El estrés de todo el día lo obligó a regresar pronto a sus aposentos, además el punzante dolor de cabeza no paraba, aún y después de intentar quitárselo, sumado a que su cuerpo comenzaba a protestar debido a los incontables deberes que le correspondían como soberano, sentía que en cualquier momento colapsaría, soltó un profundo suspiró al momento de sostenerse las sienes mientras caminaba de regresó a su habitación ¿Por qué no solo sus problemas desaparecían así de la nada?, parpadeo mientras uno de sus mayordomos le pisaba los talones, el taconeo de los pies de su sirviente le martillaban los oídos y el dolor físico le ponía de mal humor, apretó los labios mientras su mayordomo le abría la puerta de sus ostentosos aposentos, agradeció a los dioses de que el día hubiera terminado y que ya no vería los rostros que lo miraban con miedo, sin embargo cuando creyó que el silencio reinaría, su mayordomo tuvo algo que decir;
-Su majestad-. Lo llamó, se vio obligado a mirarlo con los ojos irritados y los ánimos apagados, el sirviente parpadeo mirando como su voz molestaba a su soberano, tragó saliva con dificultad en el momento en que un estremecimiento le recorría la espina, su rey tenía la facilidad de irritarse y no sería el primero ni el último en mandarlo a cortar la cabeza solo por haberlo molestado, estaba consiente que como soberano era fiero y excelente, pero bastante tirano cuando de control se tratase, por ende controlo sus evidentes temblores mientras dejaba que el sudor le perlara la frente -Ordenaré que le traigan de inmediato su cena-. Puso la espalda recta cuando Chariose lo miró por encima de su hombro al momento de entrar en la oscuridad de la habitación real.
-Que nadie me moleste-. Ordenó cerrando la puerta tras su espalda sin importarle que su sirviente diría algo más; soltó aire profundamente mientras se recargaba agotado sobre las puertas de doble ala de su cuarto, cerró los ojos caminando hacia la frescura de su balcón mientras se sacaba la pesada capa negra de sus hombros, sin embargo, la pesadez no desapareció cuando la tela cayó al suelo alfombrado con un ruido seco, aún tenía que darle a su ciudad un resultado sobre los acontecimientos del burdel y la búsqueda de quien consideraba lo mejor que le había pasado en la vida, suspiró nuevamente mientras recargaba las manos sobre la fría piedra del balcón que refulgía la inmensidad de su reino nocturno, el aire frio le enfriaba las mejillas y la punta de sus dedos los que apretaba contra la piedra, consiente de la impotencia que le causaba la situación que lo tenía con un palpitante dolor de cabeza ¿tal vez y si abandonaba todo la paz regresaría a su vida? Sus responsabilidades se le clavaban en la espalda como dagas, miró el fondo bajo el balcón, las frescas copas de sus árboles de cerezo se mecían ante la sutil brisa nocturna.
Su Joanna probablemente ya estaba muerta, no era idiota y no se cegaba a las posibilidades, de las que no tenía ni la más rotunda idea de creer, su razonamiento arrojaba la razón mientras su cansado corazón gritaba cualquier posibilidad positiva de volver a verla, ella era lo único que lo hacía sentirse completo, pues desde que ella ya no estaba nada de lo que le rodeaba le tomaba sentido, vivía solo por el bienestar de su pueblo y la esperanza de volver a ver sus hermosos ojos bermellón, se daba cuenta que desde el día en que ella ya no estaba, la comida ya no sabía igual, el calor del sol no calentaba su piel y ninguna mujer le satisfacía… quizás y si se arrojaba por el balcón podría terminar con todas aquellas emociones que le carcomían desde hacía muchos años.
Se giró sobre sí mismo apoyándose en la piedra, cruzó los brazos sobre su amplio pecho que subía y bajaba con cada respiración helada, miró las resplandecientes estrellas plateadas que tintineaban frente a sus ojos pensando en cómo sería si simplemente terminaba con su vida, tal vez y en el abismo de la muerte se encontraría con ella después de tanto tiempo, se mordió la yema de su dedo gordo absorto en sus pensamientos que rememoraban tiempos pasados en los que vivía atrapado todos los días de su vida.
Además la sensación de culpa no lo dejaba dormir por las noches, se cansaba de que su vida dependiera al cien por ciento de ella, pero había cometido el peor de sus errores al alejarla de su vida cuando no quería hacerlo, en esos días había creído que si ella se desencantaba de él podría hacer sus días mucho más fáciles, apretó los dientes al recordar el día en que hirió sus sentimientos para sacarla de su vida, no porque no la amará, sino por el propio bien de su reino, ella interfería en sus planes para un futuro en el que una amante y mucho menos una esposa tenia cavidad, además había hecho una promesa a alguien a quien admiraba mucho, y ahora como consecuencia la había perdido, quien sabe, quizás hasta para siempre, pero es que jamás se le había pasado por la mente que ella literalmente desapareciera, se lamentaba, sin embargo era muy joven, apenas el antiguo rey (su padre) acababa de dar su último respiró de vida y ya tenía la corona puesta sobre la cabeza, fue allí cuando se recordó la promesa que le había hecho a su padre, reinaría solo, además no quería volver a repetir lo que su madre (una simple concubina) había vivido al sufrir por el yugo de su padre ante la presión de un hijo varón después de que la reina muriera después de intentos fallidos por lograr tener un hijo…
Ahora lo lamentaba bastante, no era que de pronto las ganas de engendrar o comprometerse aparecieran debido a la desaparición de Joanna si no que gracias a que ella se le haya ido de las manos tuvo una nueva perspectiva de sus decisiones, se dio cuenta que no podía vivir sin alguien, especialmente sin ella.
Se sacudió la cabeza apartándose los pensamientos que le torturaban, tenía suficiente, el cansancio le pesaba, lo que deseaba como nada en el mundo era poder dormir lo más que pudiera ya que sabía que en cuanto el sol saliera de nuevo las responsabilidades aparecerían como todos los días, soltando un profundo suspiró camino de regresó al interior de su habitación sacándose la camisa por los brazos, gimió con cansancio cuando se deslizó en su afelpada cama de sabanas de satín y pieles de oso, apoyo la cabeza en la almohada mirando aún por el balcón donde se colaba la brisa fría que mecía suavemente las finas cortinas mientras enterraba las manos en la almohada fría, imaginó que de pronto no era el rey del mundo, de pronto era un joven más sin responsabilidades de las que preocuparse, se imaginó que estaba en una de sus fantasías en las que ella aparecía, en donde se encontraban en un abrazó largo y si, en algunas veces acariciando sus labios con los de él en un lujurioso beso húmedo que le erizaba la piel, cerró los ojos apretando los puños sintiendo como el deseo se apoderaba de él, un deseo del que no podía tener control, especialmente si se trataba de las vividas fantasías que tenía con Joanna, la mujer que más había deseado en sus 25 años de vida, pero, un cosquilleo se apoderó de su nariz, la amenaza del llanto se apoderaba de él, sin embargo, no lloraba, no era algo de lo que cediera fácil, desde que era muy pequeño su padre le había enseñado que el llanto no era más que debilidad, de la que un futuro rey no podía permitirse, enterró el rostro en la suavidad de su almohada controlando su debilidad, debía concentrarse, apartó todas esas emociones casi tan fácil como respirar, dejó que el sueño le venciera, espero algunas horas para lograr tener sueño, y fue hasta que su cuerpo sucumbió del cansancio que el sueño se apoderó de él, se dejó llevar por la inconciencia y de un momento para otro quedó profundamente dormido.
Sin embargó, no pudo evitar que Joanna terminará apareciendo en sus sueños, tan hermosa y vivida como siempre.