Elegí una mesa en un rincón apartado, parecía escondido adrede y lo encontré por casualidad. Me gustaba porque, aunque yo podía ver todo, la gente no reparaba en mí. Así me evitaba las miradas sorprendidas de las personas al ver mis golpes. Incluso Joel no me vio al bajar y me divertí un poco a su costa, mandándole mensajes de frío o caliente. Pasamos ahí cerca de dos horas completamente sumergidos en el trabajo. De vez en cuando algún mesero nos llevaba bebidas o alguna botana, pero apenas éramos conscientes de las demás personas. El clima empezó a refrescar y Joel se ofreció a traerme un suéter, estaba a punto de decirle que fuéramos a la habitación cuando lo escuché. Soltaba una sonora carcajada, despreocupado, se veía realmente divertido. Su acompañante era una mujer a la que obvia

