Daniel McGregor Hay una verdad: es hermosa. Negarlo sería un ultraje, porque ella es fastidiosamente atractiva. Lo primero que me atrapó fue el verde de sus ojos, acompañado de un leve tono naranja. Su mirada, enmarcada por una multitud de pestañas, tenía una profundidad difícil de ignorar. Lo siguiente que me hizo caer aún más fueron la suavidad de su piel blanca, el vaivén de sus caderas al caminar y, por supuesto, su prominente trasero, que destacaba con el vestido que llevaba puesto. Sus labios gruesos, esos labios que, sin duda, me hicieron enloquecer. Sin embargo, lo que terminó por acabar con mi cordura fue esa boca santurrona. No tenía filtros al hablar, y eso me desarmaba por completo. Toda una fiera. Era una mezcla de inocencia y perversidad, de tranquilidad y caos. Alguien a

