Un día común y corriente en los zapatos de Emma Collins, era impensable para cualquiera persona normal. La chica había crecido rodeada de lujos, caprichos cumplidos, un servicio entero dedicado a satisfacer sus más insignificantes necesidades, y los padres más amorosos del mundo.
Había estudiado siempre en las mejores escuelas, y había conocido junto a sus padres, cada rincón del planeta. Quizás, fue esa misma vida, llena de tantos excesos, la que termino por aburrirla.
Con solo 23 años, y recién graduada de Negocios en el extranjero, la joven de profundos ojos azules, se sentía agotada, como si hubiese vivido ya, mil vidas.
Después de recibir su diploma, optó por tomar un año sabático, antes de incorporarse a trabajar con su padre. Pensó, que podría aprovechar ese tiempo para poner su cabeza en orden, y decidir cuál sería el siguiente paso de su vida.
Durante el año sabático viajo sola por el mundo, con solo una mochila y un mapa recorrió a pie las mismas ciudades que una vez visito con sus padres. Trato por todos los medios de enamorarse de la vida, y recuperar la ilusión que desde hace mucho tiempo había perdido.
Sin embargo, ni Italia, ni Francia, ni China o Brasil despertaron ella sentimiento alguno. Mientras caminaba por las calles de Turquía, y apreciaba las llamativas decoraciones del corredor turístico donde se encontraba, intento recordar algún momento feliz de su infancia:
“¿Cómo alguien que siempre lo tuvo todo puede estar tan vacía por dentro?” – pensó en silencio, sin encontrar respuesta.
Justo en ese momento sintió su teléfono celular vibrar, y respondió, sin saber que se trataba de una llamada que cambiaría su vida para siempre.
–¿Mama? – preguntó sorprendida.
–Sí, soy yo, corazón. – respondió la madre con dulzura.
–¿Ocurre algo? – preguntó nuevamente un poco asustada, ya que su madre jamás la llamaba durante el día debido a su ajustada agenda de trabajo.
–Todo anda bien. – respondió la señora Collins. – Es solo que, tu padre y yo necesitamos verte. Nos urge conversar contigo.
–¿No puede ser por teléfono? – preguntó Emma. – Me encuentro a mitad de mi viaje, volver a los Estados Unidos solo para verlos es un duro golpe a mis planes.
–Si no fuese tan importante no te molestaríamos. – insistió su madre.
–Está bien. – accedió finalmente. – Tratare de tomar un vuelo mañana en la mañana. Espero que verdaderamente sea una cuestión de vida o muerte.
–Entonces ya no te molesto más. – le dijo Elizabeth, su madre. – Aprovecha el resto del día. Nos vemos pronto.
Emma colgó el teléfono sin responder a la despedida de su madre, pues estaba molesta por tener que interrumpir de forma tan abrupta su viaje.
Caminó otro poco, y finalmente se sentó en un bar y ordenó una taza de té. Cerró los ojos, porque según ella, la única forma de saborear correctamente una bebida implicaba abandonar el resto de los sentidos, para de ese modo fortalecer el del gusto. Y, mientras el té se introducía lentamente en su cuerpo, recordó, como por arte de magia, su encuentro con aquella chica que tanto se asemejaba a ella.
Sonrió con el recuerdo, mientras se preguntaba qué sería de la vida de aquella desconocida, a la que le hubiese encantado volver a ver.
Después de ese fugaz momento de calma, pasó por su habitación del hotel y recogió su equipaje, para luego dirigirse al aeropuerto, con la esperanza de conseguir un vuelo esa misma noche.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, Lina se despertaba temprano para trabajar. Gracias a sus dos trabajos de medio tiempo, había logrado reunir para pagar sus estudios de fotografía de media jornada en la universidad de Redwood.
Cada mañana se despertaba, corría hasta la Pizzería de Johnny donde trabajaba media jornada, luego asistía a sus clases en la universidad, y a las 6 de la tarde comenzaba en su segundo trabajo, como mesera en el Judas`s bar.
Si bien la vida no era fácil para ella, no era del tipo que solía quejarse. Añoraba con convertirse algún día en fotógrafa profesional, y conocer el mundo.
Guardaba todas sus propinas para comprar el boleto de avión que le cambiaría la vida, un boleto hacia su libertad. Pero, su bisabuela estaba ya muy mayor, y no quería dejarla sola. Por caprichos del destino, la vida de la persona que más amaba en todo el mundo, era su mayor impedimento.
Se había dado por vencida con su padre, y también con el resto del mundo. En sus ratos libres visitaba la tumba de su madre, y le contaba sobre sus metas y sueños, como si pudiese escucharla. Esas conversaciones, eran lo único que la mantenían cuerda, en un mundo que parecía conspirar contra ella y contra su felicidad.
Emma alcanzó a tomar un vuelo de media noche con destino a Estados Unidos prácticamente al llegar aeropuerto. Agradeció a su buena suerte, pues, sabía que mientras más rápido llegara a casa, más rápido podría retomar su viaje.
Al verla, sus padres la recibieron los brazos abiertos. La mimaron y abrazaron durante horas sin contarla la razón por la que la habían hecho regresar de esa forma tan repentina.
–¿Ninguno de los dos va a decirme nada? – preguntó Emma al ver que ninguno sacaba el tema.
–Pensamos que querrías ponerte cómoda primero. – respondió su padre.
–¡Ya lo estoy! – afirmó ella. – ¿Qué sucede?
–Tenemos una propuesta para ti. – le dijo la madre. – Y queremos que lo pienses muy bien.
–¿De qué se trata? – preguntó en tono molesto, debido a las vueltas que daban sus padres para contarle.
–Hay una persona que queremos presentarte. – dijo su padre finalmente. – Su nombre es Christian Thompson, y dentro de poco se convertirá en nuestro nuevo socio.
–¡No puedo creer que me hayan hecho venir hasta aquí solo para eso! – exclamó enfurecida.
–Escucha a tu padre. – le pidió su madre.
–Ese joven se ha fijado en ti. – le dijo su padre mientras se ponía de pie. – Se acercó a nosotros para pedir tu mano en matrimonio.
–¿Pretenden que me case con un desconocido? – preguntó ella, también poniéndose de pie.
–Solo queremos que le des una oportunidad. – le dijo Elizabeth. – Solo eso.
–¡M niego! – exclamó Emma. – Me reúso completamente a aceptar en mi vida a un hombre elegido por ustedes.
–No tienes otra opción. – le dijo su padre mientras cubría con sus manos su rostro. – Si quieres que esta familia se mantenga a flote, no tienes otra opción.