Desperté aturdida. En mi cabeza escuchaba un zumbido que no paraba y me dolía. Sentía una fuerte opresión en el pecho y las costillas y me costaba respirar. Demonios. No era una buena señal. Traté de incorporarme lentamente y terminé por quitar las almohadas a mi alrededor y rodar un poco, para poder salir de la cama. Algo iba mal, pero no quería hacer un escándalo y arruinar el trabajo. Eran la seis de la mañana, tomé el teléfono y llamé al médico que me había atendido en el hospital. Afortunadamente estaba de turno, pero no muy ocupado así que me escuchó, le conté mis síntomas, lo del golpe de anoche y lo que había tomado. —Tranquila, señorita Betancourt, por lo que me dice, el efecto de ambos medicamentos se ha cruzado en su organismo. Pudo ser una dosis demasiado fuerte, por eso rec

