Las casualidades no existen

1887 Words
Habían pasado tres semanas desde mi cita con Daniel. Al siguiente día me despertó un mensaje suyo diciendo que lo disculpara si había hecho algo que me molestara y que esperaba volver a verme pronto. Solo le respondí que no se me preocupara, que me disculpara si había sido grosera, pero que realmente me había sentido mal y quise volver a casa. Tal vez debí decirle lo mucho que me aburría y que prefería que no saliéramos más. Pero la verdad es que había días en que necesitaba su atención desesperada. Ya sé. Soy una mala persona. Un par de días después de la cita fallida estalló una crisis en el trabajo que me mantuvo ocupada día y noche desde entonces. La empresa estuvo a punto del colapso debido a un intento de robar nuestro sistema y bueno, sacar todo a flote nos costó tiempo, dinero, personal y mucho esfuerzo. Ahora debía viajar al otro lado del mundo para dar la seguridad a nuestros clientes de que todo se había arreglado y convencerlos de que no retiraran sus inversiones con nosotros y renovaran sus contratos. Así que estaría unas semanas fuera, quizá un mes, lo que en sí mismo me emocionaba. Tendría algunos espacios en la agenda para poder salir y divertirme. Estaba tratando de preparar mi equipaje, pero esa era una de las cosas que más odiaba hacer en la vida. Saqué mi maleta y aventé un montón de ropa a mi cama sin poder decidir qué llevar. Ya había preparado mi pasaporte y mis boletos de avión, todo el papeleo que necesitaría para las diferentes reuniones, la computadora, los cables, mi iPod, mi k****e. Mi celular estaría guardado si no tuviera música corriendo. Todo eso era fácil. También fue fácil acomodar los trajes que usaría en mis reuniones. Era mi estilo ejecutivo así que no tenía problema con eso. Tuve que guardar ropa de dormir porque, aunque acostumbraba dormir desnuda, podría ser necesaria en el hotel. Mi problema era encontrar atuendos para los ratos libres iba a ciudades muy distintas, con ambientes diferentes, eso me daba problema. Al final, me decidí por lo simple. Jeans, playeras, mis tenis más cómodos y mucha ropa interior. Algunos vestidos y zapatillas a juego a veces surgían eventos formales y no siempre podría salir a comprar algo apresurado. Entre toda la ropa que había aventado a la cama desde el closet, encontré una bolsa, al abrirla vi que era la ropa que había comprado el día que vi a Daniel, el día que volví a ver a Enrique. No había tenido tiempo de pensar en él ni en toda esa aventura y de inicio, lo había agradecido. Ya en perspectiva todo era una real locura. Saqué las prendas y me reí, ¿en qué momento imaginé que me pondría algo así? Pero la curiosidad me asaltó. Me despojé de mi ropa y me probé uno de los pantalones, era muy ajustado y me pareció que resaltaba mi trasero. Me puse una de las blusas abiertas de la espalda y me gustó. Debía quitarme el brasier si planeaba usarla para salir, así que lo hice. Me sentí como de diez años menos. No es que yo fuera una anciana, pero mi estilo actual era más sobrio, más elegante. Así que este contraste me resultaba agradable. Me quité la blusa y me enfundé uno de los corsés. No hace falta decir el trabajo que me dio acomodarlo. Primero lo metí de cabeza, luego volteado, en fin. La figura que me daba era envidiable. O así me sentí. Me solté el cabello para apreciar el efecto y estaba realmente encantada. Sin duda saldría así alguna vez, a un antro o algo parecido, siempre había alguna amiga que me quería llevar de copas y yo solo daba excusas del trabajo. Pero me gustaba como me hacía sentir esta ropa. Más segura de mí misma, más sensual. Me probé el resto de la ropa y decidí que me la llevaría al viaje. ¿Qué mejor pretexto para usarla que estar a kilómetros y kilómetros de casa? También encontré la bolsa de libros que había comprado ese día. Igual que la ropa, habían quedado en el olvido y ni siquiera los había ojeado, pensé que podría hacerlo en el viaje, así que los guardé en mi maletín de mano. Un par de cosas más, como cremas, maquillaje y accesorios y di por terminada la misión de empacar. Cerré la maleta como pude, devolví la ropa al closet y me fui a la tina. Me perdí en el agua caliente llena de burbujas, era justo lo que necesitaba para relajarme después de esas horribles tres semanas de trabajo y antes de pasar doce horas metida en un avión. La música que escuchaba en mi teléfono se interrumpió por la entrada de una llamada. ¿Ahora qué? Pensé suponiendo que era de la oficina y contesté sin mirar el número. —¿Sí? —contesté cansada. —Vaya, ¿mal momento, linda, o solo no tienes ganas de hablar conmigo? Sonreí. —Siempre tengo ganas de hablar contigo, John, solo que no vi que eras tú, ¿me perdonas? Mi tono coqueto y descarado siempre daba en el punto con John. Él era CEO de una de las empresas que vería en Londres y llevábamos desde siempre coqueteando uno con el otro, aunque nunca había pasado nada más. El último año habíamos pasado un poco de eso, él siempre me mandaba flores o detalles a mi oficina y luego pasábamos horas al teléfono. Me gustaba demasiado, aunque nunca había querido convertirme en una de sus tantas conquistas. —Solo te perdono porque pronto te tendré por aquí, linda, ¿cómo estás? —Justamente preparando todo para viajar, John, aunque tengo una parada antes de Londres. —Después de esperarte por meses, unos días más son soportables. —Ja, ja, ja. Gracias por las flores, John, cada vez te superas. —Te mereces eso y más, Ariana, pero nunca me dejas dártelo. Su tono en doble sentido provocó un cosquilleo en cierta parte de mi cuerpo. En verdad me gustaba ese hombre. —Ya sabes cómo es, John, no me gusta recibir lo mismo que tantas otras. —Ja, ja, ja. Linda, nadie ha recibido todo lo que quiero darte, te lo aseguro. Pero espero que no hayas tenido problemas está vez. —También ya sabes cómo es eso, John, es un drama cada vez, pero la verdad no me importa, en verdad me gusta recibir tus flores y tus llamadas. —Me alegra, linda, mis días son mejores cuando al menos puedo escuchar tu voz. —Pronto la escucharás en persona. —Aún mejor linda. Aún mejor. Bueno, solo quería desearte un buen viaje, nos vemos pronto. —Gracias, John, y sí, más pronto de lo que crees estaré contigo. —Lo espero ansioso, Ariana, cuídate. —Tú también, John, besos. Los escuché reír y colgué también sonriendo. Quizá esta vez podría funcionar. El hombre era increíblemente guapo, pero además era inteligente, interesante, con una gran personalidad, así como atento, detallista. El paquete completo. Entonces, en verdad esta vez podría ser diferente, después de todo estaría solo unos días en Londres y después no volvería en meses. Si se ponía incómodo, tendríamos un océano de distancia. Me quedé en el agua por más tiempo pensando en ello y aproveché para subir a mi cuenta de i********: la foto que había tomado del arreglo de flores que me envió. “Detalles que me hacen sonreír” fue el texto que puse a la imagen. Para mi sorpresa, John escribió un comentario de inmediato. “Hermosas, pero no son nada comparadas con tu sonrisa”. Me sonrojé sin poder evitarlo y solo di me gusta a su comentario, no sabía qué responder, pero así era John, o por lo menos, el nuevo John. Finalmente me concentré de nuevo y empecé a repasar el itinerario para los próximos días en mi cabeza. Una hora después, salí de la tina con la piel arrugada y con tanto sueño que me dejé caer en la cama sin siquiera secarme el cabello, pero qué más daba. Tenía tiempo hasta la hora de salir al aeropuerto, así que me recosté y me dormí. Las casualidades no existen, es el mantra de uno de los socios en el trabajo. La verdad es que yo pensaba que sí y siempre era yo misma el mejor ejemplo para probarlo. Desperté tardísimo. Debía estar en el aeropuerto a las seis para documentar mi equipaje y eran las cinco. Me di un regaderazo rápido para despertar, me vestí con lo que había elegido la noche anterior y salí corriendo a tomar el auto que ya me esperaba. Le pedí que fuera lo más rápido posible y me miró acusadoramente. ¡Sí, ya sé que debí salir con tiempo!, no hace falta que me mires de ese modo, ¡idiota! Llegamos al aeropuerto y ni siquiera se molestó en ayudarme a bajar mi equipaje. Solo abrió la cajuela, saqué mi maleta y cerré con un azotón. ¡Que te den! Idiota tres veces. Corrí buscando dónde documentar y cuando por fin llegué eran las 6:15. No estuvo tan mal. Cuando pensé que todo mejoraría el encargado me dijo que iba en económica, no en ejecutiva. La estúpida secretaria de mi jefe hizo mal mi reservación, ¿qué nadie podía hacer bien su trabajo? Si se lo hubiera encargado a mi asistente, eso no habría pasado, pero lo tenía de lleno trabajando en cosas más importantes. Me dijo que el vuelo estaba lleno, pero que si alguien no llegaba podría tener un ascenso. Claro, porque es común pagar boletos carísimos y no tomarlos. En fin, por lo menos podía esperar en la sala ejecutiva mientras el vuelo salía. Llegué y me registré, me ofrecieron un masaje o comida, decidí que, si iba a viajar en económica, quería comida primero y masaje después. Aún faltaba poco más de una hora cuando salí del masaje, me acomodé en una de las salitas ejecutivas y me puse uno de mis audífonos. Recordé que traía los libros en mi maletín así que saqué la bolsa y los revisé uno a uno tratando de decidirme por cuál empezar. Cuando tomé el segundo y lo hojeé un poco, una tarjeta cayó en mis piernas, un separador o el ticket, pensé. Iba a desecharlo, pero una imagen llamó mi atención. Era una tarjeta de presentación. La imagen que me atrajo era el logotipo de una importante empresa de consultoría con la que algunos clientes trabajaban, aunque nosotros no directamente. ¿Por qué estaría en este libro? Luego leí el nombre. Dr. Enrique Fuentes Business Manager   La verdad es que tardé unos minutos en sacar conjeturas. Seguía preguntándome qué hacía en ese libro. La bolsa había estado guardada y cerrada por semanas en el closet, ahí nunca tenía cosas del trabajo. Además, no había tenido contacto con nadie de esa empresa en ese tiempo, por lo que tampoco con sus tarjetas de presentación. La única persona que había visto esos libros era Daniel y ese no era el que había sacado. Además, que yo supiera, tampoco tenía que ver con esa empresa. Así que nadie más había tenido contacto con esa bolsa, excepto... Sí, ahí lo capté.
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