Narra Marina.
Aunque hubiese querido que la alarma no sonara, lo hizo de forma demasiada insistente.
Usualmente los martes me levanto más temprano para hacer ejercicios en la mañana antes de irme a trabajar, pero ahora mismo, mientras dejo que el agua caiga sobre mí para despertarme, sé que debería dejarlo para cuando llegue de la clínica.
Anoche me quedé dormida después de intentar pedirle disculpas a mi caliente cliente y me siento completamente patética. Estoy avergonzada de mi comportamiento, de la forma en la que me expuse y sobretodo el cómo le he dejado claro que desde hace tiempo me atrae sexualmente.
No creo que nadie pueda de verdad contenerse a sentir cosquillas calientes cuando él toca ciertas partes, e intento no echarme la culpa.
¡Pero es imposible! Sabía que iba a ocurrir una locura desde el primer instante en que entró por esa puerta y no me detuve siquiera cuando supe que lo que estaba pasando cambiaría de forma drástica, de la peor manera, la relación profesional.
Ay Dios, no sé si pueda verlo a la cara de nuevo.
He intentado no sentir que fue magistral mi explosión pero es también imposible.
Si así fue sin tener intenciones de hacerlo no quiero saber lo que sería teniendo el acceso a cada parte de mi cuerpo.
Jamás me había sentido tan avergonzada en mi vida.
Lo he echado todo a perder.
Llego a la clínica, saludo a mi jefa la cual me hace un gesto de "¿Qué pasa con tu cara?", y yo solo me alzo de hombros. No sentí ánimos de peinarme, maquillarme o hacer algo realmente más que poder llegar aquí con vida.
—Un café que te hace falta… —Hillary, quien es también mi compañera de trabajo, me entrega un café en vaso desechable, el cual tomo como si mi vida dependiera de ello.
No siento resaca de las comunes. Y no es necesario hundirme en nada para saber por qué.
Aun puedo sentir sus manos en mi cuerpo, y ello me genera dolor de cabeza porque hacía mucho que nadie me ponía las manos encima de esa forma, y también pienso en que gracias a eso quedé como una necesitada frente a sus ojos.
Sus ojos... sus ojos profundos fue lo último que vi, seguido de lo que no estoy segura fue una caricia en mi mejilla.
Una caricia caliente.
—¿Vas a decirme qué pasa?
La miro fijamente antes de que estemos cada una por entrar a las habitaciones que nos corresponden, para decirle lo que me quema la garganta.
—René recibió un masaje en mi casa, tomamos esa botella de vino que me llevaste, más yo, claro. Pero luego hablamos, me embriagué, creí que todo era normal, le pedí que me hiciera... bueno, me hizo un masaje, y fue tan caliente que terminé teniendo un gran orgasmix en el sofá de mi apartamento frente a él, fin.
Desde que hablé Hillary tiene la boca tapada con la mano, así que ahora me arrastra al pasillo; por lo que después de que algunos doctores pasan, ella me pellizca.
—¿En qué carrizo estabas pensando?
—¡Lo sé! ¡Dios! ¡pero fue natural, no pude contenerme! Fue... Dios… —Me llevo la mano a la frente y siento que voy a colapsar porque de verdad creo que he arruinado todo—. No lo hubiese hecho si... no, Hilla, no me mires así.
—¡El tipo pudo abusar de ti, Marina!, ¿acaso vas a dejarte hacer eso por cualquier salchicha caliente que camine por la calle? ¡Sin conocerlo realmente!
—Sabes que ya no soy así, Hillary.
—Sí pero tienes tanto tiempo sin querer ver más allá que cuando se te presenta la oportunidad pierdes el control… —Luce molesta, preocupada—. Marina, dime qué fue lo que te pasó la última vez que tuviste relaciones con alguien.
No quiero decirlo.
—No voy a decirlo.
—Dilo. —Me señala.
—Hizo cosas que no quería hacer...
Siento mis lágrimas querer salir pero las detengo.
—¿Y lo conocías? —me cuestiona, aunque sabe.
—¡Era mi novio!
—¡Entonces imagina lo que puede hacer un desconocido!
Me tapo la cara con ambas manos. No creo que René sea capaz de hacerle daño a alguien, y aunque me molesta que ella sea tan directa conmigo le agradezco que así lo sea porque tiene razón.
Nadie tiene idea de la cantidad de chicas que hemos tenido que atender aquí en la clínica. Miles de historias, proveniente de conocidos, desconocidos.
Así que le doy la razón cuando solo le pido un abrazo, pero también me siento mucho peor de lo que me sentía.
Me dejé llevar demasiado y fue una estupidez.
El transcurso en la clínica es lento, agotador porque por desgracia llegan heridos por un incendio en un restaurante cerca, así que salgo mucho más tarde de mi trabajo, sin compañía de Hillary ya que ella usualmente sale más temprano que yo.
—Qué día —le digo a la recepcionista de piso cuando voy a firmar la salida.
—Oh, Marina, no te lo había dicho porque… —Saca un ramo de flores de alguna parte—. Estabas muy ocupada, pero esto es para ti.
Con las manos temblando, las tomo. Trago hondo sin devolverle las sonrisas a las compañeras que se complacen de este detalle. Salgo del ascensor, me despido de los vigilantes y cuando finalmente me encuentro fuera respirando aire puro abro la tarjeta para leerla. No obstante, cuando estoy apunto de hacerlo una figura frente a mí me hace levantar la vista.
—Hola, preciosa.
—Hola, Roberto.
No tengo ánimos de sonreír, guardo la tarjeta en el bolsillo de mi uniforme y comienzo a caminar hacia la acera para tomar un taxi.
—¿No quieres que te lleve?
—No, gracias.
—Marina... —Se para a mi frente y me señala su auto—. Vamos.
—No vas a obligarme.
—No tengo por qué hacerlo. —Luce relajado—. No voy a hacerte nada, no entiendo por qué piensas ello desde que te conozco.
—No es eso.
—¿Entonces? —inquiere.
Saco la mano varias veces hacia la calles pero ningún taxi se detiene.
—Tienes prometida, Roberto —expreso—. Y no, no quiero que ella piense o sepa que desde que me viste tienes una pequeña esperanza ilusa conmigo, así que te agradecería que te apartaras de mi vista ahora mismo o si no voy a gritar que estás obsesionado conmigo.
Roberto hace un gesto verdaderamente decepcionado, y no quiero pararle a ello, pero cuando noto que es verdad su sentimiento me siento algo culpable.
—No voy a decirte mentiras; eres una encantadora mujer, y si crees que me gustas también es cierto, pero no soy un tarado, y no voy a estar acosándote. No, porque no soy así, y no porque sé que podrías matarme y quiero vivir muchos años, gracias.
Vuelvo a sacar el brazo pero otro taxi pasa, es como si él tuviese un cartel en el pecho que diga "no se detengan", así que no me queda más opción que intentar encontrar en sus ojos malas intenciones, pero no las hay. Él no tiene esa mirada terrorífica que incluso a veces tiene su hermano mayor.
—Bien.
Solo porque quiero llegar rápido a mi apartamento. Y también me interesa saber qué es lo quiere de mí.