La mañana siguiente Susan se tuvo que enfrentar a la mirada agotada de su hijo recién levantado, Jack llevaba los ojos sostenidos por unas marcadas ojeras debido a la guardia que había tenido que llevar la última semana, apenas había logrado pegar un ojo la noche anterior.
"Buenos días", Susan contestó con una sonrisa que simulaba esconder su cansancio, Jack no se la devolvió y la mujer supo lo que venía, "¿De nuevo no llegó a dormir?"
"Sabes que tu padre tiene responsabilidades que cumplir, su trabajo no es sencillo", el menor rodó los ojos después de escucharla, chasqueando la lengua con fastidio y observando como la mujer se levantaba de la incómoda silla de madera. La vela que la acompañaba completamente apagada y fría sobre el marco de la ventana.
"Sí claro, ser el emperador es tan difícil", contestó sarcástico, siguiéndola hasta la cocina, "Por favor mamá, lo único que ha de hacer es emborracharse con su vino carísimo que paga con el dinero del pueblo y coquetear con cualquiera de sus malditas sirvientas".
"¡Jack!", regañó girándose con el ceño fruncido, "Tu padre jamás haría algo así. No quiero volver a escuchar esas palabras salir de tu boca, ¿acaso también te expresas así de mí a mis espaldas?"
El menor negó y guardó silencio, Susan le dio la espalda una vez más para comenzar a preparar el desayuno a sus hijos. Jack se sentó a esperar en el comedor, sus ojos fijos en el cuerpo femenino de su madre.
Jack Grace no era tonto, nada tonto. A sus 17 años era considerado sin duda todo un prodigio, aunque él no se consideraba uno realmente. Su familia era su mayor tesoro, su madre y su hermana siempre estaban ahí para apoyarlo y escucharlo, sin duda las amaba con todo su corazón, y aunque no quisiera admitirlo, también quería a su padre, le tenía afecto.
Sin embargo, a veces, por no decir siempre, no lo veía como a un padre. Incluso Hector, quien había sido su primer mentor, y al cual consideraba su tío y hermano, había logrado ser más un padre de lo que su mismo progenitor había sido alguna vez.
Y Jack sabía que para su hermana Leah era lo mismo, por mucho que aclamara amarlo y adorarlo, ella crecería sin reconocer a Ulises como lo que realmente era: su padre. Y dolía, por supuesto que dolía, como un infierno, como mil dagas en la consciencia, pero ¿qué podía hacer él? Todos estaban en su contra.
Él ya sabía que ser el emperador era toda una responsabilidad, sabía que su padre no estaría siempre para él, ¡por supuesto que lo sabía! No necesitaba que se lo repitieran una y otra vez, mucho menos su madre, que parecía ser la más desdichada e infeliz.
Jack miró con tristeza a Susan, su madre. Su querida madre Susan, considerada una de las mujeres más hermosas del imperio, una mujer que lo tenía todo, todo menos completa felicidad.
Porque las personas tienen necesidades, y él lo sabe, una de ellas es la de sentirse amado y así mismo entregar todo el amor que sea posible. Y su madre tenía demasiado amor que dar, su corazón era tan grande que ni todo el amor que él y su hermana pudieran darle lograría llenarlo.
Pero ella nunca decía nada, siempre callada y con una sonrisa en sus labios, siempre dulce y cariñosa, con esos ojos que brillaban con el amor más puro que existía, que brillaban de orgullo y satisfacción cada vez que lo veía en las mañanas; esos ojos que reflejaban preocupación y dolor cada que partía de su hogar, que mostraban alivio y felicidad cuando regresaba a sus brazos después de tener que irse lejos en alguna misión.
Esos ojos que le miraban con tantos sentimientos que hacían que su estómago se retorciera y un nudo apareciera en su garganta, que le llenaban de sensaciones que solo podían ser calmadas con un abrazo de su adorada madre. Su madre, como amaba a su madre.
Jack desvió la mirada hacía la ventana junto al lava loza, el sol comenzaba a salir, pintaba el cielo de una bonita coloración de azul a amarillo. Suspiró, porque sabía que era por eso, por todo el amor que le tenía a aquella mujer, por todo lo que le hacía sentir, que aquella noche, al verla frente a su maestro, en la entrada de su hogar, con su hermosa mirada brillando en nostalgia y anhelo, no dijo nada.
Sabía que aquello es lo que le había llevado a dar media vuelta sobre sus talones y alejarse caminando de su hogar, porque él amaba a Susan, más de lo que nadie jamás podría amarla, y él, por ella, haría lo que fuera.
Él guardaría cada secreto, cada emoción, cada recuerdo y cada sentir que pudieran perjudicar a su hermosa progenitora. Él callaría, y acallaría todo lo que pudiera hacerle daño.
No importaba si lo que Susan Grace hacía no era lo correcto, él siempre velaría por la felicidad y bienestar de su madre.
No importaba lo que su padre pudiera sentir, no importaba cuantos corazones se vieran dañados, él mataría a toda la ciudad, a todo el imperio incluso, si con eso, la mujer más importante de su vida, le mostraba una sonrisa sincera cada que le preguntara: ¿Cómo estás mamá?
Y eso era probablemente lo único acerca de lo que Jack estaba seguro. "Buenos días", giró el rostro justo a tiempo para ver entrar a su hermana recién aseada a la cocina.
"Buenos días", sonrió. Jack no era tonto, era un prodigio, un genio que amaba a Susan y Leah Grace. Jack tenía prioridades, y su madre estaba aún antes que el imperio, mismo que algún día le pertenecería.
Porque él amaba a su madre y nada ni nadie en el mundo podría cambiar eso, su corazón siempre latería por ella, y sus ojos no mirarían a nadie más que a su familia, sus dos mujeres.
Jack Grace mataría a cualquiera que se interpusiera entre su madre y la felicidad de la misma, así que esperaba que su padre no fuera una de esas personas, después de todo, Jack tenía prioridades, y su padre no era una de ellas.
"¿Qué piensas?", levantó el rostro hasta enfocar a su sonriente hermana colocando un plato frente a él.
Cabeceó negando y levantándose de su asiento para poder lavar sus manos en el grifo. "No es nada, solo estoy un poco distraído, aún es muy temprano".
"¿Distraído?", Leah rió alcanzándole una pequeña toalla para que secara sus manos, "Yo diría que aún sigues dormido".
"Puede ser, no he dormido bien estas noches".
Leah puso ambas manos sobre su cintura y lo miró ceñuda, "Entonces deberías llegar más temprano a casa, Jessy ya me dijo que tus guardias no son tan largas, ¿qué tanto haces que no vienes de inmediato a dormir?"
Jack suspiró alzándose de hombros, "Jessy es una chismosa", sentencio sin darle importancia.
"Jack", reprendió levemente su madre mientras colocaba el resto del desayuno sobre el comedor.
"Seguro estás viendo a una mujer", acusó la menor, Jack rió y negó estirando los brazos para abrazarla, Leah se alejó haciendo que su hermano se levantara de su asiento y la persiguiera alrededor de la mesa en un intento de atraparla, "¡No! ¡Alejate, traidor!"
Susan estuvo tentada a rodar los ojos mientras escuchaba a su hija quejarse de que su hermano la abandonaría por alguna cara bonita. "Ya, niños, siéntense antes de que se enfríe".
"¿Cómo puedes estar tan tranquila, mamá? ¡Jack nos dejará por alguna mujer coqueta!", se quejó la menor golpeando las manos de su hermano, quien por fin había logrado alcanzarla y ahora la apresaba entre los fuertes brazos.
"¡Claro que no! Sabes que eres la unica para mi, mocosa celosa", el blondo comenzó a llenar de besos lo que alcanzaba de las mejillas de su hermana, quien gritaba tratando de liberarse.
"¡Iugh! ¡Me está llenando de babas! ¡Mamá!", Susan miró los ojos suplicantes de su hija antes de sonreír y negar con la cabeza.
"Jack, ya suelta a tu hermana".
"¡Nunca!"
La mujer extendió su sonrisa mirando a sus retoños, sintiendo que esa era su verdadera felicidad. Junto a sus hijos no le faltaba nada, se conformaba con tres platos sobre la mesa y las velas apagadas.