—La señorita Antón se marchó señor. —Vamos a casa, no estoy de humor para seguir trabajando. Kassandra siempre logra sacarme de mis límites. Alexander se levantó de su enorme silla, caminando por su oficina con paso firme, el rostro con el semblante frío y el ceño fruncido. —Señor, debemos confirmar asistencia par la cena de mañana. —No iré, no quiero ser el centro de atención para la familia real, que se consigan otro bufón. —¡Señor! ¿Pero? —¡Pero qué! ¿Que harán en mi contra? ¿Quitarme el título nobiliario? Que lo intenten. Alexander era un hombre imponente, su atractivo lo complementaba con su dureza y frialdad. Una vez dentro del automóvil, Alexander se dejó caer en el respaldo del sillón, recibió un mensaje en su teléfono el cual lo hizo perder la calma unos instantes.

