Capitulo 19

4292 Words
Ron miraba fijamente al campo desde la ventana del palco. —Sabía qué ocurriría cuando le suspendí, pero esperaba que no llegara a ser tan grave. Los Stars habían sido ineficaces contra unos Angeles Raiders sedientos de sangre. Jim Biederot fue interceptado cuatro veces, Bobby Tom no pudo desmarcarse y la defensa no tuvo su mejor tarde. Phoebe echó la última mirada al resultado final: Raiders 34, Stars 3. —No importa —dijo— mejoraremos la semana que viene. —Jugamos contra los Giants la semana próxima. Sólo han perdido un partido esta temporada y fue contra los Sabers. Antes de que ella pudiera responder, uno de los amigos de Bert se acercó a hablar con Ron. A la mañana siguiente, cuando se dirigía a trabajar a las ocho con idea de encontrarse con Ron como había previsto, se encontró volviendo a vivir otra vez la tarde del sábado. No podía recordar la última vez que había pasado un rato tan maravilloso. Desde la feria de arte, los tres se habían ido a un restaurante de la zona para tomar una cena temprana y Dan había probado que era tan buen oyente como narrador de historias. Lo había invitado a acompañarlas a casa, donde Molly le había enseñado sus nuevas ropas. Sus cumplidos habían hecho más por la confianza en sí misma de Molly que cualquier cosa que Phoebe le hubiera dicho. Se había marchado a las ocho, y se había pasado el resto de la noche torturándose con imágenes de él en la cama con su ex-esposa. Un tráfico extraordinariamente denso a la altura de Napente Boulevard la retrasó y llegó a la oficina de Ron algunos minutos después de las ocho. Dan ya estaba allí. Les dirigió a los dos una alegre sonrisa mientras tomaba asiento en la mesa de reuniones, esperando que Dan no se diera cuenta de lo contenta que estaba de volver a verlo. Tan pronto como ella se acomodó, Ron comenzó. —Ahora que la suspensión terminó, Dan, quería que tuviéramos la posibilidad de aclarar las cosas. Como seréis conscientes, hemos recibido algunos duros golpes de la prensa estas últimas semanas. Los periódicos de esta mañana son de lo peor. Recibí anoche en casa, una llamada del comisario declarando, de malas maneras, que somos una vergüenza para la liga. —No me digas que no crees que exagera un poco —dijo Dan. —Me habló de las fotos de “Bello Mundo”, de tu suspensión, de la manera en que Phoebe baja vestida al campo, y, claro está, del rumor de que vosotros dos estáis liados. También mencionó una conversación telefónica que tuvo contigo la semana pasada, Phoebe. Desearía haber estado al tanto. ¿Hay alguna razón para que no me dijeses que habías hablado con el comisario? Phoebe cambió de postura en la silla y decidió que había querido más a Ron cuando se dejaba llevar. —Me olvidé. Dan la miró escépticamente. —Eso es un poco difícil de creer. —Está todavía molesto por lo que le dijiste —dijo Ron. —Soy yo la que debería estar molesta. —¿Te importaría decirnos por qué? Ella intentó exponerlo de manera que no saltaran sobre ella. —Fue algo paternal. Me dijo que había personas que no tenían cabeza, especialmente una cosita bonita como yo, para hacer el trabajo de un hombre. Dijo que no era justo para Reed. Mencionó todas esas cosas que te dijo a ti, más el rumor que había oído de que también andaba con Bobby Tom. —Apretó la boca—. Sugirió que la causa de mis problemas podía estar en mis fluctuaciones mensuales de hormonas. Ron la conocía lo suficiente para preguntarle por su contestación. —¿Qué le dijiste? —Huuummm… —miró hacia fuera de la ventana—. No me acuerdo. —Phoebe. Ella se inclinó ante lo inevitable con un suspiro. —Le dije que lo tenía que dejar porque tenía a los de Playboy por la otra línea. Ron tuvo un sobresalto, pero Dan rió. —No la animes —Ron estaba claramente molesto—. Sabes que si los Stars fueran ganando, no tendríamos todos estos líos. —¡Estuve suspendido la semana pasada! Es realmente difícil ganar un partido si no entrenas al equipo. —Esa es una de las razones por las que quería hablar con los dos. —Ron jugueteó con su café—. Hasta donde yo veo, lo hecho, hecho está. No podemos hacer nada sobre las fotos, y por lo que respecta a los vestidos de Phoebe en los partidos, creo que el comisario está equivocado. —Puedo imaginarme lo emocionado que estaba con ese tatuaje de los Stars que llevabas ayer en el hombro. En la tele parecía realmente bonito. —Es de quita y pon —dijo ella— y simplemente exteriorizaba mi "espíritu de equipo". —Exhibías bastante más que "espíritu de equipo" —Todo eso ayuda a llenar asientos vacíos —dijo Ron—. Muchos de ellos con mujeres, en cambio —miró a Dan— tu suspensión fue culpa mía igual que la responsabilidad de que hayamos perdido ayer. También quiero haceros a los dos una advertencia. No sé lo que pasa entre vosotros dos, pero no quiero verme atrapado otra vez en el fuego cruzado. ¿Entendido? —Entendido —dijo Dan bruscamente. —No volverá a pasar —dijo Phoebe. La mirada de Dan la estaba haciendo sentir incómoda. Otra vez ella se recordó a sí misma que, por lo menos por ahora, los dos trabajaban para ella. Se levantó. —Ahora, si me perdonáis, tengo trabajo que hacer. Dan torció la comisura de la boca. —Saluda a tus colegas de Playboy de mi parte. Ella reprimió una sonrisa mientras salía de la sala de reuniones y se dirigía a su oficina, donde pasó el resto del día leyendo informes y estudiando hojas de contabilidad en la pantalla del ordenador, intentando encontrar los entresijos de los detalles de las complicadas finanzas del equipo. Mientras anotaba cifras al lado del teclado, reconoció para sí misma que sentaba genial volver a usar el cerebro. Su siguiente partido se jugaba en el estadio de los Giants en Meadowlands y se retransmitía por el programa de la ABC, "Monday Night Football". Desde luego el equipo no quería perder delante de una audiencia de televisión tan impresionante, jugar la noche del lunes era considerado lo más importante de la temporada. La semana, que a priori ya iba a ser tensa en el Stars Complex, lo fue todavía más, comenzaron a desatarse algunas explosivas peleas entre los jugadores, la administración y por supuesto Dan contribuyó respondiendo bruscamente a todo el mundo. La mala publicidad reciente del equipo había imposibilitado que Phoebe siguiera escondiéndose de la prensa, y su temor al partido próximo aumentó sobremanera cuando, a regañadientes, accedió ante la ABC para que la entrevistaran en el descanso. Los jugadores, tensos como una cuerda de violín, viajaron en silencio la tarde del domingo en el vuelo charter desde O'Hare hacia Newark. —Allí atrás es como un velatorio —le dijo Phoebe a Ron cuando los ayudantes de vuelo les dieron las bebidas que habían pedido: cerveza para Ron y zumo de tomate para ella—. No creo que sea bueno que los jugadores estén tan tensos. —Esta semana, Dan los ha entrenado tan duramente como es posible y saben lo que está en juego. Nos jugamos todo en este partido. Ella había hecho algo más que mirar balances contables la pasada semana; También había leído ejemplares atrasados de varias revistas deportivas y sabía lo positivo que era que estuvieran relajados. Se mordisqueó distraídamente el labio inferior. —Todavía creo que no deberían estar tan tensos. Van a andar a tientas detrás de la pelota. —Lo único que los hará relajarse será que finalmente ganen el partido. —Cómo no se relajen un poco, eso no ocurrirá. —Sinceramente espero que estés equivocada. Devolvió su atención al Forbes. Ella vaciló sólo un momento, antes de inclinarse y subrepticiamente levantar los seguros del trasportín de la perra, que estaba colocado bajo sus piernas. Segundos más tarde, el interior del avión se llenó de los ladridos agudos de Pooh correteando por el pasillo central. En la fila de asientos de delante, la cabeza de Dan se giró bruscamente para enfrentarse a ella. —¡Maldita sea, Phoebe! ¡Has traído la perra contigo! —¡Huy! —Sus labios formaron un pequeño óvalo rosado mientras se levantaba y miraba a Ron—. No sé que ha pasado. Lo lamento. Parece que he encerrado mal a mi perrita. Ignorando a Dan, se abrió paso hacia la cabina de pasajeros del avión, donde inmediatamente oyó una atronadora risa masculina. Como había esperado, los jugadores daban la bienvenida a la distracción que Pooh proporcionaba. El correteo del caniche entre sus pies, revolviendo entre sus bolsas de manos y lamiendo a cualquier persona que la intentaba coger. Bobby Tom intentó capturarla, pero ella lo esquivó y se acurrucó entre los pies de Webster Greer. Phoebe no pudo evitar la risa al ver la pequeña cabeza mullida de Pooh posada sobre la parte superior de los enormes zapatos de lona de Webster. Miraba con recelo el pasillo, hacia su dueña, intentando buscar una vía de escape. —No creo que quiera que la cojas —comentó Webster. —No le gusta demasiado su transportín. Como Pooh parecía estar bien a su aire, Phoebe empezó a charlar con los jugadores cercanos, preguntándoles por sus familias, los libros que leían, la música que escuchaban en sus Walkmans. Pooh había seguido adelante hasta detenerse sobre el preciado pie derecho del kicker del equipo, pero cuando Phoebe se acercó, el perro atravesó velozmente por el pasillo hasta que Darnell Pruitt, el jugador más grande de la ofensiva de los Stars, que la levantó en sus brazos. —¿Es esto lo que busca, señorita Somerville? Phoebe vaciló. De todos los hombres del equipo, Darnell Pruitt era el más intimidador. Tenía un diente de oro con un diamante de medio quilate refulgiendo en su boca y pesadas cadenas de oro colgando de su chaleco n***o de cuero. No llevaba camisa bajo el chaleco, revelando un enorme pecho y antebrazos demasiado musculosos, exhibidos en toda su gloria brillante de ébano. Escondía sus ojos tras unas amenazadoras gafas de sol muy oscuras, su nariz era ancha y plana y una cicatriz surcaba su hombro. Un artículo que ella había leído justo el día anterior en Sports Illustrated había descrito a Darnell como uno de los cinco hombres peor encarados de la NFL, y mientras le estudiaba, no encontró ninguna razón para disentir. Se percató que sus compañeros de equipo habían dejado vacío el asiento al lado de él. Incluso Pooh estaba intimidada. La perrita se encorvaba en el regazo de Darnell, rozándole con el morro, mirándolo con atención con ojos cautelosos. Con un destello de alarma, Phoebe sintió que definitivamente parecía nerviosa. Rápidamente avanzó por el pasillo, sin lugar a dudas no era una buena idea que Pooh se pusiera nerviosa sentada encima de Darnell Pruitt. Cuando llegó a su fila, lo miró ansiosamente. —Puede… que… sea mejor que me la lleve. —Siéntese —ladró él. Fue una orden, no una petición y ella se dejó caer en el asiento vacío. Las cadenas de Darnell la impresionaban. Pooh comenzó a temblar. Phoebe escogió inoportunamente ese momento para recordar la cita sobre Darnell que había leído en Sports Ilustrated. Lo que me gusta más del fútbol, decía, es ver al tío que me marca transportado en camilla fuera del campo. Ella se aclaró la voz. —Esto… no es una buena idea que ella se ponga nerviosa. —¿De veras? —dijo agresivamente. Recogiendo la perrita entre sus manos del tamaño de guantes de béisbol, elevó al animal hasta la altura de sus ojos. Clavaron los ojos el uno en la otra. Las amenazadoras gafas de sol reflejaron los redondos ojos castaños de Pooh. Phoebe contuvo el aliento esperando una catástrofe. Los segundos se alargaron. Pooh sacó su larga lengua rosada y lamió la mejilla de Darnell. El diamante del diente de oro de Darnell brilló cuando él sonrió ampliamente. —Me gusta este perro. —No sabes lo feliz que me hace —dijo Phoebe con rapidez. Pooh se entregó a las caricias atravesando las cadenas de Darnell para acercarse más. Él acarició el copete de la perra donde el lazo se había deshecho como siempre. —Mi mamá no me dejó tener un perro mientras crecía. Decía que no quería tener pulgas en casa. —No todos los perros tienen pulgas. Pooh no las tiene. —La llevaré para que le cuente todo eso. Quizá me deje tener uno ahora. Phoebe se quedó pasmada. —¿Vives con tu madre, Darnell? Él sonrió ampliamente. —Sí, madam. Amenaza con echarme, pero sé que no hará eso hasta que me case. Dice que no confía que sepa cuidarme. —Ya veo. ¿Te vas a casar pronto? —Oh, no, madam. No digo que no quiera, sino que puede complicar la vida, ya sabes. —Realmente lo hago. —Algunas veces las mujeres que te atraen no se sienten atraídas por ti, o viceversa. Ella lo miró con curiosidad. —¿Cuál es tu caso? —¿Perdón? —¿Vice? ¿O versa? Es la señora la que está colada por ti, pero tú no por ella, o… —A la inversa. Yo estoy colado por ella, pero ella no está precisamente loca por mi. —Me resulta difícil de creer. Pensaba que vosotros los jugadores de fútbol podíais elegir la mujer que quisierais. —Intenta explicárselo a la señorita Charmaine Dodd. Phoebe adoraba que la gente le contara su vida amorosa. Quitándose los mocasines, puso los pies debajo de ella. —Cuéntame cosas sobre ella. Si quieres, claro. —Bueno, es una señora realmente terca. Y pagada de sí misma. Es organista en la iglesia de mamá y el resto de tiempo es bibliotecaria. Caramba, ni siquiera se viste bien. Lleva esas faldas tan remilgadas y las blusas abotonadas hasta debajo de la barbilla. Siempre con la nariz levantada. —Pero a ti te gusta de todas maneras. —Sería más adecuado decir que parece que no puedo expulsarla de mi mente. Desafortunadamente, no me respeta porque ella tiene una carrera, sabes, y yo no. —Fuiste a la universidad. Por un momento él guardó silencio. Cuando habló, su tono era tan bajo que sólo ella le podía oír. —¿Sabes como es la universidad para alguien como yo? —No, no lo sé. —Cogen a un chico como yo, de dieciocho años, que nunca tuvo nada en la vida, y te dicen: Darnell, si juegas al fútbol para nosotros, te cuidaremos en todo. Te daremos una beca, ¿te gusta los coches, Darnell? Porque uno de nuestros alumnos tiene un Chevy Dealership y seguro que no le importa dártelo como señal de su aprecio por escoger nuestra universidad. Te cuidaremos bien, Darnell. Te daremos un trabajo de verano bien pagado, claro que ni siquiera tendrás que presentarte al trabajo. Y no te preocupes por las clases, porque queremos que realices algunos trabajos independientes. —La miró desde detrás de las lentes oscuras de las gafas—. ¿Sabes lo que quiere decir trabajo independiente para alguien como yo? Quiere decir que si hago un buen papel el sábado por la tarde, tendré una A cuando salgan las notas. Se encogió de hombros. —Nunca me gradué, y ahora tengo mucho dinero. Pero algunas veces creo que no tiene importancia. ¿De qué sirve el dinero cuando Charmaine Dodd te habla de algún petimetre blanco que escribió un poema famoso de amor, y sus ojos se iluminan, pero tú no sabes ni jota sobre poesía, literatura o cualquier otra cosa que para ella es tan importante? El silencio cayó entre ellos. Pooh había posado su hocico en el cuello de Darnell y roncaba suavemente. —¿Qué te impide volver a ir a clases? —¿Yo? Bueno no, no podría hacerlo. El fútbol ocupa demasiado tiempo. —Quizá durante la temporada baja —sonrió—. ¿Por qué no le preguntas a tú señorita Dodd lo que piensa de la idea? —Se reiría de mí. —Si se ríe de ti, entonces tendrás la certeza de que te has fijado en la mujer equivocada. —No era demasiado buen estudiante —admitió con obvia reticencia. —Probablemente porque nadie esperaba que lo fueras. —No sé. —Venga, Darnell. ¿No serás un cobarde? Él la miró con el ceño fruncido. —Es sólo una broma —dijo precipitadamente—. El hecho de que no tengas tiempo para estudiar, puede tener su ventaja —sonrió ampliamente— puedes necesitar que alguien te ayude. Darnell se rió y media docena de jugadores volvieron la cabeza clavando los ojos en él con incredulidad. Elvis Crenshaw se puso de pie. —Oye, Darnell, ¿por qué acaparas al perro todo el viaje? Suéltalo. A mi también me gustan los perros. Darnell lo miró con el ceño fruncido. —Porqué no te vas a jod... El hombre hundió la cabeza al escuchar como se interrumpían los gritos de Darnell. Y luego su risa que se interrumpió de golpe por completo. Phoebe giró su cabeza para determinar qué había provocado la interrupción y vio que Dan había entrado en la cabina de pasajeros. Los hombres volvieron a sus revistas y música, o cerraron los ojos y fingieron echar una siesta, como si los hubieran sorprendido riéndose en un funeral. El poder de Dan, incluso sobre el más endurecido de los veteranos, la asombró. Lo sabía por retazos de conversaciones que había oído sin intención, y aunque se resistían por la presión implacable a la que los sometía, todavía lo respetaban. Ron decía que una de las razones por la que Dan se mantenía en una forma física excelente era porque nunca le exigía nada a sus hombre que no pudiera hacer él mismo. Sus ojos se abrieron ligeramente ante la visión de Pooh profundamente dormida en el pecho de uno de sus líneas ofensivas. Miró a Phoebe con suspicacia, habló unos minutos con uno de sus ayudantes y luego, para alivio obvio de todo el mundo, desapareció de vuelta a la zona de primera clase. —Ese hombre está siempre enfadado —masculló Phoebe mientras se levantaba. —El entrenador tiene muchas preocupaciones —contestó Darnell. Pooh se movió y Darnell a regañadientes se la pasó a Elvis Crenshaw. Phoebe estuvo unos minutos preguntándole a Webster sobre Krystal y sus hijos, después Bobby Tom quiso hablarle sobre la idea de comercializar una salsa con su nombre. Le preguntó a Jim Biederot sobre su hombro y habló con algunos de los novatos sobre la vida nocturna de Chicago. Cuando finalmente recogió a Pooh, la atmósfera en la cabina era considerablemente más relajada, pero sabía que Dan le daría la vuelta a la tortilla a la mañana siguiente. No le podía culpar por su dedicación, pero algunas veces se preguntaba si él conocería la naturaleza humana. Cuando decidiera que tenía el equipo a punto, los tendría a todos tan tensos que vibrarían como una cuerda de violín. Pasó la tarde y la mañana siguiente con Viktor. Él charló con entusiasmo sobre el juego y estaba encantado de que le hubiera invitado a compartir su palco. Se llevó a Pooh con él cuando se fue, prometiendo llevarlo de vuelta cuando fuera al partido. Por primera vez desde que había asumido el control como propietaria, se unió al equipo en su ligera cena en el hotel a las cinco de la tarde, previa al partido. En lugar de situarse en la presidencia al lado de Ron, se sentó con Darnell y Elvis Crenshaw, donde jugueteó con el gran solomillo que le pusieron delante volcándose en la ensalada y patatas cocidas. Fue una comida sombría, poco alegre. Luego, cuando los jugadores salían, vio un grupo de seguidores de los Gigants que de alguna manera se habían colado en el vestíbulo del hotel y lo habían cubierto de signos rojos y azules, lo que mostraba a las claras sus predilecciones. Su destello rápido de cólera la hizo darse cuenta de cuanto habían llegado a importarle los Stars. En lugar de un equipo anónimo, se habían convertido en un grupo de gente por el que se preocupaba. Ensimismada, se puso automáticamente el traje que Simone le había preparado corriendo la semana anterior. Después de volver a hacer la maleta para el regreso nocturno a O'Hare después del partido, se encontró con Ron en el vestíbulo. Él sonrió mientras miraba su ropa. —Perfecta. Ella miró dudosamente su reflejo en un espejo de la pared del vestíbulo. —Sabía que no era el momento de preparar la retirada, pero no es lo que más me va. Llevaba puesta una variación del uniforme de los Stars: Pantalones ceñidos de raso azul con unas líneas doradas que bajaban por cada muslo. Calcetines azules y dorados con zapatillas de cuero suave con diamantes falsos incrustados. Como el tiempo de octubre era moderadamente frío, Simone había preparado una cazadora azul satinado y dorado con una estrella enorme en la espalda y otras más pequeñas sobre el frente. Llevaba su pelo rizado retirado con una ancha diadema que parecía un arco azul encima de su cabeza. —Es precisamente lo que te va —dijo Ron— los fotógrafos van a volverse locos. No se dijeron nada más mientras se dirigían hacia Meadowlands, al estadio de los Giants. Antes de haber sido ocupado por el estadio, esas parcelas de Jersey había sido desguace para coches oxidados y refugio para sin techo. Se rumoreaba que el estadio había sido construido sobre la nariz de Jimmy Hoffa. Cuando alcanzaron la entrada VIP cuarenta y cinco minutos antes del comienzo del encuentro, Ron se ofreció como voluntario para escoltarla hasta el palco antes de bajar a su visita rutinaria al vestuario para dar animo a los hombres, pero ella ya había decidido lo que iba a hacer y negó con la cabeza. —Voy con contigo. —¿Al vestuario? Asintió abruptamente. —Al vestuario. Ron la miró con incertidumbre pero no hizo comentario alguno mientras la guiaba por las profundidades subterráneas del estadio. Entraron en un vestuario ominosamente en silencio. Con excepción de los cascos, los jugadores ya estaban vestidos con el resto del equipo y ella se sintió como si hubiera entrado en una tierra poblada por titanes. En el campo, eran enormes, pero atrapados en un espacio cerrado, su tamaño era verdaderamente impresionante. Algunos estaban de pie mientras que otros estaban sentados en bancos de madera con las rodillas abiertas y las muñecas apoyadas en ellas dejando colgar las manos holgadamente. Bobby Tom y Jim Biederot estaban sentados sobre una mesa lateral con las espaldas contra la pared. Todos tenían la cara sombría mientras escuchaban a Dan hablar. —… tenemos que desplegar un gran juego esta noche. No vamos a ganar con goles. Tenemos que ganar en la zona roja. Con jugadas que nos hagan avanzar pocas yardas cada vez… Dan estaba tan intensamente concentrado en sus jugadores que no se dio cuenta de que Ron y ella habían entrado en el vestuario hasta que terminó. Ron se aclaró la voz. —Humm, la señorita Somerville quiso acercarse esta noche para desearos suerte. El ceño fruncido de Dan le indicaba que la consideraba bastante inoportuna. Obligándose a ignorarle, desplegó su sonrisa más brillante en la cara y caminó al centro del vestuario. Intentó no sentirse cohibida y asumió una pose, vestida como estaba, digna de salir en un póster. —Hola, chicos. ¿Qué tal? Bueno, no soy demasiado ingeniosa, ¿verdad? Varios hombres sonrieron, pero ella supo que iba a ser difícil relajar la tensión. Aunque era la última persona que se pudiera considerar una autoridad en el fútbol, los hechos parecían cristalinos ante ella. Los Stars tenían los mejores jugadores y un entrenador excelente, pero por alguna razón, no lograban cuajar buen fútbol. Para ella estaba claro que ese era un problema mental, no físico, y desde el viaje en avión, no podía deshacerse de la idea de que no estarían tan tensos si pudieran relajarse un poco y divertirse jugando. Se subió en uno de los bancos de delante para poder verlos a todos. —De acuerdo, chicos, ahí voy. Es la primera vez que bajo al vestuario y sinceramente espero que sea la última que doy un discurso. Varios sonrieron. —Tengo completa confianza en el entrenador Calebow. Todo el mundo me ha dicho que es un maravilloso estratega del fútbol y un gran motivador para los jugadores. Además, es taaan guapo. Como había esperado, comenzaron a reírse. No se arriesgó a mirar a Dan para ver como recibía su broma. En vez de eso, frunció la frente. —No es que los demás no seáis guapos, claro. Excepto Webster. He visto a Krystal en acción y, creerme, ni siquiera lo miro. Más risa. Webster sonrió ampliamente y agachó la cabeza con vergüenza. Ella sonrió vagamente. —Lo que quiero deciros es esto. Si ganáis esta noche el partido, simplificaríais bastante mí vida con la prensa, pero, para ser totalmente honestos, ganar a los Giants es más importante para todos vosotros que para mí. Quiero decir, yo no juego al fútbol y… —Señorita Somerville —la advertencia implícita en la voz de Dan era clara. Precipitadamente siguió.
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