CAPÍTULO IV

1256 Words
P.O.V Drake Wells. — No hagas más preguntas, Drake. Tengo mucho trabajo.  Nunca antes Ronald Wells había sido tan escueto en palabras conmigo. Y mucho menos si se trataba de los pasos a seguir para llevar a cabo una misión o la explicación del contexto previo a un acto criminal.   Le gustaba tanto como a mí estudiar los hechos con parsimonia, hablar largo y tendido sobre las cosas que nos incumbían de manera directa. Sin embargo, cuando me encaminé a su despacho después de haber estado charlando con los chicos, mi padre no tardó en querer que me fuera.  No me echó de allí directamente, pero le conocía lo suficiente como para saber cuándo quería explicarme bien algún asunto o cuándo quería que tan solo acatara sus órdenes.  Magnus Kjös y la presunta hija que se escondía de él eran toda una incógnita para mí. Y el problema de los interrogantes es que siempre tengo que resolverlos. ¿Cómo iba a emprender una misión sin saber exactamente lo que estaba haciendo?  Salí de su despacho y volví a la zona del bar donde mis amigos parecían no tener otra cosa que hacer que arrasar con toda la licorería.  — ¿Qué te ha dicho? ¿Cuál es el verdadero motivo de atrapar al corderillo? — preguntó Logan en cuanto me vio volver al lugar. — No me ha dicho nada más.  Mike rio de forma sarcástica y los tres se miraron entre sí.  — Y una mierda... Seguro que no nos quieres contar nada de lo que habéis hablado — el rubio  consiguió irritarme con tan solo una frase. Nuevo récord para él. — Os prometo que no me ha contado nada que no haya dicho aquí ya. Ha sido una conversación un poco rara... como si quisiera ocultar los detalles. Ni si quiera me ha hablado de la organización de los australianos... nada.  — Entonces... ¿quiere que secuestremos a una niña y la llevemos a otro continente a manos de un presunto capo sin explicarnos el por qué? — soltó Jhon de forma irónica — Ese modus operandi no es digno de Ronald Wells. — Desde luego que no — se adelantó Logan — No me hace ninguna gracia tener que secuestrar a una cría para lanzarla a los tiburones.  Sabía a qué se refería. Íbamos a poner en riesgo una vida inocente puesto que no sabíamos qué harían con ella una vez pisase Australia. Había muchas posibilidades, pero dentro de la mafia el abanico se cerraba a las más crueles, sádicas y temidas.  — Vamos ir al infierno de todas formas... — Mike solía ser demasiado negativo, pero no le quitaba razón — Lo que podemos hacer es buscar información sobre ese tal Magnus Kjös nosotros mismos. ¿Cuánto tiempo hay hasta el secuestro? — Una semana — dije recordando las palabras de mi padre en el despacho.  — Suficiente. Como si volviésemos a tener 16 años, Mike se encargó de repartirnos tareas para recopilar información acerca de ese hombre y de la organización a la que le haríamos el favor. Todo esto, claro, a espaldas de mi padre.  Si Ronald Wells se enteraba de la tontería que íbamos a llevar a cabo, se encargaría personalmente de bajarnos rango y mandar a otros hombres a completar la misión.  Logan y Mike salieron de la sede juntos dispuestos a buscar un cibercafé donde poder hackear los servidores y entrar en la darck web. Si lo hacían desde uno de los ordenadores de nuestros dominios mi padre no tardaría en enterarse, pues nuestros hombres se percatarían de todo y le avisarían. Eran los que más sabían sobre tecnologías e informática. Jhon y yo decidimos ir al centro de la ciudad. Mientras el italiano se encargaría de buscar en los archivos del ayuntamiento, yo visitaría la biblioteca pública de Nueva York. Si no encontrábamos datos sobre Magnus, al menos sería prevenido y buscaría mapas sobre Wilmington para trazar un camino y comenzar a idear un plan de secuestro. Para no levantar ningún tipo de sospecha, dejamos los coches en la sede y tomamos el metro. Desde luego, volvía a sentir que era un adolescente haciendo algo indebido a escondidas de su padre. Entre el vaivén del vagón en el que nos encontrábamos, Jhon aprovechó un empujón para dejarme en ridículo. Intenté mantener el equilibrio y una señora que leía un periódico sobre uno de los asientos soltó una pequeña carcajada. — Hijo de puta... — murmuré con una risa a punto de escaparse de mi boca. Le había echado de menos. Jhon era como un hermano mayor para mí y, desde que le dejé en Volterra junto a su madre, no habíamos vuelto a hablar.  Era el típico amigo que podía estar meses sin llamarte o mandarte un mensaje pero que cuando volvías a verle parecía no haber pasado tiempo entre vosotros. — ¿Cómo está Filippa? — Es la mujer más fuerte que conozco, ¿cómo crees que está? ¡Pues genial!  Jhon tenía razón. Filippa D'armento nos había sorprendido a todos desde que conocimos la otra cara de la moneda. Una mujer que había pasado por situaciones que jamás esperarías y que, aun así, las había superado con éxito. — Me alegra mucho. Dale saludos de mi parte cuando vuelvas a la villa.  — Pregunta mucho por ti.  — ¿Por mí? — me sorprendí.  D'armento asintió con una mirada compasiva y yo quise no haber preguntado. — Claro... ya sabes. Desde lo que pasó con... Carraspeé con tal de evitar escuchar su nombre si lo decía, pero jamás llegó a salir de su boca. Mi amigo supo al instante que estaba entrando en un terreno pantanoso.  Sin embargo, comprendía perfectamente que Filippa se preocupara por lo que pasó entre Allyson y yo. Al fin y al cabo, siempre había sido como una madre para mí. Todos sabían mejor que yo que nunca llegué a sentir tanto por una mujer como lo hice por Ally. — Dile que estoy perfectamente.  Ninguno de los dos se creyó esas palabras pero, por suerte, el metro anunció mi parada unos segundos antes de estacionar. Jhon tendría que seguir allí un par más, así que nos despedimos y quedamos en volver a la sede pasadas dos horas.  Salí del subsuelo dando tumbos entre la gente. Prefería utilizar mi propio transporte porque las aglomeraciones me agobiaban y en esa época del año el centro de Nueva York se convertía en un hormiguero personificado. Daba igual que estuviese cayendo el diluvio universal. Caminé por las calles hasta llegar al edificio principal de la biblioteca: el Stephen A. Schwarzman Building, ubicado en la 5ª Avenida con la 42. Sentí estar dentro de la película de Ghostbusters teniendo la fachada y sus famosos leones frente a mí.  Me ahorré la cola de estudiantes universitarios que llegaba hasta la acera. Cuando pasé noté las miradas aniquiladoras de todos ellos sobre mí pero no tenía tiempo que perder y no era quién como para aguantar la espera interminable que tendrían por delante. La suerte de tener contactos en toda la ciudad me permitió traspasar la puerta principal sin problema, ya que uno de los guardias me reconoció e informó al resto de que podría entrar allí sin problema.  Hacía tiempo que no pisaba ese lugar, pero la majestuosidad de su interior causó la misma impresión que la primera vez que la vi. Absorto por la belleza que desprendía, antes de comenzar a investigar tuve que pasearme obligatoriamente por cada uno de sus salones.
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