Narra Marina.
Segundos después de haber entrado a su auto, así como de haberle dado mi dirección, no puedo dejar de mirar las flores rojas que tengo en mis manos. Son una especie extraña.
—Geranios… —Él dice, como si lee mi mente—. Puede decir muchas cosas, pero si es alguien con quien no tienes nada pues... vaya, se está luciendo.
—¿Pero qué puede significar?
—Para empezar, que disfruta pasar tiempo contigo.
Roberto tiene una sonrisa extendida y la mano me pica por tomar la tarjeta. Nadie jamás me regala flores así que, solo puedo pensar en René quien ha sido el último en regalármelas.
No sé si sentirme del todo bien ahora mismo porque no sé cómo interpretar el mensaje que quiere darme. Y es por eso que más que nunca necesito leer la tarjeta.
—¿Estás saliendo con alguien? —me pregunta.
—¿Cómo sabes sobre flores?
Lo hago reír un poco.
Roberto es casi igual de atractivo que su hermano; físicamente los diferencia el hecho de que este tiene los ojos cafés, con algunos reflejos rubios en la punta de su cabello castaño, su contextura es menos musculosa, tiene cara de fanfarrón y su voz es tan gruesa que a veces cuando "bromea", asusta.
—Vamos, en la casa hay un huerto. Y además, Roxana y Rafaela tienen su propia tienda en el barrio y en la ciudad.
Ahora entiendo cómo es que su hermano pudo conseguir las flores anteanoche a esa hora.
—Ustedes son... muy exóticos. Diferentes cada uno, a simple vista se ve lo bien que compaginan aún con diferencias. Es agradable.
Y lo comento con la intención de que me desmienta.
—Nadie sabe las goteras de su casa si no el que las tapa… —casi susurra.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que mi familia no es perfecta; por ejemplo... —Antes de que hable me siento feliz por conseguir mi objetivo tan fácil—. No me la llevo del todo bien con René. Rolando y Rocío no se hablan más de lo necesario; Rodrigo a veces ni asiste a los eventos especiales, las gemelas viven en competencia, Raúl no sabe qué hacer con su vida y yo... bueno, entre todos somos yo y Rafaela los que intentamos unirlos, sabes.
Me di cuenta de ello en la cena. Aunque él hacía comentarios algo incómodos para todos, se encargaba de enlazar historias y hacer que fluyera la conversación entre ellos, mientras René quien realmente no sé qué papel juega en su familia, se mantenía callado. Y aunque más tarde me confesó que era por el mismo Roberto, me hace pensar que hay algo más.
—Debió ser difícil crecer todos juntos.
—Y con René queriendo ser siempre el mejor pues... ¿Qué te puedo decir?
—¿Le estás diciendo engreído?
Roberto me da una mirada arrepentida y vuelve a la carretera.
—Ha cambiado, a simple vista, desde que comenzó en la liga, o un poco después de ello, pero antes ninguno lo soportaba —dice y exhala—. No me sorprende que todos mis hermanos tengan alguna especie de rencor con él por sus actitudes del pasado.
Trago hondo lo que puede ser una cruda verdad. Siento que estoy invadiendo demasiado su espacio, y aunque me generaba curiosidad saber qué era lo que escondía pues no me agrada saberlo de esta forma ahora.
Quizás René lo único que intenta ahora es compensar todo lo que pudo haber hecho en el pasado, y es por ello que no es parte de ningún escándalo o algo parecido.
—Es mucha información —digo intentando sonar en broma—. Siento que hayan tenido que pasar por eso.
—Nah. —Me sonríe—. Creo que de alguna forma su estúpida competencia nos ayudó a los menores a demostrar de qué estábamos hechos. Así que mírame ahora, mi carrera musical va en ascenso, pronto tendré gira en países latinos con mi banda, y no, no tengo nada qué envidiarle. —Se pasa la lengua por los labios—. Por ahora.
Me pregunto si todos los Duque son así de abiertos, pero luego recuerdo que realmente Rodrigo no lo es, así que asiento con una media sonrisa mientras se detiene frente a la residencia.
El vigilante lo reconoce, le saluda, y a diferencia de René, este lo ignora.
—Bien, preciosa. Solo me tomé el atrevimiento de ir a buscarte porque quería pedirte personalmente que le dieras unas horas de spa a mi prometida, con todo incluido. Quiero que se sienta como una reina antes de nuestra boda, así que espero contar contigo.
—Vale. —Arrugo el entrecejo porque no es lo que esperaba—. ¿Cuándo?
—Este viernes.
Mis citas con René semanalmente no son el mismo día de la semana, así que no puedo comprometerme.
—¿No hay problema si lo ruedo para dos días antes o un día después?
Roberto sacude la cabeza y deja salir el aire tras inflar sus cachetes, sus manos bailan en el volante, parece que quiere decir que no.
—Bueno, supongo que no hay problema, puedo llevarla a casa de mis padres o puede venir ¿no? René comentó que vino anoche.
Mi piel se eriza. Roberto me mira como si acabara de descubrir de quién vienen las flores ahora mismo. Y yo me aterro porque siento que, ya que no conozco de verdad a René, no sé si es capaz de comentar lo que hice anoche y ello hace que me sonroje sobremanera, de la vergüenza.
—No, digo sí. Puede venir. Gracias por traerme, que tengas feliz noche.
Como si hubiese tenido un cohete en mis pies rápido subo las escaleras y llego frente a mi preciado hogar. Por lo que antes de que me arrepienta de algo, meto la mano en mi bolsillo.
Pero la tarjeta no está.
Porque el bolsillo tiene un hueco que no me había dado cuenta. Le echo la culpa a las tijeras y toda clase de cosas filosas que suelo meter allí a veces, por lo que molesta y decepcionada pongo las flores junto a los preciosos claveles.
Tomo el teléfono en mis manos, mi dedo tantea en su nombre y apellido, mi corazón late rápido.
Pero no le marco, ni texteo.
Necesito espacio justo ahora porque aunque parezca increíble, lo único que puedo pensar es que anoche estuve por salir de mi cordura para hacerlo mío en el sofá de mi apartamento. Y la intensidad con la que pienso eso convirtiéndose luego en una pesadilla, me aterra.