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1220 Words
Paula está envuelta en sábanas que una vez solieron ser blancas. A pesar de que le había comprado unas nuevas de colores oscuros, con las mariposas azules que tanto le gustaban, mi madre, con su alma de ahorradora, las dejó a un lado y siguió usando aquellas de tela desgastada cuyos dibujos ya ni se distinguían. La piel de mi hermana parecía de un raro tono gris, lo cual había apagado el intenso n***o de los tatuajes en sus brazos; tatuajes que la hicieron correr tres cuadras cuando mi mamá vio el primero. Recuerdo aquel momento: ella acababa de cumplir dieciocho años. Su primer trabajo con la abuela había sido exitoso y, como premio, se autorregaló una pequeña mariposa en la muñeca. Por primera vez en mucho tiempo vi a mi hermana actuar como una chica de su edad; sus labios curvados parecían iluminar la tibia tarde cuando me mostró el reverso de su muñeca, exhibiendo el trazo n***o sobre la piel aún enrojecida. Mis ojos admiraron aquel pequeño insecto que parecía vivo, como si descansara sobre ella. —Creo que las usaré de guía —confesó emocionada—. La abuela tiene las guacamayas, mamá los colibríes y yo las mariposas. A mis trece años, la fascinación y la envidia inundaron mis pensamientos. María Paula era, sin duda, una chica extraordinaria; casi un prodigio en nuestra familia de brujas. A los dieciséis años ya acompañaba a mi madre o a mi abuela a atender exorcismos, quitar males o realizar encantamientos. Era como una pequeña bruja del caos, amando cualquier actividad extrasensorial que le pusieran enfrente. Sus sentidos e intuición estaban atados a nuestro Anheles, el guardián de la familia. —Mi niña... —susurró mamá mientras aplicaba con sumo cuidado un baño de esponja sobre los mandalas tatuados en su piel—. Mira cómo quedaste. Mi madre siempre había sido una mujer hermosa, pero en estos meses su rostro terso estaba cubierto por una sombra mortecina. Debajo de sus ojos nacían surcos gruesos debido a las horas de llanto. Al principio lo hacía en privado, como si tuviera cuidado de no herirme, pero ahora ya no le importaba. Si quería derramar un torrente de lágrimas lo hacía donde fuera: en el bus, en la casa, en el supermercado o en la habitación del hospital donde estaba internada mi hermana. La carga era brutal. Ese día perdimos a tres de las nuestras, todas poderosas y con dones útiles. Aquello destrozó el espíritu de mi madre, dejándome a mí a cargo de la situación. —Traje la cena —dije, depositando la vianda con la sopa y el pan caliente recién salido del horno que tanto le gustaba. Últimamente, mi vida giraba en torno a cumplir los gustos culposos de mi madre, y a cambio solo recibía un silencio sepulcral. Aquello me mataba por dentro, aunque evitaba disimular su desprecio. Sé muy bien que si yo hubiera acabado muerta, en coma o secuestrada —como mis otras hermanas—, su semblante sería diferente. Dentro de mí crecía el impulso de tomarla por los hombros y gritarle que yo también estaba aquí y que la necesitaba. Quería llorar a mares, maldecir, ir tras Isabela o buscar una solución para sacar a María Paula del coma; quizá revivir a mi abuela, cuyo espíritu no parecía vagar por este mundo, como si su alma se hubiera perdido en el tráfico descontrolado de muertos que deambulaban por doquier. —Alguien de administración habló conmigo —dijo ella al fin, recordando que yo existía, aunque las arrugas de su frente auguraban malas noticias—. Dicen que el seguro no puede seguir cubriendo esta habitación y la van a trasladar a una más pequeña. ¿Tienes idea de esto? Claro que tenía idea. Las cosas no estaban funcionando; mi trabajo y las horas extras apenas daban para pagar deudas antiguas, y María Paula estaba en un lugar demasiado caro para nuestro presupuesto. Yo no atendía clientes poderosos como mi madre; solo era una aburrida oficinista que veía sombras de gente muerta. —Sí —sentí un nudo en la garganta. Mamá podía oler mi miedo—. Todo ha subido, el dólar y... —No me interesa —cortó mis palabras—. No sé cómo vas a hacer, pero a mi hija no la sacas de aquí. —Mamá, no creo que podamos mantenerla en este lugar —algo dentro de mi pecho se desinfló. —¡Es tu hermana, maldita sea! —su mano golpeó la pared—. Es tu hermana mayor, la que está así por salvarte el culo a ti y a mí. Lo mínimo que se merece es que la trates con respeto y la dejes aquí. —Con la voz quebrada, se inclinó sobre ella y acarició su rostro—. María Paula lo haría por ti. Yo no era María Paula. Ni aunque me esforzara podría desarrollar mis dones como los de ella o mi madre. —Isabela también lo haría, mi niña—las rodillas de mi madre cedieron y cayó al suelo—. Mi dulce Isa, ella no tenía la culpa. Vaya que no la tenía. Aquello nos había tomado por sorpresa la noche del ocho de agosto. Su Quinceaños era una especie de fecha patria que toda la calle celebraba. Un par de camiones cerraron las vías por ambos lados. Las casas se decoraron con flores de papel crepé y globos dorados. Todo parecía radiante hasta que una tanqueta irrumpió y, sobre ella, cinco hombres uniformados nos apuntaron. Mamá intentó luchar, pero algo había neutralizado la magia; se quedó indefensa con Isabela en brazos y el alma partida en dos. Mientras la gente huía despavorida, eran aniquilados uno a uno. Muchos eran vecinos de toda la vida, otros me vieron crecer, y ahora sus cuerpos estaban tirados en el asfalto. María Paula, al ver aquella masacre, hizo lo que tenía que hacer. Batalló. Nadie vio venir al sexto hombre: un sujeto menudo con pantalones anchos y torso desnudo, casi huesudo. De pronto apareció. Su sola presencia ahuyentó a los tenues espíritus que allí se manifestaban y una sensación de terror heló mi sangre. Intenté mover algún músculo, pero fue en vano; al contrario de ella, Paula reaccionó y se abalanzó sobre él. Algo la arrojó con fuerza y el hombrecillo adoptó una forma grotesca: le brotaron patas enormes con pezuñas y en su cabeza aparecieron sendos cuernos de mal augurio. En mi mente surgió una palabra: el Diablo. Para Paula era algo nuevo, un reto. Sus labios color vino sonrieron excitados; el brillo en sus ojos me gritó que aceptaba el desafío. Después de todo, ¿quién tenía la oportunidad de enfrentarse a una bestia mitad humano? Paula sacó, escondida en su vestido, una daga de media luna y, con la adrenalina a mil, fue a enfrentarlo... y perdió. Aprieto los dientes e intento mantener la respiración calmada, pero es difícil cuando mamá se pone emocional y me lanza esa mirada. ¡Lo sé! Sé que debería ser yo la que estuviera allí y no ella. Sé que la abuela tendría que estar con vida, pero nadie pudo prever aquello y ahora todas sufríamos las consecuencias de esa lucha perdida. —Veré qué puedo hacer —dije antes de salir a respirar.
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