Ambos jadeábamos aún, despeinados, con la ropa toda revuelta, nos vimos a los ojos e hicimos lo único que no habíamos hecho.
Nos besamos.
No fue un beso tierno, tampoco muy apasionado. Fue tan solo una forma de agradecernos el placer que nos habíamos dado.
No quería dejarlo ir de entre mis piernas, pero era claro que el momento había terminado, así que lentamente me moví por sobre él y regresé a mi asiento.
Me quedé recostada ahí sin tapar mis senos o acomodar mi ropa, él tampoco guardó su m*****o ni subió sus pantalones. Simplemente nos quedamos ahí uno junto al otro, recobrando energía.
La luz de algún auto grande pasó junto a nosotros y nos devolvió a la realidad. Me cubrí el pecho antes de levantarme y él se subió los pantalones. Levantamos los respaldos y acomodamos los asientos. Terminé de acomodar mi ropa interior que estaba completamente mojada.
Alcancé mi bolsa del asiento de atrás, saqué mi cepillo, mi agua pulverizada, mi maquillaje. Comencé a acicalarme mientras él me observaba.
—Te ves mejor despeinada y esos labios se ven mejor alrededor de esto —me dijo mientras ponía una mano sobre su pantalón.
Increíblemente mi v****a se estremeció con sus palabras y él lo sabía. Me sonrió con malicia y encendió el auto.
En el camino yo solo pensaba en el placer que había sentido, en la locura de lo que había hecho con un completo extraño, pero sin culpa. Me sentía como una cualquiera y, honestamente, estaba encantada con la idea.
—¿Lo disfrutaste? —Me dijo sacándome de mis pensamientos.
—¿Ahora es cuando pides que te digan lo bueno que eres y esas cosas que alimentan tu ego? —Le pregunté sarcástica. Aunque lo cierto es que él había sido increíble, pero no sé lo diría, por lo menos no tan fácil.
Soltó una carcajada.
—Eso no hace falta que me lo digas con palabras, ya me lo ha dicho tu cuerpo, pero no me refiero a eso. Me pregunto si disfrutaste portarte como una cualquiera. Porque, a menos que me equivoque, fue tu primera vez.
Me quedé sin palabras, parecía que leía mi mente tal como leyó mi cuerpo mientras lo jodió como él quiso. Y es que tal vez yo lo había iniciado, pero lo cierto es que fue él quien me hizo como quiso.
—Sí —le dije honestamente —lo disfruté mucho y sí, fue la primera vez.
—Quizá no sea la última. A veces, ya que te entregas así y sales de ese closet, no quieres entrar jamás.
Quería sentirme ofendida por sus palabras, pero escucharlo hablarme de ese modo tenía un efecto directo en mi entrepierna.
De cualquier forma quise respingar al respecto, pero justo al empezar mi diatriba me interrumpió.
—Si no dejas de decir cosas sin sentido, tendré que castigarte.
Sentí cómo fluía mi excitación, estaba mojada de nuevo.
—¿Castigarme? ¿Cómo? —Pronuncié con la poca voz que encontré en mi interior.
—Quizá un par de nalgadas, para empezar.
Él seguía conduciendo sin parecer afectado por la conversación. Yo no sabía qué hacer, estaba completamente fuera de mi elemento, pero sabía que quería sentir sus manos en mi trasero, castigándolo.
Tenía una noción de lo que hablaba, siempre había querido probarlo, pero mis parejas solían ser muy aburridas en la cama. Incluso la forma en que se había cogido mi boca, con fuerza y haciéndome sentir dolor, era algo que siempre había querido que me hicieran. Aunque nunca imaginé que lo haría y menos en un arrebato de locura.
Pero ahí estaba este hombre que se había cruzado en mi camino por casualidad, del que pensé que me aprovecharía para apagar mi calentura y luego lo desecharía. Me había llevado al punto exacto en el que quería estar.
—Pues castígame —Aventuré.
Soltó otra carcajada.
—Sí que eres una zorrita caliente. Sería un placer educarte para que aprendas quien manda. ¿Ya estás caliente de nuevo? —Preguntó mientras metía su mano entre mis piernas para sentir lo mojada que ya estaba. —Lo sabía.
Yo gemí.
—Silencio.
Me mordí el labio para evitar hacer más ruidos. Y abrí más mis piernas con la esperanza de sentirlo hasta adentro.
—No tan rápido, guapa, ya tuviste mucho placer por esta noche, así que ya no vas a correrte.
¿Qué? Pensé, ¡¿cómo puedo evitarlo si estoy a punto?!
Pero entonces se detuvo.
Casi le reclamé, pero cuando me giré para verlo sus ojos estaban clavados en mí, me sentí tan cohibida que bajé la mirada.
—Así me gusta —Me dijo y empezó a mover sus dedos en mi interior nuevamente tan solo para detenerse cuando me sentía cerca de llegar al orgasmo.
—¡Oh, vamos! —Dije con frustración.
—Quizá si me lo pides de buen modo, deje que te corras.
¿Y eso qué significa? Me preguntaba mientras él empezaba de nuevo.
—¡Por favor! —Le dije suplicante cuando volvió a detenerse.
Volvió a poner sus dedos a trabajar y ahora con más fuerza.
—¿Por favor qué? —Preguntó en tono enérgico.
—¡Por favor! Deja que me corra —La desesperación en mi voz era palpable.
—Solo te correrás si yo quiero —me dijo.
—¡Por favor!
—Por favor, señor. Tienes que hablarme con respeto.
Dijo esa última frase con parsimonia, como intentando hacer que entrara letra por letra en mi cerebro para que entendiera bien lo que estaba pasando.
Y lo entendía. Durante un tiempo fue una inquietud personal saber sobre esas relaciones basadas en el poder, pero simplemente había leído o visto algunas cosas en internet.
Mil cosas pasaron por mi mente, la mayoría sin sentido no tenía mucha idea de lo que significaba, aunque lo imaginaba. Estaba tan excitada, pero él paraba en el momento justo para evitar que me corriera. Giré mi rostro para verlo y esa mirada penetrante seguía sobre mí, aunque ahora veía un poco más en ella, veía complicidad, así que lo dije.
—Por favor, señor, deja que me corra.
Sonrió y se movió con más intensidad dentro de mí hasta que por fin me dejó llegar al orgasmo. Me temblaron las piernas, me estremecí completa, gemí de auténtico placer.
Sacó su mano de mí, la acercó a mi boca y metió uno de sus dedos para que probara el sabor de mi excitación. Después llevó esa mano a su boca y chupó uno a uno los dedos que habían estado dentro de mí.
—Me gusta cómo sabes. Me encantará hacerte correr sobre mi cara.
—Oh, eso me encantaría —dije pensando en voz alta y luego me mordí la lengua por haberlo dicho.
Él rio nuevamente.
Apenas fui consciente de que nos habíamos quedado detenidos otra vez, cuando empezamos a andar de nuevo.
—¿En dónde vives? —Me preguntó y sin ser del todo consciente le respondí, estábamos realmente cerca y yo no sabía qué es lo que iba a pasar, cómo iba a terminar esta locura que estaba viviendo.
Hicimos el último trayecto en silencio.
Llegamos a mi calle y le indiqué en dónde detenerse. Él se estacionó justo afuera y apagó el coche.
Permanecimos en silencio algunos minutos, yo no sabía si salir corriendo o volverme a echar entre sus brazos.
—Tienes potencial —me dijo mientras yo veía firmemente hacia mis manos. —Si quisieras, podría ayudarte a explorar tus límites. No imaginas el placer que puedes llegar a sentir de la mano de alguien que te trate duro, tal y como te mereces. Pero ten cuidado —dijo mientras con su mano levantaba mi rostro hacia él —no todos los extraños te tratarán tan bien como yo, no tomes riesgos innecesarios.
Me sonrió casi con ternura.
—Y admito que me sorprendiste, eso no me sucede a menudo. Has sido un verdadero placer.
Me besó rápidamente en los labios. Se volteó, abrió la puerta del coche y salió.
Yo no terminaba de regresar en mí cuando él terminó de rodear el auto y abrió mi puerta. Sobresaltada empecé a aventar todo apresuradamente dentro de mi bolso, me giré y tomé la mano que me extendía para salir del auto. Me puse de pie con dificultad mientras él sonreía divertido. Caminamos hasta la puerta de mi casa y yo seguía sin saber qué decir. Rebusqué mis llaves sin éxito, de tan nerviosa que estaba. Me quitó el bolso y lo sostuvo frente a mí para que pudiera buscar con calma.
¡Basta! Me dije a mi misma. ¿Quieres calmarte? ¡Estás haciendo el ridículo!
Respire profundamente con los ojos cerrados para tranquilizarme. Cuando los abrí él me observaba aún divertido. Le sonreí. Saqué las llaves por fin, abrí mi puerta y me giré hacia él.
—Gracias por… todo —dije sinceramente.
—Gracias a ti, fue una noche singular.
Se acercó de nuevo a mí para otro beso rápido, pero lo detuve y lo hice más largo, más intenso, apretándome contra él y sintiendo su nueva erección contra mí.
—¿Quieres pasar? —le dije sin pensarlo realmente.
—Quizá después —dijo y me invadió una profunda decepción. Pero él volvió a besarme y me perdí en su boca. Lo rodeé por el cuello con mis brazos y él me recargó en la pared, levantando una de mis piernas para frotar su erección contra mi v****a. Sentí una urgente necesidad de volver a tenerlo dentro de mí, pero después de un tiempo dejó mi pierna bajar.
Nos separamos y me quedé medio frustrada, pero volvió a besarme con una especie de ternura que me hizo calmarme. Después los dos nos sonreímos, finalmente había sido un gran encuentro, aunque yo no quería que terminara.
—Cuídate —Me dijo simplemente, dio la vuelta y caminó hacia su auto. Al abrir su puerta levantó su mirada hacia mí por última vez y me sonrió. Después subió a su auto, lo encendió y sin más, se fue.
Lo vi dar la vuelta antes de entrar y cerrar.
Fui dejando mis cosas en el camino y mi ropa por el piso. Me fui directo hasta el baño y puse a llenar la tina. Vacíe sales en el agua y mientras se terminaba de llenar, regresé desnuda por mi bolso, pasé a la cocina por una botella de vino, una copa y un cenicero. Busqué en mi bolso mi cajetilla de cigarros y puse algo de música antes de ir de regreso al baño y acomodar todo en la mesita junto a la tina. Ahí serví el vino y me bebí una copa de un trago, estaba sedienta. Me serví de nuevo. El agua llegó al punto que quería así que cerré la llave, me metí y dejé que me cubriera por completo, solo dejando mi cabeza fuera. Estiré mi mano en busca de un cigarrillo y lo encendí. Di una larga bocanada para llenar mis pulmones y exhalé lentamente.
Las escenas que acababa de vivir se recreaban nítidamente en mi mente.
¿En qué demonios estaba pensando?
“No todos los extraños te tratarán como yo”, me había dicho.
Y era cierto, me pudo tocar algún loco y las cosas no hubieran terminado tan bien. Pero no quería pensar en lo que hubiera sido, prefería quedarme con lo que fue. Y fue maravilloso.
Bebí más vino y seguí fumando mientras recreaba todo en mi memoria. Parecía tener miedo de olvidarlo. Mientras lo hacía me tocaba como si él lo hiciera. Me sentía excitada, pero no llegaba a nada, “solo te correrás si yo quiero” sus palabras daban vueltas en mi mente.
Sí, señor, dije en voz alta. Dejé de tocarme. Y sentí mucho placer al dejar de hacerlo.
¡Todo era tan confuso!
Estuve en la tina hasta que me acabé el vino.
Me envolví en una toalla y luego alcancé otra para mi cabello y caminé a mi habitación. Fui al tocador para secarme el cabello y cuando me senté frente al espejo me quedé viendo mi reflejo. Mi pecho estaba rojo por el agua, pero al mismo tiempo distinguía algunas marcas, recordé sus mordiscos, sus labios chupándolos con fuerza. Recorrí las marcas con mis dedos y sonreí.
Después de secar y cepillar mi cabello, lo amarré en una cola y me fui a la cama. El frío de las sábanas sobre mi cuerpo desnudo me hacía estremecer, pero me encantaba la sensación. Bajé el volumen de la música sin apagarla y me acomodé entre las almohadas.
—Enrique —dije en voz alta.
De la nada vino a mi mente su nombre, pensé que lo había olvidado pues no le puse mucha atención cuando me lo dijo al devolverme mis cosas, pero ahí estaba, había llegado a mi mente.
—Quizá después —repetí su última frase convirtiéndola en una promesa para el futuro. Y fue lo último que pensé antes de caer en un profundo y placentero sueño.