Un placer inesperado

1880 Words
Me detuve tan de pronto que se me cayó la bolsa de libros y el ruido lo hizo girar hacia mí. Era él. Su cara de sorpresa duró apenas un instante, se sobrepuso de inmediato, pero la vi. Me quedé como idiota parada frente a él y obviamente no pude decir nada. En lugar de subir al auto caminó hacia mí con seguridad mientras se acomodaba su chaqueta deportiva, llegó hasta mí y recogió la bolsa que había tirado y que no me había molestado en levantar. —Permítame ayudarla. Sus palabras viajaron por todo mi cuerpo inundándome de un extraño placer. Pero no podía reaccionar. Tomó mi mano vacía con una mano y con la otra colocó entre mis dedos la bolsa de libros. Su contacto desplegó en mí una corriente eléctrica que me devolvió un poco la cordura. —Gracias —dije por fin —no debía molestarse. —Hay cosas que bien merecen la molestia, señorita… —Ariana, me llamo Ariana. —Bueno, Ariana, espero que tus libros no tengan más accidentes. Sobre todo si no estoy cerca para ayudarte —Me dijo con una sonrisa coqueta en sus labios. —Gracias... —dije sin poder decir su nombre. —Señor está bien —sentenció —Aunque claro, ya sabes que ese el modo adecuado de llamarme. De nuevo me quedé sin palabras. Aún tenía mi mano entre las suyas con los libros, la levantó acercándola a sus labios y depositó un suave beso en ella. —De nuevo, es usted un placer inesperado. Comenzó a soltar mi mano y sin quererlo, conscientemente por lo menos, apreté un poco la suya para que no me soltara. Él me sonrió. —¿Quizá más tarde? —Me dijo sin realmente esperar una respuesta. Me soltó, se dio la vuelta y caminó con seguridad hacia el auto que lo esperaba, subió y justo antes de cerrar la puerta volvió su mirada hacia mí, divertido y me dedicó un guiño. La puerta se cerró y el auto avanzó de inmediato y yo, bueno, yo quedé parada ahí como estúpida sin poder moverme por varios minutos. Tardé demasiado en reaccionar y de pronto recordé que ya iba tarde, así que di media vuelta para volver a entrar a la plaza y correr hasta el lugar de mi cita. En el camino me preguntaba por qué tenía ese efecto en mí. Ok, cogía endiabladamente bien, pero no creía que fuera eso. Había algo en su voz, en el modo que se movía, en su sola presencia que me desarmaba. Además, era muy atractivo, ya me lo había parecido anoche, pero verlo ahora, a la luz del día y con ese look tan casual, bueno, sí que me ponía. La parte racional de mi mente me decía que era demasiado raro encontrarlo un día después de la noche en su auto y tan cerca de mi casa. Sí, parecía un poco sospechoso, pero su sorpresa al verme fue genuina, lo que realmente me dijo que no estaba ahí por mí. Además, iba acompañado. ¿Quién sería ella? No pude verla bien, aunque parecía una chica sencilla, delgada, su vestido era muy convencional, pero la hacía verse atractiva, por lo menos de lejos. Cuando llegué al café vi a Daniel de inmediato y él levantó un brazo para hacerme una señal. Se puso de pie cuando llegué a donde estaba y me saludó con un beso en la mejilla que en realidad tocó la comisura de mis labios. Me contuve de voltear los ojos y me retiré casi al instante con el pretexto de que las bolsas me cansaban. —Mañana ocupada, ¿eh? —Me dijo una vez que estuvimos sentados. —Un poco, llegué antes para que revisaran mi teléfono y después aproveché para hacer unas compras, perdona, se me ha pasado el tiempo volando. —No te preocupes, es cosa de mujeres y las compras. Se rio complacido de su terrible observación. Yo odiaba que se generalizara la actitud de las mujeres y aún más que me achacaran actitudes tan banales. Pero le seguí el juego y sonreí. Un mesero se acercó a tomar mi orden, solo quería un café y luego Daniel y yo nos enfrascamos en la misma charla vacía de siempre. Daniel era un excompañero de trabajo. Los dos éramos asociados en el despacho hasta que él decidió que quería tomarse un tiempo para viajar y conocer el mundo. Seguimos en contacto y siempre me enviaba regalos del lugar que visitaba y me insinuaba que debería estar con él. Frases como “este lugar te encantaría”, “te verías muy bien bajo esta luz”, “si supieras lo que te estás perdiendo” y otras, me llegaban casi todos los días por mail o por mensaje. Lo cierto es que sí sentía cierta envidia por los lugares que mostraba en sus mensajes, pero jamás habría pensado en visitarlos con él. Era atractivo, sí, pero en mi opinión le faltaba personalidad. Hablamos de su último viaje, de cómo iban las cosas en el despacho, de cómo estaba tal o cual persona. Pero yo no podía dejar de pensar en Enrique y en el tacto de sus manos sobre mi cuerpo. Dio la hora de entrar al cine así que pagó y caminamos hacia allá. Pasamos a la dulcería y me sonrió efusivamente al pedir el combo de “parejas”, de nuevo me esforcé por no voltear los ojos. Entramos al cine y agradecí que pasaríamos un par de horas en silencio. Acomodé mis bolsas en el asiento vacío junto a mí y me dispuse a disfrutar la película, sin éxito. Era una de esas comedias mexicanas que están de moda y que nunca me han gustado, cualquier persona que me conociera un poco, lo sabría y pensaría que alguien que quiere viajar por el mundo contigo, sabría esos detalles, pero no. Durante esas dos horas solo veía en mi mente el rostro de Enrique, sus ojos claros, su barba cerrada y bien recortada, su cabello n***o que parecía acomodarse sin esfuerzo, su sonrisa coqueta. También escuchaba su voz en mi cabeza “ya sabes que es el modo adecuado de llamarme”. Sí, señor, respondí en mi mente. “Un placer inesperado” había dicho sobre nuestro encuentro. Sentía una extraña felicidad al pensar que le provocó placer verme. Y pensaba en sus manos, grandes, de tacto firme, pero al mismo tiempo suaves y cuidadosas. Las mismas manos que había tenido dentro de mí una noche antes. Y su boca. Sus labios. Su lengua. Esa que había besado apasionadamente en la puerta de mi casa. Y en eso estaba cuando se encendieron las luces sobresaltándome. —Muy buena, ¿no crees? Seguramente le irá muy bien en taquilla. Tardé en entender lo que me decía Daniel y solo encogí mis hombros. —¿No te ha gustado? ¡Pero vamos! Es divertidísima, no podía parar de reír. —Sí, parece que a todos les gustó. —Le dije mientras tomaba mis bolsas para levantarme. —Te ves agitada —me dijo —incluso te ves ruborizada. ¿Te sientes bien? ¡Pero claro que estaba agitada! Mi mente estaba recreando escenas que serían buenas para una película soft porn. Aunque no podía decirle eso. —No, la verdad no me siento muy bien, quizá vaya a enfermarme. —Espero que no, déjame ayudarte con eso. —Me dijo mientras tomaba de mis manos mis compras. Fue muy clara la diferencia de su toque torpe y sin transmitirme nada. Caminamos hacia la salida en silencio y pasé al tocador. Cuando salí tenía uno de mis libros en sus manos y lo examinaba extrañado. —Interesante selección —me dijo cuando estuve frente a él. —¿Tienes por costumbre revisar las cosas de los demás? —Le dije con un tono más molesto de lo que había querido. —No, disculpa, se me ha resbalado la bolsa y el libro salió despedido. No quería inmiscuirme en tus cosas. Aunque claro, llamó mi atención. —Pues la mía también, por eso lo he comprado. ¿Nos vamos? Le arrebaté el libro de las manos e hice ademán de que me entregara la bolsa, lo hizo sin mediar otra palabra y así nos dirigimos a la salida. Una vez en la puerta me dijo que pediría un auto para llevarme a casa. —No te molestes, preferiría caminar. —Te acompaño... —No, gracias. Aún debo pasar por mi teléfono. Gracias por todo, la pasé genial. Nos vemos pronto. Sin darle tiempo de reaccionar por la sorpresa de mi desplante, me acerqué a él, lo besé en la mejilla y me di la vuelta rápidamente en dirección contraria. Sin voltear a verlo apresuré el paso y me metí a una tienda que tenía salida por otro lado. Me giré para ver si venía o seguía afuera, pero había tomado camino en la misma dirección que yo había tomado. Demonios. Sabía que iría tras de mí con algún pretexto, pero yo ya no quería pasar más tiempo con él. Me moví ligeramente a escondidas entre los pasillos hasta unas escaleras y subí por ellas hasta el piso del restaurante. Entré sin esperar al encargado de asignarme mesa y me fui hasta un lugar en el fondo desde donde podría ver a quién llegara, pero ellos no podrían verme. Después de unos minutos Daniel apareció y cruzó algunas palabras con el encargado, me alegré de no haber esperado a que me diera la mesa pues seguro habría preguntado si alguien como yo había entrado, así que después de un ademán negativo del chico, Daniel encogió los hombros y se dio media vuelta hacia la salida. Me relajé. Una mesera se me acercó y decidí que tomaría agua mineral con jugo de arándano y comería algún postre. Al terminar pagué y salí sin prisa. Recogí mi teléfono que funcionaba de nuevo y después me fui caminando hasta casa. Al llegar tuve de nuevo la sensación de un nudo en el estómago. Aunque ahora era más una esperanza. “Quizá más tarde”, había dicho, pero igual que antes, él no estaba ahí. Entré decepcionada y dejé las compras en la sala. El día se acababa, pero parecía que el tiempo corría muy despacio. Puse música, lavé los trastes, limpié el baño, mi cuarto, el estudio, limpié a conciencia toda la casa. En realidad no había desorden, casi nunca estaba en casa ni acostumbrada recibir visitas. Pero aun así me esmeré hasta que todo reluciera. Mi plan era mantenerme ocupada, disfrutar la música y no pensar en nada. Y funcionó. Cuando terminé era casi media noche, puse la llave en la puerta, llevé mis compras al cuarto y las dejé en el closet sin ponerles mucha atención. Hacía un poco de frío, pero igual me desnudé y me metí a la cama. Con la luz apagada y el silencio alrededor, las dudas e inquietudes me asaltaban de nuevo. No lo permitiría. Puse música relajante en el celular y me concentré solo en las notas. En los tonos que subían y bajaban, en la melodía, en los compases. Y así, poco a poco, me fui perdiendo en el sueño.
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