Ana.
Hay cosas en la vida que es mejor vivir solo una vez, y no lo digo por experiencia, por supuesto que no. Lo digo por mi jefe. ¿Cómo es posible que después de tres años trabajando juntos bueno, ni tantos, venga a decirme que quiere casarse conmigo? Por Dios, pienso que está loco… o que definitivamente se le cayó un tornillo.
Pero, siendo sincera… ¡es tan guapo!
A veces me pregunto si acaso me vio espiarlo aquella vez. Creo que si hubiera tenido más ojos, los habría abierto más para mirarlo mejor. Es que, Diosito santo, ¿cómo se le ocurre hacer un hombre tan perfecto? Sus trajes siempre impecables, ese perfume caro que deja huella cuando pasa cerca, y esa voz profunda que podría hacer que cualquier mujer pierda la razón.
Respiré profundo, me miré al espejo y una vez más intenté convencerme.
—Tú puedes, Ana… claro que puedes. No puedes quedarte para siempre en el baño… ¿o sí?
Negué con la cabeza. No, no podía. Si no salía pronto, mi jefe iba a matarme.
—¡Ana! —escuché su voz grave del otro lado de la puerta—. Por el amor de Dios, ¿hasta cuándo piensas quedarte ahí? Solo te pedí que fueras mi esposa, no que te suicidaras.
Rodé los ojos. Claro, como no. Por supuesto que me había pedido un suicidio, ¿quién en su sano juicio le propone matrimonio a su secretaria en plena junta de trabajo?
—Ana, si no sales tendré que llamar a los bomberos… o a los guardias de seguridad… o a Bermúdez.
—¡Nooo! ¡A Bermúdez no! —grité con desesperación—. Ya salgo, señor Jones, ¡ni se le ocurra llamar a Bermúdez!
Lo escuché reír. Maldición, esa risa… esa risa grave y segura que hacía que me temblaran las rodillas. Me miré de nuevo en el espejo, intentando alisar mi cabello rebelde.
—Tú puedes, Ana —repetí entre dientes—. Claro que puedes. Bueno… no puedes.
Suspiré y tomé valor. Di dos pasos, giré la perilla, respiré profundo y abrí la puerta.
Y ahí estaba él. De pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, el saco desabotonado y la mirada fija en mí. Por Dios, ¿cómo puede ser tan guapo?
—Hola, señor Jones —murmuré, moviendo la mano nerviosamente de un lado a otro.
Él arqueó una ceja.
—¿“Hola”? ¿Eso es todo lo que tienes que decir después de desaparecer quince minutos en el baño?
—Eh… bueno… estaba… procesando. —Me reí nerviosamente—. No todos los días tu jefe te pide matrimonio así como así, ¿sabe?
—Ana —dijo, cruzando los brazos—, joder, ¿qué te sucede? ¿Acaso te parezco un ogro? ¿O feo, tal vez?
Sonreí, aunque mi corazón se aceleró.
—Bueno, jefecito… ogro sí… y feo, feo no.
Él soltó una carcajada y dio un paso hacia mí. Su perfume me envolvió de inmediato, ese aroma a madera y poder que siempre lo acompañaba.
—Así que ogro, ¿eh? —susurró con una sonrisa traviesa—. No recuerdo que los ogros le trajeran café todas las mañanas a su secretaria.
—Ni que los ogros tuvieran ojos tan bonitos —solté sin pensar.
Oh, no. Lo dije en voz alta.
Él inclinó la cabeza, divertido.
—¿Bonitos? Así que también te has fijado en mis ojos… interesante.
Sentí que mis mejillas ardían.
—Yo… no… o sea, sí, pero no de esa forma.
—De qué forma entonces, Ana —dijo acercándose un poco más—, porque desde que entraste a esta empresa no hay día que no te vea mirarme como si quisieras leerme el alma.
Tragué saliva. No podía moverme.
—No sé de qué habla, señor Jones.
—Claro que lo sabes —respondió, bajando la voz—. Pero tranquila, no pienso hacerte nada que no quieras… todavía.
—¿Todavía? —pregunté, casi sin voz.
Él sonrió con esa seguridad que solo tienen los hombres peligrosamente atractivos.
—Dije que quería casarme contigo, Ana, no que te asustaras. No planeo obligarte. Solo quiero que pienses… si realmente no sientes nada.
Lo miré. Su mirada era seria ahora, intensa, sincera.
—Yo… no sé qué siento —murmuré—. Solo sé que cada vez que está cerca me cuesta respirar.
—Entonces no pienses tanto —dijo él con suavidad—. Respira conmigo.
El silencio se volvió denso. Pude escuchar mi corazón golpeando como un tambor en el pecho. Él dio otro paso, quedando tan cerca que su sombra se mezcló con la mía.
—¿Sabes por qué te pedí matrimonio? —preguntó finalmente.
—Porque está loco —respondí con una sonrisa temblorosa.
—Tal vez —rió—. Pero también porque nunca había conocido a alguien que me sacara de quicio y me hiciera reír al mismo tiempo. Alguien que no se doblegara ante mí.
—¿Y eso es suficiente para un matrimonio?
—No lo sé —admitió él—. Pero quiero averiguarlo contigo.
Bajé la mirada. No era un hombre cualquiera, era mi jefe, el señor Jones, el CEO más temido del país. Y yo… solo era su secretaria, la que a veces olvidaba dónde guardaba los informes y se enredaba con los cables de la impresora.
—Usted no necesita casarse conmigo, señor Jones —susurré—. Puede tener a quien quiera.
—Eso ya lo sé —respondió con calma—. Pero la única que quiero es a ti.
Su sinceridad me desarmó. No supe qué decir, así que solo lo miré. Él dio un paso más y levantó mi barbilla con delicadeza.
—Piénsalo, Ana. No te pido una respuesta hoy. Solo prométeme que no volverás a esconderte en el baño.
—Lo pensaré —dije al fin, intentando mantener la compostura.
—Eso me basta —sonrió—. Ahora, ven, tenemos una junta que retomar… aunque después de esto dudo que alguien pueda concentrarse.
Rodé los ojos y lo seguí, intentando no tropezar.
—Y pensar que todo empezó con una taza de café.
Él giró para mirarme de reojo.
—No, Ana… todo empezó el día que me sonreíste por primera vez.
Y ahí supe que estaba perdida.