Mientras seguíamos divagando sobre cómo resolver este problema, el tiempo pasaba sin misericordia y la hora de nuestra presentación se acercaba. Apenas quedaban dos horas y Giselle no tardó mucho en recordármelo, recuperando su actitud habitual. —Hemos perdido demasiado tiempo, Joshua. Debemos ir a la presentación. No podemos faltar —dijo con aire resuelto. —¿Crees que podemos ir de este modo? No lo veo. —Pues habrá que apañarse como sea. No puedo permitirme perder el trabajo y creo que tú tampoco. ¿Qué vamos a decir? Porque si no nos presentamos nos llamarán de inmediato desde Nueva York. —Déjame pensar. —No hay tiempo de pensar nada más, ambos sabemos muy bien qué hacer. Solo habrá que cambiar nuestros roles en la empresa. Yo haré tu presentación y tú harás la mía. Nadie va a pensar

