Capitulo 5

2737 Words
Ella inmediatamente se empaló sobre él. —Eres un hijo de puta. Él se introdujo más profundamente. —Cierto. Soy un hijo de puta. Ella se retorció brutalmente. El teléfono del escritorio comenzó a sonar, pero ambos lo ignoraron. Roncos gemidos salían de su garganta mientras agarraba su pelo rubio con sus puños. Él enterró la cara en sus pechos al tiempo que clavaba los dedos en sus nalgas. El timbre se detuvo y el contestador automático empezó a sonar. Ella echó hacia atrás la cabeza y gritó cuando se rompió en mil pedazos. —Soy Valerie Calebow. Ahora mismo no puedo contestar. Si me dejas un mensaje, me pondré en contacto tan pronto como sea posible. La máquina emitió un pitido y luego sonó una voz. —Congresista, soy Stu Blake. Siento mucho llamar tan tarde, pero… La voz siguió hablando. Con un gemido, Dan se derramó dentro de ella. Ella cayó sobre él al mismo tiempo que el mensaje llegaba al final. Beep. CAPÍTULO 4 Dan abrió la puerta de la nevera, sacó una botella de leche y desenroscó el tapón. Detrás de él oyó que Valerie se acercaba a la cocina de la casa que una vez habían compartido. Porque sabía que la irritaría, levantó el envase de leche a sus labios y tomó un trago. —Por el amor de Dios, Dan, coge un vaso —dijo ella con esa voz de mocosa que odiaba. Él tomó otro trago antes poner el tapón y devolver el envase a la nevera. Apoyando la cadera contra la puerta, la estudió. Se había sacado el maquillaje de la cara, revelando una estructura ósea bien definida con una nariz que era un poco larga pero simétrica, una frente alta y lisa. Su pelo castaño claro, estaba libre del pasador de plata, cayendo sobre sus hombros y sus ropas de adolescente se habían transformado en una bata azul oscuro con un cinturón n***o. —¿Dónde conseguiste la chaqueta de colegiala? —Es de la hija de mi secretaria. Le dije que iba a una fiesta de disfraces. — Encendió un cigarrillo, aunque sabía que él odiaba tener humo alrededor. —La aventura de esta noche cruzó el límite de lo espeluznante. Chicas de dieciséis años no me han animado desde que tenía doce años. Ella se encogió de hombros y exhaló. —Fue diferente, eso es todo. De diferente nada, pensó él. Por hache o por be, todas las fantasías sexuales de Valerie conducían a la dominación masculina. Lo irónico del asunto era que ella hacía un trabajo arduo y bastante dominante. Desafortunadamente, la única persona con quien podía compartir la broma era Valerie, y sabía que no le vería la gracia. Además, ella se irritaba si él criticaba cualquiera de esos extraños escenarios que ella establecía y ya se peleaban por demasiadas cosas. La mano de Valery se desplazó a su trasero. Se rozó a través de la bata de seda y lo miró con resentimiento. —No me deberías haber golpeado tan duro. —Cariño, me contenía. Él podía saber por su expresión que ella se estaba pensando si hundir sus dientes en él o no. Aparentemente decidió que no porque caminó hacia la mesita de la cocina y cogió la agenda que había dejado allí. —No tengo que estar en Washington hasta dentro de unas semanas. ¿Cómo tienes tu agenda para el fin de semana? —Tengo que ir a Meadowlands. Jugamos contra los Jets. —Se apartó de la nevera y tomó un plátano de un frutero de acero inoxidable que parecía la terminal de Dulles. Ella se puso rápidamente unas gafas que yacían sobre el escritorio y apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal grueso y n***o. —¿Y el jueves por la noche antes de que os vayáis? —Reunión. El viernes me viene bien, sin embargo. —El vicepresidente va a estar en la ciudad esa noche y hay otra recepción. —Quizá la noche del miércoles si quedamos después de medianoche. —En principio estaría bien. Pero… —cerró de golpe la agenda— estaré con el período. —Quitándose las gafas, se frotó el puente de su nariz, tomó otro cigarrillo de la lata y dijo enérgicamente—. Ya lo arreglaremos. Más adelante. —Llevamos divorciados casi un año, Val. ¿No crees que es hora de hablar de poner fin a esto? —No hay necesidad de terminar. Estuvimos de acuerdo en que éste sería el mejor arreglo hasta que uno de nosotros encuentre a otra persona. —O hasta que nos asesinemos el uno al otro, lo que sea primero. Ella ignoró su replica y exteriorizó esa rara vulnerabilidad que siempre lo ablandaba. —Es que… es que no me puedo imaginar como me ocuparía de eso. Me atraen los hombres fornidos. ¿Cómo se supone que debo decirle a cualquiera que no me acostaré con él hasta que haya visto su análisis de sangre? Él tiró la piel del plátano en la basura. —Así es el sexo en los noventa. Hace extraños compañeros de cama. —Nadie debería tener que follar con un ex-marido sólo porque ese ex-marido da negativo el VIH. —Aplastó el cigarrillo en el cenicero. —Amen. —A él le desagradaba el acuerdo bastante más que a ella, pero cuando trataba de romperlo, lo hacía sentir un matón. Pero en cuanto encontrara a la que sería la madre de sus hijos, pondría fin a todo esto. —Los dos somos demasiado listos para jugar a la ruleta s****l —dijo ella. —Y tú estás loca por mi cuerpo. Ella no tenía demasiado sentido del humor esos días y su comentario sarcástico la irritó por completo. Las ventanas de su nariz comenzaron a echar fuego y al cabo de un momento lo acusaba de vulgar insensibilidad, comportamiento temerario, mala disposición, despreocupación por todo excepto por ganar partidos de fútbol y deshonestidad emocional. Ella había dado demasiado cerca del blanco, pensó observándola mientras se comía el plátano. Sinceramente, sabía que el problema de ella era mucho peor que el suyo, y sentir lástima por ella era una de las razones por las que estaba de acuerdo con este enfermizo trato. Como mujer congresista, era juzgada según una escala de valores más estricta que la de sus colegas varones. Los electores podían perdonar algún desliz de su congresista, pero seguro que no lo perdonarían si era una mujer. Y para alguien que le gustaba el sexo tanto como a Valerie, pero que no tenía ni un marido ni otro hombre importante en su vida, era en definitiva un gran problema. Además, ella era una de las pocas congresistas honestas en Washington, por lo que lo consideraba su deber patriótico. No era que no hubiera beneficios para él. Había tenido tanto sexo alocado durante su juventud que ahora ya no se sentía inclinado a la promiscuidad. Tampoco era estúpido y no tenía ningún interés en aprovechar las oportunidades que surgían con seguidoras. Así que a pesar de los inusuales escenarios de Valerie, el sexo no había sido demasiado divertido desde hacía tiempo. Ahora sabía que los dos habían sido incompatibles desde el principio, pero entre ellos había mucha química s****l que los había llevado hasta el error de casarse. Valerie se había quedado inicialmente fascinada por su arrogante altanería y su intensa agresividad, exactamente las mismas cualidades que más tarde la enloquecerían. Y su educación y sofisticación habían sido irresistibles para un chico que había crecido pobre entre la suciedad de un remoto lugar de Alabama. Pero pronto descubrió que ella no tenía sentido del humor y que no quería la vida familiar que él deseaba tan ardientemente. Cuando su última y acalorada perorata contra él llegaba a su fin, él recordó que tenía que decirle una cosa que no le iba a gustar. —Ya que aireamos aquí nuestros asuntos, Valerie, yo voy a hacer lo mismo. Si concedes más entrevistas como la de la semana pasada, prepara a tu abogado para recibir una llamada del mío, y éste ya no será más tiempo un divorcio amigable. Ella se negó a mirarle a los ojos. —Fue un error. —Como le digo al equipo. No existen los errores sólo falta de previsión. Él llevaba tanto tiempo intimidando a las personas con su tamaño que se había vuelto algo automático, así que instintivamente se acercó hasta cernirse sobre ella. —No aprecio las declaraciones en público sobre nuestra separación y no estoy tan loco como para tener a alguien cerca que le dice a los periodistas que soy un psicópata en ciernes. Ella comenzó a juguetear con el cinturón de su bata. —Fue un comentario confidencial. El periodista nunca debió reflejarlo. —En primer lugar, no deberías haber hecho el comentario. De ahora en adelante cuando alguien te pregunte sobre nuestro divorcio, te refieres al mismo con las mismas dos palabras que siempre uso cuando me entrevistan. “Diferencias irreconciliables”. —Suena como si me estuvieras amenazando. —Ella intentaba buscar una salida, pero no la podía encontrar, así que él supo que se sentía culpable. —Sólo te recuerdo que un montón de hombres de este estado no van a volver a votar a una mujer que habla mal de un ex-marido que una vez completó veintinueve pases contra cuarenta y nueve defensas en una sola tarde. —¡Vale! lo siento. Justo acabábamos de hablar por teléfono y me habías irritado. —Valerie, yo irrito a todo el mundo todo el tiempo, así que no lo pongas de excusa para echarte sobre mi yugular. Ella sabiamente cambió de tema. —Oí que el entierro de Bert fue muy entretenido. Que pena que todas sus viejas amantes no estuvieran allí para poder ver como ese perro hacía pis en su ataúd. —Valerie sonrió finalmente—. Quizá exista Dios después de todo. E incluso quizá sea mujer, porque cuida bien de ellas. Dan se negó a debatir con Valerie sobre Bert, especialmente porque sabía que se movía en arenas movedizas. A los hombres les gustaba Bert, pero a las mujeres no. Él había sido demasiado ligero de manos, demasiado rápido en sus chistes verdes y comentarios machistas. Y eso no funcionaba bien en mujeres como Valerie. No era que fuera adecuado tampoco con Dan, pero Bert había sido su jefe así que se calló la boca. —No fue gracioso, Val. Ese hombre murió y su hija logró convertir su entierro en un circo. —He oído historias sobre ella. ¿Cómo es? —Cómo una prostituta de clase alta, pero sin inteligencia. A decir verdad, no puedo recordar la última vez que me encontré una persona que pareciera tan completamente inútil. —Fue la compañera de Arturo Flores durante años. Debe tener algunas cualidades redentoras. —Aparte de la obvia de su pecho, no puedo imaginar otra. Bert me habló sobre ella un par de veces. Le hizo pasar una condenada vergüenza el saber que el cuerpo desnudo de su hija estaba expuesto en las paredes de cada gran museo del país. —Flores fue un artista genial. ¿No crees que la actitud de Bert pudo haber sido un poco provinciana? Te recuerdo que hablamos del hombre que quiso poner borlas de oro a la entrepierna de las animadoras de los Stars. —Ninguna de esas chicas era su hija. Y la venta de entradas no iba bien. Ella se encrespó. —Disculpar un sexismo tan patente no es gracioso. Él suspiró. —Fue un chiste, Val. Relájate. —Eres asqueroso. Todo sobre sexo es un chiste para ti, ¿no? —¿¡Soy asqueroso!? Corrígeme si me equivoco, ¿pero no eres tú la que ha estado imaginando todos estos escenarios sexuales, incluyendo esta noche con una imitación bastante repulsiva de porno adolescente? ¿Y no te he estado calentando el trasero cuando decides que quieres que te lo caliente, aunque golpear a mujeres no haya figurado nunca en mi lista de afrodisíacos? Ella se puso rígida. —Eso no es de lo que te hablaba, pero como siempre, has preferido interpretarlo mal. Hablo de tu actitud hacia las mujeres. Has tenido tantos años de sexo indiscriminado que te has olvidado que las mujeres son algo más que tetas y culos. —Realmente, bonita conversación para provenir de una representante del gobierno de los Estados Unidos. —No hablas de tus sentimientos. Te niegas a compartir tus emociones. Tenía en la punta de la lengua recordarle que él había tratado de compartir sus emociones con ella, pero ella lo había convertido en una discusión durante toda la noche de todo lo que estaba mal en él. —Y las mujeres te lo permiten —continuó ella—. Lo cuál es realmente irritante. Te dejan escabullirte porque… No lo puedo decir. —No, Valerie. Adelante. Termina lo que decías. ¿Si soy tan terrible, entonces por qué las mujeres me dejan escabullirme? —Porque eres rico y guapo —contestó demasiado rápidamente. —Eso no es lo que ibas a decir. Y eres tú la que continúa diciéndome que necesito comunicarme más. Tal vez deberías practicar lo que predicas. —Te dejan escabullirte porque estás demasiado seguro de ti mismo —dijo rígidamente—. No pareces tener las mismas inseguridades que todos los demás. Incluso a las mujeres de éxito les gusta saber que tienen detrás de ellas un hombre con sus dudas y miedos. Quizás para otro hombre sus palabras podrían haber sido halagadoras, en él tuvieron el efecto opuesto. Pudo sentir como una bola roja y caliente de furia lo invadía. Una furia que lo devolvía a su infancia, cuando demasiada emoción significaba un viaje a la leñera y una paliza del cinturón de su padre. —Vosotras las mujeres sois realmente especiales —se burló—. ¿Cuándo vas a caer en que Dios pudo haber hecho dos sexos por una razón? No puedes contar con ambas alternativas. Un hombre o es un hombre o no lo es. No puedes coger a alguien cuya naturaleza es ser un guerrero y luego esperar que acate tus órdenes y se acomode en el sofá, derrame sus vísceras, y, en general, comience a actuar como un gatito. —¡Sal! —Encantado. —Él agarró rápidamente sus llaves y se fue hacia la puerta. Pero antes de llegar, tiró a matar—. Sabes cual es tu problema, Valerie. Tu ropa interior no es la correcta y eso te hace ser mezquina. Así que la próxima vez que vayas a la tienda, por qué no compras el suspensorio más grande que haya, es lo que necesita una mujer con tus huevos. Él salió violentamente de la casa y se subió al coche. Tan pronto como se tranquilizó, metió a Hank Jr. en el casette y elevó el volumen. Cuando se sentía así, la única persona que quería cerca era otra criatura del infierno. **** El partido de pretemporada de la tarde del domingo contra los Jets fue un desastre. Si los Stars hubieran jugado contra un equipo respetable, la pérdida no habría sido tan humillante, pero llegar a marcar 25-10 contra los caraculo de los Jets, incluso en pretemporada, era más de lo que Dan podía soportar, especialmente cuando pensaba en los tres jugadores que aún no habían firmado el contrato, repantigados en sus bañera de agua caliente en Chicago y viendo el partido en una pantalla de plasma Jim Biederot, el quarterback de los Stars, había sido lesionado en su última jugada y su sustituto tenía una contractura en el abductor desde hacía una semana, así que Dan se vio forzado a sacar a C.J. Brown, un veterano con quince años de experiencia cuyas rodillas apenas funcionaban. Si Bobby Tom hubiera estado jugando, habría conseguido salir pitando cuando C.J. le hiciera el pase, pero Bobby Tom no jugaba. Para empeorar las cosas, la nueva dueña de los Stars parecía haber vuelto de sus vacaciones, pero no atendía las llamadas. Dan había dado una patada a la pared del vestuario del equipo visitante cuando Ronald McDermitt le transmitió en persona esa información, pero no había solucionado nada. Nunca hubiera imaginado que podía odiar algo, más de lo que odiaba perder partidos de fútbol, pero eso fue antes de que Phoebe Somerville entrara en su vida.
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