió a sentar en la mecedora.
—¿Molly, estás ahí?
Ella pasó la página.
La puerta se abrió y Phoebe entró. —¿No me oíste?
Molly con cuidado ocultó los celos mientras miraba los vaqueros rosas de su hermana y el suéter a juego. El suéter tenía un profundo escote en V con el borde bordado que se curvaba sobre los pechos de Phoebe. Molly quiso apretar firmemente el Dostoyevski contra su pecho para ocultar su falta de forma. No era justo. Phoebe era vieja y ya no necesitaba ser bonita. No necesitaba todo ese cabello rubio y esos ojos rasgados. ¿Por qué no podía Molly ser bonita en vez de parecer una vara delgada y fea con el pelo oscuro?
—Leía.
—Ya veo.
—Me temo que no estoy de humor para hablar, Phoebe.
—No tardaré mucho. La escuela comienza dentro de poco y hay algunas cosas que necesitamos discutir.
El caniche de Phoebe entró con mucho alboroto por la puerta y saltó encima de Molly, que se echó atrás y miró a su hermana. —¿De dónde salió la perra?
—Como voy a tener que vivir aquí algún tiempo, le dije a Viktor que la pusiera en un avión.
Molly alejó sus pies del caniche cuando comenzó a comerse sus zapatillas amarillas. —Me gustaría que no la dejases entrar en mi habitación. Soy alérgica. Phoebe estaba sentada en el borde de la cama de Molly y chasqueó los dedos para que Pooh viniera a su lado. —A los caniches no se les cae el pelo. Son los perros ideales para personas con alergia. —No me gusta tener animales en mi dormitorio.
—¿Eres así de desagradable todo el tiempo o es sólo conmigo?
Los labios de Molly formaron una línea testaruda. —Estoy cansada y quiero dormir.
—Sólo son las nueve.
—He estado enferma.
Phoebe observó como Molly inclinaba la cabeza sobre su libro, pasando de ella con toda deliberación. Otra vez experimentó la familiar combinación de frustración y simpatía que la embargaba cada vez que hablaba con un niño. Ni siquiera llevaba una semana en Chicago cuando habían enviado a Molly a casa desde el campamento para recuperarse de la gripe. Encima, su relación había empeorado en los dos días que habían pasado en vez de mejorar.
Pasó la mano sobre el cubrecama. —Esta casa va a cerrarse pronto para ponerla en venta.
Desafortunadamente, parece que voy a estar aquí durante los próximos meses, así que he decidido mudarme a un alojamiento que Bert poseía no demasiado lejos del Complejo de los Stars. Los abogados dicen que puedo quedarme allí hasta el principio del próximo año. —También le pagaban un sueldo para sus gastos, lo cual era bueno porque su cuenta corriente estaba casi en números rojos.
—Cómo me vuelvo a Crayton, no veo de que manera me pueden importar tus planes.
Ella ignoró el malhumor de Molly. —No te envidio que vuelvas allí. Yo odiaba estar allí.
—¿Tengo otra elección?
Phoebe se vio completamente envuelta por un extraño hormigueo que le subió por la columna. La cara de Molly estaba tensa e inexpresiva excepto por el pequeño temblor en la comisura de su boca. Reconoció ese gesto de terquedad, que implicaba negarse a pedir ayuda o admitir cualquier debilidad.
Ella había adoptado esas mismas estrategias para sobrevivir al sufrimiento y soledad de su infancia. Mientras la observaba, se convenció todavía más de que la idea que había estado cavilando desde el día anterior era buena.
—Crayton es una escuela pequeña —dijo con suavidad—. Siempre creí que sería más feliz en una escuela más grande con más diversidad de estudiantes.
Quizá a ti te pase lo mismo. Tal vez te gustaría ir a otro lado.
La cabeza de Molly se elevó rápidamente. —¿Una escuela con chicos?
—No veo por qué no.
—No me puedo imaginar como sería tener chicos en clase. ¿No serían peleones?
Phoebe se rió.
—Nunca estudié con ellos, así es que no tengo ni idea. Probablemente. — Molly mostraba el primer gesto de animación que ella había visto y Phoebe continuó cautelosamente—. Hay unas escuelas públicas muy buenas en esta zona.
—¿Una escuela pública? —se mofó—. La calidad de la educación es inferior.
—No necesariamente. Además, alguien con tu inteligencia probablemente aprenda sola, ¿qué diferencia habría? —Miró a su hermana con compasión y dijo suavemente—, me parece que tener amigos y disfrutar de la adolescencia sería más importante ahora mismo que saber matemáticas.
La concha protectora de Molly se cerró. —Tengo docenas de amigos. Docenas de ellos. Y disfruto con las matemáticas. Nunca me sometería a una educación inferior solo para conocer a algunos tontos adolescentes, los cuales, estoy segura, no serían tan maduros como todas mis amigas de Connecticut.
Phoebe le tendió la mano. Estaba dispuesta a mantener el tipo hasta el final.
El labio inferior de Molly se curvó con desdén.
—No lo puedes entender a no ser que seas superdotada.
—Me fastidia desilusionarte Mol, pero mi inteligencia no es precisamente baja.
—No te creo.
—Coge entonces papel. Vamos a hacer unas integrales.
Molly tragó saliva. —Aún no he dado eso.
Phoebe ocultó su alivio. No había hecho integrales desde hacía años, y no se acordaba de nada. —No juzgues un libro por su cubierta, Mol. Por ejemplo, si la gente te juzgara sólo por las apariencias podría decir que eres poco amistosa y bastante cursi. ¿Y no sabemos las dos que eso no es cierto? —Quería hacer que Molly pensase, que se enfrentase a ella, que sacara el aguijón ante sus palabras con una sonrisa. No hizo eso.
—¡No soy una esnob! Soy una persona bastante agradable con docenas de amigas y… —se quedó sin aliento.
Phoebe siguió la dirección de su mirada afligida y vio como Pooh sacaba un mono de peluche manchado de barro de debajo de la cama de Molly.
Rápidamente sacó el juguete de la boca del caniche. —Está bien. Pooh no rompió tu juguete. Mira.
La cara de Molly se puso de color escarlata. —¡No quiero volver a ver ese perro en mi dormitorio otra vez! ¡Nunca! Y no es mío. No juego con juguetes. No sé cómo llegó hasta ahí. ¡Es estúpido!
¡Tíralo!
Phoebe siempre había tenido debilidad por las almas perdidas y el rechazo del mono, tan obviamente amado por su hermana, la afectó de una manera que nada más lo podría haber hecho. En ese momento, nada podía haber hecho que dejara marchar a esa muchachita confundida y asustada.
Con un gesto casual lanzó el peluche a los pies de la cama. —Acabo de decidir que no vuelvas a Crayton. Voy a matricularte en una escuela pública para el semestre que viene.
—¡Qué! ¡No puedes hacer eso!
—Soy tu tutora y claro que lo puedo hacer. —Levantando en brazos a Pooh, se encaminó a la puerta—. Nos mudaremos al condominio la semana próxima. Si finalmente la escuela no te vale, podrás volver a Crayton el semestre siguiente.
—¿Por qué haces eso? ¿Por qué eres tan odiosa?
Ella sabía que la niña nunca se creería la verdad, así que se encogió de hombros. —¿No es mejor sufrir en compañía? Yo tengo que quedarme aquí. ¿Por qué no te ibas a quedar tú?
No fue hasta que llegó al final de la escalera que las implicaciones de lo que acababa de hacer la golpearon. Ya estaba sepultada por problemas que no sabía tan solucionar y acababa de añadir otro. ¿Cuándo iba a aprender a no ser tan impulsiva?
Tratando de escapar deprisa de sus pensamientos, llegó hasta la puerta corredera de detrás de la casa y salió. Era una noche tranquila y llena del perfume de pinos y rosas. La iluminación del lateral de la casa iluminaba el margen más profundo del bosque al borde del patio, incluyendo el arce viejo que había sido su refugio cuando era una niña. Ella se encontró dirigiéndose hacia allí. Cuando llegó al árbol, vio que las ramas más bajas estaban demasiado altas para alcanzarlas. Apoyándose contra el tronco, miró hacia la casa.
A pesar de lo apacible de la noche, no podía quitarse de encima sus preocupaciones. No sabía nada de adolescentes. ¿Cómo se suponía que iba a vencer la hostilidad de Molly? Metió las manos en los bolsillos de los pantalones.
Sus problemas con su hermana no era todo lo que la molestaba. Echaba de menos a Viktor y al resto de sus amigos. Se había sentido como un fenómeno cuando pasó la puerta del complejo de los Stars. Y pasaba demasiado tiempo pensando en Dan Calebow. ¿Por qué tenía que ser tan inflexible en su negativa de volver a readmitir a Ron?
Ella suspiró. Era algo más que su actitud hacia Ron lo que hacía que pensara en él. Era demasiado consciente de él. Algunas veces cuando él estaba cerca, experimentaba una emoción que estaba muy cerca del terror. Sus latidos se aceleraban, su pulso era superficial y tenía la inquietante sensación de que su cuerpo despertaba después de una larguísima hibernación. Era un pensamiento ridículo. Sabía demasiado bien que estaba permanentemente dañada en lo referente a los hombres.