CAPÍTULO I

1329 Words
«It takes twenty years or more of peace to make a man; it takes only twenty seconds of war to destroy him». «Se tardan veinte o más años de paz para hacer a un hombre y bastan veinte segundos de guerra para destruirlo». Balduino I de Bélgica. P.O.V Drake Wells. Martes, 12 de abril.  07:54 a.m. Staten Island, Nueva York. Dicen que lo mejores crímenes se cometen a plena luz del día; más aún si los ejecutas con éxito. — ¿Cuánto tiempo tenemos? — mi amigo se sobresaltó al no esperar escucharme hablar. — Unos cinco minutos. Eché un rápido vistazo al ostentoso reloj que rodeaba mi muñeca poco dispuesto a perder el tiempo en aquella misión. Logan, a mi lado, ni si quiera se movió.  Ambos esperábamos en aquél auto estacionado en el aparcamiento al aire libre, justo enfrente de uno de mis edificios situado a las afueras del distrito de Staten Island.  Faltaban cinco minutos para las ocho de la mañana.  — Comunícame con Salvin — le ordené a mi segundo al mando. Logan no tardó en manipular su móvil y adaptar la línea del auricular de Mike con el mío. — ¿Se ha realizado la transferencia a mi cuenta? — Se ha depositado la cantidad completa — respondió el rubio al otro lado. Pude imaginarme la sonrisa ladina que se formaba en su rostro. — En ese caso, que procedan a repartir el sesenta por ciento de esas ganancias tal y como acordamos. Y tened preparado un vuelo a Londres para las diez de la mañana, aunque dudo que lo vayamos a necesitar.  Una vez cortada la comunicación, Logan y yo nos miramos con una expresión triunfante y satisfecha. Todo estaba saliendo según lo planeado.  El castaño volvió a verificar la hora y el corazón comenzó a martillearme en el pecho, no por miedo, sino por el éxtasis que me causaba imaginar lo que estaba a punto de hacer.  Kalf Lodbrok y Cedric Désjardins habían sido las dos últimas nuevas incorporaciones a Wells Companies. Dos hombres que contaban con un gran currículum e historial habían aparecido de la nada en Nueva York dispuestos a encontrar un hueco en los laboratorios farmacéuticos más importantes del país. Fue tan repentina su llegada que no tardé en encomendar a mi equipo su investigación a fondo.  Habían pasado casi tres meses desde la confrontación con los Ruffalo en Italia, por lo que no era buen momento como para confiar en el primero que se cruzara por delante. A pesar del brillante trabajo que ambos estuvieron llevando en la empresa hasta el momento, siempre hubo algo que me chirrió.  Lo imprevisto puede resultar ser bueno, pero dentro de la mafia —el ámbito donde nos movíamos— la mayoría de veces era una trampa.  Fue por eso por lo que decidí estudiarles, observar cada uno de sus pasos e indagar en su pasado. Lo gracioso fue descubrir que aquellas personas no eran quienes decían ser, pues habían pasado por un minucioso cambio de identidad.  A lo largo de los últimos días, uno de mis hombres halló unas antiguas fotografías en las profundidades de Internet. En ellas, quien se hacía llamar "Cedric Désjardins" se encontraba junto a uno de los hombres más importantes del gobierno italiano.  Qué coincidencia que ese tipo con el que parecía disfrutar de una agradable charla acompañada de vino y comida fuese del partido político que los Ruffalo se ecargaron de exterminar hace unos años, ¿no? A partir de ese hallazgo, la realidad fue llegando sola dándonos de bruces contra el suelo. Ese par de ratas trabajaban para quienes intentaron deshacerse de mi padre y de la persona que más llegó a marcarme: Allyson. Ese día decidí poner mi plan en marcha. Me desharía de ellos, pero antes sacaría el máximo provecho. Les exprimiría como a un par de naranjas antes de tirarles a la basura. Extorsión y chantaje. Bastó un mensaje amenazante para que reunieran entre ambos una gran suma de dinero y me la ofrecieran si querían salir con vida del país. Fueron alertados de que conocíamos las intenciones reales que tenían y que, si no obraban como se les indicaba, su fin sería inmediato. Por otro lado llegó la mentira. Les prometí un vuelo que les sacara del suelo americano si, tras haber recibido el dinero, me cercioraba de que ningún Ruffalo había sido alertado de lo que estaba pasando. El desconocimiento de nuestros pasos por parte de la competencia nos haría caminar siempre por delante. Sería digno de un tonto actuar saliéndose de lo establecido. Cualquier persona con un mínimo de conocimiento en el mundillo sabría que sus móviles ya estarían pinchados y que, como si se tratara de fantasmas, había gente encargada de observar cada uno de sus pasos incluso cuando creyesen encontrarse solos. No era algo por lo que sentirse orgulloso, pero quien juega con fuego se quema. Y jugar conmigo era como entrar en la boca de un incendio forestal.  — Un minuto — susurró Logan, tenso. Sentí el rugido del motor del coche cuando mi compañero lo encendió. La ventanilla de mi puerta bajó hasta la mitad y tan solo tuve que enfocar la mirada en la entrada de los laboratorios de mi propia empresa.  Distinguí la salida de esos hombres antes de que mi equipo me alertara a través del auricular. Caminaban inseguros y se habían cubierto parte del rostro con el cuello de las gabardinas que vestían, como si de esa forma pudieran pasar más desapercibidos.  En sus cabezas había un avión esperándoles en el aeropuerto de la ciudad. En la mía, en cuanto doblaran la esquina del edificio... Tomé mi arma y bajé un poco más la ventanilla. Dirigiéndose hacia el coche de Lodbrok, esperé pacientemente a que se acercaran lo suficiente a mi vehículo.  El ruido de la ciudad me rodeó: tráfico a escasas calles de distancia, el viento soplando entre los árboles o aviones sobrevolando nuestras cabezas.  Respiré de forma profunda y, cuando uno de ellos abrió la puerta del piloto, disparé.  Uno, dos, ¿tres? Mi puntería siempre había sido excelente pero un pequeño despiste o una ráfaga de mala suerte me hizo utilizar una bala de más cuando noté que la segunda no se incrustaba en la nuca de mi víctima si no que pasaba de largo.  El primero, Kalf, cayó de bruces contra el interior del vehículo, pues estaba a medio subir al asiento del conductor. Cedric se estampó contra la carrocería del coche y se desplomó llenando el asfalto de un charco brillante y rojizo. Subí la ventanilla a toda prisa y no tuve que decir nada para que Logan pisara el acelerador a fondo. Pude ver cómo mis hombres, completamente encapuchados en ropajes oscuros, subían los cuerpos sin vida a una furgoneta que apareció derrapando por la esquina contraria.  Mi auricular vibró treinta segundos después, cuando ya nos encontrábamos en medio del tráfico de la ciudad en dirección a la sede principal. — Listo, jefe. Trabajo hecho.  — Supongo que no ha habido ningún testigo — estaba seguro de que no, pero quería que alguien me lo reafirmara para quedarme plenamente tranquilo. — A penas se ha escuchado nada gracias al silenciador, la calle estaba vacía.  — Ya sabéis qué hacer con los cuerpos. Escuché una afirmación de despedida, pero carraspeé para que no cortaran comunicaciones todavía. Había algo que me preocupaba y me avergonzaba a partes iguales. — Utilicé una bala de más — susurré con cierta rabia.  — Nos hemos encargado. Allí no ha pasado nada.  Agradecí que me conocieran lo suficiente como para no dejar caer ningún tipo de comentario que me resultara inapropiado. Cualquier palabra mal utilizada podría haberme irritado y no era conveniente verme en ese estado.  Me recosté contra el asiento y miré a Logan con una sonrisa cuando me deshice de mi auricular. La paz se adueñó de mi ser, la misión salió mejor de lo que había imaginado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD