Durante esa noche me consta que ambos intentamos hacer fuerza con nuestras mentes, tal y como había dicho Pernos . Inducirnos una autoterapia para dejar salir todo fuera, vaciarnos y volver a nuestro estado natural. Pero aquello, de nuevo, fue en vano. Al abrir los ojos con los primeros rayos de luz, lo primero que vi fueron mis pies desnudos que asomaban por el borde de la colcha, y evidentemente seguían sin ser los míos. Eran los de Joshua. Algo pequeños para su gran tamaño. Solo calzaba el cuarenta y dos pese a medir más de metro noventa. Él seguía dormido con mi pelo enmarañado cubriéndole la cara y emitiendo ligeros sonidos nasales que querían asemejarse a un ronquido, pero no lo conseguían. Aun así, no podía negarle que roncaba. Lo hacía y no lo sabía. Me incorporé con cuidado, nece

