“A veces, la oscuridad revela más que la luz.”
✦ Narrado por Kael ✦
El amanecer llegó con una lentitud casi burlona, derramando una luz pálida que apenas alcanzaba a vencer las sombras que cubrían su habitación. Kael despertó antes del sol, como si la quietud misma le susurrara que aquel día no sería como los demás.
Sus ojos permanecieron cerrados por un largo momento, como si temiera abrirlos y enfrentar la realidad. Pero el peso sobre su pecho le recordó que no podía seguir evitando las preguntas que se agolpaban en su mente.
Se sentó al borde de la cama, dejando que sus pies descalzos tocaran el frío mármol, y aspiró hondo el aire cargado de un aroma tenue a incienso y piedra antigua.
Los recuerdos llegaron sin avisar, como olas que rompen sin pedir permiso. La voz severa de su padre, las órdenes rígidas, las promesas hechas en la sombra, los rostros de quienes había perdido por ser quien era.
Pero, sobre todos esos ecos, se imponía la imagen de Aria.
No la princesa de luz que siempre había despreciado, sino la persona que había empezado a desarmar sus certezas sin decir una palabra. La que había roto sus esquemas, sin buscarlo.
Kael bajó la mirada hacia sus manos, marcadas por años de entrenamiento y decisiones que habían moldeado su destino. ¿Cuánto quedaba de él debajo de aquella armadura de orgullo y deber?
Con un suspiro, se levantó y caminó hacia la ventana que daba al Bosque Seco. La mañana fresca acarició su rostro, despejando, aunque solo un poco, la tormenta interna.
Las Fheras, esas criaturas traslúcidas que solo aparecían ante la honestidad, danzaban entre los árboles, y él sabía que para verlas debía ser sincero consigo mismo.
Pero la sinceridad era un lujo peligroso.
Se preguntó qué parte de sí mismo estaba dispuesto a mostrar y cuál preferiría mantener oculta para siempre.
Mientras observaba el bosque, su mente se sumergió en el pasado.
Recordó a su madre, cálida y cariñosa, antes de la tragedia que la había arrebatado. Recordó la mirada temerosa de su amigo caído, el peso de una corona que no había pedido.
La imagen de la niña de luz cruzó su pensamiento, y sintió una mezcla de ira y confusión. ¿Por qué ella? ¿Por qué Aria había sido la única capaz de hacer tambalear sus certezas?
Durante años, había vivido en la sombra del linaje oscuro, sin permitir que nadie viera la grieta que lo consumía desde dentro. Pero ahora, esa grieta se ensanchaba, amenazando con hacerlo caer.
Kael se volvió hacia la biblioteca de su habitación, un refugio lleno de antiguos tomos y pergaminos. Allí buscaba respuestas, aunque sabía que no todas estaban en las páginas.
Mientras hojeaba un manuscrito polvoriento sobre rituales de unión entre la luz y la sombra, un escalofrío recorrió su espalda.
El texto hablaba de un poder ancestral capaz de equilibrar fuerzas opuestas sin destruirlas, una posibilidad que parecía casi imposible en su mundo dividido.
¿Podría ese ritual ser la clave para su destino? ¿Para la relación imposible entre él y Aria?
Pero la idea misma de buscar esa unión era un acto de traición a todo lo que había aprendido. Rebeldía pura contra siglos de enemistad.
La noche cayó lentamente, y Kael, desde su ventana, contempló las estrellas que comenzaban a brillar con intensidad.
Sabía que el mayor combate no sería contra enemigos externos, sino contra las sombras que habitaban en su interior.
Y esta vez, decidió que no lucharía solo.