El despacho de mi padre siempre ha sido un lugar que me inspira respeto y, a veces, un poco de intimidación. Las paredes están forradas de estanterías llenas de libros de leyes, y el escritorio de madera oscura parece imponente, casi como si fuera un trono desde el cual él gobierna su pequeño imperio legal. Hoy, sin embargo, no me sentía insegura. Al contrario, entré con la cabeza en alto, orgullosa de lo que había logrado. Mi padre, Leonardo Montenegro, estaba sentado detrás de su escritorio, con esa expresión seria que siempre ha tenido, pero cuando me vio, sus ojos se iluminaron. —Pilar —dijo, levantándose y extendiendo los brazos—. Ven aquí. Me abrazó con esa fuerza que solo un padre puede tener, y por un momento, me sentí como una niña de nuevo. —Felicitaciones, hija —continu

