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Un torbellino de Amor. Enamorando a mi jefa

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Suni Kan es una coreana que ganó un lugar muy importante en Canadá, como una de las más importantes empresarias de ese país, reconocida por ser una de las más crueles e inhumanas con sus empleados. Acostumbrada a hacer su voluntad y que nadie se interponga en sus decisiones.

Nunca ha tenido tiempo de tener amigos, mucho menos ha tenido tiempo para enamorarse, pues ella vive por y para su agencia de publicidad.

Jonathan Sanders entra a la vida de Suni Kan solo para ponerle todo de cabeza. Incontrolable, terco y a la vez con un carisma impresionante, son sus mejores características. Él llega a esa empresa con una única misión: lograr que Suni se desprenda de esa fría máscara y sea una mejor persona con los demás, sin siquiera imaginarse que se verá envuelto en deseo y pasión por ella.

¿Lograrán ambos mantener sus sentimientos a flote y no enamorarse el uno del otro?

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Un nuevo trabajo
Jonathan Sanders Mi cabeza iba a estallar en cualquier momento. Había sido un muy mal plan irme de fiesta un domingo por la noche, pues la cruda que siento en este momento era espantosa. Tallo mi rostro con ambas manos mientras me dejo caer en la silla giratoria frente a mi escritorio, mi cabeza palpita sin parar, mis sentidos se encuentran en cualquier sitio menos en este. “No volveré a tomar un domingo por la noche” —me hago nuevamente la falsa promesa que hacía cada lunes que llegaba al trabajo con resaca. En definitiva, soy una persona incorregible, jamás aprendo de las estupideces que cometo. Desearía ser más fuerte y rechazar una buena fiesta para así poder irme a dormir temprano, para amanecer con toda la actitud al siguiente día, pero, la tentación era mucha más fuerte que mi voluntad, solo bastaba con que uno de mis amigos me pasara la dirección de alguna fiesta, para luego aparecerme allá. Abro el cajón superior de mi escritorio y saco mis audífonos, tomo mi teléfono y busco en Youtube una suave música de los ochenta para que logre relajarme, suelto el nudo de mi corbata, me coloco los audífonos y termino por subir los pies al escritorio a la vez que apoyo la cabeza en el respaldo de la silla. Cierro los ojos y suspiro con suavidad, aquella música era lo que lograba hacer que mis sentidos volvieran a la normalidad. A lo lejos comienzo a escuchar la voz de Gabriela, mi hermosa jefa de ojos marrones, aquella mujer que se encargaba de mandarme hacer los trabajos más difíciles que esta compañía podía tener. —¡Jonathan, maldita sea! —exclama con molestia mientras hace arrancados los audífonos de mis oídos. Doy un salto en la silla para después apresurarme a bajar los pies del escritorio. Mi jefa se encuentra apoyando sus manos contra el borde del escritorio, dedicándose a mirarme con el ceño fruncido. Tras ella se encuentra un tipo bastante joven, de cabello n***o y lacio, ojos rasgados y pequeña sonrisa. Mantiene entre sus manos una carpeta, la cual sujeta casi con adoración. —¿Por qué el mal humor? —inquiero, dejando de ver al tipo chino para mirarla a ella. —Él es Jung Kan, nuestro nuevo cliente —farfulle, haciendo un gesto con su cabeza para presentarlo. Vuelvo a mirar al hombrecillo, quien no deja de sonreír, lo que me hace preguntarme si en realidad todos los chinos dan la sensación de ser simpáticos a primera vista para caer bien, o si en realidad esa es su personalidad. —Lo siento, no hablo chino —digo, mirando a mi jefa otra vez. —No soy chino idiota —habla el hombre en un perfecto inglés, lo que me hace comprobar que en realidad solo aparentan ser simpáticos—, y si lo fuese, el idioma se llama mandarín, no chino. —Que desagradable hombrecillo —alargo, a la vez que llevo las puntas de mis dedos a los costados de mi rostro para masajear mis sentidos. —Cállate y escucha, deja de actuar como Jonathan por un maldito segundo. —¿Qué pasa, Gaby? ¿Te levantaste con el pie derecho? La elegante mujer bufa, a la vez que se endereza. —Esa no es la expresión correcta —comenta el chino—, es levantarse con el pie izquierdo —dirige su mirada hacia mi jefa, quien se cruza de brazos y me lanza una mirada amenazante—, ¿En serio este es su mejor empleado? —interroga el hombrecillo, lo que me hace reír. Cada vez que recibía un nuevo cliente se repetía la misma historia, jugaba con su paciencia, me hacía el tonto y al final, terminaban por preguntar si en serio era el mejor. Y es que nuestra empresa ofrecía un servicio muy particular, del cual muy pocas personas sabían dado a nuestro grado de anonimato; se podía decir casi que éramos una empresa “ilegal”. Aparentábamos ser una compañía de bienes raíces, cuando en realidad, Gabriela prestaba el servicio de chicos listos como yo, para entrar a la vida de personas crueles, despiadadas, amargadas… para así, al final ayudarles a transformar aquellas malas características en unos rasgos dignos de nuestra sociedad. —Lo es, solo que la cara no le ayuda —murmura ella, a la vez que tuerce una sonrisa. —Oye, eres cruel, Gaby —me quejo, llevando una mano hasta mi pecho, viéndome ofendido—, pero al grano; ¿Cuál es el servicio que necesita nuestro amigo coreano? Tengo una terrible resaca, por lo que necesito terminar rápido para ir a sacármela. —Estás en horario laboral, si bien recuerdas. —Lo sé, pero dado a que soy tu favorito, me hace tener algunos privilegios —me pongo de pie y rodeo el escritorio para luego detenerme frente al coreano—. Perdón por molestarte, es mi carta de presentación. Soy Jonathan Sanders, ¿En qué puedo ayudarle? —extiendo mi mano en señal de saludo, el chico la acepta y sonríe a la vez que asiente con la cabeza con notoria aceptación. —Soy Jung, mucho gusto —responde al saludo, para después entregarme la carpeta que trae consigo—, un amigo cercano me ha hablado de ustedes, me ha dicho que hacen que las personas cambien. —Solo ayudamos a sacar lo mejor de sí mismos —responde mi jefa, mientras camina hasta sentarse en mi silla—, ellos cambian por sí solos. Abro la carpeta, encontrándome con la fotografía de una linda chica coreana, la cual, a simple vista se ve dulce y hasta simpática. —Ella es mi hermana mayor, su nombre es Suni Kan. Dirige una de las mejores agencias de publicidad de todo Canadá. —Es linda —menciono. —Lo es… por fuera —afirma el hombre, mientras se detiene a mi lado para mostrarme algunas anotaciones—, pero debo de aceptar que mi hermana es una persona muy cruel, no suele tratar bien a las personas, vive amargada y metida en el trabajo, por lo que, de verdad deseo ver una persona diferente en ella, quiero que se divierta, que vea las partes valiosas que tienen cada uno de sus empleados, además, necesito que piense más en ella y no en el trabajo. Asiento, escuchando con atención, a la vez que analizo en la forma en que tendría que colarme en su agencia; no tenía ni puta idea de lo que era trabajar en algo relacionado con publicidad, por lo que, temía cagarla. —Entonces quieres que la haga salir de su caparazón —comento, mientras continúo haciendo planes en mi mente. —Quiero que te la folles, si es necesario —levanto la cabeza de forma sobresaltada para mirarlo. Él me mira con seriedad, lo que me indica que no está bromeando—, mi hermana no ha salido en años, no tiene amigos, nunca le he conocido un novio, por lo que, siento que se ha perdido uno de los mejores placeres de la vida, como lo es el sexo. Rasco mi cabeza con incomodidad, para después dedicarme a mirar a mi jefa, quien se encuentra ocultando un ataque de risa al llevar su puño hasta sus labios. —Eres un buen hermano, Jung. Pero, me temo que aquí no hacemos eso; no seducimos a nuestros clientes, solo les ayudamos. El hombrecillo levanta sus hombros, restándole importancia. —Si puedes hacerlo, ahora tienes mi permiso. —Sí te das cuenta de que tu hermana no es un objeto, ¿Verdad? —Es casi un robot —ataca, a la vez que deja salir un lento suspiro—, casi no nos vemos, siempre está en su dichosa agencia, casi somos un par de desconocidos. Estiro mi mano y golpeo con suavidad su hombro, sonrío con los labios apretados y asiento en su dirección. —Trataré de ayudarla, pero no voy a tener sexo con ella. —Tú te lo pierdes —masculla, dedicándose a sonreír. —Bueno, con ella hablas sobre el pago; ahora yo me voy, tengo una resaca que me está matando, la cual necesito sacarme para poder funcionar —miro a mi jefa, ella mueve su mano en despedida. —Feliz mañana de tragos, John. Te quiero aquí a las once o te despido —advierte, a lo que simplemente respondo con un guiño para después terminar de salir de mi oficina. Mientras camino a través de la oficina, me dedico a saludar a todas mis compañeras con amabilidad, quienes me dedican pequeñas sonrisas cargadas de timidez a la vez que se acomodan el cabello y se enderezan para verse más voluptuosas, lo que me hace cuestionarme ¿Qué es aquello que poseo que hace que las chicas siempre traten de insinuárseme? Estoy lejos de considerarme un hombre súper atractivo. Carismático, divertido, amable, sí; sexy y seductor, no. Mi vida se basaba en tratar de sacar lo mejor de aquellas personas llenas de amargura, por eso me había convertido en el mejor, pues, a pesar de ser mi trabajo lo que se convertía en mi deber, lo hacía con el alma, no descansaba hasta mostrarles a aquellas personas que el mundo estaba lleno de diversos colores con los cuales podían pintar su vida. Al final, ver la forma en la que aquella oscuridad se desvanecía de sus vidas para darle paso a la luz, se convertía en mi mejor pago. Y ahora, estaba seguro de que este nuevo trabajo no sería la excepción.  

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