Nicole
La semana en Los Ángeles comenzaba a llegar a su fin y aproveché que al día siguiente mamá había salido de compras y papá pasaría varias horas en una reunión, para disfrutar de la soleada tarde en la piscina del hotel, a solas.
Cuando Rafael regresó estaba tan de buen humor que me resultó hasta extraño verlo tan genuinamente alegre. Inclúso nos pidió a mamá y a mí cenar en la terraza del hotel, y no me negué, la noche estaba especialmente bonita y cálida para salir a cenar afuera.
Disfrutaba mi deliciosa cena en silencio, observando la increíble vista que tenía de los demás edificios de la ciudad, mientras escuchaba a papá contarle a mamá lo que este negocio significaría para el crecimiento de las empresas y la riqueza familiar, ella lo escuchaba con suma atención y acotaba de vez en cuando, yo me perdí apenas comenzó.
Mi mente comenzó a divagar inconscientemente en los recuerdos de la noche anterior, flashbacks del alemán. De sus grandes manos sobre mi cuerpo, de sus suaves labios recorriendo mi piel, de su aroma, de la forma en que mis sentidos se descontrolaron e inclúso encontrandome en una situación donde podría haber sido descubierta, no quise detenerme.
Aunque era consciente de que no se trataba de nada más que una aventura que pronto llegaría a su fin, no podía negar que resultaba sumamente adictivo... y peligroso... y excitante.
—¿Cariño?... Nicole —la voz de mamá me regresó a la realidad— ¿Estás bien, cielo? Luces distraída.
Tomé mi copa, dandole una mirada, —Claro —dije encogiendome de hombros para restarle importancia, dandole un sorbo al vino, despejando mi cabeza de aquellas imágenes.
Quitandole a Madden el espacio que tomó en mis pensamientos.
Continué con mi cena hasta que papá decidió volver a hablar, esta vez mencionando un nombre que para mí era como una maldición.
—Hablé con Dante esta mañana, me ha dicho que Vincenzo preguntó por ti.
El tenedor entre mis dedos dejó de enrollar la pasta cuando por un instante me tensé, retomando rápidamente la compostura.
—¿Ah si? —no me molesté en sonar interesada.
De por sí tener que continuar como si todo estuviera bien con el rumbo que tomaría mi vida era lo suficientemente difícil, tener que hablar de ello era una tortura.
¿Por qué no simplemente sucedía y ya? Como por arte de magia despertar un día siendo la esposa de Vincenzo Romano y tener que ahorrarme todo el castigo de hablar de boda, vestidos, la ceremonia, fingir amarlo, y toda esa basura como si yo la hubiera escogido.
—Le dije que nos encontrabamos en Los Ángeles pero que al terminar con los asuntos aquí volaríamos a Italia para que puedan verte.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría, la comida casi se me atoró en la garganta y mis ganas de seguir cenando se esfumaron.
—¿Por qué? —traté de no sonar molesta aunque la sangre comenzaba a hervirme y varias alarmas se encendieron en mi interior.
—¿No está deliciosa la pasta? —se interpone mamá, tratando de que la conversación tome otro rumbo.
—Se supone que faltan meses para que el circo comience —agregué, esta vez cruzandome de brazos, con la atención en papá. También pude distinguir la mirada de advertencia de mamá sobre mí, o tal vez era súplica para no armar un escándalo, no lo sé, no la miré realmente.
Papá seguía comiendo con normalidad, aunque su semblante había cambiado, si seguía por donde estaba yendo lo haría enfadar. Y que poco me importaba. ¿Acaso no tenía yo derecho a estar enojada?
—Meses, semanas, da igual lo que falte porque al final terminarás siendo su esposa, Nicole.
Claro, no hacía falta enojarse, tenía las palabras correctas para atravesarme el pecho.
—No entiendo por qué tanto apuro entonces, si fuera por mí no lo vería hasta el día de la boda.
—No seas así, Nicole —mamá habla con suavidad y paciencia—. Vincenzo es un buen hombre, educado, atractivo...
—Es un desconocído, mamá, punto.
Lo había visto unas pocas veces de adolescentes cuando Dante iba a ver a papá porque eran mejor amigos de toda la vida, solo unas cuantas malditas veces. Para cuando me lo presentaron oficialmente venía con el aviso de que sería mi prometido, y luego dos años sin verlo.
—Basta, Nicole, ya hemos hablado de esto.
Esa vez sí miré a mamá, cuando sus palabras fueron acompañadas de un toque de su pie a mi pierna bajo la mesa. Mi mandíbula se tensó, tenía tanto que decir pero, ¿qué sentido tenía? Como siempre las palabras murieron en mi pecho, pudriendose y a mí misma.
—Se me fué el apetito —me levanté de un salto, dejando la servilleta de tela sobre la mesa.
—Nicole... —mamá trató de detenerme pero papá hizo un gesto para que me dejara y salí de allí hecha una furia.
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Las horas pasaron mientras me obligaba inútilmente a mi misma a tratar de dormirme, solo para dar vueltas en la cama suspirando malhumorada. En un momento mi móvil vibró y lo tomé, leyendo Número Desconocido en la pantalla y abrí el mensaje con curiosidad.
Número Desconocido: “Buenas noches, Liebe”
Me incorporé automáticamente, releyendo el mensaje varias veces, sintiendo como mi corazón daba un salto contra mi pecho. No tenía que ser adivina para saber de quién se trataba, no reconociendo aquél apodo.
Mis dedos se movieron al teclado pero me detuve, sopesando por un instante si era buena idea continuar con eso, pero entonces mis dedos curiosos ya se encontraban tecleando una respuesta.
Nicole: “¿Cómo conseguiste mi número?”
Apagué el móvil, llevando mi dedo a mi boca, mordiendo mi uña, teniendo la mente en blanco y el corazón palpitandome en el pecho mientras esperaba una respuesta. Entonces escuché dos dings.
Número Desconocido: “Tengo mis métodos, Liebe.”
Número Desconocido: “Te lo dije, siempre consigo lo que quiero”
Nicole: “¿Y qué se supone que buscas ahora?”
Esa vez no apagué el móvil, me quedé viendo la pantalla y como aparecía el escribiendo.
Número Desconocido: “A tí”
Releí esas dos palabras una y otra vez, sintiendo un hormigueo extraño en el vientre, como si fuera una estúpida adolescente.
Número Desconocido: “Solo a tí”
Número Desconocido: “No puedo sacarte de mi cabeza ni por un maldito segundo, ¿tienes idea de lo fastidioso que eso es?”
Número Desconocido: “Debería estar ocupandome de asuntos importantes, pero solo pienso en cuánto necesito tenerte cerca”
Aquella confesión hizo que las comisuras de mis labios se curvaran sutilmente, porque yo tampoco podía sacarmelo de la cabeza. Y no sabía qué tan malo era eso. Recosté mi espalda en la cabecera de la cama, tecleando mi respuesta, borrándola, pensando un momento y finalmente volviéndola a escribir.
Dios, Madden iba a creer que estaba loca de tanto borrar y escribir.
Nicole: “Bueno, supongo que es una lástima que tu estés allí y yo aquí”
Su respuesta no tardó en llegar.
Número Desconocido: “Vaya mierda, ¿verdad, Liebe?”
Mi ceño se frunció sutilmente, no era la respuesta que esperaba pero, ¿que esperaba? Ni siquiera debía estar hablando con él para comenzar. Miré la pared a oscuras un momento, pensando en qué rayos estaba sucediendome, cuando volví a mirar la pantalla y entonces me percaté del otro mensaje que acababa de llegar.
Número Desconocido: “Mira por la ventana”
Cuatro palabras y mi corazón se detuvo, pestañeé varias veces creyendo que era una maldita broma, no podía ser verdad, si él estaba allí, afuera, estaba jodida. Mis dedos se aferraron a mi móvil con fuerza mientras me levantaba de la cama de un salto y me asomaba por la ventana, corriendo la cortina, encontrándome al alemán cruzado de brazos, apoyado en su Bugatti estacionado en la desierta y algo oscura calle.
Maldita sea.
Ding.
Número Desconocido: “Baja”
Nicole: “¿Estás malditamente demente?”
Miré por la ventana, estaba tecleando en su móvil y entonces su respuesta me llegó.
Número Desconocido: “O subiré yo”
Cuando lo volví a mirar tenía esa mirada retadora, oh él jodidamente lo haría.
Me alejé de la ventana, abriendo mi clóset y tomando un par de zapatillas deportivas negras, llevaba puesto mi pantalón de dormir y una sudadera cubriendo lo único que llevaba debajo que era un sostén. No me cambiaría, ni siquiera me molesté en arreglarme el cabello.
Me escabullí por los desiertos corredores directo hacia el ascensor, tocando el botón directo al vestíbulo con dedos temblorosos. Una vez abajo, crucé la calle en dirección a Madden con una mirada fulminante.
—¿Acaso te volviste completamente loco, Madden? ¿qué carajos crees…? —Mis quejas murieron en mi garganta cuando la boca de Madden se estampó contra la mía. Su mano se deslizó en mi mejilla y, aunque traté de resistirme, su brazo me envolvió, pegándome a él, y mi molestia se desvaneció al igual que mis reproches.
—¿Nos vamos? —habló con su boca a centímetros de la mía, y aún algo descolocada por su beso no pude negarme cuando él abrió la puerta del copiloto para mí y me monté, siguiéndolo con la mirada mientras rodeaba el Bugatti y se ubicaba a mi lado, antes de arrancar alejándonos del hotel… y de mis padres.
Joder, ¿qué haría si se les daba por revisar mi habitación? ¿Y si alguien nos había visto?
Entonces la mano de Madden tomó la mía, que se movía nerviosamente sobre mis piernas, enlazando nuestros dedos y la llevó a su boca, dejando un suave beso.
No sabía con exactitud que estaba haciendo, solo que estaba mal, que podría haberle dicho a seguridad que no lo dejaran pasar, podría haberle dicho que le diría a mi padre, podría no haber respondido aquél mensaje, pero jodidamente lo había hecho y… no estaba arrepentida. Porque quería alejarme con él. Y no sabía que tan malo era aquello. Muy en el fondo, tenía un mal presentimiento sobre lo que estaba haciendo, algo me decía que entre más alta la subida, más dura sería la caída, y estaba malditamente jodida porque Madden me hacía sentir como en el cielo.