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Todo cuerpo permanece en reposo
o se mueve a velocidad constante
si no actúa ninguna fuerza sobre él.
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El silencio del aula parecía aumentar el volumen de su propia respiración. Sus ojos recorrían el lugar sin poder dejar de reparar en los dedos repiqueteando sobre los pupitres, las expresiones de fastidio y la indiferencia que transmite el ser humano al centrarse en la pantalla de su propio teléfono, la consumían.
Tenía que comenzar a hablar. Tenía que encontrar la forma de vencer sus propias defensas y comenzar a pronunciar un monosílabo al menos.
Victoria había anhelado llegar a dirigir esa cátedra desde que había ingresado a la universidad. Había trabajado largas horas para lograrlo y se había sorprendido al obtener el puesto a su corta edad. El problema era que ahora debía hacerse cargo de sus anhelos. Se encontraba de pie frente a un aula enorme de la facultad de ciencias exactas para comenzar a explicar la ecuación algebraica polinómica y ni siquiera la proyección en la pantalla lograba asistirla.
Desde pequeña había aprendido a no perderse en los detalles, a encontrar el fin y seguir los pasos para conseguirlo, a aceptar los materiales que le habían sido otorgados y construir con ellos. Justamente por eso, le molestaba tanto no poder sacar la mente de su pollera carente de diseño, su blusa color marrón soporífero y sus pesados anteojos de marco grueso.
¿Qué le pasaba? ¿Cómo no podía explicar una simple teoría de segundo año, cuando llevaba años utilizándola como quien calcula un vuelto en una compra? ¿Por qué no era capaz de captar la atención de aquellos alumnos, apenas más jóvenes que ella?
Haberse graduado con honores parecía no servirle en esta ocasión, la mirada tácita de su padre se imprimía en su retina como si pudiera verlo allí sentado. Su cuerpo delgado enfundado en aquellos pantalones claros, su camisa rayada de impecable porte y sus anteojos antiguos que, paradójicamente, a él si le sentaban bien. Todo su cuerpo siempre había logrado transmitir respeto, desde niña había aprendido que cuando él leía ella callaba, cuando él hablaba ella oía, como lo habían hecho tantos adultos en aquella sala amueblada como si se tratara del mismísimo Oxford. Recordaba algunos comentarios vagos acerca de su estadía allí, había visto alguna vieja fotografía, pero no necesitaba pruebas para creerlo, su padre había sido una eminencia, un doctor en física respetado y admirado y aunque llevaba algunos años retirado de la escena universitaria, su legado continuaba pesando lo suficiente como para que su apellido se hubiera convertido en una carga que ahora no podía sostener.
-Es una simple clase, por Dios. - pensó para darse valor y lentamente las palabras se dignaron a salir.
Una presentación escueta y el puntero en su dedo índice sumergiéndose en los números que tanta seguridad le daban. En la física las cosas eran lo que eran, A más B era C y punto. No necesitaba interpretaciones confusas ni dobles sentidos, no necesitaba complicaciones como la que había sufrido esa mañana al escoger su atuendo, uno, que, por cierto, no había logrado cumplir sus expectativas.
-Es solo ropa, querida. - le había dicho su padre al pasar, y claro, eso era fácil para alguien que tenía siete camisas y tres pantalones. Aunque ella no contara con un guardarropas de gran tamaño, las opciones siempre eran más intrincadas. La monocromía de su vestidor facilitaba la combinación, pero no así el resultado. Frente a ella las estudiantes cruzaban sus piernas desnudas bajo faldas cortas mientras sonreían, desabotonaban los primeros botones de sus camisas para respirar mejor y peinaban su cabello con intenciones de que no revelara el esmero puesto en hacerlo, con resultados asombrosos. No es que ella no quisiera hacerlo, es que simplemente, no podía. Había sido criada para no perder el tiempo en lo que no fuera importante y la mirada de reproche de su padre condicionaba cualquier intento de volverse un poquito frívola.
Si al menos le hubiera pedido ayuda a su amiga Johana, el resultado hubiera sido otro. Ella siempre sabía cómo mejorar un atuendo, solía tener detalles que realzaban su belleza y lo que era más importante, siempre, no importaba el contexto, sabía sonreír. Tan hermosa era Johana que con ese simple gesto obtenía lo que se proponía, como ahora, que estaba comenzando sus prácticas de abogacía en el buffet de su abuelo, en el que coincidentemente ya trabajaba su hermano, Felix.
Felix, un capítulo aparte en su sosegada vida. Felix era el único que la llevaba a sonreir. Recordarlo en sus tiempos libres siempre era placentero. Su mandíbula angulosa, sus brazos fuertes, su risa apagada. No había nada en él que no encontrara atractivo, llevaba demasiados años con la posibilidad de observarlo y no tenía dudas de aquella aseveración. Sus días en la casa de Johana siempre le habían regalado la oportunidad de pasar algún tiempo con él y aunque sabía que eso era todo lo que podría conseguir, lo valoraba. Era doctora en física, tenía demasiado claro que alguien como él, nunca se fijaría en alguien como ella. Lo aceptaba, como todo en su vida.
Agradecida de haber concluido con la explicación, giró para enfrentar a su audiencia. Había perdido a la mitad si era generosa, dos tercios de los restantes continuaban sumergidos en sus pantallas y algún tímido estudioso buscaba valor para hacerle una pregunta que prefirió no llegar a escuchar.
Se despidió con prisa cerrando sus apuntes y caminó sin pausa hasta el estacionamiento.
Había sido suficiente. No quería seguir luchando con la sensación de nervios que la había acompañado durante las largas horas. Ella era serena, no se dejaba llevar por problemas que no tenían solución, andaba por la vida sin altibajos, viviendo. Sin más ni menos.
Abrió la puerta de su Volkswagen Bug del 97 y dejó sus libros en el asiento trasero, que le tomara más de lo habitual encenderlo solo acrecentó su fastidio. Pero se recordó a sí misma que ella no era así. No se enojaba.
¿Por qué le costaba tanto adaptarse a la nueva rutina? Solo debía llegar al laboratorio para el que trabajaba y sumergirse en su ensayo. Si bien era tedioso, era seguro, pensó avanzando hacia la avenida principal para alejarse de la universidad hasta el próximo jueves.
La radio comenzó a reproducir un tema que no le gustaba. El sol se coló para aumentar la temperatura condensada en aquella lata que había quedado estacionada al sol demasiadas horas y el aire que se colaba por la ventana no era suficiente para quitarale la irritabilidad que parecía querer hacer erupción a través de su piel.
La luz verde del semáforo le habilitó el paso y cuando el fastidio no podía avanzar más en su escala, un golpe repentino la desplazó hasta el otro lado dejándola aturdida entre el humo y la desolación.