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EL ASCENSO DEL DRAGÓN DE JADE

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El martillo del juez cayó tres veces.

Alejandro Renn, guardia personal de Lord Cassian Vexar durante doce años, fue condenado por asesinar al único hombre que lo había tratado como un hijo. Las pruebas eran irrefutables. Los testigos, convincentes. El veredicto, unánime.

Todo era mentira.

Desde el palco de los nobles, Darius Vexar observó cómo arrastraban a Alejandro hacia la Prisión de Eclor con una sonrisa perfecta en los labios. El verdadero asesino. El hijo que había envenenado a su propio padre porque no soportaba compartir su amor con un huérfano.

Antes de que los guardias lo sacaran, Darius se inclinó lo suficiente para susurrar:

"Mi padre te amaba más que a mí. Ahora él está muerto. Tú morirás en seis meses. Y esa sanadora del cabello plateado que preguntó por ti... creo que iré a consolarla personalmente."

Alejandro juró en ese momento que escaparía. Que sobreviviría. Que haría pagar a Darius cada palabra, cada mentira, cada vida destruida.

No sabía que ese juramento despertaría algo mucho más antiguo que su rabia.

El Nivel Inferior de Eclor era donde el reino enviaba a morir a quienes quería olvidar.

Cuatrocientos metros bajo tierra. Sin luz. Sin esperanza. Sin reglas excepto la violencia. Los grilletes de supresión bloqueaban todo éter, convirtiendo a los cultivadores más poderosos en carne indefensa.

Alejandro aprendió rápido que la supervivencia allí se medía en horas, no en días.

Pero en la oscuridad más profunda encontró algo inesperado: un maestro.

Zoltar llevaba veintidós años encadenado a las paredes de la celda. Veintidós años esperando algo que había dejado de creer posible. Cuando vio a Alejandro, cuando sintió la sangre que corría por sus venas, supo que su espera había terminado.

"Eres el heredero del Dragón de Jade," le dijo. "El último de un clan que el Consejo masacró hace veintidós años. Tu abuelo era el Patriarca. Tu padre murió protegiéndote. Y tú... tú llevas el poder de generaciones en tus huesos."

Le enseñó la Respiración del Dragón Enterrado. Una técnica prohibida que permitía cultivar éter a través de la médula ósea, evadiendo los grilletes de supresión. Nueve de cada diez que la intentaban morían gritando.

Alejandro sobrevivió.

A través de semanas de agonía, abrió tres meridianos. Velocidad. Sentidos. Fuerza. Cada uno vino acompañado de visiones: su clan ardiendo, su abuelo luchando contra treinta asesinos, sus padres huyendo con un bebé en brazos.

El bebé era él.

Y los asesinos llevaban el sello del Consejo Real.

Mientras Alejandro despertaba en las profundidades, June de los Bosques de Plata libraba su propia guerra en la superficie.

Seis meses antes, Alejandro le había salvado la vida en un callejón del Distrito Bajo. Tres criminales. Una sanadora indefensa. Él no pidió recompensa. No esperó agradecimiento. Solo preguntó su nombre y la dejó ir.

June no olvidaba sus deudas.

Investigó el asesinato de Lord Cassian. Encontró inconsistencias que nadie quiso ver. El veneno había sido preparado exactamente treinta minutos antes de la muerte, pero seis testigos confirmaban que Alejandro estaba entrenando en ese momento. Alguien había manipulado las pruebas. Alguien con poder suficiente para comprar magistrados y fabricar testigos.

June sabía quién.

Pero la verdad sin poder era solo un susurro que nadie escucharía.

Encontró aliados donde pudo. Kira, una mercenaria cuya hermana había muerto a manos de Darius. Ratón, un informante que conocía cada secreto sucio de la capital. Maestra Olivia, que había entrenado a la madre de June antes de que ella también muriera investigando nobles corruptos.

Juntas, planearon lo imposible: un escape del Nivel Inferior.

La noche de Luna Negra, Alejandro rompió sus cadenas.

La Esencia de Raíz de Hierro fortaleció sus huesos lo suficiente para destrozar los grilletes. Los tres meridianos rugieron en sincronía mientras atravesaba veinte guardias en su camino hacia la libertad.

Pero Darius había anticipado el intento.

Sylvia, la asesina personal del nuevo Lord Vexar, esperaba fuera del túnel de drenaje. Kira se interpuso para dar tiempo a Alejandro de escapar. Su grito, cortado abruptamente en la oscuridad, fue el último sonido que él escuchó antes de correr hacia June.

Zoltar fue ejecutado en su celda al amanecer.

"Vuela, heredero," fueron sus últimas palabras. "Vuela y hazlos pagar. Por todos nosotros."

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CAPÍTULO 1: LA CAÍDA
El martillo del juez cayó tres veces. Cada golpe resonó en la Gran Sala de Justicia como el chasquido de huesos rompiéndose. Alejandro sintió el sabor metálico de la sangre en la boca, mezclado con algo más amargo: la certeza de que iba a morir en la oscuridad. «¡Culpable de asesinato en primer grado!» La voz del Magistrado Supremo cortó el murmullo de la sala noble como una guillotina. Doscientos pares de ojos lo observaban desde las gradas de mármol blanco. Algunos con desprecio. Otros con hambre, como buitres esperando carroña. «Alejandro Renn, por el asesinato premeditado de Lord Cassian Vexar, Protector del Reino del Norte, es condenado a cadena perpetua en la Prisión de Eclor, Nivel Inferior.» Una pausa. El juez levantó la vista, y por un instante sus ojos grises mostraron algo parecido a la lástima. «Que los dioses tengan piedad de tu alma... porque allí abajo, nadie más la tendrá.» La sala estalló en aplausos. Alejandro apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Los grilletes de supresión de éter le quemaban las muñecas como hierro al rojo vivo, bloqueando cada vena de poder en su cuerpo. Veinticuatro años. Toda una vida entrenando, cultivando, sangrando por el Clan Vexar. Y todo se había derrumbado en una sola noche. SEIS MESES ANTES La lluvia golpeaba las calles del Distrito Bajo como puños cerrados. Alejandro caminaba con la capucha puesta, esquivando charcos de agua mezclada con basura y algo que prefería no identificar. No debería estar allí. Los guardias del Clan Vexar no bajaban al Distrito Bajo a menos que fuera para aplastar revueltas o perseguir criminales. Pero había escuchado rumores de contrabandistas moviendo veneno de escorpión n***o en los muelles. Lord Cassian quería pruebas antes de actuar. El grito llegó desde un callejón estrecho. Agudo. Femenino. Aterrorizado. Alejandro no lo pensó. Corrió. Tres hombres rodeaban a una mujer joven. Túnica de sanadora empapada, con el símbolo del Gremio apenas visible bajo la mugre. Una cesta de hierbas medicinales volcada en el barro. Cabello plateado pegado al rostro por la lluvia. El líder de los atacantes, un tipo corpulento con cicatrices de quemaduras en medio rostro, levantó un cuchillo oxidado. «Dame la bolsa, perra, o te cortamos algo más que el cabello.» La mujer no retrocedió. Sus ojos verdes brillaban con algo que no era solo miedo. Era rabia. Alejandro desenvainó su espada con un susurro de acero. «Suéltenla.» Los tres se giraron. El líder escupió al suelo, un gargajo amarillento que se mezcló con el barro. «Lárgate, niño bonito. Esto no es asunto tuyo.» Alejandro no respondió. Se movió. El primero ni siquiera vio venir el golpe. La empuñadura de la espada se estrelló contra su sien y cayó como un saco de grano mojado. El segundo intentó apuñalarlo por la espalda. Alejandro giró, atrapó su muñeca, la torció hasta escuchar el crujido del hueso, y lo estampó contra la pared de ladrillos. El líder salió corriendo, chapoteando en los charcos, sin mirar atrás. Alejandro lo dejó ir. No valía la sangre en su espada. Se giró hacia la mujer. Ella seguía de pie, respirando agitado, con las manos cerradas en puños. No había huido. No había gritado pidiendo más ayuda. «¿Estás bien?» Ella lo miró durante tres segundos eternos. Luego se arrodilló en el barro, recogiendo sus hierbas una por una con movimientos precisos, y habló sin mirarlo: «Gracias.» Su voz era fría. Controlada. Como si no acabara de casi morir. Alejandro frunció el ceño. «¿Vives por aquí cerca? Puedo escoltarte.» «No es necesario.» «Acabo de salvarte la vida. Creo que al menos puedo asegurarme de que llegues a casa.» Ella se levantó con la cesta en mano y finalmente lo enfrentó. Había algo en esos ojos verdes que lo detuvo. No era gratitud. Era evaluación. Como si estuviera decidiendo si él era una amenaza diferente a los otros tres. «No pedí que me salvaras. Y no te debo nada.» Dio media vuelta y caminó hacia la salida del callejón, pisando los charcos sin importarle mojarse más. Alejandro se quedó parado bajo la lluvia, sintiendo algo extraño en el pecho. No era atracción, aunque ella era hermosa incluso cubierta de barro. Era algo más difícil de nombrar. Reconocimiento. Como si acabara de conocer a alguien importante. Alguien que entendía algo que él todavía no sabía que necesitaba entender. «¿Cómo te llamas?» gritó antes de que desapareciera. Ella se detuvo en la entrada del callejón. No se giró. «June.» Y se perdió en la lluvia. PRESENTE El recuerdo se disolvió cuando un guardia le clavó la punta de una lanza entre los omóplatos. «¡Muévete, asesino!» Alejandro caminó hacia la salida de la sala, arrastrando las cadenas que conectaban sus tobillos. Cada paso era una humillación calculada. Pasó junto a las gradas de los nobles, tan cerca que podía oler sus perfumes importados y ver las joyas que valían más que cien vidas del Distrito Bajo. Rostros hermosos que ocultaban corazones podridos. Y entonces lo vio. Darius Vexar. Veintidós años. Cabello n***o perfectamente peinado hacia atrás, sin un solo mechón fuera de lugar. Ojos color ámbar que parecían piezas de oro fundido. Túnica de seda carmesí bordada con el dragón del clan, el mismo símbolo que Alejandro había llevado con orgullo durante doce años. El hijo del hombre que Alejandro había amado como padre. Darius estaba de pie en el palco principal, aplaudiendo con lentitud deliberada. Una sonrisa perfecta curvaba sus labios. Fría. Vacía. Sus miradas se cruzaron. Alejandro sintió algo romperse dentro de su pecho. No era miedo. Era certeza. Tú lo hiciste. Tú mataste a tu propio padre y me culpaste a mí. No tenía pruebas. Solo la verdad que ardía en sus entrañas como ácido. Darius se inclinó sobre la barandilla del palco cuando Alejandro pasó debajo. Se acercó lo suficiente para que su susurro fuera solo para él. «Mi padre era débil.» La voz era suave, casi tierna. «Te trataba como hijo. Te daba poder que no merecías. Te amaba más que a mí.» Alejandro apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Darius sonrió más amplio. «Pero ahora él está muerto. Tú estarás muerto en seis meses. Y yo...» Se enderezó, alisando una arruga inexistente en su túnica. «Yo seré el nuevo Lord del Norte.» Hizo ademán de girarse, pero se detuvo. Como si acabara de recordar algo. «Ah, y esa sanadora del Distrito Bajo. La del cabello plateado. June, ¿verdad?» El mundo se detuvo. El ruido de la sala desapareció. Los guardias, los nobles, los aplausos. Todo se redujo a la voz de Darius y el latido furioso en los oídos de Alejandro. «Dicen que preguntó por ti en el mercado. Que quería saber si estabas bien.» Darius se lamió los labios. «Qué conmovedor. Cuando te pudras en Eclor, creo que iré a visitarla. A consolarla.» Sus ojos brillaron con algo oscuro. «Soy muy bueno consolando a mujeres solas.» Algo dentro de Alejandro rugió. Se lanzó hacia adelante, ignorando las cadenas que se tensaron contra sus tobillos, ignorando los grilletes que quemaban su piel con cada movimiento. Abrió la boca para gritar, para maldecir, para prometer que le arrancaría la garganta con los dientes si tocaba a June. El guardia le clavó la rodilla en el estómago. Alejandro cayó al suelo de mármol, tosiendo bilis, las cadenas tintineando contra la piedra. La sala estalló en risas. Darius se dio la vuelta y caminó hacia la salida del palco, moviendo la mano en un gesto de despedida despreocupado. Como si acabara de ver un perro intentar morder a su dueño. Dos guardias levantaron a Alejandro del suelo y lo arrastraron hacia la puerta trasera. Mientras lo sacaban, alcanzó a escuchar fragmentos de conversaciones entre los nobles: «...merece algo peor que Eclor...» «...dicen que el Nivel Inferior huele a muerte...» «...nadie dura más de un año allá abajo...» El carro de prisioneros atravesó el Mercado Flotante al atardecer. Las islas de cristal brillaban con luces de éter en tonos dorados y azules. Vendedores gritaban ofertas de frutas exóticas y talismanes de buena suerte. Niños corrían entre los puestos persiguiendo mariposas luminosas. El aroma de pan recién horneado se mezclaba con incienso de jazmín. Lirion era hermosa. Alejandro la odiaba. Estaba encadenado en la parte trasera del carro n***o junto a otros cinco prisioneros. Uno lloraba en silencio, las lágrimas dejando surcos limpios en su rostro sucio. Otro miraba al vacío con ojos que ya habían muerto antes que su cuerpo. El carro se detuvo en una intersección congestionada. Y entonces la vio. June. Estaba en un puesto de hierbas medicinales, organizando frascos de tintura con la misma precisión metódica que había usado para recoger sus hierbas del barro seis meses atrás. El cabello plateado recogido en una trenza práctica. Túnica limpia pero remendada en tres lugares. Las mismas manos que habían temblado de rabia en aquel callejón. Como si sintiera su mirada, ella levantó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los suyos a través de los barrotes del carro. Por un segundo, el mundo se detuvo. El frasco que sostenía se le resbaló de los dedos. Se hizo añicos contra el suelo de piedra, derramando líquido azul que nadie se molestó en limpiar. Dio un paso hacia el carro. El guardia que conducía chasqueó el látigo. «¡Circulen! ¡Nada que ver aquí!» El carro empezó a moverse, las ruedas chirriando contra los adoquines. June corrió. «¡Esperen!» Nadie la escuchó. O nadie quiso escucharla. Alejandro se aferró a los barrotes, mirando hacia atrás mientras ella desaparecía entre la multitud que se cerraba como agua tras una piedra. Lo último que vio fue su rostro. No había lágrimas. Solo determinación fría como el acero. La Prisión de Eclor se alzaba en el horizonte como una montaña de piedra negra arrancada directamente del infierno. Tres muros concéntricos. Cien torres de vigilancia. Mil celdas repartidas en cinco niveles que descendían hacia las entrañas de la tierra. El Nivel Inferior estaba cuatrocientos metros bajo la superficie. Cuando el carro se detuvo frente a las puertas principales, un guardia veterano con el rostro marcado por décadas de violencia abrió la puerta trasera. Tenía una cicatriz que le cruzaba la nariz y le daba un aspecto de hacha mellada. «Bienvenidos al infierno, desgraciados.» Su aliento olía a alcohol barato y tabaco rancio. «Las reglas son simples: no hay reglas. Allá abajo, los guardias no bajan a menos que haya motín. La comida llega una vez al día si tienen suerte. El agua sabe a óxido. Y si gritan pidiendo ayuda...» Sonrió, mostrando dientes amarillentos con huecos negros. «...nadie los va a escuchar.» Empujó a Alejandro hacia adelante con la punta de su lanza. El pasillo descendía en espiral, hundiéndose en la tierra como la garganta de una bestia. Antorchas moribundas cada diez metros proyectaban sombras que parecían moverse por cuenta propia. Las paredes estaban cubiertas de humedad y musgo n***o que olía a putrefacción. Más abajo. Más oscuro. Más frío. Hasta que llegaron a una puerta de hierro cubierta de óxido y manchas que podrían ser sangre vieja. O algo peor. El guardia abrió con una llave tan grande como un antebrazo. El chirrido de las bisagras resonó como un grito ahogado. El olor golpeó a Alejandro como un puño: sudor rancio, orines, carne en descomposición, y debajo de todo eso, algo más profundo. Desesperación. Lo empujaron adentro. La celda era un rectángulo de piedra húmeda de treinta metros de largo. Sin ventanas. Sin luz natural. Solo una antorcha moribunda en la pared del fondo que apenas iluminaba los rostros de los hombres que ya estaban allí. Doce pares de ojos brillando en la penumbra. Un gigante se levantó lentamente desde el rincón más oscuro. Dos metros de altura. Brazos gruesos como troncos de roble. Torso cubierto de tatuajes tribales y cicatrices que contaban historias de violencia. Sonrisa de depredador que ha encontrado presa fácil. «Carne fresca.» Su voz sonaba como grava siendo molida bajo una rueda de carro. Los demás rieron. Fue un sonido húmedo, enfermo. El gigante dio un paso adelante, haciendo crujir sus nudillos. «Regla número uno, novato: los nuevos pagan entrada. Con sangre o con sumisión.» Inclinó la cabeza, estudiando a Alejandro como un carnicero evalúa una res. «Tú eliges.» Alejandro se puso de pie lentamente. Sin éter. Sin armas. Sin aliados. Solo con los puños cerrados y seis meses de injusticia quemándole las venas como veneno. Levantó la guardia. «Ven a cobrarla, entonces.» El gigante dejó de sonreír. Y cargó.

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