—Tienes razón, creo que voy a bailar. Envalentonada por el guaro, la chicha, el vino y la música que sonaba en ese momento, me lancé a la pista a darlo todo. Moviendo el cuerpo suave balanceado la cadera sensualmente y sacando los pasos prohibidos, dejándome llevar por algunos sentimientos reprimidos y olvidándome de todo. Reímos, bailamos y bebimos durante no sé cuántas horas, y las miraditas que cruzábamos cada vez eran más sugerentes, lo mismo que nuestros movimientos corporales, pero impusimos una distancia mínima. Él tenía su radio y yo el mío, y solo los traspasábamos para brindar con los chupitos de guaro que iban y venían, colándose por mi garganta adormecida, que me permitió ingerir una buena cantidad sin calcinarme la tráquea. Desde mi posición lo observaba mientras dejaba

