Christopher Aston, la copia de su padre y a quien todos le temían. Estaba sentado en el escritorio, con su ceño fruncido, mientras fumaba una pipa, una costumbre que adquirió de su padre, una que lo hacía por demostrar poder y la clase alta a la que pertenecía.
Era dichoso, no lo podía a negar, tenía lo que cualquiera podía desear e incluso más, pero una sola cosa le hacía falta, una cosa que la sociedad determinaba para ser un hombre completo, "una esposa".
Era una idea ridícula, prefería un buen sexo y eso era todo y no con cualquier mujer, para eso era muy fino; debían ser modelos y experimentadas. Tenía una cuantiosa lista de las mujeres con las que había tenido sexo, pero ninguna era duradera más que dos horas como mucho y eran desechadas por él, y en todo caso, de ser preferible, pagaba una buena suma de dinero por el silencio de las mujeres.
—Señor —interrumpió el único ser que se aguantaba el mal humor, su asistente, Alfredo—. Temo que tengo malas noticias para usted, su madre está hospitalizada y su hermana ha llamado, su madre ha sufrido un infarto, y creo que es justo y necesario que vaya a verla.
Al escuchar la noticia de su madre, su enojo se hizo presente. “Esa mujer” como la llamaba él, tenía años sin saber de ella, y a quien no sabía si amaba y odiaba… Su padre le enseñó a que las mujeres debían ser objeto de uso, y eso era justo lo que hacía, aunque despertaba cierta duda al sentirse mal cuando veía a las mujeres llorar desconsoladas por su desamor.
—Y ¿qué quieres que haga? —le cuestionó—. Tengo trabajo importante que hacer —Era su gran y fiable excusa.
—Que levantes tu trasero de allí y vayas a ver a tu madre, al menos le debes eso, Señor —Dijo con autoridad.
—¿No te da miedo que te despida? —Le dió una mirada tranquila, estaba seguro que Alfredo no le temía, al menos era el único que no lo hacía.
—¿Qué es lo peor que puede pasar de un despido? —le cuestionó, Alfredo tenía los huevos bien puestos al desafiarlo así—,nada, Señor, buscaré otro empleo y usted otro asistente, eso es lo que ocurrirá si me despide.
Se levantó de su asiento, y lo miró:
—Irás conmigo, Alfredo, apúrate.
Salió de su oficina, al caminar por los pasillos todos se hacían a un lado para darle espacio, un gesto que hasta hoy lo hacía sentir poderoso, su padre los acostumbró así, y así seguiría hasta el final de los tiempos.
—¿A dónde lo llevo, señor? —preguntó el chófer una vez subieron al vehículo.
Pero Christopher no tenía conocimiento del hospital donde estaba su madre, de hecho, no sabía nada de ella o de su hermana.
—Alfredo ¿en qué hospital está? —Alfredo le dio una mirada rápida y puso su mirada en Carlo, el chófer.
—Está en el hospital del centro —con solo mencionar el centro, el chófer ya sabía de cuál se trataba.
Era un hospital para personas de escasos recursos, lo que para Christopher significaba que ellas habían gastado todo el dinero que su padre les dio, cuando se marcharon de casa.
—Muy bien, adelante —Carlo abrió la puerta del auto para dejarlos salir una vez llegaron al hospital.
—¿No hay otro hospital al que ella pueda ir? ¿tenía que ser ese? —bufó Christopher molesto.
—Bueno Señor, su padre no les dejó dinero para sostenerse, así que estos años han hecho lo mejor posible —soltó de golpe Alfredo.
—¿¡Qué!? —cuestionó molesto—. ¿Cómo te atreves a hablar así de mi padre?
Alfredo le miró y le hizo una mueca.
—De la misma manera en que el muy cobarde las dejó desamparadas —sin pena alguna soltó Alfredo sin pensar en cómo Christopher pudiese reaccionar.
Christopher estaba a punto de romperle la cara a Alfredo, pero algo lo detuvo, estaba casi seguro que lo que él decía solo eran inventos de su madre de su hermana. Su padre juró haberles dado todo para que vivieran bien, y él no podía creer lo contrario.
—De esto hablaremos después, Alfredo, no creas que lo dejaré así —terminó la conversación, furioso.
El hombre asintió sin temor y volvió su mirada al frente. Llegaron a la puerta del hospital y al entrar, no creía que fuera un hospital de quinta, a decir verdad, era un hospital bastante moderno, con instalaciones nuevas y de primer nivel, quizá debía dejar de juzgar a primera instancia.
—Ve y pregunta cuánto es para trasladarla a otro hospital —ordenó Christopher a Alfredo.
—Bien, pero vaya a buscar a su madre, el tiempo corre.
Le cagaba escuchar a Alfredo dándole órdenes, era estresante más que cualquier otra cosa lo que le causaba, era él quien demandaba, era él quien obligaba. ¿Por qué se tomaba las atribuciones de hacerlo con él como si fuera un empleado más de su propia empresa?
—Hablaremos de esto después, Alfredo —dijo él nuevamente, esta vez haciéndose sentir más como una amenaza.
Siguió su camino hasta llegar a la habitación de su madre gracias a una bella enfermera que lo guió hasta ella.
—Salgo en tres horas —le susurró la atrevida chica y puso un papel en la bolsa de su camisa.
> Se pensó, cuando sacó la nota que había en su bolsillo.
Entró a la habitación y su madre estaba conectada a un respirador artificial, su hermana o al menos eso creía que era la mujer que estaba al lado de la camilla; lo miró sin saber quién era el hombre frente a ella.
—¡Ahh! — se quejó al ver la forma tan áspera en que lo veía la joven mujer.
—¿Christopher? —preguntó asombrada—. ¿Eres tú?
Se levantó de su asiento y caminó hacia Christopher, con sus manos tocó su rostro sin dejar de mirarlo. Que lo tocara lo hizo sentir muy incómodo, tenía prohibido que le dieran besos en los labios o que tocaran su rostro, pero a pesar de apartar sus manos, ella logró tomarlo en medio de sus manos.
—Soy yo —dijo él apartándola —. ¿Qué hacen aquí? —cuestionó mirando el lugar donde estaba la mujer que lo trajo al mundo.
—Una amiga de mamá la trajo, no sabía a donde más llevarla, pero la han tratado muy bien en este hospital, pero dime ¿Qué has hecho? hace mucho tiempo que no nos vemos, que no sabemos de ti.
Una sonrisa de burla apareció en el rostro de Christopher, era sarcástico y lleno de oscuridad, le daba exactamente lo mismo lo que ella dijera, simplemente no recordaba una buena infancia con ellas.
—¿El dinero que papá les dio? ¿por qué están aquí y no en otro hospital? —cuestionó después de esa sonrisa.
—¿Dinero? —dijo en medio de una risa llena burla—. ¿De qué dinero hablas?
—Bien sabes de cuál, Sandra ¿O es que ya no tienen?
—Tienen —dijo Alfredo entrando a la habitación e interrumpiendo la posible discusión que se iba a formar—, pero no del que tu padre poseía y que ahora es tuyo, Señor. Aunque parezca tonto, como su padre lo decía muchas veces, su hermana es bastante buena para los negocios.
Tenía su ceja arqueada, no dando lugar a lo que él decía, pues su padre, comentaba que ella madera para el negocio no tenía.
—No soy como tú, Christopher, soy mejor —se bufó—, pero por una promesa que le hice a mi madre, no te destruiré, he dejado el camino libre de muchas empresas, y, aunque no quiera admitirlo, al menos has sabido mantener la empresa a flote después de la muerte de papá.
Esas palabras llenas de burla, ponían a Christopher de mal humor, más cuando recordaba las vivencias al lado de su progenitor.
—Por lo visto era un secreto. Sé muchas cosas Christopher, sé más de lo que te imaginas, pero no importa, no quiero nada de lo que tu "padre" te dejó—, decía en tono de burla, casi despectivo— No te preocupes—. Terminó ella de añadir a la burla.
Hizo a irse, furioso y arrepentido de venir, pero la voz de su madre lo detuvo:
—¿Christopher? —preguntó casi inaudible su madre, pero su voz golpeó su pecho, ella hizo que algo en él se desestabilizara—. ¿Eres tú?
Se giró para mirarla, colocó su rostro serio, lo más que pudo para no mostrar dolor.
—Sí, soy yo.
Ella extendió su mano para que él la tomase. Lo pensó unos segundos, y fue Alfredo quien lo miró y lo obligó a hacerlo.
—Has venido… ¡Ah! —se quejó de dolor la mujer moribunda—. Tenía muchas ganas de verte, mi pequeño, bueno, ya no eres tan pequeño —sonrió—. Eres todo un hombre, no te has casado, ¡¿verdad? —preguntó al ver la mano de su hijo en medio de la suya—. Creí que ya estarías casado, bueno, creo que tu padre te creó tal y como se lo propuso, debes ser un hombre exitoso.
Christopher miró a Alfredo y a Sandra que tenían sus manos entrelazadas.
> se dijo a sí mismo.
—Soy un hombre exitoso y no, no he necesitado de una mujer para serlo —dijo con orgullo, uno que pronto se fue.
—Por el momento — le respondió Alfredo riéndose.
—¿Qué has dicho? —cuestionó molesto.
—Parece que que tu "santo padre" quiere reencarnarse en ti —se bufó—. Tienes que casarte, así como él obligó a tu madre a hacerlo ¿O acaso no te dijo que él la compró e hizo de su vida una miseria, solo para buscar un heredero?, ¿acaso no lo hizo? … Bien, te lo diré yo; Como Sandra fue la primogénita, la despreció, recibió educación a escondidas de tu padre, motivo por el que a sus quince años la tiró a la calle y tu madre al oponerse, también la corrió. Pero volviendo a lo principal, hizo a tu madre darte a luz y al ser hombre te convertiste en el heredero de todo, pero una sola cosa tienes que hacer, casarte, dar a luz a un varón y botar a la mujer… ¿Puedes hacerlo?
Era una maldita locura para Christopher que mantenía su rostro reflejando furia, él no quería esposa, no quería tener hijos y muchos menos por obligación, no quería nada que tuviera que escuchar a un niño decirle "papá" eso simplemente era una abominación.
—¡Estás loco! —le gritó—. Jamás se habló de tener que casarme o tener un heredero.
Tenía su frente fruncida, estaba molesto, no podía casarme, no quería hacerlo, no quería tener nada de esas estupideces en su vida.
—Llama a tus abogados y pregúntales, te aseguro que desearás no haber nacido, señor —dijo con sarcasmo Alfredo, seguro de cada palabra que dijeron Sandra y él.
Salió de la habitación de prisa, tomó el celular y llamó a su abogado, pero Fredd no respondía sus llamadas, pero para cuando lo hizo le dio la terrible noticia, su imbécil padre, como lo llamada; le había dejado como recompensa en su estúpida memoria darle un nieto y llamarlo Christopher tercero.
> Se pensó una vez más, mientras le reclamaba a su abogado y este le afirmaba lo que su hermana y asistente le habían informado
El corazón de Christopher latía rápidamente, era una noticia que le sentaba muy mal, cambiaba todos y cada uno de los planes que tenía para su vida.
—No, no, no, lo que me estás diciendo no tiene sentido, Fredd, imposible, mi padre no puedo hacerme esto, no te lo creo.
Fredd al escuchar la voz alterada de Christopher soltó una suave risa, escuchándose como un suspiro.
—Tengo los documentos, puedes venir a verlos en el momento que gustos, eso sí, te recomiendo que sea pronto, la petición de tu padre tiene fecha de caducidad.
Sin responderle, cortó la llamada y comenzó a caminar buscando la salida del hospital