Largarnos de allí nos costó casi una hora, pero finalmente logramos meternos en un taxi a las tres. —Tengo hambre —anunció Joshua, palpándose la barriga—. ¿No te ves muy hinchada? ¿Bebes muchas bebidas gaseosas? Lo miré enfurruñada, ¿cómo podía estar pensando en todas esas idioteces con el problemón que teníamos? —¿Les inoportuna si pongo música? —nos preguntó el taxista. Los dos nos quedamos mirándolo y luego nos miramos sonriendo. —Mientras que no sea Justin Bieber —respondió Joshua. El taxista soltó una carcajada. —No, descuide, señorita. Será algo más de acá. —Entonces no hay problema, ponga lo que quiera. Y qué casualidad, tuvo que ser Eres mía de Romeo Santos. Desvié la mirada a la ventanilla y sentí unas profundas ganas de llorar. No por lo que pasó o no pasó, o lo que pud

