El gigante se llamaba Karn.
Alejandro lo supo porque los demás prisioneros lo gritaron cuando el primer puñetazo le destrozó la nariz.
El dolor fue blanco. Cegador. Como si alguien hubiera metido un hierro al rojo vivo dentro de su cráneo.
Cayó de rodillas.
La sangre brotó a borbotones, manchando el suelo de piedra húmeda.
«¡Levántate!» rugió Karn. «¡No he terminado contigo!»
Alejandro escupió sangre e intentó ponerse de pie. Las piernas le temblaban. Los grilletes de supresión seguían quemándole las muñecas, bloqueando cada gota de éter en su cuerpo.
Sin poder. Sin armas. Solo carne y voluntad.
No fue suficiente.
Karn lo agarró del cuello con una mano del tamaño de una pala y lo levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo.
«Miren esto,» dijo girando hacia los demás prisioneros. «El guardia del Lord Vexar. El perrito fiel.»
Apretó.
Alejandro sintió que la tráquea empezaba a ceder. El aire no llegaba. La visión se oscureció en los bordes.
«Aquí abajo no eres nada, niño bonito. Solo carne.»
Lo arrojó contra la pared.
El impacto le sacó lo poco de aire que le quedaba. Algo crujió en su costado. Una costilla. Tal vez dos.
Cayó al suelo y tosió sangre.
Los prisioneros rieron.
Karn caminó hacia él con pasos lentos, disfrutando cada segundo de la humillación.
«Última oportunidad. Bésame los pies y te dejo vivir como mi perro. O sigo hasta que no quede nada que enterrar.»
Alejandro levantó la cabeza.
Sangre en la boca. Visión borrosa. Costillas rotas gritando con cada respiración.
Y aun así, sonrió.
«Vete... a la mierda.»
Karn dejó de sonreír.
La patada en el estómago fue brutal. Alejandro se dobló sobre sí mismo, vomitando bilis y sangre. El mundo se volvió un borrón de dolor y oscuridad.
Otra patada. En las costillas rotas.
El grito salió solo, desgarrado, animal.
«¡Suficiente!»
La voz atravesó la celda como un látigo.
Karn se detuvo, el pie a centímetros de la cabeza de Alejandro.
En el fondo de la celda, encadenado a la pared por grilletes que parecían más antiguos que la prisión misma, un anciano alzó la vista.
Cabello blanco largo hasta los hombros. Barba descuidada manchada de gris y amarillo. Rostro marcado por cicatrices que contaban décadas de batallas. Pero los ojos... los ojos brillaban con algo que Alejandro no había visto en ningún otro prisionero.
Autoridad.
«El novato ya pagó su entrada, Karn,» dijo el anciano con voz tranquila. «Si lo matas ahora, los guardias investigarán. Y sabes lo que pasa cuando investigan.»
Karn escupió al suelo, a centímetros del rostro de Alejandro.
«Este no es tu problema, viejo. Quédate en tu rincón.»
«Es mi problema cuando manchas mi celda con sangre innecesaria.»
El anciano tiró de sus cadenas. El sonido resonó en la piedra como una campana funeraria.
«¿O acaso olvidaste quién era yo antes de que me enterraran aquí?»
El silencio cayó sobre la celda como una losa de plomo.
Karn apretó los puños. Por un momento pareció que iba a ignorar la advertencia.
Luego gruñó, le dio una última patada a Alejandro en las costillas y volvió a su rincón.
«Se acabó tu suerte, novato. Mañana seguimos.»
Los demás prisioneros volvieron a sus rincones, murmurando, mirando al vacío con ojos muertos.
Alejandro se quedó en el suelo, respirando en jadeos cortos que le atravesaban el pecho como cuchillos.
Tengo que levantarme.
Tengo que...
La oscuridad se lo tragó.
Despertó en el mismo lugar.
No sabía cuánto tiempo había pasado. En el Nivel Inferior no había ventanas, ni día, ni noche. Solo oscuridad interrumpida por el cambio de antorchas cada doce horas.
El dolor era peor. Constante. Como si alguien estuviera clavándole agujas en cada nervio.
«No te muevas todavía.»
La voz del anciano.
Alejandro giró la cabeza lentamente. El viejo estaba sentado a su lado, todavía encadenado, pero con suficiente longitud de cadena para alcanzarlo. Una mano áspera presionaba puntos específicos en su costado.
«¿Qué...?»
«Silencio. Estoy trabajando.»
No había éter. Los grilletes lo impedían. Pero el anciano presionaba con los dedos en puntos específicos, con una precisión que Alejandro reconoció.
Técnicas de presión meridiana. Para aliviar el dolor sin usar poder.
Después de varios minutos, el anciano retiró la mano.
«Tus costillas seguirán rotas. Pero al menos podrás respirar sin gritar.»
Alejandro tosió. Era cierto. El dolor había bajado de insoportable a apenas tolerable.
«¿Por qué me ayudas?»
El anciano se recostó contra la pared, mirando el techo de piedra cubierto de humedad.
«Porque reconozco la mirada de alguien que fue traicionado.» Hizo una pausa. «Y porque hace veintidós años, yo estaba donde tú estás ahora.»
Alejandro se incorporó lentamente, apoyándose contra la pared. Cada movimiento era agonía.
«¿Quién eres?»
«Alguien que ya no importa. Aquí abajo, los nombres pierden significado.»
«Karn te tiene miedo.»
El anciano sonrió sin humor.
«Karn tiene cerebro suficiente para recordar lo que le hice al último idiota que intentó matarme. Tardó tres días en morir.»
Alejandro lo estudió en la penumbra. Las cicatrices en los brazos del viejo no eran de peleas de celda. Eran de batalla real. Marcas de espadas, lanzas, garras.
Este hombre fue guerrero. Alguien importante.
«Los guardias te encadenaron por una razón,» dijo Alejandro.
«Me encadenaron porque soy el único prisionero que mató a cuatro de ellos la primera semana.» El anciano cerró los ojos. «Ahora duérmete, muchacho. Mañana Karn volverá. Y necesitarás estar consciente para sobrevivir.»
«No voy a sobrevivir,» murmuró Alejandro. «Sin éter, sin armas... solo soy carne.»
El anciano abrió un ojo.
«¿Cuántos golpes aguantaste antes de caer?»
«No sé. Cinco. Tal vez seis.»
«La mayoría cae al segundo golpe de Karn. Tú aguantaste seis.» Sonrió levemente. «Y todavía tuviste huevos para insultarlo después.»
«Eso no me hace fuerte. Solo estúpido.»
«Ser fuerte y ser estúpido no son excluyentes.» El viejo se rió entre dientes. «Pero tienes razón en algo: sin éter, morirás aquí.»
Silencio.
Alejandro cerró los ojos. El cansancio lo jalaba hacia la inconsciencia.
«¿Y si te dijera,» susurró el anciano, «que hay una forma de cultivar éter incluso con grilletes de supresión?»
Los ojos de Alejandro se abrieron de golpe.
El anciano lo miraba con expresión inescrutable.
«Es peligroso. Doloroso. La mayoría que lo intenta muere o enloquece.» Levantó su mano encadenada. En la penumbra, Alejandro vio un destello verde pálido rodeando los dedos del viejo durante un segundo antes de desvanecerse.
Imposible.
Los grilletes de supresión bloqueaban todo éter. Era la base de su diseño.
«¿Cómo...?»
«No a través de los meridianos,» explicó el anciano. «Los grilletes bloquean los meridianos. Pero hay otro camino. Más antiguo. Más peligroso.»
Se acercó más, bajando la voz.
«A través de la médula ósea.»
Alejandro sintió un escalofrío.
«Eso es una locura.»
«Lo es.» El anciano asintió. «La técnica se llama Respiración del Dragón Enterrado. Fue prohibida hace tres siglos porque de cada diez que la intentaban, nueve morían en agonía.»
«¿Y el décimo?»
El anciano lo miró directamente a los ojos.
«Se convertía en algo más que humano.»
El silencio se extendió entre ellos.
Finalmente, Alejandro habló:
«Enséñame.»
«¿No preguntarás por qué te ofrezco esto?»
«No me importa.» Alejandro apretó los puños. «Darius me quitó todo. Mi honor. Mi libertad. Mi futuro. Y amenazó a alguien que...»
Se detuvo. La imagen de June corriendo tras el carro atravesó su mente.
«No voy a morir aquí,» dijo con voz fría. «Y si tengo que aprender magia prohibida, sufrir o enloquecer... lo haré.»
El anciano lo estudió durante largo rato.
Luego asintió.
«Entonces escucha bien, porque solo lo diré una vez.»
Se inclinó hacia adelante, y su voz se volvió grave, antigua.
«La respiración no es sobre llenar los pulmones. Es sobre despertar el fuego que duerme en tus huesos. El éter no fluye por tus venas... late en tu médula, donde la sangre nace.»
Colocó su mano sobre el pecho de Alejandro.
«Primera lección: olvida todo lo que te enseñaron sobre cultivar. Aquí abajo, cultivar no es crecer. Es sobrevivir.»
Apretó hasta que Alejandro sintió la presión en el esternón.
«Y sobrevivir siempre duele.»