Ethan
Joder… algún día esta mujer me va a matar.
Bien sea de un susto… o de esa sonrisa que cada día me cuesta más olvidar.
Hace apenas unas semanas hubiera jurado que ella no existía en mi corazón. Era mi secretaria, nada más. Pero bastó escuchar a mi abogado y a mi contador hablar de lo bella que era, y de que uno de ellos pensaba invitarla a salir, para que algo dentro de mí se moviera. Algo que no supe cómo detener.
Desde ese día, verla reír o morderse el labio mientras trabaja se volvió una tortura exquisita. Y pensar que apenas ayer le propuse matrimonio, sin siquiera pensarlo dos veces. Sí, una locura. Pero es que Ana tiene esa manera de desordenarlo todo, de hacerme perder el control que tanto me enorgullece mantener.
Revisé una vez más los documentos sobre la mesa, solo para encontrar una excusa para mirarla. Hoy estaba más concentrada de lo habitual, los lentes le caían un poco sobre la nariz y el cabello se le escapaba en pequeños mechones rebeldes. Y por Dios, cada uno de esos mechones parecía tener vida propia.
—Ana —dije alzando la vista.
Ella dio un pequeño salto.
—¡Señor! ¡Sí, señor! —respondió con voz nerviosa.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Por Dios, Ana, no estamos en el ejército —repliqué, viendo cómo se ponía de pie de inmediato, tan torpe y encantadora como siempre.
—Perdón, señor Jones. Solo es que… —balbuceó mientras intentaba ordenar los papeles, aunque claramente no sabía qué decir.
Me levanté despacio, metí las manos en los bolsillos del pantalón y caminé hacia ella. Aún no entiendo por qué cada vez que me acerco se pone tan nerviosa, aunque sospecho que le gusta que lo haga.
—Ana… —dije quedando frente a ella. Su respiración se agitó apenas un poco.
Levanté una mano y aparté con suavidad ese pequeño mechón rebelde que le cubría la mejilla. Su piel era tan suave que tuve que hacer un esfuerzo para no dejar mi mano ahí.
—Señor… —susurró ella, bajando la mirada.
—Dime que ya tienes una respuesta —pedí en voz baja.
Ella tragó saliva, moviendo las manos nerviosamente.
—Señor, no es que no quisiera casarme… créame que quiero casarme, vestida de blanco, con flores, y… —sonrió tímidamente—, ¿por qué no?, tener por lo menos diez niños.
—¿Nada más? —pregunté arqueando una ceja, reprimiendo la risa.
—Bueno, sé que son muchos —rió nerviosa—, pero… ¿quién no ama a los niños?
—Luego su expresión se tornó más seria—. Pero volviendo a su propuesta de matrimonio… creo que no estoy preparada. Primero debe existir amor, y… bueno, conocernos, eso sería primordial.
Asentí, observándola. Tenía razón. Y sin embargo, había algo en ella que me hacía querer romper todas las reglas.
—Ya veo… así que quiere que la conquiste —dije con un tono más bajo, divertido.
—¿Qué? —preguntó abriendo los ojos con sorpresa.
—Dije que la voy a conquistar —repetí, acercándome un paso más—. Es más, le prometo que en treinta días estará rendida, completamente enamorada de mí.
Ella dio un paso atrás, pero ya no tenía a dónde ir: su espalda chocó con el borde del escritorio. Me acerqué un poco más, despacio, sin apartar la mirada de la suya. Podía sentir cómo su respiración se mezclaba con la mía.
—Señor Jones… —susurró, su voz apenas un hilo.
—Llámame Ethan —dije suavemente, bajando la voz hasta que mis palabras fueron solo aire contra su piel.
Mi mano se apoyó sobre el escritorio, a un lado de su cintura. La otra subió lentamente hasta detenerse en su mejilla. Ella tembló, sus pestañas parpadearon, y su mirada se perdió en la mía.
El mundo pareció detenerse un instante.
—Ethan… Esto no está bien —susurró, aunque no hizo el menor esfuerzo por apartarse.
—Lo sé —admití—, pero tampoco está mal querer saber cómo se siente estar tan cerca de ti.
Su respiración era un vaivén desordenado. Yo podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, el perfume suave que siempre me enloquecía. Incliné apenas el rostro, rozando con la punta de mi nariz la suya. Ella cerró los ojos.
—No… —murmuró con un suspiro que más parecía un ruego.
—Shh… —susurré, con los labios peligrosamente cerca de los suyos—. No voy a besarte… todavía.
Abrí los ojos y me encontré con los suyos, grandes, temblorosos, llenos de algo que no se atrevía a decir. Pasé el pulgar por la comisura de su boca, apenas un roce, y sentí cómo su respiración se cortaba.
—Treinta días, Ana —murmuré contra su piel—. Y juro que no necesitaré más.
Ella apartó la mirada, mordiéndose el labio con nerviosismo.
—No tiene idea de lo que dice…
—Créeme que sí —repliqué, enderezándome con una sonrisa—. Y lo peor de todo es que pienso cumplirlo.
Ella cruzó los brazos, intentando recuperar la compostura.
—Usted está completamente loco, señor Jones.
—Posiblemente —dije, caminando hacia mi silla otra vez—. Pero eso no cambia el hecho de que voy a hacerla enamorarse de mí.
La vi rodar los ojos, pero sus mejillas aún estaban encendidas.
—Eso no va a pasar.
—Ya veremos —dije con una sonrisa confiada, volviendo a revisar mis papeles.
Ella intentó concentrarse, aunque sus manos temblaban levemente. Y mientras fingía leer, yo no podía dejar de mirarla, sabiendo que por primera vez en mucho tiempo… el desafío más grande de mi vida no estaba en los negocios, sino en esa mujer que ahora evitaba mi mirada, aunque sonreía sin darse cuenta.
Y joder, sí… estaba perdido.