Esa noche Ulises no llegó a dormir a casa, aunque acostumbrada como estaba, Susan no se preocupó, tampoco se molestó, a pesar de haberlo estado esperando con las velas encendidas toda la noche. Eso es algo que ella haría siempre, sin rechistar, sin soltar una sola queja, incluso si no tenía la obligación de hacerlo, porque estaba enamorada, y eso es lo que una persona enamorada hacía, esperar.
Y mientras miraba por la ventana sentada en la silla de madera que había apoyado junto a la pared, los recuerdos comenzaron a inundar su cabeza, y no es que fuera raro, debió saber en el pasado cuanto se estaba condenado al recibir secreto tras secreto en su corazón.
El primero que llegaba siempre era el de su querido primo Aloys. Podía recordar el perfecto y varonil rostro sobre aquella dura caja de madera, con la piel pálida y el corazón sin palpitar, aún sentía las lágrimas recorrer sus mejillas y el ardor en sus ojos, el tacto de su fría mano aún persistía entre sus dedos, y el dolor parecía no abandonarla nunca. El nudo en su garganta era terco, se negaba a deshacerse, desinteresado de todos los años que había de por medio.
Recordaba y recordaba, porque no quedaba otra cosa por hacer, recordaba su primer beso, y los agarrones de mano por debajo de la mesa, las noches de guardia en las que sus ojos se encontraban mínimamente, las sonrisas tímidas y las risas avergonzadas. Recordaba el tacto del cabello castaño contra sus dedos, y el ir y venir de sus latidos, podía recordar todo, tan claro, tan correcto y perfecto, que era demasiado injusto el final.
Las palabras de amor que se desvanecieron como el humo del tabaco que su padre solía quemar, el tacto cálido que se volvió frío después de su muerte y sus propias ganas de vivir que se perdieron en algún lugar del campo de batalla en el que lo vio caer.
Esos siempre serían sus primeros recuerdos, tan presentes, siempre intactos, su querido primo siempre sería el primero, incluso después de muerto, pero ella no se quejaba, siempre paciente, siempre sonriente, siempre esperando. Susan siempre estaba recordando, pensando en lo que era su vida, en lo que era su pasado.
Pensaba en como había conseguido todo lo que alguna vez quiso, como había logrado crecer en todo lo que se propuso años atrás, pero por sobre todo, pensaba en como no era completamente felíz.
Su amado esposo le había dado todo lo que una mujer podría pedir: una casa, dos maravillosos hijos y la promesa de un amor eterno. Y Susan no podía estar más orgullosa de su familia, sin duda era envidiada por cada persona que se le cruzara por enfrente. Pero había algo, algo que no la dejaba dormir con tranquilidad, algo que no la dejaba sonreír con honestidad, había algo y ella sabía que no podía simplemente expresarlo, porque ese algo era la duda, y ella lo sabía, la interminable curiosidad por saber que tan diferente habría sido su vida de haber tomado otras decisiones.
Si ella hubiera aceptado al que juró protegerla por siempre, si no lo hubiera dejado sacrificarse, si se hubiera entregado a él, tal vez si hubiera hecho las cosas diferentes, entonces su querido primo seguiría vivo, tal vez ella sería felíz al lado del hombre que le había demostrado amarla por sobre todo lo demás.
Y ahí, sentada sobre la vieja silla de madera junto a la ventana, el primer recuerdo llegó como el golpe de la brisa helada de aquellos días en los que se sintió como la protagonista de una novela trágica de amor, con un romance prohibido y sus miles de secretos, sus miles de pesares que hasta el momento seguían acompañándola.
Pero Susan nunca se imaginó que mientras ella pensaba como de costumbre, su marido, a quien ella esperaba, se encontraba en su propio debate mental, dudando de todo aquello que había creído conocer a su lado. Ulises se tambaleaba a las orillas del pequeño estanque que se encontraba en uno de los terrenos del castillo del emperador, borracho como estaba se dejó caer de espaldas, sus costosos ropajes se ensuciaron de tierra y hierva, y su mirada desenfocada miraba bailar las estrellas sobre su cabeza.
Ulises estaba por demás fuera de sus cinco sentidos, para un hombre como él, que ya había probado el máximo poder que se le podía dar, sentir que algo que siempre había tenido entre sus manos se caía como arena hasta perderse en la infinidad del desierto le sabía mal. En esos momentos, sin poder pensar, no le quedaba nada más que su enojo e impotencia, algo que creyó no tendría que volver a sentir hasta el día de su muerte.
Ya no era solo su estómago revuelto que en cualquier momento le haría devolver, su cabeza martilleaba por las horas en que sus sentimientos fueron más intensos que él mismo y las lágrimas se apoderaron de sus ojos. El emperador sentía que decir que estaba decepcionado no era suficiente, incluso decir que estaba enojado le parecía indignante para catalogar todo lo que sentía en esos momentos.
Ulises Grace estaba furioso, iracundo, de alguna forma, la palabra traición nadaba persistente entre todos sus pensamientos. Sus dedos cosquilleaban por el deseo de tomar a esa mujer por los hombros y zarandearla, sacudirla hasta que sus rosados labios escupieran todo aquello que pudiera estarle ocultando, y también quería que llorara, por todas las lágrimas que él había soltado, que pidiera perdón por haber hecho llorar al hombre que le había dado todo lo que tenía, a su emperador, a su esposo, a la persona con la que había jurado estar el resto de su vida.
Pero ahí, tirado sobre la suciedad del suelo, su cabeza se aclaró apenas un poco, porque la revelación le llegó tan rápido como el vomito. Limpió sus labios con la manga de su traje y miró detenidamente la tierra manchada. ¿Cómo podría pedir que se disculpara por las mentiras que le había dado, si ella en ningún momento había mentido? Pensó, con el poco raciocinio que le quedaba, porque sí, tal vez ella le había ocultado algunas cosas, pero no es como que hubiera negado nada alguna vez.
Y pensando aún más, él no podría aparecer en su casa pidiendo una explicación sin dar a entender que la había espiado, que había desconfiado de ella, algo que no era verdad, él confiaba en su mujer. Por dios santo, él la amaba. ¿Y no es acaso que una relación se basaba en confianza mutua?
Tomó agua del estanque y mojó su cansado rostro, tal vez solo estaba exagerando, pero el nudo en su garganta comenzaba a doler, porque el puro recuerdo de haber visto a su mejor amigo y a su esposa tan cerca el uno del otro se sentía como una apuñalada por la espalda, y dolía, tanto que solo sentía deseos de despertar junto al cálido cuerpo de su mujer, con los suaves labios susurrándole que todo había sido un sueño, una pesadilla que llegaba a su fin.
Porque definitivamente llorar como un niño al que le habían abandonado, al que le habían sonreído hasta que confiara para luego golpear con fuerza su débil cuerpo, era sin duda una exageración, y él no quería caer en eso, por mucho dolor que sintiera, Ulises solo quería pensar que definitivamente estaba exagerando y el alcohol en su sistema era el causante de tantas dudas.
Aún así, esa noche no llegó a casa, ni siquiera sabiendo que Susan lo esperaría toda la noche con una vela encendida.