Capítulo 1: Primera Parte

4127 Words
Rachel Mac Millán —No puedes decirme que no asistirás. ¿Qué haré yo? —Ir sin mí. —Esa no es una opción. Dejé de prestarle atención y me centré en mi programa de televisión que en definitiva resultaba mucho más divertido que escucharla parlotear. Me eché hacia atrás hasta apoyar la espalda en el respaldo del sofá. No iba a librarme tan fácilmente de aquello. Charlotte se plantó frente al televisor, bloqueándome la vista y arrebatándome la poca tranquilidad que me quedaba. Respira, Rachel. No la asesines. Es mi mejor amiga desde que tengo uso de razón. Nuestras madres también lo eran, y eso contribuyó enormemente a que nosotras siguiéramos sus pasos. Ambas somos hijas únicas y nunca nos hizo falta la compañía de alguien más, pues, para mí, Charlotte es como una hermana. Sé que ella siente lo mismo por mí. Prácticamente nos hemos criado juntas y no puedo imaginar un mundo en el que no estuviera a mi lado. Si hay algo que la describe a la perfección, es su combinación de glamour, hermosura y manipulación. Goza de una enorme popularidad y le encanta ser el centro de atención. Disfruta manejando el mundo a su favor y llevando el apellido Cowell a lo más alto. Su relevancia es tal que podría considerársela la cúspide de la élite a la que pertenecemos. La Coco Chanel de Manhattan. La reina. Se ha ganado su reinado a pulso, envolviendo a todos con su mirada oscura e hipnótica y conquistándolos con solo mover sus gruesos labios, siempre pintados de rojo. La genética no le había negado absolutamente nada: poseía una belleza excéntrica y despampanante, con caderas, pechos y trasero prominentes. Toda una Barbie. Otra característica que posee, para mi maldita desgracia, es su capacidad para ser insistente y perseverante cuando quiere conseguir algo. Toda su vida ha tenido cuanto se le antojaba, por lo que se niega a aceptar la posibilidad de no obtener algo o de que, sencillamente, alguien no le siga la corriente. Llevaba ya media hora insistiendo en que la acompañara a una gala benéfica, un evento de lo más habitual en nuestras familias. Sin embargo, esta vez tendría que declinar la invitación. No estaba de ánimo para asistir y mantener las apariencias de ser la chica correcta y perfecta. —¿Y si te digo por favor? —Levantó una ceja, expectante ante mi respuesta. —No me persuadirás. Olvídalo. No iba a dejar que me manipulara esta vez… O eso esperaba. —Vamos, Rachel. Te lo suplico. Aumenté el volumen de la televisión como una clara señal de que no me interesaba continuar con la conversación. —¡Rachel! Conté hasta diez, intentando disipar el impulso asesino que amenazaba con apoderarse de mi cuerpo. —Ya te dije que no. —Crucé los brazos y la miré con severidad—. ¿Quieres que te lo deletree? N. O. No. —¿Por qué no? —Chilló como una niña pequeña. Me quedé callada, buscando una excusa que me permitiera librarme de Charlotte. —¿Estoy castigada? —preguntó. Dudé un instante, incliné la cabeza y terminé asintiendo, como si acabara de encontrar la respuesta perfecta. —Sí, eso. Estoy castigada. Le dediqué una sonrisa hipócrita que consiguió hacerla rabiar. Debía reconocer que verla enfadarse era algo que disfrutaba. Sus mejillas comenzaban a teñirse de rojo, creando un contraste perfecto con su cabello cobrizo. Me escrutó con la mirada, fulminándome. Torció los labios y adoptó aquella expresión que me permitía darme cuenta de que estaba a punto de acabar con su paciencia. —Tú irás y eso es todo —determinó. No pude evitar estallar en carcajadas, burlándome en su cara. Esa actitud autoritaria que pretendía imponerme no funcionaría conmigo. La conocía desde que se hacía pis en los pañales y no podía intimidarme. —¿Ah, sí? ¿Y quién me obligará? —Apreté los labios—. ¿Tú? Por favor, conejita. Su ojo derecho comenzó a temblar al mismo tiempo que su rostro se ensombrecía. Le había tocado la fibra sensible, recordándole a su eterno rival desde la adolescencia: Rufus. Apoyó el peso de su cuerpo sobre la pierna derecha y levantó el mentón, desafiante. —Si no asistes, filtraré tus fotos de preescolar. Aquello bastó para que cualquier rastro de diversión desapareciera de mi rostro. Tiene que estar bromeando. —No te atreverías. Charlotte me sostuvo la mirada con un brillo malicioso en los ojos y, finalmente, me mostró su móvil. Mi cuerpo se tensó al verla mover los dedos sobre la pantalla. Levantó la mirada y no entendí qué estaba sucediendo hasta que mi teléfono sonó, avisándome de una nueva notificación. Me apresuré a revisarlo. Charlotte Cowell te ha mencionado en su publicación. Sentí que los ojos casi se me salían de las órbitas al ver la terrible fotografía que se había atrevido a publicar. Una miniatura de mí misma, de cinco o seis años, aparecía con un disfraz de caballo. Pero el disfraz no era lo peor, sino que yo representaba la parte trasera del animal. Literalmente, era el trasero del caballo. —¡Bórrala! —le exigí, teñida de vergüenza. —¿Irás? —¡No! —No me obligues a subir la foto del pizarrón. Oh, por Dios. Esa maldita foto. Cada vez que la recordaba, tenía claro que mi maestra de entonces no me quería o, sencillamente, estaba preparándome para enfrentar la vida sin una pizca de vergüenza. —Te veías tan linda. El verde realmente es tu color. —Me mostró la fotografía, batiendo las pestañas con cinismo—. Fuiste el pizarrón más increíble de todos. ¿Cómo no voy a mostrarle al mundo lo sensacional que estabas? —Te odio. Alzó las cejas, esperando mi respuesta. Tragué saliva y volví a mirar la imagen. —Está bien. Iré. Me sonrió, encantada y orgullosa de haber conseguido que cediera ante ella. Guardó el móvil en el bolso de marca que llevaba consigo, sin perder aquel aire triunfal que solo conseguía provocarme dolor de cabeza. —Te recogeré a las ocho. —Se colocó las gafas de sol—. Recuerda que es de etiqueta. Los White son quisquillosos y no queremos cometer errores. —¿Por qué tanta insistencia para que asista? —indagué. Presentía que tenía algún plan oculto. —No quiero estar sola. Mentira. Charlotte era lo suficientemente aclamada por las debutantes que buscaban abrirse camino en el mundo de las familias de élite como para considerar siquiera la posibilidad de quedarse sin compañía. —Sabes que eso no es cierto. Las novatas estarán detrás de ti toda la noche. —Y para eso estás tú: para ahuyentarlas. Yo no hago caridad. Cada una tiene que abrirse camino si quiere llegar a interesarles a los patrocinadores. Charlotte tenía cientos de miles de seguidores y colaboraba con marcas prestigiosas. Si ya era conocida gracias al enorme imperio hotelero de su padre, Marcus Cowell, ahora lo era todavía más. Todos querían obtener el visto bueno de la reina oscura de Manhattan. —Además, tengo confirmado que Byron Marchetti estará allí. Es una figura muy importante en Cambridge. Si quiero asegurar nuestros puestos, tengo que presentarme ante él. —¿Recuerdas quién es tu padre y quién es mi madre? —pregunté. No era por ser egocéntrica, pero resultaba absurdo que se preocupara por ese detalle cuando nuestras influencias podían abrirnos las puertas de prácticamente cualquier lugar. —Ya sé que papi puede arreglarlo todo, pero quiero conseguirlo por mí misma. Quizá pueda obtener una beca para ti y para mí con solo presumir de nuestro historial académico. Eso era algo que me gustaba de Charlotte. No le importaba que su apellido fuera Cowell; se esforzaba por demostrar que sus logros y sus actitudes podían hablar por ella misma. Se veía tan emocionada ante la posibilidad de conseguirlo que supe que ya no había vuelta atrás. Era lo mínimo que podía hacer por ella, teniendo en cuenta todo lo que le debía. —Estaré lista a las ocho. Alzó las comisuras de los labios, encantada. —Ahora que todo está resuelto, me marcho. Las tiendas me esperan. Me lanzó un beso y se fue, haciendo resonar sus tacones por el pasillo. Negué levemente con la cabeza, resignada. Debí haber previsto que no podría ganarle a Charlotte. Cuando algo se le metía entre ceja y ceja, era prácticamente imposible sacárselo de la cabeza. Definitivamente, la Coco Chanel ya había deshecho sus maletas y dejado atrás sus vacaciones para subirme a su trono. Unos minutos después, apagué el televisor. La película se había vuelto pesada y, además, había perdido el hilo por estar discutiendo con Charlotte. Me levanté y estiré el cuerpo, que comenzaba a entumecerse. Moví el cuello, intentando aliviar el dolor repentino que sentía. Aprovecharía para darme una ducha y despabilarme. Necesitaba renovar mis energías si pretendía asistir a la gala con una gran sonrisa. Entré al baño y llené la bañera. Metí un pie para comprobar la temperatura y, cuando la sentí perfecta, me desnudé y entré, disfrutando del alivio que el agua proporcionaba a mis músculos. Me relajé jugando con las burbujas. Aquello era exactamente lo que necesitaba. Me hundí un poco, mojándome el cabello, y cerré los ojos, dejándome llevar por la tranquilidad y la paz del ambiente. Permanecí así durante un largo rato, hasta que el agua comenzó a enfriarse y mi piel a arrugarse. Salí de la bañera y envolví mi cuerpo y mi cabello en toallas blancas. La atmósfera tranquila se rompió cuando mi móvil volvió a sonar. Miré la pantalla y estuve a punto de poner los ojos en blanco al ver el nombre de Charlotte iluminándola. Seguro que está teniendo una crisis porque no encuentra nada de su agrado. Contesté la llamada. —¿Qué ocurre ahora? Hacía apenas unos minutos que se había marchado y ya estaba fastidiándome de nuevo. —Entra al New York Times. Me colgó sin darme tiempo a preguntar nada más. Tomé el portátil con un mal presentimiento oprimiéndome el pecho. Charlotte no daba rodeos cuando se trataba de problemas. Era demasiado directa y, por eso, presentía que esta vez no estaba gastándome una broma. Entré en la página del New York Times, uno de los periódicos más conocidos de Estados Unidos. Si algo aparecía allí, todo el mundo terminaba enterándose. Era una de las fuentes de noticias más importantes del país. Mis ojos recorrieron el titular del artículo más reciente. Al instante, sentí que la bilis me subía a la garganta. EVAN VALVERDE ESTÁ DE REGRESO A las siete de la mañana, el jet privado de la familia Valverde aterrizó en Manhattan con el heredero del patrimonio petrolero del excéntrico millonario Ezra Valverde. Sin embargo, Evan no llegó solo. Nuestras fuentes lo vieron descender del avión acompañado de su novia, Cara McCoy. Todo apunta a que el regreso de Evan Valverde tiene como objetivo asistir a la gala benéfica de los White. Después de tanto tiempo, por fin tendremos el tan esperado reencuentro entre el heredero Valverde y Rachel Mac Millán, la heredera de los Roberts Mac Millán, tras su escandalosa ruptura. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo se sentirá Rachel Mac Millán ante el regreso de su exnovio, después de que este la engañara públicamente? Cerré el portátil de un golpe seco. En ese momento, no me habría importado romperlo. Estaba temblando de ira y apretaba los dientes con tanta fuerza que me dolía la mandíbula. Mi cuerpo se había calentado, el nerviosismo me anudaba la garganta y la cólera se apoderaba de mí. No podía concebir que estuviera de vuelta. Y, peor aún, que lo hiciera acompañado de ella. Lo odiaba. Lo detestaba por haberme humillado delante de todo el mundo. ¿Qué podía esperar, después de todo? Estábamos hablando de Evan Valverde, el hombre más estúpido y egocéntrico del planeta. Con suerte, apenas le funcionaban dos neuronas. Y eso, con muchísima suerte. Me revolví el cabello, incapaz de quitarme el mal sabor de boca. Esta me la pagaría. Le haría darse cuenta de lo que había perdido. Se retorcería de inseguridad y miseria al comprender las consecuencias de haberme dejado hecha un desastre cuando decidió marcharse con su amante, después de que lo descubrieran follando con Cara McCoy durante la boda de su hermana. ¡El muy imbécil se había dejado grabar! Y, por si fuera poco, terminó conmigo por mensaje, como si se estuviera deshaciendo de una prenda de ropa cualquiera. No lo amaba. Ni siquiera le tenía un poco de cariño. Lo nuestro había sido pura conveniencia. Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que me había humillado, convirtiéndome en el hazmerreír de todo el mundo. ¡Meses! Fueron meses durante los cuales tuve que esconderme de los periodistas que me abordaban apenas ponía un pie fuera de casa. Me acosaban a todas horas, hasta el punto de obligarme a abandonar Manhattan para poder respirar. Volví a tomar el móvil y busqué a la única persona que podía ayudarme a hacerle ver a Evan lo que había perdido al romper nuestra asociación. Contactos: Charlotte «Manda el coche por mí. Necesito un vestido». Enviar. La respuesta llegó a los pocos segundos. «Ya lo envié hace cinco minutos». (…) Mis manos recorrieron delicadamente la tela satinada del vestido n***o. El corte de la prenda era apropiado para evitar dar de qué hablar, y mucho menos para lucir vulgar. Aunque eso no le restaba ni una pizca de sensualidad. Realzaba mis pechos y tenía una abertura lateral que dejaba al descubierto una de mis piernas. Además, se ajustaba perfectamente a mi cintura. Me fascinaba cómo me quedaba. Me hacía sentir poderosa, y eso era exactamente lo que necesitaba aquella noche. Estaba lista para aplastar cualquier expectativa que tuvieran sobre mí, porque estaba segura de que rompería la imagen que todos los paparazzi esperaban ver. Me coloqué los pendientes como toque final. Mi cabello n***o lucía espectacular con la coleta alta que me habían hecho, mientras que el maquillaje de mis ojos resaltaba el verde de mi mirada. Esos ojos los había heredado de mi madre; el resto de mis rasgos pertenecían a mi padre. Me retocé el color de los labios y observé mi reflejo en el espejo justo cuando Charlotte entraba en la habitación. —¿Estás lista? Sonreí. Hoy Evan Valverde iba a arrepentirse. —Lo estoy. Charlotte me devolvió la sonrisa. Sabía lo que escondía aquella mirada suya: prometía demasiado. Me recorrió de pies a cabeza con orgullo. Estaba claro que aprobaba mi apariencia. —Tienes sed de venganza, ¿no es así? Me humedecí los labios. —No te imaginas cuánto. Agarré el bolso de mano y esperé a que saliera primero para seguirla. Descendimos por las escaleras de mi casa, donde nuestros padres nos esperaban. Marcus y Eleana Cowell eran grandes amigos de mis padres. Cuando la muerte de mi padre oscureció nuestras vidas, nos brindaron una ayuda inmensa. —Se ven hermosas —nos halagó el señor Cowell. Charlotte le sonrió, encantada. Ciertamente al ser hija única, era la luz de sus padres, sobre todo la consentida de su padre. —Gracias, papi. Contuve la sonrisa que amenazaba con escapárseme. Entonces busqué a mi madre, Juliette Roberts. Estaba unos pasos más atrás y, al notar su extraño comportamiento, incliné la cabeza. Se veía distraída, ausente. —¿Todo está bien, mamá? —indagué, acercándome. Intentó sonreír, pero no lo consiguió. Su mirada estaba tensa. —Lo hablaremos en el coche, cariño. Intercambié una mirada con Charlotte. Ella también había notado que algo estaba sucediendo y que nosotras lo desconocíamos. Era muy extraño ver a mi madre abandonar su habitual carácter fuerte para mostrarse nerviosa, como lo estaba haciendo en ese momento. Avanzamos hacia la salida, donde nos esperaban dos limusinas. Aquello terminó de alarmarme. Si mi madre había pedido dos coches, era porque quería privacidad conmigo. Algo estaba pasando y, al parecer, era importante. Los señores Cowell subieron primero a una de las limusinas. Antes de entrar, Charlotte se volvió hacia mí y comprendí lo que quería decirme con la mirada. Le asentí para que se marchara tranquila y, finalmente, se fueron. Mi madre y yo subimos a la segunda limusina. Le sonreí a Alfred, el mayordomo, cuando cerró la puerta. El coche avanzó por varias calles, pero de la boca de mi madre no salía una sola palabra. Era como si se hubiera perdido en sus pensamientos, y aquello comenzaba a desesperarme. No me considero una persona que lleve bien la incertidumbre. Me altera demasiado y me da pie a imaginar toda clase de escenarios. Por un instante, una posibilidad cruzó por mi mente, pero la descarté de inmediato. No es eso. Me mordí el labio inferior sin dejar de mover la pierna. ¿Acaso tanto le costaba abrir la boca y decirme qué estaba ocurriendo? Iba a matarme con aquella espera. Finalmente, se aclaró la garganta, dándome a entender que estaba a punto de hablar. Sus labios se entreabrieron como si fuera a decir algo, pero no salió ni una palabra. Volvió a cerrarlos. ¿Acaso el tiburón de la moda, la gran Juliette Roberts, estaba nerviosa? Al parecer, lo que tenía que decirme era tan importante que había conseguido ponerla en ese estado. Eso estaba más que claro. —Cariño —comenzó—, tengo algo que compartir contigo. Fijé la mirada en ella y guardé silencio para que pudiera continuar. Lucía tan incómoda que no quería presionarla. Esperé pacientemente a que siguiera hablando. —Estoy saliendo con un hombre. Aquella confesión me tomó por sorpresa y necesité varios segundos para procesarla. Mis labios se entreabrieron, esperando que Juliette soltara una carcajada y convirtiéramos aquello en una buena anécdota sobre la broma que acababa de hacerme. Sin embargo, bastaba con observar su expresión para comprender que las cosas no eran así. Después de la muerte de mi padre, tuve que afrontar el hecho de que ya no estaría con nosotras. El silencio de nuestra enorme casa se extendía de una manera tortuosa. Echábamos de menos sus arrebatos de niño pequeño, aquellos que tanto nos alegraban los días. Fue difícil para las dos y me atrevería a decir que para mamá lo fue aún más, pues era ella quien cargaba con el mayor peso de aquella pérdida. Era quien se levantaba cada día sonriendo, fingiendo que la noche anterior no había pasado horas llorando por su recuerdo. Nuestra vida cambió. Él ya no estaba y, de pronto, Juliette se encontró al frente de todas las empresas. Llegaba a casa demasiado cansada. Todo era nuevo para ella y le costó adaptarse. Poco después, comenzó a abrirse camino en el mundo de la moda, reduciendo todavía más el tiempo que podía dedicarme. La extrañaba. Su ausencia era marcada, notoria. Pero ¿qué podía decirle? No quería arruinar la ilusión que sentía por sus proyectos. Después de tanto tiempo por fin volvía a verla sonreír, y yo quería que siguiera haciéndolo. Nunca borraría de mi memoria el recuerdo de mi madre destrozada y sin ganas de vivir. Necesitaba conservarlo para recordar siempre que haría lo que estuviera en mis manos para que fuera feliz. No estaba enojada por su noticia, solo sorprendida. Me había tomado desprevenida y seguramente debía de estar mirándola como una idiota. En algún momento aquello tenía que pasar. No podía pretender que permaneciera sola el resto de su vida. Si quería rehacerla junto a un hombre, yo la apoyaría. De verdad quería que recuperara todo lo que había perdido. Dejé de torturarla con mi silencio y tomé sus manos, dándoles un suave apretón. —Estoy encantada por ti, mamá —dije, emocionada por ella—. ¿Hace cuánto que salen? La respuesta estuvo a punto de provocarme un infarto. —Un año y medio —respondió, refugiando la mirada en la ventana. —¿Qué? Estoy loca. Seguro que escuché mal. Oh, no. Claro que había dicho la verdad. ¡Estaba demente! —¡¿Un año y medio?! —alcé la voz sin darme cuenta—. ¡¿Y cuándo pensabas decírmelo?! —Lo intenté muchas veces. Al final, me ganaba la cobardía y terminaba dando un paso atrás. Apreté los labios con fuerza, conteniendo el impulso de matarla por aquella excusa tan estúpida. Debía relajarme para no hacer una escena. No era lo que necesitábamos en ese momento, y mucho menos lo que la situación requería. Pero ¿de verdad había estado tan distraída como para no darme cuenta? Ahora que lo pensaba, sí que había habido señales que la delataban y que yo había pasado por alto. Respiré hondo, recuperando la compostura. —Supongo que eso está bien —reflexioné finalmente. Si creía que mi respuesta la haría sentirse mejor, estaba muy equivocada. La culpabilidad parecía brotarle por los poros. —¿Hay algo más? —pregunté, temiendo la respuesta. Sus labios se movieron y soltaron un murmullo que habría preferido no escuchar. —Me pidió matrimonio. —¡¿Qué?! —Mis manos comenzaron a temblar—. ¿Qué le respondiste? El temblor de mi voz delataba cuánto me estaba afectando aquello. Cerré los ojos para no tener que ver la respuesta que sus expresiones faciales ya me estaban gritando. —¿Le dijiste que sí? —Le di la oportunidad de negarlo, aunque en el fondo sabía que era inútil—. ¿Le dijiste que sí? ¡¿Cómo se te ocurre?! —Lo lamento. En serio que lo hago. Ha pasado mucho tiempo y yo… yo solo tenía miedo de tu reacción. —¡¿Mi reacción?! —La fulminé con la mirada—. ¡Iba a estar feliz por ti! Siempre he querido que tengas lo mejor. Lo ideal habría sido que me lo contaras desde el principio, ¡no cuando ya tienes un pie en el altar! Odié ver el brillo de las lágrimas en sus ojos. No quería que se pusiera a llorar cuando yo misma tenía tantos sentimientos encontrados. El enojo se movía dentro de mí como una bomba a punto de estallar, y no podía permitir que explotara. No cuando Juliette se ponía de aquella manera. —Lo pospondré. Lo haré —determinó. Acarició mi mejilla con suavidad. —Lo único que quiero es que sepas que no estoy presionándote. Tampoco te lo digo solo porque me haya pedido matrimonio, sino porque ya es hora de que lo sepas. No dudes ni por un segundo de que te tendré en cuenta. Tú eres lo más valioso que tengo y, si no te tengo a ti, no tengo nada. El recuerdo de aquella noche, con sus gritos y lágrimas, me oprimió el corazón. Había una gran diferencia entre cómo estaba entonces y cómo se veía ahora. Parecía más viva, más feliz. Nunca me había detenido a observar la ilusión que brillaba en sus ojos. No fui capaz de darme cuenta hasta aquel preciso momento. Quizá estaba a punto de aceptar la locura más grande de mi vida. Sin embargo, aquello no se trataba de mí, sino de ella. Mi decisión no podía convertirse en un impedimento para que obtuviera lo que quería. —Si quieres hacerlo… Yo te apoyo, mamá. Mis palabras bastaron para que volviera la cabeza hacia mí. Me miró incrédula, como si no pudiera creerlo. Sinceramente, yo tampoco terminaba de hacerlo. —¿Lo dices en serio? A pesar del nudo que tenía en el estómago, respondí: —Sí. Se aferró a mí en un abrazo que me calentó el pecho. Nunca le había gustado que la viera llorar, pero sabía que lo estaba haciendo, aunque no pudiera verle el rostro. Le acaricié el cabello rubio. Me habría gustado heredarlo; sin embargo, no me quejaba de tener casi todos los rasgos de mi padre. Lo único que compartíamos mi madre y yo era el color verde de nuestros ojos. Se separó de mí y se limpió las lágrimas con disimulo. —Todavía no me lo has dicho. —¿Qué cosa? —El nombre de tu prometido. Puse los ojos en blanco, haciéndola rabiar. Odiaba que hiciera aquel gesto. —No quiero reproches, y mucho menos escuchar que es de mala educación poner los ojos en blanco. Vi cómo se mordía la lengua para no reprenderme, y eso me hizo sonreír. De algún modo tenía que cobrarle la noticia que acababa de darme. —¿Y bien? —la presioné—. Quiero saber la identidad del hombre que nos ha metido en todo esto. —Emilio McGregor. •••••••••••••••••••• Sígueme en i********:: Michelle__jsj Gracias por leer ✨
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD