— ¿Es necesaria una amenaza para que me des la información?
— Señor, lo siento, pero yo solo sigo órdenes.
— ¿Órdenes? ¿Órdenes de quién?
— De su padre.
Hacía ya tiempo desde que Ronald Wells se había retirado de la empresa, pero por alguna razón se negaba a dejar de presidir los negocios ilegales de la familia. Pensé que su idea era completamente diferente.
Llega un momento de tu vida en el que te cansas. En el que decides que es hora de retirarte del trabajo que tantos años de vida te quitó. Sin embargo, si no lo dejas del todo, no conseguirás el respiro que tanto ansiabas.
Mi padre se estaba engañando a sí mismo. Creyó que había llegado el momento de dejar la mafia en mis manos pero, al igual que quería que fuera yo quien lo manejara todo, era incapaz de deshacerse de esa parte de él.
Apreté mis puños sintiendo cómo las uñas se me clavaban en la piel. Inhalé y exhalé con fuerza mirando al hombre que custodiaba la puerta del despacho principal de la sede central aun sabiendo que él no tenía culpa de nada. Como había dicho, tan solo seguía órdenes.
Era demasiado extraño que mi padre me prohibiese la entrada a una reunión. Y mucho más sabiendo que acabábamos de cargarnos a dos tipos infiltrados entre nosotros que mantenían estrechos lazos con los Ruffalo.
Me encaminé hacia el bar de la sede sabiendo que mi mente ya no estaba allí sino viajando a todas y cada una de las entregas, intercambios y misiones que habíamos hecho desde que volvimos de Italia.
Italia.
No tenía intención de pisar de nuevo ese país en mucho tiempo. Tan solo conseguía recordarme aquello que me esforzaba día tras día en olvidar.
El camarero me sirvió una piedra de whisky y yo le agradecí con la mirada no tener que recordarle qué era lo que me gustaba. Me quedé ensimismado en el color amarillento del licor.
No la había vuelto a ver.
Después de que decidiera irse en el aeropuerto esperé un tiempo para que pudiera pensar tranquila. Fui un iluso al creer que las cosas entre nosotros se arreglarían. Que sería el amor el que vencería.
Al ver que no quiso dar señales de vida, me preocupé. La llamé varias veces cada día pero nunca respondió. De las llamadas pasé a los mensajes, pero al ver que llegaban sin problema y era ella la que no contestaba, desistí.
No quería hablarme, no quería saber nada de mí. Y fui capaz de respetar su voluntad hasta que ya no pude más y opté por ir a visitarla personalmente hasta su casa.
Llamé varias veces a su timbre aquella noche y, aunque supe que se encontraba allí por las luces que se veían a través de las ventanas de su apartamento, prefirió hacerme creer lo contrario.
Mandé a mis hombres protegerla desde las sombras el día que la vi aparecer en la empresa. Dejó el trabajo y salió de allí evitando mi mirada, por lo que no quise ponérselo más difícil. Decidió alejarse y, aunque yo nunca estuve de acuerdo, no me quedó más remedio que acatar su decisión.
Si insistía sería un pesado, un acosador... Si desistía no me habría importado lo suficiente. Me juzgué sin piedad, pero tenía que tomar un camino. Quizás estuve tan equivocado como ella.
A partir de entonces no volví a pisar la empresa. Tuve días de desolación en los que únicamente el alcohol fue capaz de frenar el ardor vacío de mi pecho.
Dejé lo lícito a un lado y me centré en la otra cara de la moneda. La mafia ocupó el hueco que dejó Allyson Parks.
— Otra — ordené al hombre que limpiaba un vaso de cristal tras la barra.
— ¿Bebiendo en horas de servicio?
Una voz ronca me sobresaltó a la espalda.
Jhon D'armento me pilló desprevenido al colgar uno de sus brazos sobre mi cuello. Estallamos entre risas hasta que tomó asiento en uno de los taburetes que había a mi lado. No le veía desde que nos despedimos en Volterra.
— ¿Qué estás haciendo tú aquí?
— Abbiamo lavoro, figliolo.
«Abbiamo lavoro».
Cuando éramos tan solo unos críos bromeábamos con esa frase, la imitábamos poniendo distintos tipos de voces. Su padre era quien la decía cuando había algo importante que hacer. Algo que tenía que ver con la parte oscura que ocultaba nuestra vida.
Antes de que me diera tiempo a preguntar más, mi padre apareció en la pequeña estancia junto a Logan y Mike. El hombre, repeinando su cabello color perla, portaba la sonrisa característica de tener que pedirme algo.
Tomaron asiento a nuestro lado y el viejo ordenó nuevas copas de whisky antes de hacer que el camarero desapareciera del lugar para poder hablar tranquilos.
Ronald y Jhon se miraron con complicidad consiguiendo que me entraran más ganas de saber qué era lo que tenían entre manos.
— ¿Cómo ha ido la misión, hijo?
— Nos hemos deshecho de ellos — sonreí triunfante. — Lo más seguro es que ahora estén siendo carcomidos por los peces de Lower Bay.
Ambos me miraron orgullosos. No tuve que hablar con Jhon para saber que éste ya había sido informado de todo lo que estaba pasando.
— Ahora hablad — soné tajante, mi padre comenzó.
— Como sottocapo y consigliere sabrás la importancia de mantener correspondencia con los australianos. Son de los...
— De los mayores importadores de armas — dijimos ambos al unísono.
De nuevo, no pudo evitar esbozar una sonrisa satisfecha al mirarme. Sentí haberle enorgullecido con mi respuesta.
— Es por eso que debemos hacerles un favor.
— ¿Qué tipo de favor? — preguntó Logan. Todos allí sabíamos de qué tipo eran los favores que se hacían en la mafia.
Nunca habíamos trabajado directamente para ellos, por lo que me resultaba una incógnita enorme que mi padre quisiera servirles. Si bien es cierto que una alianza con los australianos supondría un sin fin de beneficios, ahora no lo necesitábamos, ¿o sí?
Jhon le dio un trago largo a su vaso y se rascó la nuca mientras mi padre colocaba una carpeta sobre la barra la cuál no había visto que traía.
Sacó varios documentos y mostró un par de fotografías donde aparecía una niña de cabello largo y rubio. Era europea, parecía rusa.
— Se hace llamar Hannah Russel pero su verdadero nombre es Sylvia Kjös. Está en su último año de instituto y vive junto a su madre biológica en Wilmington. Vuestra misión será llevarla a Australia, donde se encuentra su padre.
¿Pero quién era su padre?
— Su padre es Magnus Kjös, el líder de los australianos — comentó Jhon, como si estuviese leyéndonos la mente.
— Pero Kjös es un apellido sueco — a veces Logan era insultantemente inteligente.
— ¿Y qué más da? — interrumpió Mike tras una risa irónica. —¿Desde cuándo nos importan tanto los detalles?
Tenía razón. Quizás estábamos entrometiéndonos demasiado, yéndonos por las ramas. Pero aquella chica aún era una cría por mucho que estuviera utilizando un nombre falso. Vivía junto a su madre y me hubiera jugado el cuello diciendo que ambas se escondía de algo o... de alguien.
— El caso es... ¿Qué haremos cuando la dejemos junto a Magnus?
— No haréis preguntas, daréis media vuelta y volveréis a Nueva York — ordenó Ronald mientras recogía los papeles que había esparcido frente a nosotros. — La quieren viva, así que nada de violencia.
— Oh, venga... es una cría. Será como transportar a un cachorro — alardeó Mike mientras mi padre se dirigía hacia fuera de la zona del bar, dispuesto a seguir con sus asuntos en el despacho.
— Nada - de - violencia... — dictaminó arrastrando las palabras justo antes de desaparecer por la puerta.
El asunto quedó, ergo, cerrado. Y aún así sabía que Ronald me comentaría mucho más cuando me diera las indicaciones exactas.
Prefería otros campos de trabajo antes que el secuestro, pero cuando mi padre posó la mirada sobre mí supe que no tenía elección.