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2379 Words
Corrí por los caminos de ladrillo hacia el pequeño parque. Busqué el primer banquillo retirado de la gente y dejé que una suave lágrima acariciara mi mejilla como único consuelo. El viento fresco se volvía nauseabundo; el olor a medicinas y el dulzor de las flores muertas estaban impregnados en aquel lugar. El hospital era un cubil lleno de muerte y desesperanza. Los cuerpos abandonados caminaban sin descanso, como si arrastraran una cadena imaginaria que les pesara por la eternidad. Una pequeña risa sarcástica escapó de mis labios. Santo Dios, sabía que llorar era lo más inútil que podía hacer. Ver gente muerta no era algo bonito como lo pintaban en las películas. Las almas sin descanso muchas veces se confundían con los espíritus nacientes de la violencia y el dolor que reinaban día tras día. La gente quizás no era consciente de que cada sentimiento intensificado solo creaba más odio, y con ellos nacían Las Salinas, que se alimentaban de los ecos de amargura de los vivos y sus muertos. Bajé la mirada y conté lentamente hasta diez. Justo ahora, una Salina estaba a mi lado como un pequeño perrito, olfateando la angustia que me embargaba. Su cuerpo parecía una ameba negra que apenas estaba creciendo; flotaba a mi lado, esperando como un buen depredador para atrapar a su presa. Técnicamente parecía inofensiva, pero cuando terminaba de alimentarse se convertía en un verdadero problema. Alcé el cuello y vi el cielo azul, hermoso, con nubes tranquilas. —Todo va a pasar —me mentí para escapar. No tenía ni idea de qué hacer. Estaba dividida entre pagar la deuda del hospital, averiguar el paradero de Isa, trabajar y no perder la cordura por completo. —Te extraño, abuela —susurré. Su recuerdo me tranquilizaba. La abuela en vida fue una mujer importante y una gran bruja. Sus trabajos eran muy reconocidos e incluso viajó mucho por el mundo hasta que nació Isabella y "se robó" su don. Nunca entendí bien cómo era aquello, pero venía en las letras pequeñas desde el principio de los tiempos: todas proveníamos de un linaje de fuertes brujas, pero solo una podía ostentar el don de las profecías. Mi abuela era esa mujer, pero su don pasó a Isabella; quizá alguna de mis futuras hijas lo herede. Pasé las manos por mi rostro. Mis párpados estaban realmente pesados. Me pregunté cuándo fue la última vez que dormí como un bebé, sin esas pesadillas o esas voces dentro de mi cabeza. —¿Señorita Verónica León? —entonces una voz esfumó aquella atmósfera tensa. —Es mi mamá —respondí en automático. Me giré con delicadeza y la Salina ya no estaba. En su lugar se hallaba el hombre más extraño que había visto en mi vida. Mi cuerpo reaccionó y me levanté. Sentí algo eléctrico recorrer mis articulaciones, como si una magia de ficción estuviera a punto de brotar de mis dedos para derretirlo. —No se asuste —levantó sus manos con cautela—. Vengo solo a hacerle un par de preguntas y a buscar a Dana. Por su acento intuí que no era de aquí. Su español era claro, sí, pero la pronunciación no era su fuerte. —¿Quién es usted? —me atreví a preguntar mientras lo inspeccionaba. Botas negras extravagantes, pantalones oscuros lo suficientemente ajustados para resaltar su altura, cabello del blanco más hermoso y esos ojos... los más peculiares que había visto. Sentí un tiro de nostalgia. Mi abuela me contó una vez sobre una criatura que poseía ese color de ojos, pero ahora no podía recordarlo. —Mi nombre es Daniel Thurner —dijo, y se sentó a mi lado ignorando mi posición de alerta. Se tronó los nudillos—. Este lugar sí que se siente raro. —¿Quién es usted? —volví a repetir con una calma extraña. —D.E.U.S. —dijo él—. Son las siglas del Department of Ecclesiastical Unusual Situations. Nos encargamos de eventos especiales. —¿Y eso qué diablos tiene que ver conmigo? —esto significaba más problemas, estaba segura. —Sabemos lo que pasó con sus hermanas, Isabela y María Paula León. —Usted no sabe nada —mi voz se quebró al fin—. Será mejor que me vaya. Intenté huir, pero él, con una agilidad casi sobrehumana, me impidió el paso. Ese tal Daniel era tan alto que me obligó a echar el cuello hacia atrás para observarlo. No solo eso: casi podía percibir algo iridiscente que lo cubría de forma casi invisible, como si ni siquiera mi ojo inhumano pudiera captarlo. Noté sus uñas pintadas de n***o y cuentas oscuras cubriendo sus muñecas. Este hombre no lucía como un policía y tampoco como un humano normal. —Creo que le interesa lo que tengo que decirle. Es sobre Isabela. —¿La encontró? —pregunté con un hilo de esperanza. —No es tan fácil como cree —suspiró y se peinó el cabello hacia atrás. Tenía ese aire de cansancio parecido al mío, pero aun así su tez brillaba como la luz de una perla—. Los que la tienen sabían hacer muy bien su trabajo y se aprovecharon justo del fallecimiento de la señora Isadora para localizarla. —Dígame algo que no sepa —me encogí de hombros. Él no me daba buena espina; era como si algo me repeliera de su cercanía y me gritara que huyera—. Tengo a la policía y a mucha gente buscándola, y nadie ha dado con ella. —Usted sabe que la policía no va a encontrarla —aquello terminó de romperme el alma. Era cierto—. Ni un ejército podría encontrar a alguien cuya presencia parece haber sido borrada de este mundo. —Ella no está muerta —clavé mi dedo en su pecho—. Más le vale alejarse de nosotras. Bastantes problemas tenemos ya como para lidiar con usted. —Si estuviera muerta lo sabrías, lo sé —de pronto su voz abandonó el formalismo—. De verdad estoy cansado, así que te voy a dar dos opciones: vienes conmigo por las buenas, colaboras y salvo a tu hermana —e incluso me encargo de los pagos de la otra—, o te llevo conmigo por la fuerza y todo se jode. ¿Qué te parece? —Me parece que estás mal —la voz de mamá resonó a su espalda y, con solo agitar su mano, dejó que una rama pesada cayera sobre él. —Lo mataste... —solté mientras observaba cómo ella se quedaba petrificada ante su propia reacción. —Yo no... —su voz se quebró—. Solo no voy a dejar que a ti también te lleven. —Tomó mis manos, que ahora temblaban por sus palabras—. Yo haré lo que sea por mis hijas. —Y entonces fue ella la que cayó de rodillas. La rama de roble, gruesa como el torso de un hombre, yacía sobre el cuerpo inerte de Daniel. El silencio que siguió al estruendo fue sepulcral, solo roto por el sollozo ahogado de mi madre. Ella seguía de rodillas, mirando sus manos como si no reconociera el poder que acababa de brotar de ellas. —Vámonos, Dana —susurró mamá, tirando de mi manga—. Vámonos antes de que vengan otros. Pero yo no podía moverme. Mis ojos estaban fijos en la madera astillada. La "iridiscencia" que había notado antes en él no se había apagado; al contrario, ahora pulsaba con un ritmo constante, como un corazón de luz bajo la corteza del árbol. De pronto, un crujido seco nos hizo saltar. No fue el sonido de la madera rompiéndose, sino el de la madera siendo apartada. Una mano de dedos largos, con las uñas negras intactas, emergió del costado de la rama. Con una calma que me revolvió el estómago, Daniel empujó el peso de media tonelada como si fuera una manta de plumas. ¿Qué coños...? Se puso de pie con un movimiento fluido, sacudiéndose el polvo de los hombros. No tenía ni un rasguño. Ni una gota de sangre. Solo su impecable camisa azul se había rasgado, dejando ver una piel extrañamente pálida que parecía emitir un tenue vapor frío. —Un gesto impresionante, señora Verónica —dijo Daniel, ladeando la cabeza. Su voz no tenía rastro de enfado, solo una cortesía gélida—. Pero el Departamento no me envía a estas misiones sin el blindaje adecuado. Mamá se levantó de un salto, interponiéndose de nuevo entre él y yo. Su rostro era una máscara de terror puro. —¡Aléjate! —gritó ella, intentando convocar de nuevo la energía, pero esta vez sus manos solo temblaron. El esfuerzo anterior la había agotado—. Ya sé qué eres —alzó su voz desquiciada—. Un maldito Nephilim. Escuché hablar de los tuyos y de tu padre. —Cállese, señora —Daniel tomó el tronco caído y lo hizo añicos, preso de la ira. —Basta, los dos —una voz nueva se agregó a la conversación—. Santo Dios, Daniel. Te dije que no fueras brusco con ellas. ¿Quieres espantarlas y meternos en problemas? La chica vestía el mismo uniforme que Daniel, pero a ella le quedaba mucho más grande y la hacía ver más pequeña, incluso que yo; sin embargo, aquello no era impedimento para enfrentarse al chico. —Cierra el pico, Emily. —Voy a golpearte —también se notó ese extraño acento extranjero—. Disculpen a mi compañero, a veces suele ser impaciente y no tiene tacto para hablar. Déjenme presentarme, soy la oficial Emily Moretti y provengo de D.E.U.S. Mi organización solo busca contener incidentes sobrenaturales y combatir la corrupción a nivel mundial. Si me brindan unos minutos podría... —No me interesa —Verónica la interrumpió de forma tan abrupta que la chica dio un paso atrás—. Aléjense. Ya tuve suficiente con todo esto. —Puedo ayudar en la búsqueda de Isabella. No tengo certeza aún, pero su secuestro tiene que ver con una corporación de personas que se hacen llamar Los Elegidos. Ellos tienen razones para llevarse a su hija. Y entonces algo en mi madre cambió, como si sus palabras fueran un detonante para encender una chispa de esperanza, la primera que había visto en casi ocho meses. —Y creemos que Dana puede ayudarnos según la carta de la señora Isadora León. —¿Mi madre dejó una carta? —las aletas nasales de mamá se abrieron, expectantes. —Sí. En ella se explicaba cada poder de cada una y una posible profecía; la última antes de que perdiera su don. Emily metió la mano en un compartimento de su chaleco táctico y sacó un sobre de papel amarillento, sellado con cera roja que llevaba el escudo de armas de los León: una guacamaya rodeando una daga. El aire se escapó de los pulmones de mi madre. Dio un paso hacia adelante, con la mano temblorosa extendida, pero Emily retiró el sobre justo antes de que sus dedos lo rozaran. —No aquí, señora Verónica —dijo Emily con una firmeza que contrastaba con su apariencia menuda—. No sabemos quién más está escuchando a través de las sombras de este hospital. —Es la letra de mi madre —la voz de mamá era un hilo de desesperación—. Dámela. Ella no tenía derecho a ocultarme nada. —La señora Isadora nos entregó esto hace quince años con una instrucción clara —intervino Daniel, quien se había acercado de nuevo, aunque mantenía una distancia prudente de mi madre—. El sello solo debía romperse si el "Cielo de Metal" caía sobre su familia. Y esa tanqueta de Los Elegidos fue, literalmente, metal cayendo sobre su cumpleaños. Me quedé helada. Cielo de Metal. La abuela lo había previsto. No era un error, era una cita con el destino. —¿Por qué la tienen ustedes? —pregunté, sintiendo que la rabia empezaba a burbujear en mi pecho—. ¿Desde cuándo mi abuela trabajaba para el gobierno de los Estados Unidos? —Su abuela no trabajaba para nosotros, Dana —Emily me miró a los ojos, y por primera vez vi una pizca de lástima en su expresión—. Ella nos pidió protección. Sabía que ustedes no podrían solas cuando el don de profecía saltara de ella a Isabella. Sabía que se volverían un blanco. —Y fallaron —espeté—. Isabella no está y María Paula se muere. Su protección es una mierda. Daniel soltó una risa seca, casi un ladrido. —No fallamos. La protección tenía una condición: que ustedes aceptaran ser parte del registro de D.E.U.S. Su madre se negó cada vez que enviamos un emisario. Prefirió jugar a las brujas escondidas en un barrio de clase media. Mi madre bajó la cabeza. El silencio confirmó que Daniel no mentía. Ella lo sabía. Sabía que la abuela había buscado aliados y los había rechazado por orgullo o por miedo. —Vengan con nosotros a la Casa de Seguridad en el sector norte —propuso Emily, extendiendo el sobre de nuevo, pero manteniéndolo fuera del alcance—. Allí podrá leer la carta. Allí le explicaremos por qué la profecía de su madre dice que Dana es la única que puede entrar a buscar a Isabella sin ser detectada por Los Elegidos. Miré a mi madre. Estaba rota, vencida por la revelación de que su propia madre había conspirado con estos hombres para un futuro que ella intentó evitar. —Mamá... —le susurré. Ella me miró, y por primera vez en meses, no vi desprecio, sino un miedo absoluto. Sabía que aceptar significaba entregarme a D.E.U.S., convertirme en lo que sea que ellos quisieran que yo fuera. Pero también sabía que era la única forma de recuperar a sus otras hijas. —Solo la carta —dijo mamá con los dientes apretados—. Iremos, pero si intentan tocar a Dana, quemaré ese refugio con todos ustedes adentro. Daniel sonrió, esta vez con una chispa de anticipación. —Lo estamos deseando, señora León. Por aquí, el transporte espera.
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