Mision.

1038 Words
Me miré al espejo con calma, repasando los últimos detalles. Vestido rojo. Ajustado, brillante, atrevido. Escote justo donde debía. A la medida de una "asistente de prensa" que en realidad está ahí para provocar, observar, grabar y, si es necesario… destruir. Una peluca rubia en tono miel caía sobre mis hombros. Latina, pero fingidamente gringa. Justo en ese punto donde los hombres ricos no saben si sos peligrosa o perfecta. Esa es mi zona favorita. A mi lado, la teniente Macarena Smith, mi mejor amiga —aunque a veces me pregunto cómo—, luchaba con un vestido color champán que parecía diseñado por una costurera de convento. —¿Qué carajos es eso, Maca? —le solté, frunciendo el ceño. Ella me miró con sus ojos enormes, nerviosa, apretándose el escote inexistente. —Es elegante… —No —le corté—. Es para un velorio , no para una infiltración en un evento lleno de narcos con fetiches.Estamos entrando como asistentes de empresarios corruptos, no como novicias recién salidas de misa. Tomé un vestido n***o con una abertura lateral que llegaba hasta el muslo y se lo tendí sin dudar. —Pruebate esto. Vamos, cariño… eres una puta, no una monja. Ella se ruborizó tanto que pensé que iba a explotar. —Abril… —No me vengas con que te da vergüenza —le dije, cruzándome de brazos—. Eres francotiradora, puedes volarle la cabeza a alguien a 700 metros, pero no te animás a mostrar las piernas. Por favor. Se rió bajito, nerviosa, y entró al baño a cambiarse mientras yo terminaba de colocar el micrófono oculto en el tirante del vestido. No sé por qué siguen metiendo a Macarena en estas misiones de infiltración. No sabe mentir, no sabe improvisar y apenas sabe coquetear sin atragantarse con el vino. Pero me cae bien. Y es la única persona en esta base que sabe quién soy de verdad… y no intenta cambiarlo. Me colgué el bolso de mano, donde llevaba una pequeña Glock desmontada en tres partes, un micrófono de contacto y mis documentos falsos. La noche apenas empezaba. Y algo en el aire me decía que esta vez… no era una simple misión. Era una trampa disfrazada de lujo. Y yo iba directo a bailar con el lobo. El taxi avanzaba por las calles iluminadas mientras yo repasaba mentalmente el plano del edificio y los posibles accesos de escape. Tenía la pierna cruzada, la mirada en la ventanilla y el vestido subido justo lo necesario para distraer sin parecer desesperada. A mi lado, Maca, o más formalmente la teniente Smith, seguía ajustándose el escote como si estuviera por cometer un pecado capital. —¿Y Tayler? —me preguntó de golpe—. ¿Dónde cree que estás? —Piensa que estoy mirando películas contigo —respondí sin apartar la vista del vidrio—. Le dije que era noche de amigas, helado y drama romántico.Solo espero que no me joda mucho si algún día termina siendo mi superior. Ella soltó una carcajada fuerte, sin filtro. —Es capaz de darte solo misiones de monja con tal de que no muestres las piernas —rió— Me odia desde que te conté lo que escuché de él. Rodé los ojos. —Idiota. Pero no pude evitar sonreír un poco. La bronca estaba ahí, latente… pero ya no dolía como antes.Solo quedaba la decepción que se convierte en costumbre. Todavía recuerdo cómo fue mi primera vez con Tayler.Perfecta, casi cinematográfica.Flores en la habitación, velas, vino.Como si yo fuera una princesa de porcelana y él, el héroe clásico. Y quizás por eso me dejé llevar.Porque todos en el ejército me miraban como si fuera un trofeo nuevo, como si esperaran que yo los eligiera. Pero Tayler… Tayler fue diferente. Al menos al principio. Me trató con respeto, me escuchó, me esperó. Y después…Después de acostarnos, Maca lo escucho presumiendo con sus amigos en la zona de descanso.Como si hubiese ganado una apuesta.Como si yo fuera un logro más en su currículum militar. La virginidad de la nueva. Lo enfrenté. Gritamos. Terminamos. Volvimos. En ese tiempo su padre enfermo y yo como idiota lo apoye. —¿Lo quieres todavía? —preguntó Maca con voz más suave, como si de verdad no quisiera meter el dedo en la herida. La miré, y no respondí al instante. El taxi frenó frente al salón. Las luces doradas iluminaban la entrada, el cartel elegante del evento nos daba la bienvenida a una noche de champán, mentiras y tiburones disfrazados de filántropos. —Lo suficiente para no odiarlo… pero no tanto como para perderme por él —dije finalmente, abriendo la puerta. Maca me miró un segundo, luego asintió. —Buena respuesta, teniente zorra. —Gracias, monja sexy —le guiñé un ojo. Nos bajamos del taxi.Las cámaras, los flashes, el murmullo de las recepcionistas nos recibieron. Caminábamos las dos por la alfombra de mármol pulido como si fuéramos parte de un desfile cuidadosamente ensayado. Maca iba a mi lado, con los tacones temblándole un poco y la cara más roja que el vino caro que seguro servirían adentro. —Relajate, por favor —murmuré entre dientes sin dejar de sonreír como si estuviéramos disfrutando de una noche de gala. —No puedo. Siento que todos nos miran —susurró, intentando no tropezar con la raja del vestido. —Nos miran, Maca. Esa es la idea.Las putas no se sonrojan.Se saben mirar, se hacen desear y se ríen por dentro —le dije, sin disimular la burla en mi voz mientras le acomodaba el escote con dos dedos—. Y tú pareces una virgen en su primer baile de promoción. Ella me lanzó una mirada de muerte, pero no dijo nada. Yo solo rodé los ojos y suspiré.La misión recién empezaba y ya estaba cuidando a mi mejor amiga como si fuera una adolescente infiltrada en una orgía. Al pasar por la entrada, el encargado revisó nuestras acreditaciones falsas, las miró con cara de “me importa un carajo” y nos dejó pasar. El lugar era lujo puro: arañas de cristal, música suave, mesas con manteles de lino blanco y bandejas con copas brillando bajo la luz cálida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD