Capitulo 20

4404 Words
sobre una mesa lateral con las espaldas contra la pared. Todos tenían la cara sombría mientras escuchaban a Dan hablar. —… tenemos que desplegar un gran juego esta noche. No vamos a ganar con goles. Tenemos que ganar en la zona roja. Con jugadas que nos hagan avanzar pocas yardas cada vez… Dan estaba tan intensamente concentrado en sus jugadores que no se dio cuenta de que Ron y ella habían entrado en el vestuario hasta que terminó. Ron se aclaró la voz. —Humm, la señorita Somerville quiso acercarse esta noche para desearos suerte. El ceño fruncido de Dan le indicaba que la consideraba bastante inoportuna. Obligándose a ignorarle, desplegó su sonrisa más brillante en la cara y caminó al centro del vestuario. Intentó no sentirse cohibida y asumió una pose, vestida como estaba, digna de salir en un póster. —Hola, chicos. ¿Qué tal? Bueno, no soy demasiado ingeniosa, ¿verdad? Varios hombres sonrieron, pero ella supo que iba a ser difícil relajar la tensión. Aunque era la última persona que se pudiera considerar una autoridad en el fútbol, los hechos parecían cristalinos ante ella. Los Stars tenían los mejores jugadores y un entrenador excelente, pero por alguna razón, no lograban cuajar buen fútbol. Para ella estaba claro que ese era un problema mental, no físico, y desde el viaje en avión, no podía deshacerse de la idea de que no estarían tan tensos si pudieran relajarse un poco y divertirse jugando. Se subió en uno de los bancos de delante para poder verlos a todos. —De acuerdo, chicos, ahí voy. Es la primera vez que bajo al vestuario y sinceramente espero que sea la última que doy un discurso. Varios sonrieron. —Tengo completa confianza en el entrenador Calebow. Todo el mundo me ha dicho que es un maravilloso estratega del fútbol y un gran motivador para los jugadores. Además, es taaan guapo. Como había esperado, comenzaron a reírse. No se arriesgó a mirar a Dan para ver como recibía su broma. En vez de eso, frunció la frente. —No es que los demás no seáis guapos, claro. Excepto Webster. He visto a Krystal en acción y, creerme, ni siquiera lo miro. Más risa. Webster sonrió ampliamente y agachó la cabeza con vergüenza. Ella sonrió vagamente. —Lo que quiero deciros es esto. Si ganáis esta noche el partido, simplificaríais bastante mí vida con la prensa, pero, para ser totalmente honestos, ganar a los Giants es más importante para todos vosotros que para mí. Quiero decir, yo no juego al fútbol y… —Señorita Somerville —la advertencia implícita en la voz de Dan era clara. Precipitadamente siguió. —Y aunque me parece realmente increíble, me ha llegado a gustar bastante, y como supongo que todos querréis ganar esta noche, voy a deciros como lo vais a hacer. Si bien evitaba deliberadamente mirar a Dan, notaba los feroces ojos verdes taladrándole la piel. A pesar de su posición como dueña del equipo, éste era su terreno y ella lo había invadido. —Bueno —siguió— el entrenador Calebow tiene muchííísima experiencia y estoy segura que tendréis que hacer caso a todo lo que os ha dicho. Pero conque únicamente hagáis una cosita que os voy a decir, prácticamente os garantizo el éxito. Ella sentía como la cólera emanaba del cuerpo de Dan. Había pasado la semana entera llenándolos de frenesí aniquilador y ella despreocupadamente deshacía todos sus esfuerzos. Tuvo que recurrir a todo su instinto de supervivencia para apartar sus pensamientos de ese hombre, algo no demasiado fácil, cuando él estaba de pie tan cerca. —Esta noche, caballeros, cuando salgáis a ese campo, quiero que hagáis lo siguiente… —hizo una pausa— …quiero que finjáis que los Giants están desnudos. Clavaban los ojos en ella como si hubiera perdido la cabeza, lo cual probablemente era verdad. Oyó algunas nerviosas risas ahogadas y miró a los jugadores con falsa gravedad. —Hablo absolutamente en serio. Cuándo los Giants estén alineados y comiencen a dirigirse hacia vosotros, el que tengáis enfrente, justo al otro lado de… —su mente se quedó en blanco, y recurrió a Ron—. ¿Cómo se llama? —¿La línea de scrimmage 16 ? —sugirió Ron. —Eso. Pensar que el tío que está del otro lado de la línea de scrimmage, está desnudo. Funcionará. Seguro. Lo prometo. Es un truco que aprendí en el colegio para vencer el miedo al público. ¿No preferís golpear a un jugador en su… esto… estómago… —sonrió ampliamente— si está… ¡desnudo!? Para bien o para mal, la tensión del vestuario se desvaneció. Mientras las hombreras de los hombre se estremecían por la risa, supo que había logrado su meta, y supuso que finalmente su instinto para la supervivencia les permitiría patear al rival. Bajando del banco, se precipitó hacia la puerta. —Os veré en el campo. Desafortunadamente, Dan la atrapó antes de que pudiera escapar, y su valor flaqueó cuando vio su pálida cara. —Te has pasado de la raya, Phoebe. Cuando termine el partido, tú y yo vamos a ajustar cuentas por última vez. Tragó saliva y se deslizó detrás de él. Ron la encontró a seis metros de la entrada, donde se había dejado caer contra la pared. CAPÍTULO 17 La línea defensiva de los Giants se quedó perpleja cuando al ocupar su lugar en la línea de scrimmage se dieron cuenta de que sus once adversarios les sonreían desde detrás de sus cascos. Ninguno se podía creer que un equipo con un historial de uno a cuatro de sonriera a menos que tuviera unos cuantos trucos bajo la manga. A los Giants no les gustaban las sorpresas, y definitivamente no les gustaba ver a los adversarios sonreír. Se intercambiaron las contraseñas. Desafortunadamente para la línea defensiva de los Giants, algunas de esas palabras hablaban desfavorablemente de los principios morales de la madre de Darnell Pruitt. En la siguiente jugada, un enfurecido línea ofensiva de los Stars sacó a dos poderosos linemen 17 y un linebacker 18 para conseguir el primer down. Fue hermoso. Cuando el primer cuarto acabó, los Stars llevaron una ventaja de tres, y Phoebe estaba casi ronca por lo que había gritado. Aunque la violencia del campo aun la hacía sobresaltarse, había estado tan implicada en el juego que olvidó que se suponía que debía volver al palco hasta que Ron llegó para escoltarla. Mientras la dirigía a la entrada que la sacaría del campo, estaba tan atrapada por la excitación que se volvió hacia el banquillo, ahuecó las manos alrededor de su boca, y gritó—: ¡están desnudos! Se percató demasiado tarde de que era un espectáculo, incluso más de lo habitual, pero los jugadores que estaban cerca le sonrieron ampliamente. Afortunadamente, Dan estaba demasiado fascinado por la programación de las jugadas para advertirlo. Durante el segundo cuarto, Biederot realizó un pase de touchdown para que lo rematara un novato medio de los Stars, mientras los Giants solo podían mirar como metía el tanto. Cuando sonó el pitido, los Stars llevaban una ventaja de siete. Phoebe ya había decidido que quedaría como una tonta durante la temida entrevista del descanso con Al Michaels de la ABC, si fingía un conocimiento que no tenía, así que respondió honestamente a todas las preguntas relacionadas con ella y compartió con la audiencia, las dificultades que su propia ignorancia del juego provocaba. Decidió que lo había hecho lo mejor que había podido cuando al final del descanso, Michaels comentó que Frank Clifford pensaba que Phoebe Somerville trataba de sacar adelante una situación difícil y que merecía una oportunidad. Michaels también soltó varios comentarios personales sobre como el testamento de Bert Somerville había sido injusto con Phoebe, Reed Chandler y los Stars. Al final del tercer cuarto, le dolían los músculos de la tensión de retorcer la cabeza para ver el marcador de debajo del palco. Ron se había quitado la chaqueta y desanudado la corbata. Jim Biederot sólo fue interceptado una vez y adoptaron un despliegue impresionante de defensa. Bobby Tom jugó extraordinariamente y la defensa fue perfecta. No hubo ningún fallo en los Stars. Cuando el partido terminó finalmente, Phoebe se lanzó de Viktor a Ron, mientras Pooh emitía ladridos a sus pies y el marcador mostraba el resultado: Stars 24, Gigants 10. Rechazó acompañar a Ron al vestuario. En vez de eso, Viktor y ella permanecieron en el palco y miraron las cortas entrevistas postpartido que recientemente se habían agregado al programa de los lunes. Dan logró ser a la vez modesto y jubiloso, dejando las alabanzas para sus jugadores. Sus palabras le llegaron entrecortadas. —La defensa mantuvo la cabeza fría…, muchos quarterback juegan con tanto acierto como Jim Biederot, pero ninguno con tanto corazón…, los avasallamos un par de veces…, —pero concluyó la entrevista diciendo—, no hay un equipo con un historial mejor que los Giants. Nos alegramos de haber estado preparados para ellos. Al Michaels felicitó a Dan por la victoria, luego entrevistó a un emocionado Bobby Tom, que llevaba su sombrero de vaquero sobre su pelo enredado. —Bobby Tom, recepcionasteis toda la noche. ¿Cómo lo explicas? Bobby Tom dirigió a la cámara su mejor sonrisa. —Trabajamos duro esta semana. Y, Al, no puedo decir más que cosas buenas sobre la manera en la que Jim lanzó la pelota esta noche… Después de varias preguntas más, Michaels entrevistó a Webster Greer. —¿Qué crees que marcó la diferencia en los Stars esta semana, Webster? Webster tiró con fuerza de la toalla que se había colgado alrededor del cuello, que todavía refulgía de sudor. —Somos un buen equipo desde el principio de la temporada, pero no lográbamos cuajar bien. La señorita Somerville habló con nosotros antes del partido y nos ayudó a relajarnos un poco. Salimos a divertirnos y obligamos a los Giants a jugar a nuestra manera. Esa fue la diferencia. Al Michaels no se había ganado la reputación de ser uno de los mejores periodistas deportivos dejando pasar un desliz como ese delante de él. —¿Exactamente que os dijo? Greer sonrió y frotó la toalla sobre su nuca. —No mucho. Un par de chistes. Es una señora agradable. Las mejillas de Phoebe se pusieron rojas. Sintió como si hubiera recibido una tarjeta del día de San Valentín. Eran más de las dos en la madrugada cuando el avión dejó Newark con destino O'Hare. Si bien la victoria había sido hacía sólo unas horas, Ron pensaba ya en la semana siguiente. —Hemos cogido impulso esta noche —dijo mientras el avión alcanzaba la altitud de crucero y la luz del cinturón de seguridad se apagaba—. Espero que no lo perdamos. —Trata de relajarte y disfrutar la victoria. No te preocupes. —Ella giró su cabeza hacia la parte trasera del avión, donde el estridente ruido de los jugadores que celebraban la victoria se oía claramente. —Supongo que estás en lo cierto. Tres filas delante de ella, oyó reírse a Dan por algo que Tully había dicho. Hasta ahora, había logrado evitarle, pero no había olvidado su amenaza. Quería creer que él entendía lo que había tratado de hacer antes del partido, pero de alguna manera dudaba que lo tomara con tanto sentido del humor como Webster. Casi como si le hubiera leído la mente, él giró la cabeza y la miró con el ceño fruncido. Observó con alarma como comenzaba a desabrochar su cinturón de seguridad. Poniéndose rápidamente de pie, se deslizó delante de Ron y escapó hacia la parte de atrás del avión, donde los maltratados jugadores la saludaron bulliciosamente. Habló con todos, pero cuando Darnell le pidió que llevara a Pooh, se negó. Ya bordeaba el área de peligro, y no veía la necesidad de meterse hasta el fondo. Ron estaba dormido cuando regresó a primera clase. Él apenas se movió cuando se deslizó a su asiento. Tan pronto como se tranquilizó, se apoyó contra la ventana y cerró los ojos, sólo para descubrir que la coca-cola light que había consumido había alcanzado su destino. Metiéndose entre los asientos salió al pasillo, pasando precipitadamente ante el asiento de primera fila de Dan y metiéndose en silencio en el baño. Odiaba usar los inodoros de los aviones. Siempre se temía que el avión escogiera el momento exacto en que más indefensa estaba para chocar, y se pasaría los últimos segundos de su vida cayendo vertiginosamente hacia tierra firme con el trasero al aire. Como consecuencia, se apresuró todo lo que podía, se lavó las manos, y acababa de abrir el pasador de la puerta cuando se le escapó de las manos. Antes de que pudiera reaccionar, Dan se metió apretadamente a su lado y devolvió el pasador a la posición de cerrado. —¡¿Qué crees que estás haciendo?! Su cuerpo macizo la presionó contra el lavabo. —Nos doy un poco de privacidad para poder hablar. El diminuto cubículo era demasiado pequeño para los dos. Una de sus rodillas se introducía entre sus muslos y sus pechos estaban aplastados contra el suyo. Le costaba respirar. —No quiero hablar contigo en este momento. Es obvio que perderás los estribos y no tengo ningunas ganas de ser víctima de tus gritos. La cólera lo atravesó. —Tal vez deberías haberlo pensado antes de asaltar mi vestuario esta noche. —¡No lo asalté! —¡Estuviste a punto de estropear el trabajo de toda la temporada! —Sus ojos se estrecharon en las mismas líneas feroces que habían debilitado a los defensa más curtidos del fútbol profesional—. Quiero que mis jugadores estén concentrados antes de los partidos, no idiotizados con algún tipo de filosofía estúpida. Si esos hombres necesitaban convencerse de que no entiendes el juego, lo hicieron esta noche. No tienes ni idea de a que se enfrentan cuando corren sobre el campo. Es algo serio, no ningún tipo de chiste. Ella luchó por apartarse de él, pero no tuvo éxito. Su cuerpo estaba duro contra el de ella, y su voz era baja y furiosa. —No quiero que vuelvas a hacer lo que hiciste esta noche, ¿me oyes? Mantente alejada del vestuario antes de los partidos. ¡Tienes suerte de que sean lo suficientemente disciplinados como para que tu pequeña exhibición no los distrajera y nos costara la victoria! Ella clavó los ojos en él. —No tienes ni idea de porqué estaba allí, ¿verdad? No tienes ni idea de qué trataba de lograr. Dios mío, realmente crees que soy una rubia tonta sin cabeza. —Después de escuchar tus estúpidas teorías sobre jugadores de fútbol desnudos, ni siquiera te lo voy a discutir. Ella nunca había pensado en sí misma como una persona que perdiera los estribos, pero ahora arremetió con su puño hacia arriba y le dio puñetazos en las costillas tan fuerte como pudo. Él soltó un suave "oof" y clavó los ojos en ella con incredulidad. Ella le devolvió la mirada, incapaz de creer qué acababa de ocurrir. Aunque sabía que no le había hecho realmente daño con el golpe, había golpeado a otro ser humano, algo que nunca había hecho en su vida. Este hombre la empujaba hasta el límite y el hecho de que se hubiera dejado empujar, hacía que se enojara todavía más. Una niebla roja remolineaba ante sus ojos. —¡Estúpido, terco, asno! ¡Te diré que es lo que me pasa! Tengo que cargar con un entrenador que emocionalmente tiene seis años y que es deficiente mental. —¡Deficiente… ! —sonó como si se ahogara—. Ahora me vas a escuchar… Su codo tropezó con el espejo detrás de ella cuando su sentido común voló y le pinchó en el pecho con el dedo índice. —¡No! Me vas a escuchar tú, machote, y me vas a escuchar atentamente. Fui al vestuario no porque quisiera estar allí, sino porque has logrado que mi equipo de fútbol esté tan tenso, que ni siquiera pueda jugar al fútbol. Estás sugiriendo… —Tú, Sr. Intransigente, puedes ser un estratega genial, pero tu conocimiento de la naturaleza humana es nulo. —No tienes ni la menor idea… —Cuando quiera —le pinchó otra vez con cada una de las sílabas con el dedo índice— cuando quiera, me oyes, cuando quiera dirigirme a mis jugadores en el vestuario, lo haré. Cuando sienta que están demasiados tensos, nerviosos, o inquietos para hacer el trabajo por el que les pago una cantidad ridícula de dinero, me plantaré delante de ellos, desnuda, si quiero. Y haré lo que sea que considere necesario para asegurarme que los Chicago Stars hacen lo que deben, lo cuál, por si acaso te has olvidado, es lo que les ayudé a hacer esta noche. ¡Esto es, ganar un partido de fútbol! Yo, Sr. Cerebro de chorlito, soy la dueña de este equipo de fútbol; No tú. ¿Está absolutamente claro? Hubo una larga pausa. Sus mejillas estaban ruborizadas, su corazón latía con fuerza. Estaba consternada por su pérdida de control, y se preparó para su venganza, pero en lugar de explotar, él parecía casi distraído. —Ehh… Ella tragó saliva. —¿Eso es todo lo que tienes que decir? El avión pasó por una turbulencia, presionando sus caderas más firmemente contra de las de ella. Sus ojos se abrieron repentinamente cuando ella se percató de que él estaba bastante excitado. La miró vagamente avergonzado; levantó las dos manos. —Es sin intención. Se que te estabas explicando y oí cada palabra que dijiste. Palabra. Pero seguiste contoneándote mientras hablabas y el avión comenzó a rebotar, y no sé. Sólo ocurrió. Su temperamento se avivó. —No estoy de humor para esto. —Ni yo. No mentalmente, por lo menos. Pero lo que es físicamente… —No quiero oírlo. El avión continuó saltando y meciendo sus cuerpos uno contra otro. Otra vez él separó sus caderas, se aclaró la voz. —¿Estás… seriamente… tratando de decir que crees que eres la responsable de que ganásemos a los Giants? La apacibilidad de su tono, la fricción caliente de sus cuerpos, la calmó. —No… No exactamente… Por supuesto que no. Bueno, puede ser que… un poco. Sí, definitivamente en parte. —Ya veo. —Él inclinó la cabeza y presionó ambas manos sobre el mueble del lavabo detrás de ella. Su pelo olía a la ducha que se había dado después del partido. Podía sentir sus pulgares contra sus caderas. El avión seguía en la turbulencia y ella luchaba por ignorar la emocionante abrasión de sus pechos rozándose contra su pecho. —Eres una bomba de relojería —dijo él quedamente— y no me gustan las sorpresas. —Su mandíbula rozó su pelo mientras hablaba—. Si creías que había algún problema en mi manera de entrenar, deberías habérmelo dicho. —Tienes razón. En teoría. —Su voz sonó como si estuviera muy lejos—. Pero, puedes ser muy intimidante. Otra vez, sintió la suave caricia de su mandíbula contra su pelo. —Tú también. —¿Yo? —Su boca mostró una sonrisa muy feliz—. ¿De verdad? —De verdad. Su sonrisa se desvaneció cuando se dio cuenta de cómo la miraba. Se lamió los labios. —Estoy… —¿Caliente? —Su melosa voz arrastrada hizo que esa palabra pareciera durar para siempre. Ella tragó. —Calentándome. Él sonrió con la lenta y fácil sonrisa torcida de chico Sureño, haciéndola imaginar húmedas noches interminables. —No estás calentándote, querida, estás caliente. —Tal vez. —Yo también. Ella podría sentir cada parte de él a través de su ropa. La conmocionó, la asustó. La hizo sentir como si estuviera medio muerta hasta que se encontraron. Su mano se deslizó alrededor de su cintura. —Tú y yo. Estamos… —Calientes. —La palabra se escapó. —Sí. —Él dejó caer su cabeza y tomó su boca. Lo tardío de la hora. La tensión del partido. Por la razón que fuera, pero en el momento que sus labios tocaron los de ella, ella perdió cualquier capacidad de refrenarse. Él puso sus grandes manos bajo sus caderas, y se golpeó el codo contra la pared cuando la elevó. Sus cuerpos se encontraron. Su rodilla tropezó con la puerta. Ella envolvió sus hombros con los brazos y se maravilló de las sensaciones que producía su dureza contra ella. Su beso se hizo salvaje a la vez que primitivo e ingobernable, nutrido por una pasión que se había alimentado a sí misma. Con una exclamación ronca, la puso encima del borde del mueble del lavabo detrás de ella y le levantó a la vez el suéter y el sujetador. Cogiendo sus pechos con las manos, los elevó hacia su boca. Ella agarró la hebilla del cinturón, metiendo la otra mano bajo su camisa para poder tocar los duros músculos de su pecho. Sus muslos se abrieron para acomodar sus piernas, y la boca de Dan se abrió para abarcar un pezón. Deslizando la mano debajo, sobre su estómago, ahuecó el pecho. —Nunca vuelvas a ponerte… —murmuró contra su pezón húmedo mientras la frotaba sobre los pantalones— …ropa así otra vez. —No… —Sólo vestidos que pueda levantar. —Él desabrochó sus pantalones y bajó la cremallera. —Sí. —Ella luchaba con la hebilla de su cinturón, mientras subía su camisa. —Y nada de bragas. —Su boca dejó sus pechos. Metió la mano dentro de la tela de algodón. La encontró. Mojada. Caliente. Con una boqueada, ella presionó la boca abierta contra su pecho desnudo. El vello era sedoso bajo su lengua. —Aquí, —murmuró roncamente—. Debajo. —Lo haré. Si… —Ella intentaba bajar la cremallera, pero los dientes de metal apresaron la tela. Con un gemido de frustración, ella deslizó la mano dentro, bajo la banda elástica de los calzoncillos para rodearle. Él soltó una exclamación estrangulada y la levantó mientras la acariciaba. Su hombro tropezó con la pared. Él subió su pierna izquierda para sostenerla y le bajó los pantalones y las bragas, pero sacárselas era difícil en un espacio tan pequeño. Ella sintió el frío húmedo del lavabo en las nalgas y las de él calientes bajo su mano. El brazo de Dan golpeó una pared, el codo contrario la opuesta. Él se vio finalmente forzado a usar su zapato para liberarla de la ropa que se arremolinaba alrededor de sus tobillos. Besándola profundamente, la preparó con sus dedos. Su mano temblaba sobre él. Ella nunca le había hecho eso a un hombre, pero repentinamente su mano no fue suficiente. Estaba a demasiada distancia de su corazón. Lo apartó tanto como pudo y se bajó del borde del lavabo. Echando las caderas a un lado, se dobló en una posición torpe y abrió los labios. Un estremecimiento la atravesó cuando le ofreció una nueva virginidad. Era emocionante. Deliciosamente dulce hacerle eso a ese hombre El sudor perló su frente cuando sintió el tirón tierno al meterlo en su boca. Estaba abandonado todos sus principios, todas sus resoluciones y en ese momento no le importaba. El único compromiso que tenía era ante sí mismo, y ya lo resolvería más tarde. A través de su rugiente excitación, él observó la curva blanda y vulnerable de su cuello. Muchas mujeres le habían servido de ese modo, ¿qué hacía que pareciera tan diferente? Y era diferente. Había una dulce ineptitud en la suave succión caliente que le emocionó al tiempo que lo desconcertaba. Él acarició sus caderas, ella apretó sus nalgas mientras su pasión lo conducía más alto. Una oscura voz interior le señalaba que ella no hacía exactamente lo correcto. La lógica decía que debería tener experiencia en eso, pero la dulce torpeza de esa boca suave derrotó su lógica. Le acarició su pelo, y una feroz ola de ternura lo atravesó. Sin premeditación, se encontró apartándola. A pesar de cómo miraba, de cómo vestía, de cómo se comportaba, e independientemente de su necesidad rugiente y de cada maldita cosa que sabía sobre ella, no podía dejar que hiciera eso. Ella merecía algo mejor de él que ingresar en el club de los polvos a una milla de altura. —No —murmuró ella, y él vio algo desprovisto y desconcertado en sus ojos ámbar que hizo trizas su control. La besó en la boca y se perdió en esa abertura hinchada. Ella gimió su nombre, se estremeció, y él entendió que ella se había deslizado más allá de la razón. Ahogando la violenta demanda de su cuerpo, la acarició con su mano en movimientos profundos y tiernos. Ella clavó los dedos en sus hombros, y el sonido de su gemido casi lo llevó hasta el borde. —Phoebe, querida, me estás matando. —Con una exclamación ronca, zambulló su lengua en los recovecos húmedos de su boca. Cuando ella explotó, él se tragó sus gritos. Ella cayó contra él, con el cuerpo laxo y vulnerable, sus suaves rizos húmedos se pegaban a su nuca. Él sintió su pecho mientras trataba de respirar. Ella trató de juntar sus muslos, al tiempo que se estremecía y él supo que aún no estaba satisfecha. No la podía dejar así y la acarició otra vez. Llegó al clímax casi instantáneamente. Se quedó sin respiración y luego comenzó a temblar, señalando que ni siquiera ahora estaba totalmente satisfecha. Él intentó volver a acariciarla. —No… No sin ti. Con el sonido de su gemido suave, de su murmullo, él deseó enterrarse profundamente en ella. Nada lo retenía. En ese momento ni siquiera podría describir la cara de Sharon. Y Phoebe era una chica curvilínea, de carnes prietas, adecuada y personalmente diseñada por Dios para justo ese tipo de retozo. Después de todas las mujeres con las que había estado, esto no le debería provocar ningún tipo de escrúpulos. Pero ella parecía importarle más que las demás. Cerró los ojos y los apretó, obligándose a aceptar que no podría terminarlo. Phoebe estaba demasiado perdida en la pasión para pensar correctamente, así que él lo tendría que hacer por ella. —No tengo nada aquí —mintió. Ella deslizó su mano hacia arriba por su muslo, tocándole.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD