P.O.V Allyson Parks.
Martes, 12 de abril.
10:10 a.m.
Little Italy, Nueva York.
Resultaba hipnotizante la forma tan característica en la que las nubes lloraban sobre la capital del mundo moderno.
Las gotas de la suave lluvia matutina aún recorrían los cristales que pertenecían a los pequeños ventanales de Hidden Cafe. Desdibujaba con mis yemas el vaho que se formaba en el interior.
Un café a medias y un libro abierto yacían sobre mi mesa.
«Y recuérdame.
Y recuerda que pienso en ti,
que no lo sabes pero te vivo todos los días,
que escribo sobre ti.
Y recuerda que buscar y pensar son dos cosas diferentes.
Y yo te pienso pero no te busco».
Charles Bukowski había vuelto a hacerme volar sin siquiera despegar los pies del suelo de aquella cafetería.
Como una simple navaja oxidada, él siempre era directo y conciso en sus escritos. Pero quizás su prosa autodestructiva no era la mejor opción para alguien que llevaba meses perdida.
Me gustaba visitar Hidden Cafe por las mañanas porque nunca había demasiada gente. Aquél día el temporal ayudó a que tan solo yo hubiera tenido el valor de salir a desayunar fuera de casa.
Cuando me terminé el café supe que era momento de dejar ese triste poemario, así que me dirigí hacia las estanterías cargadas de libros.
Me olvidé completamente de lo poético y decidí buscar alguna novela que me entretuviera lo suficiente y ocupara mi cabeza el resto del día. Dejé el romance y la fantasía a un lado y busqué la sección de novela negra, como si un imán estuviera atrayendo mi cuerpo.
Como de costumbre comencé a pasar mis dedos por las tapas y lomos de los libros. Bajo mis pies la madera crujía en cada paso. El pasillo parecía hacerse más pequeño según avanzaba.
Asesinos sin rostro, La traición, La hora de las gaviotas... ¿El poder del perro? ¿El Padrino? ¿Crónicas de la Mafia?
¿Enserio?
El elegido fue "Aprendiendo de la Mafia" de Louis Moretti. Al separarlo de sus hermanos, una nube de polvo rodeó mi rostro. Mis fosas nasales sintieron un cosquilleo que no pude evitar cesar con el estruendo de un pequeño estornudo.
— Nadie suele llegar hasta el final del pasillo —dijo una voz masculina a la que no encontré dueño.
Tras el pequeño hueco del mueble que había dejado el libro que elegí pude ver a alguien moverse al otro lado. El chico que servía cafés buscaba algo en el pasillo paralelo al mío.
— Y por eso no quitáis el polvo de las estanterías... — reí leve y el rubio fingió haberse ofendido.
Se acercó hasta el conducto que nos separaba y me lanzó una mirada achinada que, lejos de ser intimidante, me resultó incluso graciosa. Entre los libros de la estantería y la oscuridad, sus ojos color miel me recordaron a los de un gato pardo.
— Esa es la gracia... que la cafetería tenga un aspecto... bohemio y anticuado...
Su rápida facilidad para salir ileso de la conversación me hizo reír de nuevo. Su risa se solapó a la mía y, antes de que pudiera darme cuenta, recorrió los pasillos hasta encontrarse conmigo.
— ¿Qué leerás ahora? — se tomó la confianza de retirar de mis manos el libro que había cogido con tal de leer el título — Oh... así que Mafia... — su mirada se paseó entre la mía y la tapa, a mí me hizo fruncir el ceño — Bueno, te pega más la novela negra que Bukowski.
— Vaya... eres observador por lo que veo.
— Y tú eres mi única clienta los días de tormenta.
No era tan raro que se hubiera fijado en lo que leía mientras disfrutaba de mi café siendo una sola persona allí un martes a las diez de la mañana.
Pero no era tonta, aquél chico mostraba un interés especial por mí. O al menos, eso había sentido.
— Deberías agradecérmelo... así no te aburres — comenté.
— ¿Acaso me he quejado?
Su sonrisa ladina aumentó mi calor, tanto que incluso pude notar cómo mis mejillas se encendían. Por un momento, su tierna e inocente mirada se volvió oscura.
Me acompañó hasta la mesa y, al ver que había terminado con mi café, se ofreció a invitarme a un croissant. Parecía que no quería que me fuera.
Esperé a que me lo sirviera para poder empezar con la lectura.
— Mi nombre es Nathan, por si necesitas cualquier cosa.
Se fue con una sonrisa de oreja a oreja antes de que pudiera decirle mi nombre. Fue entonces cuando empecé a divagar entre las palabras de Moretti, cuando me sentí completamente atraída por lo que se explicaba entre sus líneas.
Pasó poco tiempo hasta que supe que no podría dejar de leer ese libro. Hasta el momento había negado toda aceptación, pero el interés sobre el tema de la mafia nació desde el momento en el que mi cabeza intuyó en Italia dónde podía estar metiéndome sin saberlo.
Con Moretti, ese interés explotó y brotó como el agua de una fuente. Tomé la libreta que siempre llevaba para dibujar o escribir y le pedí a Nathan un bolígrafo en la barra de la cafetería. Tuve que apuntar todas aquellas frases que se grabaron a fuego en mi recuerdo por si en algún momento la memoria me fallaba.
Sin darme cuenta, había comenzado por mí misma una investigación que no supe cómo frenar. Una investigación no sólo del término o el concepto, sino de todo lo que había vivido hasta el momento, de todo lo que relacionaba a Drake Wells...
Mafia - Información. | Mi propia investigación.
Crimen organizado.
Concepto que nace en Italia (especialmente en Sicilia). Cosa Nostra.
Normas de conducta- Códigos de honor.
Tapaderas - Negocios ilegales.
Lavado de dinero, paraísos fiscales (evasión de impuestos), narcotráfico, petróleo, armas, lobby (¿cabildeo?)...
Volterra - Villa D'armento. Vino Chianti (paquete cocaína en un barril).
¿Wells Companies?
Empresa farmacéutica. ¿Tapadera?
Ronald Wells y Filippa D'armento: buscar relación, investigar.
¿Quiénes son los Ruffalo? ¿Qué interés tienen? ¿Qué buscan de R.W?
Poder, dinero, prestigio...
Policía... ¿comprada?
El sonido de la puerta del establecimiento me asustó. Una pareja entró a la cafetería entre risas, completamente calados de agua por la tormenta del exterior.
El revuelo que formaron en su llegada me desconcentró totalmente. Había estado tan sumida en mis pensamientos que, otra vez, me había vuelto a dejar llevar y me había evadido un poco de la realidad.
Miré por la ventana que tenía a mi lado. La lluvia aún no había cesado, pero pronto serían las once de la mañana. Sentí un escalofrío al imaginar el frío que haría en las calles a pesar de estar adentrándose la primavera.
Poco a poco fui recogiendo mis cosas y le indiqué a Nathan si me podía llevar el libro mientras él preparaba dos cafés tras la barra.
Cuando me dio el "visto bueno" terminé de abrigarme rebozándome en mi chubasquero y observé de refilón un número de teléfono escrito sobre la servilleta que me había traído el muchacho cuando me invitó al croissant.
Menos mal que me di cuenta de ese detalle antes de irme.