Capítulo 2: Parte uno

3694 Words
Rachel Mac Millán —Quiero un buen espectáculo, Rachel. —¿Está todo listo? Charlotte saboreó su ginebra mientras me observaba. Sin responder, desvió la mirada hacia uno de los mozos que repartían bebidas y bocadillos entre los invitados. Me apoyé contra la barra, aguardando el momento indicado. Tuve que contener la sonrisa que amenazaba con apoderarse de mis labios cuando vi cómo la charola entera de bebidas terminaba sobre el vestido de Cara. Disfruté cada segundo de su expresión horrorizada, seguida de la furia con la que comenzó a gritarle al pobre hombre, que no dejaba de inclinar la cabeza mientras se disculpaba. Finalmente se marchó en dirección a los tocadores, maldiciendo entre dientes y dejando a su paso un rastro de indignación. El mozo se disculpó también con Evan, quien apenas le prestó atención a lo sucedido. Se limitó a asentir, dándole permiso para marcharse. Era tan propio de él. Evan siempre había sido así: un hombre al que solo le importaban sus propios intereses y que consideraba a cada una de sus novias un accesorio más para adornar su imagen. Yo también había sido uno de esos accesorios. Hasta que tuve la brillante idea de creer que podía esperar aunque sea el mínimo respeto por su parte. El mozo cruzó por nuestro lado y se detuvo junto a Charlotte. Ella deslizó un fajo de billetes en su mano y él desapareció entre los invitados sin hacer preguntas. Charlotte levantó su copa en mi dirección, sonriendo con satisfacción. La noche apenas comenzaba. Me alejé de la barra con un objetivo claro. No sería tan descarada como para provocar una escena que pudiera convertirme en la protagonista de las revistas de mañana. No necesitaba eso. Mi intención era mucho más sencilla: recordarle a Evan por qué me había elegido en primer lugar, pero por sobre todo lo que había perdido por su propia estupidez. Quizá estaba mal de mi parte, pero todavía recordaba las numerosas publicaciones de Cara en las que se había dedicado a ridiculizarme. Fotografías, indirectas y comentarios cuidadosamente disfrazados de inocencia. Todo un espectáculo que ella había disfrutado mientras yo intentaba fingir que no me importaba. Esta noche pensaba devolverle una pequeña parte de aquella diversión. Atraje la mirada de Evan antes de llegar hasta él. Pude notar cómo sus ojos recorrían la silueta de mi vestido, elegido expresamente para sentirme imparable aquella noche. Siempre le había gustado. La diferencia era que yo nunca había estado tan enamorada de él como para confundir su deseo con algo parecido al amor. Me detuve frente a él, batiendo las pestañas con una sonrisa cuidadosamente ensayada. Lo detestaba tanto que de haber dependido de mí le habría borrado aquella expresión satisfecha del rostro. Sin embargo ese no era el plan. —Evan, me alegra volver a verte —saludé. Te desprecio, imbécil. Sus ojos se demoraron demasiado en el escote de mi vestido. Tuve que reprimir el impulso de poner los ojos en blanco. Seguía siendo el mismo cerdo de siempre. Relajé los hombros y me recordé que estábamos rodeados de personas que a la menor oportunidad convertirían cualquier intercambio de palabras en un chisme digno de ocupar las páginas de sociedad. —Rachel —respondió, encantado de que me hubiera acercado—. Estoy fascinado de reencontrarte. Tomó mi mano y depositó un beso sobre ella que se prolongó más de lo necesario. —Como siempre, estás hermosa. Mis comisuras flaquearon. —Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos. Su expresión perdió un poco de entusiasmo al comprender la indirecta. —Eh... sí. Demasiado. Se aclaró la garganta, incómodo. Acaricié suavemente su brazo y noté cómo se relajaba ante el gesto. Evan pertenecía a esa clase de hombres que resultaban demasiado fáciles de manejar porque confundían la atención con el interés y el deseo con la posibilidad de conseguir lo que quisieran. La verdad, era una pena por Ezra. Un hombre tan capaz e inteligente había terminado con un niñato como heredero. —Tranquilo, no estoy enojada —le aseguré. Fue suficiente para que su mano se deslizara discretamente hasta la parte baja de mi espalda—. En realidad, estoy feliz de verte. —¿Ah, sí? —Se acercó un poco más—. Yo también te extrañé, preciosa. Por el rabillo del ojo vi acercarse la figura despampanante de Cara. Perfecto. Seguro no estaría nada feliz de encontrar a su novio tan cómodo conmigo. Quizá así comprendería que estaba perdiendo el tiempo con un hombre que no necesitaba demasiado esfuerzo para interesarse por otra mujer. Mientras hubiera alguien dispuesta a seguirle el juego, ninguna relación suya tendría demasiadas posibilidades de durar. Intenté apartarme de Evan fingiendo incomodidad. —No quiero causarte problemas con tu novia. Cara se plantó frente a nosotros, mirándome como si estuviera a punto de arrancarme el cabello. Realmente me parecía ridículo que se pusiera así por una conversación. Conocía su trayectoria en las pasarelas y había escuchado buenos comentarios sobre su trabajo. Sin embargo, su personalidad dejaba mucho que desear. No sabía contenerse y por lo visto tampoco conocía el significado de los buenos modales. Con ella iba perfecto eso de que con la clase se nace, no se hace. —¿Qué crees que estás haciendo, Evan? Él soltó mi cintura, aunque no se apartó por completo. Se mostró impasible, como si realmente no hubiera hecho nada malo. —Solo estaba hablando con Rachel. La tensión entre ambos aumentó de inmediato. Supe que Cara estaba a punto de desatar su furia. No pensaba quedarme para presenciar el espectáculo. La trampa ya estaba montada; ahora les correspondía a ellos decidir cuánto querían hundirse en ella. —Creo que estoy sobrando. Los dejaré solos. Me incliné y besé la mejilla de Evan, disfrutando de la mirada asesina de Cara. —Me encantó volver a verte. Me alejé sin disimular demasiado el asco que había sentido durante toda la conversación. Podía asegurar que, de haber permanecido un minuto más junto a aquel cavernícola, mi repulsión habría terminado por delatarme. Charlotte me esperaba en el mismo lugar donde la había dejado. Su expresión satisfecha me hizo sospechar que la pelea ya había comenzado. Sentí la tentación de volver la cabeza para comprobarlo, pero no quería tentar demasiado a la suerte. Me coloqué a su lado y esperé a que me confirmara que todo había salido según lo previsto. —Las fotografías saldrán mañana en el New York Times —anunció, observando el salón—. Seguramente acompañadas de un encabezado precioso, algo como: «La nueva pareja deja mucho que desear». Busqué entre los invitados hasta localizar a un periodista que no había apartado los ojos de la discusión. —No van a quedar demasiado bien después de protagonizar un escándalo en una de las galas benéficas más importantes del año. —¿Le hablaste de mí? —Sí. Tú no aparecerás en ninguna fotografía comprometida. Me aseguré de que quedaras bien parada. Sonreí, satisfecha. —¿Esta noche puede mejorar todavía más? Charlotte alzó su ceja, estudiando el lugar. —Al parecer, si. Nuestra conversación se interrumpió cuando una mujer se acercó y me ofreció un vaso con lo que supuse que era whisky. Lo recibí con extrañeza. No recordaba haber pedido nada. —Se lo envía el señor —explicó, señalando discretamente hacia un rincón del salón. Mordí mi labio inferior antes de seguir la dirección de su dedo. Y entonces lo vi. No me importó que estuviera observándome con descarada atención. Por primera vez en toda la noche, algo consiguió apartar mi mente de Evan, Cara y las pequeñas venganzas que tanto había disfrutado planeando. Aquel hombre no se parecía a los típicos niños ricos con los que me cruzaba a diario. Su cabello era n***o azabache y sus ojos, de un tono miel tan oscuro que bajo aquella iluminación parecían casi ámbar. La línea marcada de su mandíbula le confería una apariencia severa, mientras que sus facciones y su porte transmitían una seguridad que rozaba la arrogancia. Tenía la clase de presencia que no necesitaba imponerse para llamar la atención. Gritaba pasión y seducción por cada poro. La expresión neutra no lograba ocultar el encanto de su rostro. Había algo en la intensidad con la que me miraba que me hacía sentir como si pudiera verme más allá del vestido, de la sonrisa ensayada y de todas las barreras que había construido cuidadosamente a mi alrededor. Me pregunté por qué no podía apartar los ojos de él. Era absurdo. No lo conocía, no sabía su nombre y ni siquiera había escuchado su voz. Sin embargo, el calor que comenzaba a extenderse por mi cuerpo era demasiado real para ignorarlo. Nunca había experimentado una atracción semejante. No así. Mi cuerpo parecía pedir más de su atención, mientras mi mente intentaba recordarme que un desconocido seguía siendo un desconocido, por muy atractivo que resultara. Levanté la copa en un gesto de agradecimiento. —Parece que te gustó —comentó Charlotte, moviendo la aceituna de su martini—. Ese sonrojo de niña enamorada te delata. —Qué graciosa. Me miró con una diversión evidente antes de dirigir su atención hacia el hombre que acompañaba al desconocido. —A mí me agrada su amigo. El rubio. Había estado tan concentrada en el pelinegro que ni siquiera me había fijado en que estaba acompañado. Deslicé la mirada hacia el hombre rubio. Debía admitir que su atractivo encajaba perfectamente con los gustos de Charlotte. Aunque por mi parte seguía atrapada en la intensidad de los ojos del otro. Una buena distracción. Así se ve. —Será mejor que ocupemos nuestros lugares —dijo Charlotte—. Pronto empezará. Le dediqué una última mirada al desconocido antes de girarme. Solo entonces sentí que podía respirar con normalidad. En la mesa que nos correspondía ya nos esperaban mi madre y los señores Cowell. También estaban acompañados por varias personas importantes del círculo empresarial. Ocupé mi lugar y Charlotte se sentó a mi lado. Mi madre me observó con atención. Le sonreí para tranquilizarla, porque conocía demasiado bien sus preocupaciones. Seguramente temía que todavía la culpara por querer reconstruir su vida junto a Emilio McGregor, como si su relación con él fuera un intento de reemplazar a mi padre. Aquel pensamiento era absurdo. Mi madre jamás había buscado eso en nadie. —Rachel, querida, qué bella te ves —comentó el señor Arthur Davis, un empresario de larga trayectoria con quien nuestras familias compartían varios negocios. —Gracias, Arthur. —¿Y a mí no me dice nada, señor Davis? —intervino Charlotte—. Voy a empezar a preferir a Paul Becker. Lo molestó a propósito, consciente de la vieja rivalidad que existía entre ambos. —Ni se te ocurra. Ustedes son mis niñas—Arthur frunció el ceño.—Y tú no necesitas que te diga lo que ya sabes. Siempre te ves espectacular. —Y usted cada vez más joven. Davis soltó una carcajada, seguido por su esposa, Malia. —¿La escuchaste, cariño? Charlotte sí sabe de lo que habla. —Claro, querido. Lo que tú digas. Malia palmeó la mano de su esposo y todos terminamos riéndonos. Mi sonrisa se desvaneció cuando volví a encontrar al desconocido en la mesa contigua. Cualquier otra persona habría fingido no haberme visto después de enviarme una copa, pero él parecía empeñado en hacerme notar que llevaba un buen rato observándome. ¿Acaso no era consciente de que atraía cientos de miradas, especialmente de las mujeres? La más evidente era la de Annabel Fría Sezen, la joven esposa de un millonario turco. Su belleza resultaba llamativa y tenía esa clase de seguridad que solo poseen las mujeres conscientes de sus encantos y dispuestas a utilizarlos. Su marido le doblaba la edad. Circulaban rumores sobre ella y sobre la posibilidad de que se hubiera casado con un hombre capaz de mantener el estilo de vida al que estaba acostumbrada. Dejé de prestarles atención cuando Rupert White se preparó para dar inicio a su discurso. —Sean cordialmente bienvenidos a este gran evento —comenzó—. Gracias a todos por su compromiso y por acompañarnos una vez más. Nos honra contar con su presencia y continuar apoyando a las instituciones que, desde hace años, forman parte de nuestra labor benéfica. Aplaudí junto con los demás invitados. Y, contra toda lógica, volví a buscar al hombre de ojos color miel. Su atención seguía fija en mí. Apreté las manos sobre mis muslos, molesta conmigo misma por estar tan pendiente de alguien a quien ni siquiera conocía. —Para continuar con nuestra tradición, le daremos la palabra a nuestro principal benefactor —anunció Rupert—. Un aplauso para Emilio McGregor. Me quedé inmóvil. Giré lentamente la cabeza hacia mi madre, que sonreía con una tranquilidad que me pareció sospechosa. No hacía falta ser demasiado inteligente para comprender que sabía de antemano que Emilio asistiría aquella noche. Y había decidido no mencionármelo. Seguí con la mirada al hombre que avanzaba hacia el escenario. Su presencia hacía justicia a todo lo que había escuchado sobre él: porte elegante, determinación y una seguridad que rozaba la superioridad. A su edad se conservaba extraordinariamente bien. De pronto, comprendí por qué mi madre se había sentido atraída por él. Hasta Charlotte parecía haberse quedado sin palabras. —No puedo culpar a tu madre —murmuró junto a mí. —Cállate. Charlotte escondió una sonrisa detrás de su copa. Emilio comenzó a hablar y yo aproveché la distracción para apartar la mirada. No estaba preparada para escuchar un discurso sobre generosidad, compromiso y familia mientras intentaba procesar la posibilidad de que mi vida estuviera a punto de cambiar de una forma que todavía no alcanzaba a comprender. A los pocos minutos, aparté la silla. Entendía a mi madre, realmente. Pero esto me estaba costando, por cómo se dieron las cosas sobre todo. No la juzgo, solo que hoy no me sienta bien escuchar al hombre que será su prometido. —Disculpen —murmuré—. Necesito ir al tocador. Le hice saber a Charlotte que no necesitaba acompañarme. —¿Segura? —preguntó, mirándome con atención. Deslicé los ojos hacia la mesa contigua y luego volví a mirarla. No necesitó más explicaciones. Quería una distracción y la estaba consiguiendo. Una sonrisa divertida apareció en su rostro mientras llevaba la copa a sus labios. Me levanté y comencé a caminar, procurando no mirar en dirección al hombre que había conseguido alterar mi tranquilidad sin pronunciar siquiera una palabra. El problema fue que tuve que pasar junto a él. Su perfume me envolvió antes de que pudiera evitarlo. Era una fragancia intensa, amaderada. Seguí caminando hasta llegar al tocador de mujeres. Entré y dejé la puerta entreabierta mientras me aseguraba de que mi aspecto continuara impecable. Saqué el labial de mi bolso y me dispuse a retocarlo. Entonces lo vi reflejado en el espejo. Estaba detrás de mí. Tuve que contener una sonrisa. Una parte de mi ego se elevó al comprobar que había conseguido llamar su atención, aunque otra, mucho menos sensata, se preguntó qué demonios pretendía hacer allí. —Este es el tocador de mujeres —señalé lo evidente. —Lo sé. Levanté una ceja, desafiándolo a continuar. Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que por un instante temí que pudiera escucharlo. Él avanzó despacio. Yo bajé el labial sin apartar los ojos de su reflejo. Se detuvo detrás de mí y se inclinó lo suficiente para que su respiración rozara mi cuello. Su nariz pasó cerca de mi piel antes de que sus labios dejaran una caricia apenas perceptible. Tragué saliva. No me estaba tocando realmente, pero mi cuerpo parecía incapaz de distinguir la diferencia. —¿Qué estás buscando? —pregunté, intentando conservar la serenidad. Su mano se apoyó en mi cintura y me acercó a él. Mi espalda quedó contra su pecho, y cuando sus dedos comenzaron a subir por mi costado, sujeté su muñeca antes de que avanzara más. Él bajó la mirada hacia mi mano. Después sonrió. —A ti. —Qué respuesta tan original. —¿No era lo que querías? —susurró junto a mi oído—. Que te siguiera. —No. La respuesta salió demasiado rápido. Y ninguno de los dos la creyó. Se apartó apenas para darme espacio. Yo me giré hacia él, apoyando la cadera contra el mármol del lavamanos. Ahora podía verlo de cerca. Era incluso más atractivo de lo que había imaginado, algo que me molestó profundamente. No necesitaba que un desconocido tuviera semejante ventaja sobre mí. Su mirada descendió brevemente hasta mis labios antes de regresar a mis ojos. —Eres una mentirosa, princesa. Arrugue la nariz. No me gustaba aquel apodo. No me quedaba y, sobre todo, no tenía intención de permitir que un hombre al que acababa de conocer creyera que podía llamarme como le diera la gana. Pero mi protesta murió antes de llegar a mis labios cuando se acercó un poco más. Nuestras respiraciones se mezclaron. —¿Tu ego es tan grande que no puedes aceptar que no llamas mi atención? —lo desafié. La sonrisa que apareció en su rostro fue lenta y peligrosa. —Supongo que tendré que comprobarlo. No esperó a que respondiera. Se inclinó hacia mí y me besó. Por un instante me quedé inmóvil, sorprendida por la seguridad con la que había acortado la distancia. Después, mi mano se cerró alrededor de su camisa y le devolví el beso con la misma intensidad. No iba a permitir que creyera que él era el único capaz de tomar la iniciativa.Le mordí el labio inferior y me aparté apenas para observar su reacción. Sus ojos color miel se habían oscurecido. Aquello me provocó una satisfacción ridícula. Él apoyó las manos en mi cintura, y fui yo quien terminó sentándose sobre el borde del lavamanos, sin dejar de mirarlo. Su cercanía me hacía perder el hilo de mis pensamientos, algo que detestaba tanto como disfrutaba. Su boca descendió hasta mi cuello y tuve que cerrar los ojos para concentrarme en respirar. Hacía demasiado tiempo que no permitía que alguien se acercara de aquella manera. Había llegado a convencerme de que aquella parte de mí estaba dormida, que la atracción no era más que una distracción pasajera y que yo tenía asuntos mucho más importantes que atender. Entonces apareció él. Y por alguna razón que todavía no comprendía parecía decidido a desordenarlo todo. Lo aparté ligeramente.Él se detuvo, observándome, sin insistir. Aquello me permitió recuperar el aliento y una pequeña parte de mi sensatez. Pero fui yo quien volvió a acercarse. Lo besé con una urgencia que no pensaba reconocer después. Mis dedos se enredaron en su cabello mientras él me sujetaba por la cintura, acercándome a su cuerpo. Por unos minutos olvidé dónde estaba, quién era él y todo lo que había dejado atrás para llegar hasta aquella noche. Solo existían el calor de su cuerpo, la presión de sus labios y la irritante facilidad con la que conseguía hacerme perder el control. Cuando finalmente nos separamos, ambos respirábamos con dificultad. Tenía el cabello desordenado, el labial ligeramente corrido y la certeza de que, si alguien entraba en aquel momento, tendría motivos suficientes para sacar conclusiones poco favorables sobre nosotros. Fue entonces cuando sentí sus dedos alrededor de mi muñeca. Bajé la mirada. Estaba examinando el brazalete de diamantes que mi madre me había regalado en mi último cumpleaños. —¿Qué haces? —pregunté extrañada. No sé cómo consiguió abrir el broche con tanta facilidad, pero, antes de que pudiera detenerlo, el brazalete ya estaba en su mano. —¿Acabas de robarme? Su sonrisa se ensanchó. —Te lo devolveré. —¿Perdón? Se inclinó para besarme una vez más, un beso breve que solo consiguió aumentar mi indignación. —Me servirá como excusa para volver a buscarte. Lo miré sin palabras. Aquel descarado acababa de besarme, robarme una joya y anunciarme que pensaba volver a verme, todo en menos tiempo del que me habría llevado terminar una copa de vino. —¿Y si no quiero volver a verte? —Entonces tendrás que encontrar otra forma de recuperar tu brazalete. Me dedicó una última sonrisa y se marchó sin mostrar el menor rastro de preocupación. Me quedé inmóvil hasta que escuché sus pasos desaparecer. Cuando sentí que mis piernas podían sostenerme, bajé del lavamanos y me acerqué al espejo. Acomodé mi cabello, intentando controlar los mechones que se habían soltado de su sitio y me quité los restos de labial antes de volver a aplicarlo cuidadosamente. Apoyé ambas manos sobre el mármol y tomé una bocanada de aire. Eso fue intenso. Necesitaba tiempo antes de regresar. No quería que nadie sospechara que había compartido el tocador con un desconocido, y mucho menos que aquel encuentro había terminado de aquella manera. Además, necesitaba que desapareciera de mi rostro cualquier señal de que acababa de hacer algo que no figuraba en mis planes. Cuando finalmente salí, muchos de los invitados ya ocupaban la pista de baile con sus respectivas parejas. Me había perdido buena parte del discurso. Y no me arrepentía. Vi a Charlotte apoyada contra una pared. En cuanto me descubrió, se separó de ella y se acercó con una expresión extraña, casi alarmada. Estaba pálida. Fruncí el ceño, a punto de preguntarle qué sucedía, pero mis intenciones quedaron interrumpidas cuando mi madre se plantó frente a mí y enlazó su brazo con el mío. Sonreía abiertamente. Demasiado. —Tengo a alguien a quien presentarte. Supe de inmediato de quién hablaba. Emilio McGregor. Y no tuve el valor para decirle que no estaba preparada. Nos detuvimos frente a dos hombres. Reconocí al primero sin dificultad: el mismo que había escuchado hablar unos minutos antes desde el escenario. El segundo estaba de espaldas, conversando con él. Mi madre se aclaró la garganta para llamar su atención. El hombre se volvió. Y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Era él. ••••••••••••• Sígueme en i********:: Michelle__jsj El desconocido del tocador.
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