Amo mi trabajo.

1239 Words
Estaba en la cama con Tayler. Ambos desnudos. Su cuerpo cubría el mío y sus labios no dejaban de recorrerme el cuello como si buscara encenderme… pero yo ya había apagado la chispa hace tiempo. Cerré los ojos y fingí. Otra vez. Gemí en el momento justo, me aferré a su espalda, susurré su nombre como si ardiera por él. Como si realmente me estuviera llevando al límite. Pero no. Todo era mentira. Tayler es bueno. Cariñoso. Correcto. Demasiado correcto. Pero también es rápido, mecánico, predecible. Una rutina disfrazada de pasión. Yo ya no sentía nada. Solo incomodidad. Y un profundo cansancio. Estoy harta de fingir que termino solo para no hacerlo sentir mal. De simular placer para proteger su ego. De quedarme mirando el techo cuando él se duerme, preguntándome si esto es todo lo que hay. No lo odio. No me da asco. Pero tampoco me mueve un solo hueso del cuerpo. Y lo peor… es que él cree que todo está bien. —Cariño, ¿estás bien? —me preguntó Tayler mientras dejaba un beso lento en mi cuello. —Sí, muy bien… —mentí con una sonrisa que ni yo me creí. Él suspiró satisfecho, como si mi respuesta confirmara que todo en su mundo seguía en orden. —Sabes… el viernes hay una cena en casa de mis padres —dijo, acariciándome la cintura con calma. —Ah, sí… mi amada suegra —respondí con ironía, rodando los ojos sin disimulo. Él rió, como siempre lo hacía cuando evitaba tomarse en serio mis comentarios. —Sé que mamá es algo conservadora… —admitió—. Y que no le parece que una mujer esté en el ejército. —¿"Algo" conservadora? Tay, tu madre cree que si no cocino en tacones y me dejo el pelo largo soy un atentado contra la feminidad. —Bueno… —soltó otra risa más fuerte—. Papá te adora. Dice que tienes más agallas que muchos hombres que conoce. —Eso es porque tu padre es inteligente. Él me besó la mejilla y se acurrucó contra mí, convencido de que habíamos tenido una conversación dulce. Pero yo… yo solo pensaba en cuántas veces más iba a tener que sonreír frente a esa familia fingiendo que encajo. Que soy “la novia perfecta” para el Capitán Parker. La teniente sumisa. La buena chica con uniforme. Spoiler: no soy ninguna de esas cosas. —Sabes que te amo… y eso es suficiente —me dijo Tayler, acariciándome el cabello mientras sus labios rozaban mi frente. Sonreí. Automáticamente. Como una máquina bien entrenada. —Sí… suficiente —repetí en voz baja, aunque en mi cabeza resonaba una pregunta que me venía quemando desde hacía semanas: ¿Suficiente para quién? Para él, quizás. Para su madre, que sueña con una nuera más femenina y menos armada. Para su padre, que me respeta como soldado pero me quiere lejos del barro real. Para todos. Menos para mí. Porque yo ya no sabía si el amor que él me daba era el que yo quería. O si solo estaba quedándome donde era seguro… donde no dolía tanto. Pero eso, claro, no se dice. No en voz alta. No cuando él te abraza como si fueras su casa. Así que lo besé suavemente en los labios y murmuré: —Te amo también. Y me odié un poco por seguir mintiendo. [...] Al día siguiente me levanté temprano, como siempre. Me recogí el cabello —no era muy corto, pero tampoco largo— y dejé que mis ojos verdes hicieran lo suyo frente al espejo: intimidar un poco, brillar otro tanto. Me puse el traje de campaña. Ajustado, prolijo, impecable. Como se espera de una teniente. Caminé por los pasillos de la base hasta llegar a la central. Todo olía a café recalentado, metal y sudor viejo. La típica mezcla del ejército. Al cruzar el salón principal, lo vi. El coronel Anderson. Mi actual superior. Un anciano rígido, de mirada cansada pero aún firme. Está a punto de retirarse, y aunque nunca lo dice, lo sabemos todos. Tayler cree que lo van a ascender a su lugar. Y probablemente tenga razón. Es el tipo de oficial perfecto que la cúpula adora: limpio, obediente, de buena familia. Yo no dije nada. Solo lo observé mientras Anderson hojeaba un informe con expresión de fastidio. Cuando yo entré a esta unidad, el coronel a cargo era otro: David Clarke. Ese nombre todavía causa un leve cosquilleo en mi estómago. Lo suspendieron después del desastre con Theo Russo —mi cuñado— y otros “problemas” de los que nadie habla abiertamente. Pero yo sé cómo funciona esto: su padre tiene demasiado poder como para que una simple suspensión lo borre del mapa. Seguro lo transfirieron, lo protegieron… lo escondieron. “Vieja escuela”, le dicen. Yo digo que es un tiburón disfrazado de militar. Me acerqué al escritorio del coronel Anderson y me cuadré con un saludo formal. —Coronel —dije, con voz firme, mirando al frente. Él alzó la vista, me estudió por unos segundos y luego asintió. —Beltrán. Puntual, como siempre. —Sí, señor. —Hay una nueva misión —dijo el coronel Anderson sin levantar demasiado la vista del informe—. Y necesito a mi mejor teniente en esto. Ya sabía por dónde venía. A mí siempre me usan para lo mismo. Cuando se trata de seducir, infiltrar, manipular, ahí entro yo. La chica que sabe hacerse pasar por la mesera risueña, la amante frágil, o la rubia fácil con escote y sonrisa floja. Lo que no entienden muchos es que no se trata de mi cuerpo, sino de mi cabeza. Sé cómo leer a la gente. Sé cómo hacer que bajen la guardia. Y sé exactamente cuándo clavar el golpe. Pero aún así... —Por favor, dígame que esta vez iré de puta —solté con una ceja alzada, cruzando los brazos. El coronel soltó una carcajada fuerte, una de esas que hacen eco en la oficina. —Ese vocabulario, Abril… —Coronel —respondí con una sonrisa desafiante. Él dejó el informe sobre el escritorio y me miró con ese gesto de resignación que siempre me dedica cuando le desordeno el protocolo. —Sí… —dijo al fin—. Irás como infiltrada en un evento privado. Alta sociedad. Empresarios, militares retirados, algún que otro narco disfrazado de filántropo. Necesitamos ojos dentro. Alguien que sepa moverse sin levantar sospechas. —Entonces definitivamente de puta —asentí, satisfecha. —Irás con la teniente Smith —agregó, ignorando mi comentario con la paciencia que solo los viejos soldados tienen—. Dos infiltradas. Disfrazadas de asistentes de prensa. Deberán observar, grabar, obtener identidades. Rodé los ojos apenas. Smith. Técnicamente eficiente. Socialmente... una ameba. Pero bueno, una hace lo que puede con lo que hay. —¿Ubicación, hora y cobertura? —pregunté, ya más centrada. —Te pasarán todo en media hora. Y, Abril… —¿Sí? —No me hagas arrestarte esta vez por cachetear a un senador —dijo con una sonrisita. Sonreí también. Una sonrisa lenta. Peligrosa. —Solo si me mira el culo sin permiso. Y me di media vuelta, lista para prepararme. No sabía qué me esperaba en esa misión. Pero por dentro… algo me decía que no iba a ser solo una operación más. Algo me decía que iba a volver a verlo.
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