Ana.
Treinta días. Solo treinta días.
Debe estar loco. Sí, definitivamente lo está.
Miré el reloj nuevamente: las tres de la madrugada.
Suspiré, hundida entre las sábanas, con los ojos abiertos de par en par. No había podido pegar un ojo en toda la noche.
¿Cómo demonios se le ocurre a mi jefecito decirme que me va a conquistar en treinta días? ¡Treinta! Creí que lo peor había sido escucharle decir que quería casarse conmigo… pero no. Esto era peor. Mucho peor.
—Ay, Ana —murmuré para mí—, ¿en qué lío te metiste?
Me giré por enésima vez, abrazando la almohada.
¿Cómo voy a hacer para no verlo? ¿Para no enamorarme más de su voz?
Esa voz grave, cálida… que hace que mi corazón se vuelva gelatina cada vez que pronuncia mi nombre.
Ay, si tan solo pudiera escucharla tan cerca de mi oído otra vez…
—¡Ana, ya deja dormir! —bufó una voz al otro lado de la habitación—. Te prometo que si sigues moviéndote, te saco de la cama.
Rodé los ojos y me incorporé un poco.
—Por Dios, Sofía, no estoy haciendo nada.
Sofía, mi hermana mayor, se volteó en la cama de enfrente. Tenía el cabello alborotado y cara de pocos amigos.
—¿Nada? —gruñó—. Tus pensamientos no me dejan dormir.
—¿Qué? ¿Mis pensamientos?
—Sí, tus pensamientos —repitió, encendiendo la luz de la habitación—. Te mueves de un lado a otro, suspiras como si estuvieras grabando una telenovela y balbuceas el nombre de tu jefe. ¡Dime la verdad, Ana! ¿El ogro ese por fin se dio cuenta de que estás locamente enamorada de él y quiere acostarse contigo? ¿O al fin se atrevió a despedirte?
Me quedé mirándola, con una mezcla de horror y risa.
—Pues… el ogro de mi jefe me propuso matrimonio.
—¿Qué? —Sofía se incorporó de golpe, los ojos como platos—.
—Lo que oíste. Me propuso matrimonio. Creo que por fin se dio cuenta de que huelo su saco cada vez que sale a respirar un poco.
—¡Qué! ¡Ana! —gritó, casi cayéndose de la cama—. ¿Cómo es posible que no me hubieras dicho algo así? ¡¿Te propuso qué?! ¡¿Acaso tu jefe se volvió loco?!
—Eso mismo le dije —dije entre risas—. Pero lo peor no es eso… dijo que quiere enamorarme en treinta días.
—¿Treinta días? —repitió Sofía, ahora casi chillando—. ¡¿Treinta días?! ¡Ana, eso es una declaración de guerra!
—Sofía, por favor —gemí, tapándome la cara con la almohada—. Me vas a dejar sorda.
—No, en serio, dime —dijo ella, levantando la sábana y acercándose a mí—, ¿estás bien? ¿No tienes fiebre? ¿Te revisaste la presión? ¿O acaso te queda poco tiempo de vida y por eso te propuso matrimonio?
—Sofía, deja de tocarme —reí, apartando sus manos—. No estoy enferma. Solo que, de la nada, mi jefecito decidió proponerme matrimonio y asegura que va a conquistarme en treinta días.
Mi hermana me observó un momento y luego soltó una carcajada tan fuerte que tuve que lanzar un cojín hacia ella.
—Jajaja, sí, claro. Como si pudieras resistirte. Estoy segura de que caerás en menos de ocho días.
—¡Sofía! —protesté indignada.
—¿Qué? —preguntó riendo—. Te conozco, Ana. Si ese hombre te dice “buenos días” con esa voz de comercial de perfume caro, te derrites en el acto.
—Eso no es cierto —dije, aunque mi voz sonó más débil de lo que quería.
—Ajá —canturreó ella, acomodándose entre las cobijas—. Ya veremos, hermanita. Ya veremos.
Me hundí en la almohada, intentando no pensar más en Ethan. Pero, ¿cómo no hacerlo? Su sonrisa, su mirada, la manera en que me había dicho “treinta días” tan seguro de sí mismo… era como si supiera que iba a ganar.
Y lo peor es que, en el fondo, yo también lo temía.
A la mañana siguiente, me levanté con los ojos hinchados y el cabello hecho un desastre. Había dormido apenas dos horas, y aún así tenía que ir a trabajar. Me miré al espejo y suspiré.
—Tú puedes, Ana. Es solo tu jefe. Tu jefe con ojos verdes, mandíbula perfecta y voz celestial… —me interrumpí—. ¡No! Tu jefe, punto.
Tomé mi bolso y salí de la casa. El aire de la mañana estaba fresco, y el sol apenas comenzaba a asomar.
Pero lo que no esperaba… era verlo ahí.
Frente a mi casa, estacionado con elegancia frente al andén, estaba él.
Ethan Jones.
Apoyado contra su auto n***o, un Audi brillante que parecía sacado de una película. Llevaba un traje gris oscuro, el saco desabotonado y unas gafas de sol que no ayudaban en nada a calmar el caos que se desató en mi pecho.
Mi corazón comenzó a latir tan rápido que creí que iba a salir corriendo.
—No puede ser —murmuré, paralizada—. No puede ser real.
Como si mis pensamientos lo llamaran, Ethan levantó la vista. Una sonrisa lenta, encantadora y peligrosa se dibujó en sus labios.
Acto seguido, se bajó las gafas y caminó hacia mí con esa seguridad que parecía hecha para provocar infartos.
Cada paso suyo era perfecto.
El movimiento del saco, la manera en que acomodó los puños de la camisa, el brillo del reloj en su muñeca.
Juro que por un momento olvidé cómo se respiraba.
—Buenos días, Ana —dijo al detenerse frente a mí, su voz baja y suave.
—Señor… señor Jones —balbuceé, intentando no derretirme.
—Te dije que me llames Ethan —corrigió, con una sonrisa leve mientras extendía la mano y me quitaba el bolso—. Déjame ayudarte.
Mi cerebro gritaba no lo permitas, pero mi cuerpo tenía otros planes.
Él tomó el bolso como si fuera algo delicado, abrió la puerta del auto y, antes de que pudiera protestar, me sostuvo la mirada.
—Vamos, te llevo al trabajo.
—Yo… puedo ir en bus —intenté decir, aunque mi voz salió tan suave que apenas se oyó.
—No lo dudo, pero no pienso permitirlo —replicó con esa seguridad que siempre desarma—. No hoy.
Se hizo a un lado, manteniendo la puerta abierta.
Su mirada me sostenía, tan firme y cálida que por un momento sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Tragué saliva, di un paso adelante… y cuando pasé junto a él, su perfume me envolvió.
Era una mezcla de madera, café y peligro.
Me giré para agradecerle, pero él ya estaba muy cerca. Demasiado.
—¿Lista para tu primer día de conquista? —preguntó en un susurro.
Y justo entonces, lo sentí: mi alma abandonando mi cuerpo.
Subí al auto en silencio, intentando recordar cómo se respiraba.
Ethan rodeó el vehículo, se acomodó en el asiento del conductor y, antes de encender el motor, me lanzó una mirada tan intensa que me ruboricé por completo.
Treinta días, pensé.
Solo treinta días… y ya voy perdida.