133/304 a retorcerse bajo él, arqueando las caderas y tratando de liberar las piernas. Le mordió la mano y él la soltó con una exclamación enojada.
—¡Se acabó! —Se apartó de encima de ella, agitando la mano—. ¡He tratado de ser liberal y comprensivo, pero ya no puedo seguir!
Ella estaba tan alarmada que abandonó la lucha.
Él se puso de pie. —Estoy condenadamente duro ahora mismo, pero antes me meto en el baño con un ejemplar de Penthouse que seguir con estos juegos de cavernícola. ¡No me importa que me dijeses que no me detuviera, porque me detengo! Estoy harto de sentirme como una babosa que sólo puede hacer algo si pega a mujeres. —Se elevó sobre ella—. Si me preguntas, te diré que tienes la suficiente experiencia como para tener algo más de sensibilidad con respecto a los hombres. —Colocando las manos en las caderas, la miró encolerizadamente—. De ahora en adelante, cuando una mujer me pida que me detenga, me detengo, incluso aunque me diga que no haga caso cuando me pida que me detenga, no voy a hacer ni caso y me voy a detener. Desconcertada, lo miró.
—¡Tal vez me gustaría que me obligaran a mí, para variar! —exclamó—.
¡Tal vez me gustaría ser tan irresistiblemente sexy que me ataran a la cama aunque sólo fuera una vez! ¿Será demasiado pedir eso? La comprensión la alcanzó lentamente. Recordó lo que había murmurado al oído de él, cuando le había dicho que no se detuviera, no importaba lo que le dijera. Recordó su retorcida relación con Valerie; cuando todo eso encajó, su alivio hizo subir la burbuja de histeria atascada en su garganta. Él se sentó en el pico de la cama, apoyó sus antebrazos en las rodillas abiertas y miró sombriamente hacia la sala. —Quizá sea justicia Divina. Cuando tenía veinte años, tomé parte en tantas cosas salvajes con las fans que ahora no puedo tener algo simple y elemental. Ella bajó la colcha de la barbilla. —¿Dan-ehh-puedo decir algo?
—No si implica látigos y cadenas —hizo una pausa— o más que dos personas.
La burbuja subió más por su garganta. Dio un sonido sofocado. —No es nada de eso. —Entonces, vale.
Ella miró su espalda, eligiendo las palabras cuidadosamente. —No quería decir lo que tú pensaste. Cuando te dije que no te detuvieras no importaba lo que dijera, hablaba de besos. Realmente tú… uh… besas genial. —Inspiró profundamente, continuando la explicación aunque sabía que lo estaba embrollando todo—. Y yo…, bueno…, tengo un par de complejidades.
En realidad la palabra complejidad es demasiado fuerte. Es más como una alergia. A lo que íbamos, algunas veces, cuando me besa un hombre, tengo ese tipo de reacción. Sabía que estaba balbuceando por la forma en que él giró la cabeza para clavar los ojos en ella. Su pecho la perturbaba. Era como una estatua de bronce, en una galería de arte podría ganar una fortuna. Ella tragó saliva. —Sólo quería decirte que si tenía esta reacción…, deberías… —¿Ignorarla?
—Eso mismo. Pero en lo otro, cuando no son besos. Cuando me tocas —la burbuja se disolvió— cuando digo basta, significa que te detengas. Sus ojos se ensombrecieron con pena. —Phoebe.
—Si alguna vez te digo que te detengas, entonces significa basta. Siempre.
—Ella inspiró profundamente—. Sin preguntas. Sin suposiciones. No soy tu ex-esposa, y la violencia s****l es un juego en el que no participo. Conmigo, no significa no.
—Entiendo. Lo siento.
Ella supo que se echaría a llorar si tenía que escuchar otra serie de arrepentimientos saliendo por su boca, que además sólo haría que se sintiera más inepta.
—Y esa alergia a los besos. —Él se frotó la barbilla, y ella creyó detectar diversión en sus ojos—. Qué ocurre si decidimos besarnos otra vez. Y tienes esa reacción alérgica, y me dices que pare. ¿Debo detenerme entonces?
Ella miró hacia el cubrecama. —Supongo que si. No voy a emitir más señales contradictorias.
Echándose hacia delante, le rozó la mejilla con el dorso de los nudillos. —¿Lo prometes?
—Lo prometo. Ella había tenido intención de levantarse y vestirse, pero ahora cuando la tocó tan suavemente, no pudo moverse. Ella sintió su calor cuando se acercó y supo que iba a besarla otra vez. Ya no tenía miedo. En vez de eso, el calor del deseo se reavivaba lentamente dentro de ella, no como un fuego rugiente, sino como una llama pequeña y acogedora.
—No te gusta mi ropa interior —murmuró ella contra su boca.
—No. —Le mordisqueó el labio inferior—. Pero lo que cubre me gusta un montón. —Arrastró las puntas de sus dedos a lo largo de las protuberancias de su columna al tiempo que su boca cubría la de ella.
El beso fue a la vez tierno y apasionado, lleno de fuego y dulzura. En ese momento ella quiso hacer el amor con él más de lo que había querido nada. Su lengua invadió su boca. Sus manos resbalaron por sus brazos, pero entonces deseó no haberle tocado allí porque no quería recordar su fuerza, sólo su suavidad. ¿Cómo podía saber que sería suave?
—¿Dan?
—Uhmm.
—Sé que dijiste que no querías nada -ni de lejos- de cosas retorcidas.
Pudo sentir como se ponía rígido y casi se acobardó cuando él se alejó.
Hundiéndose contra las almohadas que se amontonaban en el cabecero, y con la colcha todavía agarrada firmemente contra su pecho, dijo a toda velocidad. —Esto no es nada retorcido. De verdad, no lo es.
—Quizá será mejor que lo juzgue yo. Y te advierto que me siento conservador estos días.
Su coraje la abandonó. —Olvídalo.
—Hemos llegado hasta aquí; puedes abrir tu corazón. —Es sólo…, no importa.
—Phoebe, si las cosas continúan su progresión natural, te garantizo al ochenta por ciento que nos vamos a volver muy íntimos esta noche, así que es mejor que me digas lo que estás pensando. De otra manera, todo el tiempo que estemos juntos, estaré esperando a que ladres como un perro o que me digas que te llame Howard.
Ella le dirigió una sonrisa inestable. —No soy tan imaginativa. Quería preguntarte…, quiero decir, te importaría mucho si nosotros… —Se atascó y lo intentó otra vez—. Si fingimos que soy… —¿Domadora de leones? ¿Guarda de prisión?
—Virgen —murmuró y sintió que sus mejillas se enrojecían de vergüenza.
Él la contempló. —¿Virgen?
Ella bajó los ojos, avergonzada de lo que había revelado. —Olvídalo. Olvida que dije nada. Déjalo.
—Phoebe, cariño, ¿qué pasa aquí? —Rozó el dedo índice sobre sus labios.
—No pasa nada.
—Me lo puedes decir. Soy algo así como un sacerdote de dormitorio; he oído de todo. ¿Quieres decir que tienes tanta experiencia que quieres retroceder al principio? —Por ahí va la cosa —murmuró ella.
—No tengo demasiada experiencia con vírgenes. De hecho, no recuerdo a ninguna. Bueno, supongo que puedo usar la imaginación. —Y luego sus ojos se entrecerraron—. No tendré que pretender que tienes dieciséis años ni nada por el estilo, porque esas cosas de adolescentes me quitan las ganas.
—Treinta y tres —murmuró ella.
—¿Tantos?
Él bromeaba con ella, y ella lo sabía, así que trató de sonar casual. —¿Por qué no? Tal vez sea una de esas mujeres frígidas que tienen miedo a los hombres en secreto. Alguien así.
—Ahora se pone más interesante. —Su pulgar rozó apenas la parte superior de sus pechos, justo por encima del borde del cubrecama—. ¿Supongo que una mujer como tú me dejaría mirar de nuevo qué hay escondido aquí debajo?
—Mientras no me digas nada feo sobre ellos. —No haría eso.
—Lo hiciste. Me dijiste que te enseñara mis t… Él presionó el dedo sobre sus labios. —Ese no era yo. Sólo un imbécil hablaría así.
Ella aflojó el agarre de la colcha. Lentamente, él la cogió, dejando que cayera hasta la cintura.
—Un hombre como yo apreciaría una visión como esta. —A pesar de sus palabras, él no miró todavía. En vez de hacerlo, estudiaba su cara.
Antes de saber lo que hacía, lo acarició. Pasó las palmas de sus manos sobre sus brazos y hombros. Le encantó el contraste entre sus músculos duros y la manera tierna en que rozaba su nariz en su cuello. Él dejó un rastro de besos a lo largo de su mandíbula, mordisqueando la barbilla y la comisura de la boca. Finalmente se echó para atrás y miró hacia abajo, a sus pechos.
Flores los había retratado y habían sido admirados por multitudes, pero ella sintió como si fuera la primera vez que alguien los veía. La tocó. Justo con las yemas de sus pulgares en las puntas de sus pezones, y la sensación fue tan exquisita que ella suspiró, expresando el deseo y el placer que se propagaba hasta los dedos de sus pies. —Reclínate —murmuró él.
Ella se hundió en las almohadas. Él continuó tocándola así, sólo las puntas de sus pezones, hasta que creyó que no lo podía soportar más. Ella nunca había experimentado un deseo así, tan fluido, tan caliente, sin lugar para el miedo. Él metió la mano en sus bragas.
—Detente.
Él inmediatamente se retiró.
Ella sonrió. —Quiero verte. —Poniéndose de rodillas, ella alcanzó su cremallera, buscando el coraje para bajarla sobre la pesada protuberancia que tensaba el tejido de los vaqueros.
—Espera un minuto, cariño. —Él sujetó sus manos antes de que pudiera ir más allá y se levantó de la cama para desaparecer en el cuarto de baño.
Reapareció un momento más tarde.
Sus labios se curvaron cuando él lanzó un puñado de condones envueltos en papel de aluminio sobre la mesilla al lado de la cama. —Qué ego.
—¿Cómo es que una señorita como tú sabe lo que son?
—La televisión pública.
Ahora fue él el de la gran sonrisa y ella se percató que ésta era la primera vez que se reía en la cama con un hombre. Hasta ese momento, nunca se había imaginado que la risa y el sexo pudieran ir juntos.
—¿Dónde estábamos?
Ella se asombró de su atrevimiento cuando alcanzó la V abierta de sus vaqueros. —Por lo que recuerdo, aquí mismo. —Ella no podría creerse la urgente necesidad que tenía de verlo. En lugar de tener miedo, estaba experimentando una mezcla excitante de curiosidad y lujuria.
—No te desmayes.
—Intentaré no hacerlo. —Separó con seguridad la tela de los vaqueros y tragó con dureza cuando él se liberó de los cortos calzoncillos blancos de algodón.
—Dios mío. —Su boqueada no fue fingida.
Él se rió entre dientes. —Respira profundamente. —Quizá es sólo porque tus caderas son muy estrechas. El contraste… —Esa es una forma de verlo. —Él sonrió mientras se las arreglaba para quitarse el resto de la ropa y quedarse desnudo delante de ella. Ella no podía apartar la vista de él. Sus hombros eran anchos y fuertes, sus caderas se estrechaban y su abdomen era casi cóncavo. Una de sus rodillas estaba llena de cicatrices, como la otra pantorrilla.
—Este “espectáculo erótico” funciona en dos direcciones, sabes. —Él señaló con la cabeza hacia la parte de ella que todavía estaba oculta por la colcha, sobre su regazo.
—Soy demasiado tímida —replicó ella, sentándose sobre los talones.
—Supongo que lo entiendo. Considerando tu inexperiencia y todo eso. —El colchón se hundió cuando él se sentó en el borde—. Te sugiero una cosa. Como eres una señorita, podrías pasar menos vergüenza si alcanzas debajo de la colcha y te sacas lo que tienes puesto. Bajando la vista, ella se reclinó en las almohadas e hizo como él sugirió.
Cuando dejó caer sus bragas por el lado de la cama, ella apenas podía controlar su excitación ante esta seducción alocada e imprevisible.
Él se tumbó al lado de ella con un codo doblado, metió el otro brazo bajo la colcha y subió su rodilla para jugar con la pulsera de su tobillo. —Sólo tienes que pedirme que me detenga en cualquier momento si te pones nerviosa. Una abrumadora oleada de emoción la atravesó. Aunque bromeaba, él nunca sabría cuánto significaban esas palabras para ella.
Inclinándose hacia adelante, él comenzó a besarla otra vez: Los labios, los pechos, los besos dulces y calientes le quemaron la piel, mientras ella le devolvía los besos, su mano se movió más arriba bajo la colcha hasta que él acarició el interior de sus muslos.
— Ahora, ábrelas sólo un poquito para mí —murmuró él.
Ella movió las piernas. La colcha cayó excepto una esquinita entre sus muslos. Él la apartó.
Ella esperaba que hiciera algún comentario sobre que era rubia natural, pero él no dijo nada. Respiró profundamente, temblado cuando el comenzó a explorarla. —¿Te gusta?
—Sí. Oh, Sí.
—Me alegro.
—¿Te detendrías?
Él sacó la mano.
La alegría y la lujuria se arremolinaron dentro de ella cuando se percató que él había hecho lo que le había preguntado. Su complacencia alimentaba su coraje. Ella giró su cuerpo para colocarse encima de él, sus pechos cimbrearon suavemente provocando que sus pezones rozaran el vello de su pecho. Miró su expresión mientras comenzaba su propia misión sensual, rezagándose sobre su pecho y su barriga, que estaban cubiertos por una pátina de sudor.
Ella se deslizó más abajo y le tocó. Él contuvo el aliento. Ella lo sintió rígido y vibrante en su mano, buscando su liberación, y otra vez, el miedo se entremezcló con el deseo. Esta vez, sin embargo, el deseo era más fuerte.
—Estamos casi en el punto sin retorno —murmuró él roncamente.
Ella negó con la cabeza. Acariciándolo. —Lo prometiste.
—Detente —gimió él.
Ella lo hizo.
Él se dio la vuelta para que otra vez ella quedara debajo. —Vamos a prepararte, señorita virgen —murmuró— porque no creo que pueda mantenerme alejado mucho más. Fue tan bueno.
La preparó con sus dedos como si ella fuera completamente inexperta.
Emociones a las que no podía dar nombre llenaban su corazón mientras las profundas caricias de sus manos la hacían arder. Su respiración era pesada, su piel ardiente. Él se detuvo para alcanzar uno de los envoltorios metálicos y se enfundó a sí mismo antes de volver a acariciarla.
—Eres tan estrecha —murmuró él, mientras movía las caderas y se equilibraba para penetrarla—. Es casi como… —Detente —sollozó ella, aunque sabía que él ya había sobrepasado el punto de no escuchar. Pero él se dejó caer a un lado. Cayó de espaldas. El sudor perlaba su frente. —Me estás matando. —Estaba sin aliento, expandiendo el pecho. Ella no podía creer que él hubiera cumplido su promesa, en esos momentos lo amó. Se dijo a sí misma que no era una emoción permanente, no un final de vivieron felices para siempre, sino un amor efímero nacido de la gratitud. Junto con su corazón, su cuerpo entero se abrió para él, exigiendo que la llenara y confiando que no le hiciera daño. Se agarró a sus hombros y lo atrajo hacia ella.
Él la agarró por detrás de las rodillas y separó sus muslos.
—Despacio —imploró ella—. Sin dolor.
—Oh, no te dolerá, cariño —dijo mientras la abría— no te lastimaría de ninguna manera. Y no lo hizo. Su entrada fue suavemente lenta, y él la miró a los ojos todo el tiempo, sus ojos verdes medio cerrados, los músculos de su cuello rígidos, y la piel húmeda. Ella podía sentir su control de hierro del mismo modo que sentía su cuerpo dilatándola. Comenzó a moverse dentro de ella y sintió que su control comenzaba a esfumarse.
—Así —murmuró él, al tiempo que la cabeza de Phoebe se movía agitadamente sobre la almohada y gemidos diminutos escapaban de sus labios—. Gime para mí, nena. Gime todo lo que quieras.
Él empujó profundamente y ella se movió con él. La sensación fue maravillosa y aterradora. Ella comenzó a elevarse vertiginosamente. Él seguía manteniendo el control, pero no el de ella. Sus dedos se hincaron en los músculos acerados de sus hombros. Algo le ocurría. Algo maravilloso. Algo aterrador. Si perdía el control…, entonces… Ella abrió la boca y gritó.
—¡Detente!
El sonido que hizo él apenas fue humano, una intensa exclamación se estranguló en su garganta. Esta vez ella supo que él no escucharía. Él había llegado demasiado lejos y su petición ya no era justa.
Pero él se retiró. Este hombre de acero que podría haberse impuesto a ella en un instante, había accedido a sus deseos y había caído sobre la cama, con la piel ardiente, la venas sobresaliendo en su cuello y su pecho expandiéndose.
Con su aquiescencia, las cadenas que la había atado durante tanto tiempo cayeron súbitamente, y la alegría la envolvió. Cayó sobre él. Besándolo con la lengua. Le cogió el pelo con las manos mientras recuperaba su feminidad y lo amaba con todo su corazón.
Le pareció natural montarle.
Dejó resbalar sus piernas sobre sus caderas y gradualmente le hizo entrar en su cuerpo, su tamaño la obligaba a proceder más lentamente de lo que deseaba para poder alojarle. Cuando se había empalado completamente, lo miró. Sus ojos estaban abiertos, pero vidriosos y sus labios tensos. Ella comenzó a moverse, midiendo los golpes mientras algunos gemidos escapaban de sus labios. Él ahuecó sus nalgas para que no lo perdiera, sus dedos la acariciaron donde estaban unidos.
Ella extendió las manos en el vello de su pecho, arqueó la espalda, y lo condujo más y más alto. Su pelo comenzó a mecerse. Ella se había convertido en una brillante amazona rubia que había reclamado al más poderoso de los hombres para sanarla. Él se retorció, pero ella lo detuvo agarrando con los muslos sus fuertes caderas. Ella estaba al mando. Era suyo para tomarlo.
Él ahora resoplaba. Su pecho subía y bajaba mientras intentaba llenar sus pulmones, un deportista llegando a los límites de su resistencia. Ella dio por entendido que él estaba resuelto a que ella explotara primero. Él era un hombre que ganaba, pero en este juego particular, el que llegaba segundo ganaba el premio. Él no sabía qué le pasaba a ella. No sabía que ella no podía.
Pero había algo que ella no sabía. Para él, ganar era todo. Y estaba haciendo trampa.
Con los dedos, encontró su lugar más vulnerable. Ella se quedó sin aliento y su cabeza cayó adelante. Él profundizó el ilícito toque. La habitación giró alrededor de ella, giró, más y más rápido y los límites entre él y ella se disolvieron.
No podía ocurrir. Nunca había ocurrido.
Un gran grito salió de su mismo centro. Ella oyó un rugido oscuro, en respuesta y sintió sus agudos estremecimientos. Giraron sin gravedad y cayeron en la inconsciencia.
CAPÍTULO 13 La mejilla de Phoebe estaba pegada al pecho de Dan y su pierna retorcida en un ángulo incómodo, pero no le importó. Mientras yacía entre sus brazos, su corazón se llenó de gratitud hacia ese tierno guerrero que había hecho que venciera los enemigos de su pasado.
El aire acondicionado siseaba. En el vestíbulo alguien cerró de golpe una puerta. Ella no hablaba porque no sabía qué decir.
Él desplazó su peso y rodó a un lado. Ella sintió el aire frío en la espalda desnuda. Él sacó su brazo de debajo de ella y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda. Ella sintió las primeras muestras de desasosiego.
—Has estado genial, Phoebe.
Él se giró y le dirigió una falsa sonrisa, demasiado sonriente. Un escalofrío la atravesó como un relámpago mientras se preguntaba si era lo mismo que le habría dicho a todas sus admiradoras al terminar con ellas. —Hemos pasado un buen rato. En serio. —Cogió sus pantalones vaqueros—. Mañana es un día importante. Hay que madrugar. Cada parte de su cuerpo comenzó a helarse. Tocó nerviosamente la colcha.
—Por supuesto. Es tarde, yo… —salió a hurtadillas de la cama por el lado contrario—. Sólo deja que… —Agarró sus ropas.
—Phoebe… —Aquí está. Ya lo tengo todo. —Se precipitó al cuarto de baño. Sus mejillas ardieron de vergüenza, cólera y dolor mientras se ponía la ropa. ¿Cómo algo tan impactante podía tener tan poca importancia para él? Trató de respirar con fuerza. Sus dientes comenzaron a temblar e intentó detener el temblor cerrando la mandíbula, determinada a no dejarle saber cuanto le había dolido.
No se derrumbaría hasta que estuviera sola. Cuando salió, vio que se había puesto los vaqueros. Él miró hacia la puerta del cuarto de baño. Su pelo estaba despeinado, su expresión era culpable. —¿Quieres beber algo?
Con la misma fuerza que la había mantenido en pie tantos años, se giró y le lanzó el feo sujetador blanco a los pies. —Añade esto a tu colección de trofeos, entrenador. No quiero que lo olvides. Luego se fue.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Dan maldijo en voz baja. Por más que quisiera justificarlo, sabía que acababa de actuar como un imbécil de primera.
Aun así, se frotó el brazo y trató de decirse a sí mismo que lo que había hecho no era tan malo. Phoebe conocía las reglas, ¿así que por qué montar el número?
Lo más gracioso era que no podía recordar la última vez que había experimentado un sexo tan bueno como el que acababa de tener lugar en esa habitación; lo asustó porque había sido algo totalmente inesperado. Había habido algo en esa locura de la inocencia de Phoebe que le había excitado más allá de lo imaginable. Ella había sido dulcemente salvaje y simplemente pensar en su cuerpo curvilíneo hacía que se endureciera otra vez. Pateó el sujetador que le había lanzado y se acercó al minibar, donde cogió una botella de cerveza. Mientras la desenroscaba, admitió la razón real de haber actuado tan mal. Era porque se sentía culpable. Desde el momento que había visto a Phoebe besándose con Bobby Tom en el bar había comenzado a ver estrellas de un millón de colores diferentes y se había olvidado completamente de Sharon Anderson.
¡Maldición! Se había jurado a sí mismo que no lo iba a volver a hacer. No había estado con otra mujer desde que había conocido a Valerie, y de eso hacía casi cinco años. La primera vez debería haber sido con Sharon, no con Phoebe.
Ahora, cuándo finalmente Sharon y él se metieran en la cama, esa dulce maestra de guardería iba a competir en su mente con una triatleta del sexo. Incluso así, no debería haber echado a patadas a Phoebe de esa manera.
La culpabilidad lo invadió. A pesar de todos sus defectos de carácter, él no debería haberla echado y estaba casi seguro que había herido sus sentimientos, aunque ella era tan descarada, que no lo sabía con seguridad. Joder, esa mujer lo había sacado de quicio desde la primera vez que la vio. Como no tuviera cuidado, su lujuria por ella echaría a perder completamente su relación en ciernes con Sharon.
En ese mismo momento se hizo una promesa. No importaba lo que tuviera que hacer, no iba a permitir que esa bomba s****l hundiera sus garras en él más profundamente de lo que ya lo había hecho. Quizá le debiera una disculpa, pero nada más. De ahora en adelante, era hombre de una sola mujer.
***** Phoebe estaba terriblemente furiosa cuando se dirigió al campo para el primer cuarto del partido entre los Stars y los Sabers. ¡Imbécil! ¡Idiota! ¡Tonta redomada! Se detuvo en la boca del túnel y se insultó de todas las maneras que conocía. De todas las cosas sin sentido, autodestructivas e idiotas que podía haber hecho, esta era la guinda del pastel.
Todavía se sentía mareada por su llanto de la noche anterior. En alguna ocasión alrededor de las cuatro de la madrugada, finalmente se había echado una larga y dolorosa mirada a sí misma y se había dado cuenta de que solo había una explicación para la profundidad del dolor que sentía. Se había permitido enamorarse de Dan Calebow.
Su pecho se contrajo en un hipido corto y doloroso. Asustada de poder echarse a llorar una vez más, se clavó las uñas en las palmas de las manos y trató de encontrar alguna explicación racional de cómo había dejado que ocurriera tal desastre. Ella debería haber sido la última mujer del mundo que sucumbiera a una arrastrada y erótica voz sureña y unos fuertes biceps. Pero allí estaba. Algún desequilibrio hormonal, alguna veta temeraria de autodestrucción, la había hecho volar cerca del sol.
Y qué caliente había ardido el sol anoche. Ella nunca se hubiera imaginado que hacer el amor pudiera ser tierno, alegre y maravilloso. Su garganta se contrajo cuando se recordó a si misma, que quizás ella hubiera hecho el amor, pero para él sólo había sido sexo. Se dio cuenta de que estaba peligrosamente próxima a las lágrimas y no podía sufrir una crisis nerviosa otra vez. Forzando una sonrisa resplandeciente en la cara, comenzó a andar hacia el brillante sol de Oregon, dónde tenía intención de exigir al menos una pequeña venganza por cada dulce segundo que había pasado la noche anterior mientras yacía entre sus brazos traidores. Los fotógrafos la divisaron antes que el público. Una cinta grabada comenzó a sonar con una vieja canción: ¿Ain’t she Sweet?
14 Se percató que esta debía ser la sorpresa que Ron había dicho que tendría para ella cuando saliera al campo. Iba a ser la única dueña de un equipo de la NFL con un tema musical propio.
Acompañada de silbidos, adoptó su papel, echando besos se dirigió hacia el banquillo contoneando las caderas al son. Los fotógrafos captaron los deslumbrantes vaqueros rojos y negros de piel de serpiente que marcaba cada curva de su cuerpo y el masculino chaleco n***o de seda que albergaba sus pechos desnudos. Había persuadido al dueño de la boutique de modas de al lado del hotel para que abriera para ella a las diez, después de que Phoebe decidiera que el conservador vestido de lino que había traído ya no serviría. El dueño de la boutique había sugerido una pajarita con piezas de un traje masculino, pero Phoebe le había preferido algo un poco más femenino que un listón n***o en su garganta, mientras mostraba los colores del equipo en los pendientes con forma de estrellas de plata que colgaban de sus orejas. La ropa era cara, escandalosa y completamente impropia, una flagrante ofensa para Dan Calebow.
Ella había sabido cómo se sentiría él por lo que iba a ver antes de que girase la cabeza para entender qué era lo que causaba la algarabía. Al principio él se quedó estupefacto, luego esbozó una mueca asesina. Durante un momento cerró los ojos. Quería echarle su mirada más ardiente, pero no pudo.
Antes de que él pudiera sentir su sufrimiento, ella fijó su atención en los fotógrafos, que la llamaban por su nombre. Mientras fotografiaban cada curva, supo que nunca se había sentido menos femenina. ¿Por qué había creído que un hombre como Dan la podría ver como algo más que un cuerpo?
Bobby Tom se dirigió hacia ella. —Tengo el presentimiento de que vas a traerme suerte hoy.
—Eres el mejor.
Ella se tomó tiempo para darle el beso y luego agradeció los vítores de la multitud con una reverencia. Jim Biederot apareció para su insulto. Algunos jugadores más se acercaron furtivamente y les deseó suerte. Ron había metido un paquete de Wrigley en su mano antes del partido, pero Dan no la abordó para reclamarlo.
La pelota surcó el aire, y cuando los macizos cuerpos de los jugadores comenzaron a colisionar, ella logró evitar ponerse las manos sobre los ojos.
Aunque la aterraba todavía estar tan cerca del caos total, se percató que el partido no la aterrorizaba tanto como la semana anterior. Ron le había estado enseñando los rudimentos del juego, y más de una vez, se encontró atrapada por la acción.