Leah Grace era alguien especial, alguien que veía las cosas de una forma diferente a la de los demás. Su familia siempre lo supo, desde su forma de hablar hasta la forma en que su sonrisa se extendía y brillaba en sus ojos y mejillas sonrojadas. Susan podía recordar con claridad el día en que descubrió que Leah sería un prodigio a su propia manera, posiblemente aún más de lo que ya lo era su hermano mayor. Su pequeña hija parecía atrapada entre los años anteriores a la conquista y a la vez aparentaba ser adelantada a su propio tiempo, una de las combinaciones más interesantes que había visto en sus 39 años de vida. Cuando tenía tan solo cuatro años y las palabras aún se enredaban entre sus labios antes de salir, Susan había decidido llevarla a conocer la tumba de su adorado primo Aloys

