Capítulo 14

3674 Words
Phoebe se encontró con Bobby Tom Denton en el vestíbulo del hotel a las ocho y media de la tarde del sábado. Aunque ella acababa de llegar a Portland en un vuelo comercial desde O'Hare, los Stars llevaban allí desde el mediodía porque la NFL tenía como norma que los equipos visitantes estuvieran en la ciudad donde jugaban veinticuatro horas antes del principio del partido. Ella sabía que los jugadores habían estado en una reunión hasta las ocho de la tarde y que ahora estaban libres hasta el toque de queda a las once. —Hey, Señorita Somerville. —El hombre de los ocho millones de dólares le dirigió una sonrisa casi tan grande como el sombrero vaquero que llevaba en la cabeza. Sus pantalones vaqueros deshilachados y descoloridos a la moda moldeaban sus piernas de corredor y sus botas vaqueras de piel de serpiente estaban justo en su punto, ni demasiado nuevas ni demasiado usadas. Viktor se habría quedado impresionado. —Me preocupaba que no viniera —dijo Bobby Tom. —Te dije que vendría. Él empujó hacia atrás el ala de su sombrero con su pulgar. —¿Va a estar en el campo mañana? Ella se mordió la comisura del labio. —Realmente, Bobby Tom, tengo algunas dudas. —Vaya, venga. Creo que necesitamos tener una conversación seria. —Una de las grandes manos del receptor, cogió su brazo y suavemente la empujó hacia el bar. Podía haber protestado, pero no esperaba con ilusión pasar la tarde en una habitación de hotel, sin ni siquiera Pooh para acompañarla. La cafetería del hotel estaba silenciosa y oscura, se acomodaron en la pequeña mesa de un rincón, Bobby Tom pidió una cerveza. —Parece el tipo de mujer que pide vino blanco —dijo él— uno de esos chardonnays tan chic. A Phoebe le habría gustado pedir un chardonnay pero no estaba segura de que le gustara ser clasificada como el “tipo de mujer que pide vino blanco”, así pidió un margarita. La camarera, que se había estado comiendo con los ojos a Bobby Tom, se apresuró a preparar sus pedidos. —¿Puedes beber la noche anterior a un partido? —Tenemos permiso para hacer cualquier cosa mientras demos todo lo que podamos por el equipo al día siguiente. Lo de la bebida y el toque de queda, son dos de las cosas en las que el entrenador no es demasiado estricto. Se supone que debemos estar en nuestras habitaciones a las once, pero el entrenador fue bastante juerguista en sus días de jugador, y sabe que todos tenemos nuestras propias maneras de desahogarnos. —Bobby Tom se rió entre dientes—. Es una leyenda. Phoebe se dijo a sí misma que no preguntara, pero cuándo se trataba de Dan Calebow, su curiosidad parecía no tener límite. —¿A qué te refieres? ¿Qué tipo de leyenda? —Bueno, algunas de las historias sobre él no son adecuadas para oídos femeninos, pero supongo que es de dominio público cuánto odiaba los toques de queda. La verdad es que el entrenador sólo necesita dormir un par de horas y cuando era jugador, no podía soportar tener que recluirse en su habitación a las once. Decía que hacía que jugara mal. Lo que hacía la mayor parte de las veces era irse a la habitación a la hora y luego salir furtivamente a alguna fiesta. Los entrenadores se enteraron, por supuesto. Lo multaron y lo dejaron en el banquillo. Nada de eso funcionó, porque seguía sintiéndose encerrado. Finalmente, les dijo que si no les agradaba, podían elegir entre tomarlo o dejarlo, pero que no iba a cambiar. Jugaba mal cuando se ponían de guardia delante de su puerta. Entonces los entrenadores dejaron de darle la vara con eso. Dicen que cambió algo cuando se hizo mayor. —Me apuesto a que no mucho —masculló ella mientras llegaban sus bebidas. Bobby Tom levantó su jarra helada. —Es como un grano en el culo. —Por el grano en el culo —tocó su vaso con el suyo, luego lamió un poco del borde salado y tomó un sorbo de su margarita. —Señorita Somerville. —Phoebe está bien. —Tomó otro sorbo. Más tarde, lamentaría las calorías, pero no ahora. —Supongo que cuando estemos a solas, que nos tuteemos estará bien, pero como eres la dueña del equipo y todo eso, no lo haré en público. —Después de todas esas fotos en los periódicos, no creo que tenga que preocuparme mucho por mantener la respetabilidad. —¡Pero si están genial! Incluso mostraban mi mejor perfil. —Su gran sonrisa se desvaneció—. ¿No dijiste en serio lo de que no bajarías al campo, verdad? —No estoy segura de que sea una buena idea. No a menos que se nos ocurra un nuevo ritual de buena suerte. —Oh, No. No podemos hacer eso. Aunque perdimos, hice uno de los mejores partidos de mi carrera contra los Broncos la semana pasada. Llevo jugando fútbol un montón de años, y cuando algo me funciona, persevero en ello. Mira, en cuanto hago algún cambio, luego pienso en el cambio en vez de en que zona debo alinearme y si estoy en mi sitio o no. ¿Entiendes lo que digo? —Bobby Tom, no es que me vuelva loca la idea ver fotos todos los lunes en el periódico de nosotros dos besándonos. —Me sorprende tener que recordártelo, Phoebe, pero mañana jugamos contra los Sabers y ganarles es bastante más importante que lo que publiquen los periódicos. Conquistaron la Súper Bowl el año pasado. Todo el país cree que empezamos la temporada con el culo. Tenemos que probarles que tenemos lo que se requiere para ser campeones. —¿Por qué? —¿Por que qué? —¿Por qué queréis ser campeones? ¿De qué sirve? No es como encontrar la cura contra el cáncer. —Estás en lo cierto —dijo seriamente—. No es como eso. Es más. Mira, es que eres bueno y lo haces mal. Eso es lo que es. Por eso es tan importante. —Tengo algún problema para seguirte, Bobby Tom. Él levantó el brazo hacia la camarera y señaló con dos dedos hacia sus bebidas para que trajera más. Fue cuando se dio cuenta de que casi había acabado la suya. No tenía cabeza para el alcohol y sabía que no debería de tomar otra, pero Bobby Tom era buena compañía y estaba pasando un buen rato. Además, pagaba él. —Lo que creo es esto —siguió él— el hombre es agresivo por naturaleza, ¿no estás de acuerdo? —El hombre tal vez, pero no necesariamente la mujer. Bobby Tom obviamente no tenía interés en la política s****l porque ignoró su comentario. —El fútbol libera la violencia natural del hombre. Si no fuera por la NFL, probablemente habríamos ido a la guerra con Rusia media docena de veces en los últimos cuarenta años. Mira, los americanos somos así. Al minuto de cruzarnos, somos pateadores de mierda naturales. Perdona mi lenguaje, Phoebe, pero todo el mundo sabe que patear culos es parte de nuestra cultura nacional. El fútbol nos da una… ¿como lo llamaría? Una vía de escape segura. Él realmente estaba enredando sus sentidos, lo cual indicaba que su primer margarita se le había subido a la cabeza. Cogió la segunda y lamió otro grano en el borde. Él la cogió del brazo y le dirigió una mirada suplicante. —Entonces, vas a estar allí mañana o no, porque gracias a Dios eres una buena mujer y sé que no quieres tener la pérdida con los Sabers sobre tu conciencia. —Allí estaré —suspiró ella. —Sabía que podía contar contigo. —Le brindó una sonrisa cautivadora—. Me gustas Phoebe, mucho. Si no fuéramos compañeros de trabajo, iría a por ti. Él era un buen muchacho, lo miró directamente a la cara—: ¿No es la vida una faena? —Tú lo has dicho. Incluso sin el efecto del margarita, Bobby Tom Denton era una buena compañía. Hablaron de comida mejicana, de que los equipos deberían llevar el nombre de americanos Nativos, y del parecido de Bobby Tom con Christian Slater. Le llevó más tiempo tomarse el segundo margarita, pero aun así, sentía definitivamente un zumbido cuando él se inclinó y rozó su boca con la de él. Fue un beso ligero, acogedor. Respetuoso. Una señal de camaradería y bienestar. El beso que un hombre de veinticinco años da a una mujer de treinta y tres con la que le gustaría acostarse, pero con la que sabe que no puede hacerlo, aunque aún la quiere como amiga y aún sigue deseando que pudiera ser algo más que una amistad. Phoebe lo entendió. Desafortunadamente, Dan no lo hizo. —¡Denton! —Su voz sonó a través del silencio del bar como un cañón Confederado sobre un campo de batalla—. ¿No te dice ese reloj tan caro que llevas que como no estés exactamente en tres minutos y medio en tu habitación, violarás el toque de queda? —Se acercó a la mesa en vaqueros y una camisa de tela vaquera abierta en la garganta. —Hola, entrenador. ¿Quieres oír algo gracioso? Acabo de explicarle a Phoebe que siempre has sido un tanto flexible sobre el toque de queda. Y luego vienes y… —¡Dos minutos, cuarenta y cinco segundos! Te multaré con quinientos dólares por cada minuto que no estés en tu habitación. Mirándolo con extrañeza, Bobby Tom se puso de pie. —Caramba, entrenador, ¿qué te ha irritado tanto? —Ejecutaste mal tres jugadas el viernes. ¿Qué te parece eso para empezar? Bobby Tom sacó algunos billetes de un fajo en su bolsillo y los dejó caer sobre la mesa. Luego le echó a Dan una mirada larga y sagaz. —No creo que esto tenga que ver con hacer mal las jugadas. —Se tocó el ala del sombrero en dirección a Phoebe—. Nos veremos en el campo mañana, señorita Somerville. —Nos vemos, Bobby Tom. Cuando él desapareció, Dan le ladró a ella como si fuera un sargento de entrenamiento. —¡A mi habitación! Ahora. —Ah, eso no te lo crees ni tú. —Cuándo comienzas a juguetear con el mejor receptor de la AFC, rebasas los límites. Ahora a menos que quieras que aireemos los trapos sucios en público, te sugiero que te muevas. Phoebe a regañadientes le siguió hasta fuera del bar y por el vestíbulo. Sabía que le debería recordar que ella era la jefa, pero cuando entraron en el ascensor y comenzaron a subir en silencio hasta el séptimo piso, se encontró con que no podía decir nada. Sin embargo, él ciertamente tenía la cabeza a rebosar, pero ella sólo sentía el calor que se extendía bajo sus pantalones turquesa. Afortunadamente, no le importaba. Los dos margaritas le habían dejado una acogedora sensación de bienestar, que la hacía querer lamerse el labio inferior y decirle que no fuera un viejo anticuado. Ella no sabía que sus habitaciones estaban tan cerca hasta que él se detuvo delante de la puerta de enfrente de la de ella. La abrió y le dirigió una mirada tal, que la hizo entrar. Luego él subió un puño y extendió el dedo índice hacia el sofá de brocado. —Siéntate. Aunque su cerebro había comenzado a emitir las advertencias más alarmantes, la caliente neblina del tequila la envolvía e hizo que no las tomara en serio, así que se cuadró con un saludo militar y obedeció su orden. —Sí, señor. —¡No te burles de mi! —Él apoyó la gran mano en la cadera—. Mantente lejos de mis jugadores, ¿me oyes?, estos hombres están aquí para ganar partidos de fútbol; ¡No son tus juguetes personales de placer y no quiero volver a ver nada como lo que vi esta noche! ¡Nunca! Y ese fue simplemente el comienzo. Él vociferó y gritó, ruborizándose tal como hacía en los partidos cuando le gritaba a un árbitro. Finalmente, paró para respirar. Ella le echó una sonrisa de medio lado y paseó la punta de su dedo índice por su boca. —¿Qué ocurre, bombón? ¿No besaste nunca a una chica en un bar? Él pareció quedarse estupefacto, como si nunca le hubiera replicado una mujer. Dios mío, era tan mono. Mono, y sexy, y tierno. Uhmm. Grrr.… A una mujer le llevaría un montón de tiempo domesticar a un hombre como él. Ella descruzó las piernas. Y una cama, también estaría bien. Y el olor de jazmín entrando por la ventana abierta. Y en la noche suave, el sonido de un ventilador de techo en la vieja casa de la plantación. Ella se levantó. La joven Elizabeth le podría domesticar con sus ojos violetas y sus pechos blancos como vainilla en tazas de encaje. ¡Guau! Él había vuelto a casa por ella, este hombre hacía aullar a la luna. Estaba borracho otra vez. Libertino. Con olor a whisky y al perfume barato de una mujerzuela llamada Lulabelle. Pero él todavía no estaba saciado, este hombre de sangre caliente, de v***a caliente, había vuelto a ella. A la única mujer que le podía saciar Ven a mí, nene; Te haré sentirte bien. Soy toda una mujer, y sé como domesticar a mi hombre. Ella se acercó lentamente a él, con los labios mojados y abiertos, moviendo su cabello rubio y moviendo las pestañas, cada poro de su piel ardía y amenazaba con abrasarla. ¿Por qué había tenido miedo de él, una gata caliente y peligrosa como ella? Iba a ver que tipo de mujer era. Iba a dejar que sintiera su calor. —¿Phoebe? Ella se detuvo delante de él y ahuecó los duros puños que colgaban a los costados con las palmas suaves de sus manos. Miró fijamente sus ojos verdemar y se dio cuenta de que no había necesidad de tener miedo de su fuerza cuando su poder era mayor que el de él. Ella arqueó la espalda y se apoyó en él. Era una gata en celo; lo besó con los labios abiertos, inclinando la boca sobre la suya, sacó el pie de la sandalia para frotar los dedos calientes sobre los vaqueros que enfundaban su pantorrilla. Cuando él aceptó su lengua, la exultación la atravesó, se alimentó con el conocimiento de su poder. ¿Por qué había tenido miedo al sexo cuando esto era tan fácil, tan natural? Él hizo un sonido suave y ronco, o tal vez fue ella. Sus bocas estaban unidas, sus manos cogidas a sus costados y ella no sentía aquel miedo interior. Su lengua la arrasó. Se dijo a sí misma que era mujer suficiente para hacerse cargo de su pasión y que estaba lo bastante relajada por el licor como para llegar hasta el final. Luego, tal vez sería libre. —Phoebe —murmuró su nombre en la abertura caliente y húmeda de su boca, y ya no gritó más. Sus grandes manos se deslizaron de sus caderas a su cintura; Sus pulgares presionaron sobre sus costillas. En un momento él rozaría la parte inferior de sus pechos, convirtiéndolos en carne ardiente y viva. Ya estaban cosquilleantes, anhelantes. —No te detengas —imploró contra sus labios—. No importa lo que diga, no te detengas. Se quedó estupefacto, se echó hacia atrás para mirarla. —¿Sabes lo que dices? —Sí. Los segundos pasaron mientras sus palabras lentamente penetraban en el cerebro de Dan. La desilusión lo atravesó, seguida rápidamente por la revulsión y luego por el cinismo. ¿De qué se asombraba? Él había aprendido de Valerie y se dio cuenta de qué quería Phoebe. Era otra mujer que necesitaba jugar el juego de la sumisión. Todos sus no del domingo por la noche habían significado sí. Lo había estado manipulando y se lo había creído. Desalentado, bajó la vista por sus curvas exuberantes, el suave parpadeo de pestañas que enmarcaba los rasgados ojos ámbar, los labios hinchados de sus besos húmedos, la boca voluptuosa. ¿Era demasiado pedir un simple y elemental revolcón en la cama? Sin juegos. Sin nada salvaje. Solo risa y buen sexo ardiente. Repentinamente se sintió furioso. Tan furioso como cuando se había encontrado a Bobby Tom baboseándola en el bar. Ella probablemente lo había estado incitando bajo la mesa. Rozando contra él esas largas piernas desnudas. Rozando el centro de sus tetas contra su brazo. Provocándolo con toda la carga de mierda. No te detengas sólo porque diga que no, Bobby Tom. Realmente no significa sí. Tal vez Valerie lo había corrompido, pero parecía que las mujeres de todo el país se habían vuelto retorcidas sin remisión en lo concerniente al sexo. O querían que las abrazaras contra tu pecho, o querían que las esposaras a los postes de la cama. No parecía haber término medio. Había recorrido ese camino cientos de veces y podía hacer de matón sin siquiera pensarlo. Después de lo que ella había hecho, un poco de violencia con Phoebe Somerville podía ser justo lo que necesitaba para deshacerse de esas imágenes de ella que aparecían repentinamente en su mente demasiadas veces. Esa noche, le pondría fin. —Lo que tú digas, cariño. Phoebe oyó el deje de amenaza en la voz de Dan, pero se sentía demasiado bien para asustarse. Él levantó la mano por detrás de su cuello y la metió entre su pelo, cogiéndolo en su puño y tirando demasiado fuerte de él. Con la otra, comenzó a abrir los pequeños botones forrados del cuello de su vestido. El talón de su mano rozó sus pechos, y la tela se abrió involuntariamente. Él resopló cuando vio su sujetador blanco y liso. Indudablemente estaba acostumbrado a lencería más erótica, pero ella nunca se había sentido cómoda usándola. Sus hombros desnudos percibieron la corriente del aire acondicionado cuando el empujó hacia abajo la parte superior del vestido hasta detenerse en sus codos, atrapando sus brazos en las mangas. Él abrió los tres ganchos que aseguraban el sujetador en la espalda. —Eres grande, nena, pero no eres Dolly Parton. Uno de esas cositas eróticas de Victoria’s Secret te quedaría perfectamente. La mofa en su voz penetró en la neblina de tequila, difuminando algo de su sensación de poder. Intentó liberar sus brazos de la constricción del vestido, pero en ese momento, el sujetador se movió y sus pechos quedaron libres. —Joder. —La palabra fue dicha con tal delicadeza que sonó más como una alabanza que como un juramento. Antes de que ella supiera lo que sucedía, él le había movido las muñecas hacia la espalda y las había sujetado con una mano. El rudo movimiento empujó sus pechos hacia adelante y hacia arriba, y la impotencia que ella sintió en esa posición provocó algunos revoloteos de pánico en su estómago. Él inclinó la cabeza. Sintió su respiración caliente en la piel al mismo tiempo que la abrasión ligera de su barba. Él dio un toquecito a un pezón con la lengua. Se endureció como un guijarro. Lo metió dentro de la boca y succionó. Comenzó a sentir como sus huesos se derretían. Las sensaciones eran tan excitantes que se olvidó de sus brazos atados. Él se movió al otro pecho, lo lamió y lo soltó. Ella se derrumbó contra él. Cuando su mano se metió bajo la bastilla del corto vestido y se curvó en su muslo desnudo, el pánico regresó, y supo que tenía que liberar sus brazos antes de llegar más lejos. Sus dedos ascendieron. —Espera —murmuró. Trató de apartarse, pero las manos siguieron su recorrido—. Suéltame un momento. —No creo que quieras. —No te entiendo. —Seguro que sí. —¡Dan! —Lo que la señora quiera. —La soltó, pero sólo lo suficiente como para tirar bruscamente del vestido por las caderas hacia abajo. Su sujetador cayó, dejándola allí de pie, sólo con las sandalias, una pulsera en el tobillo y unas bragas de algodón blanco hasta la cintura. —Supongo que no consideras necesario gastar dinero en ropa interior de fantasía. Su confianza se disolvió y todos los viejos fantasmas regresaron. Ella intentó coger el vestido para cubrirse, pero antes de que lo pudiera alcanzar, la cogió en brazos y la llevó al dormitorio. Cuando la dejó caer encima de la cama, una de sus sandalias salió volando. Él se cernió amenazadoramente sobre ella, y ya no era una fantasía, sino un hombre real quitándose la camisa de tela vaquera y revelando un pecho alarmantemente bien desarrollado con protuberantes músculos pectorales, bíceps montañosos y venas como cuerdas sobresaliendo en sus brazos. El grueso vello de su pecho descendía dibujando una línea que como una flecha desaparecía, tras atravesar el duro estómago plano, bajo la cinturilla de sus pantalones vaqueros. Sabía que visitaba la sala de pesas todos los días, y ella le había visto correr alrededor del campo por la noche, pero no estaba preparada para su cuerpo poderosamente musculoso. Toda la fantasía de la joven Elizabeth huyó de su mente. Se sintió como una virgen de dieciocho años en vez de una mujer de treinta y tres con mucha experiencia y amantes. Había cerrado la trampa sobre sí misma al jugar como profesional lo que no dominaba ni como amateur. Sus ojos estaban posados en sus pechos cuando se abrió los pantalones vaqueros. Ella agarró el borde del cubrecama. —Bájalo. —No, no voy a hacerlo. —Se tapó con la esquina de la tela acolchada hasta la barbilla al mismo tiempo que se deslizaba al lado contrario de la cama. —Hazte a la idea de que sí. —Inclinándose, le cogió el tobillo y arrastró su espalda sobre las almohadas.
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