Después de esa entrada digna de una película de guerra, el ambiente quedó espeso como el humo tras una explosión.
Todos se dispersaron a sus puestos sin decir una palabra más. Nadie quería ser el primero en equivocarse delante de Clarke.
Yo estaba con Tayler, revisando un informe de operaciones. Su ceño fruncido lo delataba desde lejos. Estaba molesto.
Y no lo culpaba.
Durante semanas, se había rumoreado que él sería el próximo Coronel. Tenía el apellido, la experiencia, la trayectoria. Su padre era un héroe condecorado, su madre la típica dama militar de revista, pero no.La estrella se la habían dado al hijo de puta con los ojos de hielo.
—Debería haber sido yo —murmuró Tayler, pasando las hojas con fuerza—. Todos lo saben.
No respondí. ¿Qué podía decirle? Que tenía razón, pero que no le habían dado el puesto porque Clarke no se deja manipular, ni siquiera por los Parker.Antes de que pudiera pensarlo mucho, escuché pasos firmes acercándose.
Él.
El Coronel Clarke.
Su sombra se detuvo frente a nosotros, proyectando una autoridad que helaba la sangre.Tayler se irguió al instante, borrando el enojo de su rostro y sonriendo como si fueran viejos amigos… que, de hecho, lo eran.
—¿Cómo estás, David? —dijo, extendiendo la mano con seguridad, como si todo lo anterior no hubiera pasado.
Por supuesto que yo ya sabía de su relación.
Antes de andar con Tayler, lo había investigado como cualquier mujer inteligente en mi lugar.
Y había descubierto que él y Clarke eran más que amigos. Eran como hermanos.
Habían crecido juntos, entrenado juntos.Y, sin embargo…
David no le devolvió el apretón de manos.
Sus ojos azules se clavaron primero en Tayler… luego en mí.
Y cuando me miró, lo hizo como si yo le debiera algo. Como si le ofendiera solo con existir.
—Aquí no soy David —dijo, con voz cortante como un cuchillo bien afilado—. Aquí soy su superior.
Tayler bajó la mano lentamente, incómodo.
—Claro, Coronel… —corrigió, aunque su mandíbula apretada delataba la frustración.
David no lo dejó pasar.
—Y si alguno de ustedes piensa que por tener historia personal conmigo va a recibir un trato especial… se equivoca.Aquí no hay privilegios. Aquí hay reglas. Y no aceptaré coqueteos, ni alianzas encubiertas, ni juegos sentimentales en la línea de mando.
Me lo dijo a mí.
Directo.
Como una advertencia.
Lo miré sin inmutarme, aunque por dentro me hervía la sangre.
—Entendido, Coronel —respondí con una sonrisa educada que decía “no me das miedo”.
Sus ojos me sostuvieron un segundo más. Un desafío silencioso.
Y luego se fue, con ese paso recto, implacable, dejando tras de sí una tensión que ni el aire podía cortar.
Tayler suspiró y negó con la cabeza.
—No cambia nunca… —murmuró—. Cree que con ese uniforme puede controlar al mundo.
No respondí.
Porque había algo en esa mirada de Clarke que no era solo autoridad ni desprecio.
Era personal.
Y tarde o temprano, iba a descubrir por qué.
Me quedé mirando su espalda mientras se alejaba. Erguido, arrogante, con ese aire de superioridad que me sacaba de quicio.
Me preguntaba si ese hijo de puta me recordaba.
De hace años.
Cuando me detuvo junto a mi hermana en aquel operativo donde todo se fue al carajo.
Tal vez sí. Tal vez no.
Habían pasado años.
Yo había cambiado. Mucho.
Aunque, sinceramente, no creo que Clarke sea del tipo que olvida.
Sacudí la cabeza y me obligué a concentrarme.
No iba a dejar que un par de ojos azules y un ego del tamaño de un portaaviones me sacaran del eje.
Fui a trabajar.
Tenía informes que revisar, nuevos movimientos que estudiar, y entrenamientos que dirigir.
Había ingresado al ejército para dejar atrás lo que fui.
Para construir algo mío.
Y no pensaba permitir que un maldito Coronel con pasado en común me hiciera tambalear.
Ni por un segundo.
[...]
Estaba en la sala de descanso, sirviéndome café aguado mientras repasaba mentalmente mi informe, cuando escuché las voces a mi espalda.
—El Coronel está muy bueno, tía —dijo Daniela, una de las tenientes más habladoras… y con una reputación que no se molestaba en ocultar. Se reía con sus amigas como si estuviera en un bar y no en un edificio federal.—Esos ojos, esa boca... y esa energía de macho dominante... Uf. No va a tardar en caer
Rodé los ojos. Clásico.
—Dicen que está casado —murmuró una de sus amigas, bajando la voz como si eso hiciera la conversación más decente—. Y que tiene una hija...
—¿Y qué? —resopló Daniela, acomodándose el escote invisible del uniforme—. Eso no me importa.Yo no quiero casarme con él. Solo quiero una noche. Tal vez dos, si vale la pena.
Solté un bufido apenas audible y me giré con mi café en la mano. No iba a dejar que me vieran reaccionar, pero por dentro...
Por dentro algo me apretó el estómago. No soporto a Daniela, pero finjo que si.
—¿Por qué me miras con esa cara, Abril? —soltó Daniela, riéndose mientras se cruzaba de brazos con aire de reina del drama—. ¿Celos, tal vez?
—No es nada… —respondí con tono neutro, llevando la taza de café a mis labios sin quitarle la vista.
Ella se acercó un poco más, como si buscara provocarme.
—Podríamos ser amigas —añadió con fingida dulzura—. Después de todo, soy amiga de tu novio… es el único del comando con el que todavía no me he acostado.
La soltó como si fuera un chiste, pero sus ojos brillaban con veneno.
Fingí una sonrisa. De esas que podrían congelar un volcán.
—Pues si lo haces… avísame.Así tengo tiempo de preparar las palomitas.
Mis palabras quedaron flotando en el aire como una amenaza disfrazada de sarcasmo.
Ella me sostuvo la mirada un segundo más, y luego rió, aunque ya no con la misma seguridad
—¡Qué lindas tetas! —rió una de las amigas de Daniela, sin ningún filtro ni respeto—. Abril, dime quién fue el cirujano que te las hizo.
Me giré despacio, con una ceja levantada.
—Son naturales y mucho más firmes que las tuyas… por si lo dudabas.
—Vamos, por favor —bufó otra, soltando una carcajada forzada—. Seguro no tiene ni un peso para hacerse algo así.
Y ahí… se me acabó la paciencia.
Me quité el chaleco táctico de un tirón, dejando ver el sujetador n***o que moldeaba perfectamente mi pecho.No fue por vanidad. Fue por rabia. Por dejar claro que yo no necesitaba cirujanos ni aprobación de nadie.
—¿Quieren comprobarlo? —disparé con frialdad, desafiándolas con la mirada mientras dejaba el chaleco sobre la mesa con fuerza—. Vengan, toquen si se atreven.
El silencio fue inmediato.
Los soldados alrededor levantaron la vista.
Algunos carraspearon incómodos, otros apenas disimularon las miradas furtivas.Yo no me moví. Mantenía la barbilla en alto, la mirada firme, como una loba rodeada de gallinas.
Y entonces lo sentí.
Una presencia detrás de mí. Fuerte. Pesada. Fría como un puñal en la nuca.
—¿Este es el tipo de disciplina que se maneja en mi unidad? —dijo una voz grave, autoritaria, que heló la sala en un segundo.
Tragué saliva.
David Clarke.
Me giré lentamente. Él estaba ahí. Brazos cruzados. Ceño fruncido. La mandíbula apretada.Sus ojos azules me recorrieron, no con deseo… sino con furia contenida.
—¿Tiene algo que explicar, Teniente Beltrán? —preguntó, con esa voz dura que hacía temblar hasta a los capitanes.
Me enderecé, volviéndome a poner el chaleco sin decir una palabra.No me arrepentía. Pero tampoco iba a darle el gusto de justificarme.
—No, señor.Todo bajo control.
Él se acercó un poco más. Apenas unos pasos. Lo suficiente para que sólo yo lo escuchara.
—Una sola vez más, y juro que no te salvo ni tu apellido.
Me sostuvo la mirada.
—Y deja de darle espectáculo a los novatos… O la próxima lo das en la enfermería.
Se fue sin decir más.
Y juro… que el calor en mi pecho no era vergüenza.
Era adrenalina.