Los empleos de Danny
Danny estaba agotada de por el día anterior, tan solo había dormido cuatro horas y eso no era suficiente para un cuerpo cansado como el suyo.
Tenía dos empleos y estaba a mitad de su carrera en docencia preescolar. Sí, era amante de los niños, una pasión que se despertó cuando comenzó a trabajar como niñera en la guardería.
Nada era fácil, su vida parecía ir sobregirada ahora que su padre se había enfermado de gravedad y sus dos salarios no le daban para cubrir sus gastos.
“No debes preocuparte por mí, hija” ese era el decir de su papá cada vez que la veía llegar de madrugada y tirarse en el sofá.
Estaba delgada por tanto esfuerzo físico que hacía; tenía sus ojeras negras por falta de sueño y su piel destrozada por todo el estrés que estaba acumulando al no dar abasto, pero de una cosa sí estaba segura, haría lo posible porque su papá siguiera a su lado.
Su madre los había abandonado dos años después de su nacimiento, se marchó con un hombre millonario que le prometió la vida que su papá posiblemente jamás le podría dar, sin importarle dejar a su hija que lloraba sin consuelo.
—Te dejé de comer papá, procura almorzar y cenar, por favor y tómate los medicamentos. Te veré por la noche —Dijo Danny dándole el ultimo mirón a su padre que yacía acostado en la cama.
Además, eso de “te veré por la noche” no tenía una hora exacta, sin embargo, su padre sabía que esa hora sería después de medianoche.
—Está bien, hija. Por favor, cuídate mucho y trata de no hacer tanto esfuerzo.
—No te preocupes, papá —Dijo, regresando a su padre y besando su frente—. Mañana es fin de semana y no debo trabajar, descansaré todo el día, lo prometo. Cualquier cosa que pase me llamas, ¿entiendes?
A veces sentía que trataba a su padre como si fuese un bebé, pero al final del día lo era y más cuando no hacía caso a las indicaciones que le daba, por ello, siempre debía asegurarse que hiciera todo tal cual le decía para no preocuparse de más.
Para muchos sería más fácil contratar a una persona para que estuviese siempre acompañándolo, pero para Danny, sería un lujo imposible de pagar.
—Lo prometo hija, si algo acontece te llamo, lo he entendido.
Después de escuchar esas palabras, con tranquilidad, logró salir del pequeño apartamento que con gran esfuerzo logró comprar y el cuál seguía pagando mes a mes.
Caminó dos cuadras en línea recta hasta llegar a la parada de autobús y cómo si fuera poca su mala suerte, había una gran multitud que no dejaba avanzar a los demás. Logró subir al autobús entre empujones y malas palabras. Había un asiento disponible que sin dudar tomó para sí, hasta llegar a su primer trabajo.
—Buenos días señora Rodríguez —Saludó, a pesar de no ser del agrado de la mujer de unos cuarenta y tantos años.
Trabajaba como niñera desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde y después se marchaba a la universidad. Su otro turno comenzaba a las siete de la noche como mesera en un bar restaurante hasta la una de la mañana, dándole un total de cuatro horas para descansar.
—Buenos días señorita, ha llegado otra vez tarde, son tres veces en lo que lleva de la semana. Espero que para el lunes llegue a tiempo —Respondió la mujer sin siquiera tomarse el tiempo de mirarla.
Danny miró el reloj que había en la pared que marcaba exactamente las siete de la mañana.
—He llegado justo a la hora, señora Rodríguez, pero intentaré llegar cinco minutos antes, si eso le hace feliz. Con permiso, iré a acomodar mis cosas y tomar mi lugar.
No tenía conocimiento del porqué la señora la odiaba, aunque tampoco le tomaba importancia, estaba allí para trabajar y ganar dinero, no para agradarle a ella, pues se consideraba una buena persona, social y muy dada a los demás, pero en estos casos, los dejaba de lado, energía no tenía para lidiar con ella, tenía sus propios problemas y no quería agregarles más peso a sus hombros.
Respiró profundo dejando de lado las palabras de aquella amargada mujer y se centró en sus pequeños que venían hacia ella con gran entusiasmo.
—Any, Any —Le gritaban sin pronunciar su nombre correctamente.
La abrazaron y la llenaron de besos ante las miradas y las sonrisas de sus padres.
—Creo que te aman, Danny —comentó una de las madres de los pequeños.
Esas palabras la llenaban de esperanza y alegría pues eso significaba que su trabajo estaba rindiendo frutos en la vida de esos pequeños.
—Para mí es un placer —Dijo mirando al pequeño Josafat colgando de sus pies.
—Te lo encargo mucho —Mencionó su madre, la señora Gautier, dándole un beso a su hijo —y tú pequeño jovencito portante bien, hazle caso a Danny.
—Adiós mamá, adiós —Batía sus manos, llenando de ternura el corazón de Danny.
Tenía a cargo a los niños de dos a cuatro años, por lo que debía jugar con ellos, atender sus necesidades, darles de comer y ponerles a hacer una siesta de dos horas aproximadamente. A su cargo habían aprendido modales, a reconocer algunas vocales y sílabas, se sabían algunas canciones y lo mejor de todo era que aprendían todo eso jugando con ella.
“Cuando seas mamá de seguro que serás increíble” solían decir algunas mamás con angustia al tener que dejar a sus hijos por sus labores, pero siempre les recalcaba que no tenían porqué sentirse de esa manera. Ellas hacían un gran esfuerzo en su trabajo para darles a sus hijos lo mejor y eso en un futuro sus hijos lo agradecerían, pero siempre buscaba la manera de hacer que los padres tuvieran contacto con sus hijos e hicieran actividades los fines de semana.
La hora de marcharse a la universidad llegó y con ella la niñera de turno, su nombre era Miriam; era una chica dulce, unos dos años mayor que ella y con quién tenía una armoniosa relación laboral.
—Nos vemos mañana niños —Se despidió de sus pequeños quienes dormían y caminó hasta su universidad dado que quedaba a una distancia corta y agradecía ahorrar esas monedas que no usaría en un bus.
Pasó por un jugo en la tienda de siempre, y de camino lo fue bebiendo hasta llegar a su salón de clases. No era la mejor de las estudiantes, pero al menos se graduaría con buenas notas a pesar de su poco tiempo para estudiar.
Salió de sus clases con las calificaciones de los últimos exámenes que hizo, tomó asiento en una banca al sentir un posible mareo, respiró profundo y dejó ir el aire, se levanté y siguió su camino hasta el restaurante donde comenzaría a trabajar, al menos allí le daban de cenar antes de comenzar su jornada y antes de irse a casa, pues Rodrigo sabía que su día era muy ajetreado y a veces no tenía para comer. También le daba para su desayuno, el almuerzo para el día y algo de merienda, y sus compañeras apoyaban el gesto del jefe.
—Buenas noches —Saludó al entrar al bar.
Allí estaba su cena y una ensalada de frutas para comenzar la noche.
—Llegas temprano Danny, siéntate, la cena está servida —Le mencionó la prometida de Rodrigo.
—Gracias Lupe, eres un sol, te lo juro.
Tomó la comida y despacio comenzó a comer, le dolía el estómago al caer la comida en su estómago, pero aun así no la desperdiciaba, tenía que alimentarse bien si quería sobrevivir al estilo de vida que llevaba.
—Qué cosas dices niña, apúrate y cámbiate de ropa —Respondió Lupe sonrojada por el halago de Danny.
La noche transcurrió con normalidad, atendiendo clientes, unos más amables que otros. Unos daban mejor propina que otros y así sucesivamente, hasta llegar la una de la mañana, momento en el que tenía que irse a casa.
Tomó su desayuno y el almuerzo para el día que Lupe empacó con tanto amor, se despidió de todas las chicas y del jefe, tomó un taxi que él pidió para ella y se marchó a su casa y al llegar se acostó en el sofá donde se durmió inmediatamente.
A eso de las seis de la mañana su padre la despertó asustado haciendo señas golpeando su pecho, se levantó asustada y el sueño que tenía se fue.
—¿¡Estás bien!? —Le preguntó aterrada, pero él negó.
Tomó las llaves de la casa y sacó a su padre al hospital, allí el doctor no le estaba dando gratas noticias. Aunque sabían que el estado del corazón de su padre se estaba deteriorando con el paso de los días, nada de su esfuerzo por retenerlo a su lado estaba dando frutos.
—Lo siento Danny, pero esta vez es muy grave. Debemos dejarlo hospitalizado.
Llorar era automático como si fuera la primera vez que él se enfermaba de gravedad, pero todo el cúmulo le estaba pasando la factura: estaba cansada, adolorida, sin embargo, era el corazón lo que más me dolía al pensar en el tiempo de vida que a él le quedaba.
—¿Cuánto tiempo le queda? —preguntó secando sus lágrimas.
—Danny, es cuestión de semanas, tal vez dos meses, su corazón en cualquier momento dejará de latir… no hay nada humanamente posible que se pueda hacer, lo siento mucho.
Al escuchar al doctor su mente se nubló, todo en ella se apagó, se había desmayado, su cuerpo no lo estaba soportando, no la estaba pasando bien.
Poco después, se despertó encontrándose en una camilla, acostada.
—¿Qué pasó? —Cuestionó al verse allí.
—Danny, tienes que tener reposo, tienes anemia, te lo he dicho muchas veces. Tienes que cuidarte, descansar y comer sano, la vida que llevas te está pasando factura, hazme caso.
—Cuando papá sane, descansaré, doctor, lo juro. Por ahora solo me importa trabajar para darle lo que él necesita —se aferraba a esa esperanza.
No estaba dispuesta a perder a su padre, no quería quedarse sola en este mundo, no tenía abuelos, tíos o primos en quién buscar ayuda… Eran su papá y ella contra el mundo